FRONTERAWEB

“[La frontera] hace recordar al Muro de Berlín”

La foto es de Ariana Cubillos, de la Agencia AP, e inmortaliza un momento que ya se ha hecho cotidiano en la frontera colombo-venezolana: el del cruce masivo de venezolanos hacia Colombia buscando comida y medicinas. Desde que fuera reabierta, la procesión de venezolanos no ha cesado. Y aunque de tan común ha comenzado a parecernos normal, no pasa así con el resto del mundo, que no deja de sorprenderse. “Son escenas que hacen recordar a la caída del Muro de Berlín”, ha escrito al respecto este fin de semana el diario económico londinense ‘The Financial Times’, que, espantado, no ha dudado en lanzar un grito de alerta en su sección editorial: “Los problemas de Venezuela ya no pueden ser ignorados”. Para el diario, uno de los más influyentes de Europa, la situación de nuestro país no merece otro calificativo que “trágica”, y, advierten, está comenzando a generar problemas internacionales: “la malaria ha resurgido en el país, y probablemente otras enfermedades también, atentando contra la seguridad sanitaria de la región; además, Venezuela es refugio de muchos narcotraficantes que ingresan a Estados Unidos”, escribieron. “El país necesita un nuevo gobierno y pronto. Definitivamente antes de las elecciones de 2018. Afortunadamente, existe un mecanismo constitucional para acelerar el cambio: el llamado referéndum revocatorio. Claro que Maduro no quiere que se realice. Pero su salida es inevitable: la mayoría de la gente quiere que se vaya. La pregunta es cuándo. Y si el ejército está dispuesto a reprimir una manifestación masiva contra Maduro en el futuro. Y en ese caso ¿cuál será la respuesta de la comunidad internacional?”, se preguntan. Mientras, los venezolanos siguen cruzando la frontera. Como Ramiro Ramírez, uno de tantos, cuyo testimonio lo termina de decir todo: “[Pago con] dinero que había ahorrado para alguna emergencia, y esto es una emergencia”

MONAGASWEB

El nepotismo invade la Cancillería

Pasaron a la historia como el paradigma del nepotismo, ese desagradable vicio de poner familiares en cargos públicos. Hablamos de los hermanos Monagas, José Gregorio y José Tadeo, quienes durante una década gobernaron el país alternándose la presidencia, y cuyo triste legado está siendo opacado y superado por la revolución. A episodios ya conocidos, como el de los 47 familiares que la “Primera Combatiente” puso a trabajar en la AN cuando la presidía, o el de los 13 familiares que el Contralor (¡el contralor!) tiene en su organismo (él lo llama “nepotismo positivo”), hay que sumar también los del Servicio Exterior. La información es de Pedro Pablo Peñaloza y ha sido publicada con detalle en la web Transparencia Venezuela: en ella se documentan por lo menos 43 casos de funcionarios de Servicio de Exterior (embajadores, cónsules, vice-cónsules) que tienen algún parentesco con algún alto cargo rojo-rojito, cuando no un pasado del mismo color en algún ministerio o curul. Comenzando por Delcy Rodríguez (hermana de Jorge Rodríguez), cuyo Director de Despacho, Rafael Corao, es esposo de Jackeline Farías, con quien tiene una hija, Gabriela Corao Faría, que es Viceministro para Europa. Continuando con Arias Cárdenas, que tiene a su hermano de Cónsul en Cúcuta y a su hijo de Embajador en Costa Rica. O Darío Vivas, con su esposa de Cónsul en Boston a pesar de haber estado inhabilitada por irregularidades administrativas. O Diosdado, con su hermana Glenna como Ministra Consejera en Francia. O Aristóbulo, con una sobrina de Jefa de la Sección Consular en Suiza. Por no hablar de los Maniglia: Orlando, ex–Ministro de la Defensa, embajador en Alemania; y Sofía Teresita, su hija, representante del país ante la UNESCO en París. Y qué decir de Mario Isea, exdiputado rojo de verbo encendido, ahora Embajador en España y padre de la Cónsul de Bilbao, Carla Isea. Y como esos otros tantos. ¿Súbita vocación diplomática en el chavismo o ganas de vivir la vida exquisita aún sin estar preparados?

PORTADAWEB

A-Rod y el New York Post

Cuando el New York Post la agarra con alguien, la agarra. Y una de sus víctimas favoritas de los últimos años fue Alex Rodríguez, pelotero al que el periódico, luego de que se descubriera que no sólo usó sino que también traficó esteroides, no perdonó. El fin de semana pasado, día de su retiro con los Yankees, lo despidieron con un curioso -y odioso- titular, escrito con las vísceras en la mano. “Dios odia a A-Rod”, pusieron en portada, y todo porque en el momento del homenaje cayó sobre Nueva York un torrencial aguacero, que ellos interpretaron como castigo del cielo. Nada que no hubieran hecho antes. Acá el repaso de algunas de los episodios más corrosivos contados en portada:

Se destapa el escándalo y lo llaman…

AFraud

Lo confiesa todo, pero no lo perdonan

NYP-A-Rod

Recados envenenados a los directivos 
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Se hunde…y lo hunden (con inyectadora de bate y todo)
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Llega a los 3000 hits…y se los pintan con inyectadoras

NYPostARod062015

Saca el jonrón 24 de la temporada, habla de “jugar limpio”, le hacen un montaje con un reconocido modelo de detergente y lo llaman…

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“Sólo vete”, le dicen el lunes antes de su retiro, haciéndose eco del sentir de los fans

Just Go

“Dejando un legado de engaños y mentiras”, escriben en el antetítulo, antes de despedirlo con un lacerante “Good Roiddance” (una forma irónica y muy americana de despedir feliz –feliz de que se vaya– a alguien)

A-Rod

La última maldad: llueve en su despedida y lo interpretan como un claro signo del cielo

GHAR

PARISWEB

RESEÑA: El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Otro libro para demostrar que segundas partes nunca fueron buenas. Eso es ‘El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz’, continuación de ‘La vida exagerada de Martín Romaña’, con el que apenas comparte protagonista, estilo y autor, pero nada más. De ese humor hilarante, de las risas a carcajadas e incluso de la ternura que rebosa su primera parte no tiene absolutamente nada.

¿Por qué? He allí el detalle. Mantiene Bryce su estilo oral y coloquial de escribir lo que le venga en gana como le venga en gana. Eso no muda. Vuelve a sentirse uno como si le estuviera hablando un compadrito en una tasca, pero esta vez el compadrito ha perdido la gracia. Ya no da tanta risa, como en el anterior libro. Casi aburre.

Será cosa de la historia. Puede que sea allí donde esté la falla. En esta oportunidad Martín sigue en París, da clases en dos universidades galas con un estilo muy particular –las lleva grabadas en un casette– y de repente se aparece en su vida una muchacha, que para él es la misma y misteriosa Octavia que conoció en Cádiz, razón por la cual, aunque finalmente nunca se llame así, ella pasa a ser para él Octavia de Cádiz. Con ella mantiene –o intenta mantener– una relación que se ve dificultada por una serie de diferencias, que van desde la de edad hasta las económicas, y que finalmente resultan insalvables porque ella es hija de una poderosa familia de rancio abolengo que la aparta de él.

Octavia es un personaje que no tiene ni la gracia ni el encanto de la Inés de ‘La vida exagerada…’. De tan misteriosa y rara que la pinta Bryce –hay momentos en los que ella solo se limita a repetir ‘¡Maximus, Maximus, Maximus’– hace que para el lector sea imposible primero entenderla y luego tenerle simpatía. Es un personaje incomprensible, con unos arranques extrañísimos y unas desapariciones más raras todavía, que se hace difícil de querer.

Mejores son otros personajes secundarios, que lamentablemente solo aparecen ocasionalmente: el Príncipe Leopoldo o el juez esposo de la mujer que le arrienda el apartamento. Ellos y otros, en puntuales ocasiones, son los que generan alguna risa –nada que ver con las carcajadas de ‘La vida exagerada de…’ – en el lector.

El final tampoco mejora mucho al libro. Se sale de curso y sorprende, sí. Pero tiene mucho de opereta. De artificioso. Como un intento por salvar un libro que hacía rato –y páginas– que había dejado de sostenerse, y que, recomendación sincera, no debería leer nadie que le tenga cariño al inmarcesible e hilarante Martín Romaña de vida exagerada.

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz

Autor: Alfredo Bryce Echenique

Páginas: 375

Año: 1985

Calificación: 5/10

TERRORWEB

Masacre en El Valle

Pasada la medianoche del martes comenzaron a oírse en El Valle las primeras detonaciones, que no pararon hasta las cuatro de la madrugada. “Fue un tiroteo salvaje, uno escuchaba los balazos, hasta el sonido de las balas rebotando contra los postes, escuchábamos los gritos”, le relató a El Universal uno de los vecinos. Afuera había plomo trancado; adentro, terror. Los residentes se alejaban de las ventanas, movían los muebles, se guarecían debajo de las camas para protegerse y llamaban desesperados a la policía. Más de 27 veces, le relató una vecina a ‘Últimas Noticias’, marcó ella el 911, cuya invariable respuesta era que ya estaban al tanto y que iban en camino varias patrullas, que finalmente se demoraron cinco horas en llegar, y ello a pesar de que cerca había dos comandos: uno de Policaracas y otro de la Policía Nacional Bolivariana. Pero sólo aparecieron con el sol, cuando el tiroteo había acabado. La escena con la que se encontraron los primeros residentes que salieron a trabajar fue escalofriante: cinco cadáveres tendidos en las escaleras, con disparos, quemaduras y golpes en el rostro; alrededor: sangre y balas. En total, fueron seis las víctimas de la masacre, producto de lo que en el argot hamponil se conoce como “cambio de gobierno”: un enfrentamiento entre bandas por el control de una zona. En este caso, los integrantes de las que operan en la calle 15, 16 y 13, contra los de la calle 12. Según el reporte de El Universal “al menos 50 sujetos” llevaron a cabo la acción, lo que sugiere que en cada calle de El Valle hay entonces, y por lo bajito, 16 delincuentes gobernando. Sí, gobernando: porque nomás irse la policía de la zona, ellos volvieron victoriosos. “Regresaron y sin el menor temor nos recordaron a todos que ellos eran los que mandaban, que nadie se equivocara”, relató una vecina. Peor aún: obligaron a una familia a salirse de su casa “porque quieren vivir allí”. “Algo normal”, lo calificó otra vecina, para terminar de pintar el terrorífico cuadro de la Venezuela actual: un país donde manda el hampa, la policía siempre llega tarde y se va temprano, los ciudadanos ven natural una masacre y se resignan a sobrevivir así.

ELCANTODELOCO

La suerte de mi vida – El Canto del Loco

Si no se le presta mucha atención, esta canción podría pasar por una más del montón. Otro tema de amor de cualquier banda adolescente, otra exageración de jóvenes entregados. Si no se le presta mucha atención, repito. Porque bien escuchada se encuentra en ella una letra verdaderamente singular: la de un redimido, que además está consciente de su redención y reflexiona sobre ella. Y eso sí es verdaderamente extraño.

La canción arranca dos dudas. Quien canta comienza cuestionándose sobre esa persona que tiene en frente, sobre qué representa en su vida –“no sé si pensar, si eres el ángel que cuida mi camino”– para luego preguntarse si lo merece: “No sé si pensar, si me merezco todo este cariño”. Es un elogio y a su vez una confesión. Aquí lo interesante es que quien canta no se pone en la postura de haber hallado lo que merecía, haber encontrado lo que buscaba, sino al revés: el elegido fue él. De allí que lo siguiente sea una pregunta que es la clave de toda la canción: “¿Qué es lo que has visto tú en mí, que me regalas tu verdad y tu cielo?”. Acortémosla y quedémonos con la primera parte: “¿Qué es lo que has visto tú en mí?”. Esa pregunta lo dice todo. Es la cumbre del tema. No es cualquier cuestión, sino la que se hace en un momento de clarividencia. Y no es complejo de inferioridad, cuidado. Eso sería otra cosa. Esto es lucidez, una toma de conciencia de las debilidades propias, de la condición humana, de un pasado tal vez desastroso y cargado de errores; y a su vez, de lo bueno, grande y noble que se tiene en frente. Sólo así, cuando se está frente a algo superior, es que se da cuenta uno de su propia pequeñez, y sólo al concientizarlo es que se puede hacerse esa desconcertante pregunta: “¿Qué es lo que has visto tú en mí?”.

Lo que sigue, lógicamente, es la redención, el cambio. “En esta vida ya no quiero otros besos / y cada día tú me das tu total”. Podría sonar baladí, pero detrás de la frase hay una elección, una apuesta, y como toda apuesta sincera, conlleva renuncia. Pero no es la renuncia que amarga y entristece, la dolorosa o la del sacrificio, es la voluntaria –“ya no quiero”– que desprecia todo el resto –“otros besos”– porque se tiene algo mejor –“cada día tú me das tu total”– de lo que ya no se quiere separar –“quiero sentirte siempre muy cerca”–.

Lo que viene luego es mucha glosa y rima de enamorado adolescente –“me puedo morir si veo tristeza en tu sonrisa de niña”–, dependencia exagerada –“pienso que si no existes yo me muero”–, emoción exacerbada –“quiero gritarle al mundo entero que tú vida es lo que quiero”– y hasta algún error gramatical –“muy cerca mío” –. Pero entre ellas se cuela otra frase verdaderamente genial: “En mi cabeza había un sueño / que se ha hecho realidad”. ¿Cuántas veces se podrá decir eso en la vida? ¿Quién tendrá la fortuna? ¿Y no es finalmente eso la felicidad: poder decir alguna vez que se tuvo, que hubo, un sueño que se hizo realidad? Fantástica línea de una canción que sería una suerte poder cantar de verdad al menos una vez en la vida.

ERDOGANWEB

Erdoğan, el niño de pecho de Maduro

Se llama Recep Tayyip Erdoğan, es presidente de Turquía, y parece ser el nuevo ídolo o en todo caso modelo del presidente Maduro. El cartel, exhibido por alguna mujer turca en una manifestación en su contra, e inmortalizado por un fotógrafo de la revista ‘Newsweek’, destaca uno de sus rasgos más característicos: ser un hombre implacable. Durante su gobierno Turquía ha pasado por un proceso de radicalización hacia el Islam, ha restringido la venta y consumo de alcohol, cerrado diarios y televisoras críticas, ha cambiado la Constitución para poder controlar el Poder Judicial, y, sobre todo, ha reprimido a sangre y fuego, literalmente, cualquier disidencia. “Todo el mundo tiene miedo allá”, ha contado el Nobel turco Orham Pamuk, quien vive en el exilio. En julio pasado, Erdoğan fue víctima de un intento de golpe de estado, que fue respondido por él con una purga, más bien apartheid, que ha dejado hasta el momento 60.000 trabajadores públicos y privados (profesores, jueces, fiscales) despedidos y 11.000 detenidos, y que aún hoy continúa, ahora con la detención de varios empresarios que considera enemigos, y la petición de restaurar la pena de muerte para castigar ejemplarmente a los golpistas. “¿Ustedes vieron lo que pasó en Turquía? Endorgan se va a quedar como un niño de pecho para lo que va a hacer la revolución bolivariana si la derecha pasa la frontera del golpismo”, amenazó ayer Maduro. “Estoy preparado para hacerlo y me sabe a casabe lo que diga la OEA y lo que diga el imperialismo norteamericano”, dijo como para que no quedara ninguna de hasta dónde pretende llegar.

SUENOWEB

Así desmantelaron la UCI de Últimas Noticias

Fue como un sueño. Algo demasiado bueno para ser cierto. Una Unidad de Investigación dentro del conglomerado editorial más grande de Venezuela, la Cadena Capriles, editora del diario de mayor circulación del país, Últimas Noticias, en el que domingo a domingo salían publicados los trabajos producidos por el equipo de 9 reporteros-investigadores. Trabajos que en tres oportunidades alcanzaron reconocimiento internacional –Premio García Márquez de Periodismo, Premio Roche de Periodismo de Salud, Premio María Moors Cabot–, nunca local –jamás un Premio Nacional de Periodismo–, pero que siempre sacaron a la luz verdades incómodas. Trabajos cuyo destino estuvo ligado al de la Cadena y que cambiaron radicalmente cuando fue vendida. Acá una historia que termina en pesadilla.

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Carcajadas. Estruendosas y sonoras. Eso era lo que se producía en la Redacción Única de la Cadena Capriles cada vez que algún pajarito azul, anónimo o medianamente conocido, trinaba en la lenguaraz red social que el todopoderoso holding editorial, propietario de los diarios Últimas Noticias, Líder, y El Mundo Economía y Negocios, estaba siendo vendido. Tal era la seguridad que ni siquiera ellos, periodistas, que editaban el diario más leído del país, se permitían aplicar el principio básico del oficio: dudar de todo. Tampoco poner en práctica la más elemental de las herramientas: la pregunta. Y no por temor o falta de acceso al jefe, no señor; más bien por todo lo contrario: porque era demasiado pana y cercano, porque con él todo había sido transparencia; y preguntarle a él, que todas las mañana pasaba saludando, que al mediodía, bandejita en mano, almorzaba en el comedor, que algunas tardes jugaba futbolito con ellos, y algún fin de semana hasta dominó; preguntarle a él, que en las fiestas de Navidad se emparrandaba y bailaba con sus empleados; preguntarle a Miguel Ángel Capriles López, a Michu, si estaba vendiendo la Cadena a espalda de sus empleados, de su gente de confianza, era como feo. Diríase, casi, un acto de deslealtad. Y porque la verdad no tenía ningún sentido luego de haber hecho una monumental inversión para mudarse de sede.

Fue un año antes, el martes santo de 2012, cuando las luces de la Torre de La Prensa se apagaron. El edificio, clásico y añejo, ubicado unas cuadras más arriba del casco histórico de la ciudad, frente al Panteón y la Biblioteca Nacional, había albergado desde 1951 al diario Últimas Noticias y había sido testigo de cómo a partir de éste surgió uno de los grandes emporios editoriales del continente. También vio su decadencia y cómo, en el otoño del patriarca, se iban quedando a la zaga. Y volvió a ser testigo de otro resurgimiento: el ocurrido con la llegada del heredero, en cuya mente dos palabras, ‘modernización’ y ‘profesionalización’, trazaban el norte. De allí que la vieja torre tuviera que despedirse de sus inquilinos ese 03 de abril: porque luego de seis décadas se había quedado obsoleta y ya no era funcional.

El lunes de Pascua –si de resurrecciones se trata– el personal cambió la ruta. Ya su destino no era el centro de la ciudad, sino el noreste. Ya no el Panteón, sino La Urbina. Allí los esperaba su nueva casa: la primera redacción integrada de América Latina, una nave espacial sin puertas ni oficinas privadas, de 1000 metros cuadrados, con 220 puestos de trabajo, sillas ergonómicas y tecnología de punta. Una súper estructura con todas las comodidades posibles: estacionamiento, escaleras eléctricas, comedor subsidiado, gimnasio, cancha de futbolito, kiosco, enfermería, todo. Una pequeña ciudad construida por iniciativa –y capital– de Miguel Ángel Capriles López, quien durante tres años, con su equipo gerencial y asesores extranjeros, planeó cada detalle, y durante el año siguiente se pasó los días solventando y arreglando cada desperfecto. Por eso, que dijeran que vendía mientras ellos lo veían allí, preocupado porque el ascensor no estaba bien calibrado o había que terminar de graduar las escaleras mecánicas, lo que les producía era risa.

“Él estaba emprendiendo aquella movida gigantesca y metiéndole tanta plata a ese edificio que era impensable que vendiera”, recuerda Tamoa Calzadilla, ex cabeza de la Unidad Central de Investigación (UCI) de la Cadena Capriles. “Era como que alguien esté comprando una casa nueva, la esté alfombrando, poniéndole mármol, trayéndole a los mejores arquitectos e ingenieros; y que te digan que la está vendiendo. ¡Eso no existe! ¡No tiene lógica!”, se justifica. “Es más –recuerda– yo lo entrevisté sobre la integración de las marcas y todo era muy optimista: estamos reformando la Cadena, estamos haciendo mil cosas, apuntamos a ser los mejores de América Latina…”.

Eso explica por qué, cuando el 20 de mayo, no ya un anónimo, sino Idania Chirinos, directora del canal de noticias colombiano NTN24, anunció vía twitter que la Cadena había sido vendida “a un banquero cuya inicial es la de un canal de TV”, todavía hubo algunos que dudaron. “Yo fallé de primera: puse un tweet en el que decía: ni se venden ni la venden”, hace mea-culpa Carmen Riera, ex directora de Periodismo Gráfico y Audiovisual de la Cadena, “pero era tal la confianza, era tal la seguridad…”, suspira. Lo mismo Nathalie Alvaray, vicepresidenta de la Cadena, si no mano derecha de Capriles López, sí de su entera confianza. “Yo sin voltearme a preguntarle al dueño lo negué y bajé a la redacción a decir que eso no era así”.

Tan absurdo le parecía todo, tan segura estaba, que, tranquila ella, sin ningún tipo de temor se fue a Tailandia a exponer la Cadena Capriles como caso de innovación ante la Asociación Mundial de Periódicos. Allí, en Bangkok, al otro lado del mundo, una llamada de Capriles López le confirma que sí, que es cierto, que están vendiendo. “Me montó cachos el marido y no quise ver”, ríe con humor negro. Fin de semana de llamadas trasatlánticas. De mails y whatsapp. De confirmarle a su equipo la mala nueva. De ir al aeropuerto a intentar conseguir un pasaje de regreso.

Camino al aeropuerto se encontraba Liseth Boom, periodista del equipo de investigación, que el viernes había salido de vacaciones. Allí le llegó la confirmación: “Muchachos, lo del rumor es verdad”, les escribió Tamoa Calzadilla. “¡Miércoles, fue horrible! Yo me acuerdo bajando a Maiquetía y llorando. Diciendo: esto se acabó”.

1

Fue un lunes cuando Víctor Vargas, dueño del Banco Occidental de Descuento (BOD), visitó la Cadena Capriles. Y se sabe que fue un lunes porque ese día directores y jefes de mesa se reunían para planificar la semana, y lo hacían en una sala ovalada transparente desde la que todo se veía y a todos los veían. En medio del sanedrín, alguien, aparentemente Omar Lugo, sabueso de economía, vio al banquero paseando con Capriles López por la redacción. “A nosotros nos extrañó que estando todos los jefes reunidos no lo presentara. ¿Cómo viene alguien tan importante y no lo presentan?”, reflexiona, a toro pasado, Calzadilla.

VV, sus iniciales, se correspondían con lo informado por Chirinos –al canal 4, Venevisión, se le abrevia VV–. Sin embargo, la versión oficial era muy distinta. Una corporación inglesa, Latam Media Holding –registrada en Curazao en septiembre de 2013–, que a su vez era propiedad de un tal Hansom Group –registrado en Londres el 23 de mayo de 2010 y que hasta septiembre de 2013 tenía sólo 6 empleados– que tenía inversiones en Europa, Asia y América –ninguna en medios–, eran los nuevos dueños. Ello, a pesar de que las leyes establecen que los diarios escritos en castellano sólo pueden pertenecer a empresas nacionales.

Que iba en contra de la ley fue lo que alegó BOD para desmentir –de la boca para afuera– la operación: “No es cierta la compra de la Cadena Capriles por parte de BOD-Corp Banca ni Víctor Vargas. No es de nuestro interés ni lo permite la ley de bancos”, twitteó en su cuenta oficial el banco a las 12:54 pm del lunes 03 de junio. “Ellos lo niegan estando Víctor Vargas montado en el ascensor de la Cadena”, recuerda indignada Calzadilla. Puede que por ello nadie, ni un modesto periódico de provincia, se lo creyera. “El único banquero chavista compró la Cadena Capriles” tituló el diario La Prensa de Barquisimeto para reseñar la operación. “Todo parecía indicar que era una matrioska financiera para confundir. Sabemos que detrás de todo esto hay ingenieros financieros que se dedican a tapar este tipo de compraventa en el mundo, y que Víctor Vargas tiene los mejores y todo lo hacen para que nadie lo desmienta”, dice Tamoa.

En todo caso, más hablan los hechos que los documentos. Y fue un hecho que a la directiva de la todavía Cadena entraron Pedro Rendón Oropeza (presidente de BOD) y Diego Lepage (abogado de Víctor Vargas); que parte de la nómina pasó a BOD; que varios jefes de la Cadena se reunieron en casa de Víctor Vargas en el Country Club, Eleazar Díaz Rangel, director de Últimas Noticias, incluido; que el propio Víctor Vargas lo confesó en esa reunión –“Yo soy el comprador. Yo soy el dueño. Yo lo compré. Y lo compré porque me gustan los medios”–; y que el mismo Capriles López se lo confirmó a su personal de confianza –“Víctor Vargas es la persona con la que yo me senté y negocié. Son sus abogados los que han tenido trato con los míos. El dinero proviene de su banco. No he tenido trato con más nadie” –.

2

Un mes después de la lacrimosa partida vacacional, Liseth Boom regresó y, contrario a lo que esperaba, no se había acabado todo. “Volví y no encontré ninguna diferencia, salvo cierto ambiente de incertidumbre: qué va a pasar, quiénes son los dueños; pero seguimos trabajando normal”. A la ausencia de certezas –que no otra cosa es la incertidumbre– se le sumó otra ausencia: la de Miguel Ángel Capriles López, quien desde el anuncio de la venta no se dejó ver más por la redacción, por su redacción. Y no porque hubiera dejado de ir a la Cadena –allí estuvo, en su oficina, hasta octubre– sino porque dejó de compartir con sus empleados.

Ausencia extraña de quien hasta entonces había sido un jefe muy cercano –“llegaba todos los días a las 7-8 y pasaba por la redacción: qué ha pasado, cómo están, cómo va todo”, recuerda Riera–; que se había caracterizado por su proximidad –“venía de una escuela de la nueva gerencia, que es de encontrarse con sus empleados: comía con nosotros, hablaba con todo el mundo, nunca lo sentimos como un patrón lejano”, evoca Boom–, y que era figura entre sus empleados –“era más que presidente y dueño. Era una especie de Lorenzo Mendoza, tenía un liderazgo importante, había una inspiración”, cierra Calzadilla–.

El veneno de la duda, dicen los allegados, había comenzado a hacer estragos en el heredero, que luego de estar seguro sobre a quién le había vendido, comenzó a dudar sobre si no sería un intermediario detrás del cual, ocultos, actuaban otros intereses. Y eso, claro, lo mataba. Porque desde niño había crecido entre bobinas y tinta, la Cadena había sido su casa y la nueva sede su gran proyecto. “La idea de la nueva sede era que la gente no se fuera de la Cadena. Él siempre dijo: yo no quiero que la gente se vaya”, explica Riera, que trabajó de cerca en el proceso de mudanza.

¿Por qué, entonces, si no quería que nadie se fuera, él fue el primero en hacerlo? Allí comienzan a tejerse las especulaciones. Que por dinero, dicen sus detractores. “Era un empresario y eso es lo que hacen los empresarios: negocios”, desliza desde el anonimato alguien que mucha simpatía no le tiene. Los más cercanos, no obstante, lo absuelven: vendió en contra. Y para justificarse (o justificarlo) exponen la conformación accionaria de la Cadena: una empresa familiar compuesta por siete hermanos, todos con partes iguales, de los que él era uno más; el único varón, eso sí. “Yo no quise vender, pero no pude convencer a mis hermanas de todo lo contrario”. Palabras más, palabras menos, así se habría justificado ante sus íntimos. Y entonces aparecen, proféticas, unas palabras atribuidas al padre, Miguel Ángel Capriles Ayala, el creador de todo, citadas en una antigua edición de la indiscreta y extinta Exceso: “Lo malo no son los Capriles, sino las Capriles”.

Las Capriles, Mayra, Tanya, Mishka, Perlita, Mía y Cora, viven fuera del país y nunca estuvieron cerca del negocio. “Cuando mi padre murió, mi hermano asumió las riendas de la Cadena y lo primero que hizo fue preguntarnos: ‘¿Ustedes quieren que repartamos los dividendos o prefieren que modernicemos los medios?’ Las seis, unas con dinero, otras no, le respondimos: ‘Lo que tú digas, estamos contigo’”. La infidencia la obtuvo de Tanya el periodista Ricardo Escalante, quien se la encontró en una exposición de arte en Houston y le sacó las pocas –y únicas– palabras que ha habido de la familia sobre el tema. Y lo que Michu dijo, refieren los allegados, es que estaba bien, que se modernizarían los medios, con la condición, eso sí, de que ni ellas ni sus hijos –es decir: sus sobrinos– se acercaran a la empresa para él poder trabajar tranquilo y con autonomía. “Eso al final le jugó en contra, porque hubo un desarraigo, ninguna tenía el apego que él tenía; mensualmente recibían su ganancia y ya”, refiere, anónimo, uno de sus más cercanos. Por eso, se entendería, para ellas no fue tan difícil. “Se presentó la oportunidad de vender. Un grupo hizo la oferta y mi hermano habló con nosotras”, es lo que refiere Tanya del cónclave familiar que dio al traste con la Cadena, no sin antes matizar que lo hicieron “con mucha tristeza y dolor”, agobiados por una “inmensa” presión –“todos los días había llamadas telefónicas para decir ‘no publicaste esto, vamos a cerrar el periódico’” –, y darle, ella también, la absolución al hermano: “tiene un desgaste emocional en este momento”.

Desgaste que fue visible en su despedida de la redacción, el 24 de octubre, cuando oficialmente se cerró la venta y se concretó el traspaso. Ese día, por primera vez en cuatro meses –y por última en su presidencia–, bajó a la redacción. Sentimientos ambivalentes. Unos los recibieron con cariño, otros ni se le acercaron. “Se veía en sus ojos una mirada no muy convencida, bastante perturbada y hasta nostálgica”, lo describió el periodista José Rafael Mata en su blog.  “Estaba guapeando de lo lindo, le costaba mucho verle la cara a toda la gente”, recuerda Calzadilla. “Fue sumamente doloroso. Hubo gente que lloró, que estaba muy mal. Yo lo recuerdo como uno de los peores momentos”, rememora Boom, quien no olvida sus palabras finales para la UCI: “Sigan haciendo periodismo”. Con ellas se acabó el ciclo, casi diríase la era, de los Capriles y su Cadena.

3

“Se concretó la venta de la Cadena Capriles. Ratificados en sus cargos los directores de Últimas Noticias, El Mundo y Líder”. Con ese gran titular, lanzado en la web del periódico y replicado por agencias internacionales, comenzaba la nueva etapa, “bajo el paraguas corporativo de Latam Media Holding”. Carlos Acosta López era nombrado presidente y BOD se convertía en el gran aliado. “El presidente de la nueva Junta Directiva anunció que se ha acordado estrechar relaciones con el grupo financiero BOD (…) el cual ha otorgado un financiamiento superior a los BsF 500 millones a los fines de potenciar la línea de negocios de la Cadena Capriles, así como los productos y servicios para sus 1500 empleados”. Es la era de los banqueros.

“Era una etapa rara porque ellos no sabían nada de periodismo, pero vivían metidos en la redacción: a mí se me acercaban porque decían que les encantaba Sucesos. Eran buena gente en verdad, pero tú sí decías, ‘¿por qué están aquí?’”, recapitula Wilmer Poleo, al momento coordinador de la sección de crímenes y policiales.

Desde la apertura hasta el cierre, los banqueros –así les decían– estaban en la redacción. Y si aquello hubiese sido sólo una excentricidad de gente con dinero que quería jugar al periodismo, bien hubiera podido terminar todo; pero de juego tenía poco: más bien se lo tomaban muy en serio. “De su parte había mucha necesidad de control y tenían una idea del uso de los medios muy equivocada”, apostilla Nathalie Alvaray, a quien le costó mucho –y no era la única– pasar de un Capriles López que se estrenó en la presidencia de la Cadena mandando a devolver a los directores que subían a preguntarle –como era tradición con su padre– con qué quería él que abrieran al día siguiente los periódicos, y quien sólo en contadas ocasiones –llámense elecciones o algún acontecimiento especial– revisaba los diarios antes de que entraran a imprenta; pasar de eso a unos señores que hasta pedían que se hicieran notas con llamados en portada sobre un asunto tan personal –e irrelevante– como el divorcio de Víctor Vargas, se entiende, no era fácil. Y quizás si todo se hubiera reducido a ello, a meter notas de farándula bancaria, a hacer sociales financieros, puede que los cambios, todavía, hubieran sido soportables. Pero ese era sólo el comienzo de una etapa que estuvo marcada por una exigencia concreta que se condensaba en una frase que en su simpleza lo decía todo: “bajarle dos”.

“Bajarle dos era censura. En la práctica consistía en no ser tan críticos, no poner titulares fuertes, no meterse tanto con el gobierno, no ser tan impertinentes”, traduce la sentencia Tamoa Calzadilla, a quien el director de Últimas Noticias, medio en broma y medio en serio, le dijo que en su caso, en el de la UCI, no eran dos sino cuatro lo que debían bajar.

Por si quedaban dudas sobre la querencia de la nueva directiva, el fichaje estrella de invierno para la redacción las despejaba todas: Desiré Santos Amaral, diputada del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y directora de la muy comprometida y revolucionaria Radio Nacional (RNV), quien se incorporó a la Cadena como Consejera Editorial. “A ella se le dieron una serie de normas y reglas, que era ver los periódicos y hacer un informe sobre cómo se habían tratado los temas e informaciones. Eso nunca lo hizo”, cuenta Carmen Riera. Lo que sí hizo fue asistir, puntual, a todas las reuniones, especialmente a las de la tarde, en las que se discutían las portadas. “Era incómodo tenerla allí. Siempre intervenía histérica y le susurraba cosas en el oído a Eleazar y él le hacía caso; se ponía tenso, nervioso y empezaba a presionarnos a nosotros”, continúa Riera, a quien de aquellos días –si de tensión se trata– le quedó un fuerte dolor de espalda. “No impuso temas ni nada, pero lo criticaba todo. Quería hacerse sentir siempre, no entendía los procesos y era muy grosera y muy despectiva”, la recuerda, con poco cariño, Liseth Boom.

Eran tiempos de campaña para las elecciones de Gobernadores y Alcaldes cuando el Potro Álvarez visitó la Cadena. El beisbolista, más utility fuera del terreno que dentro de éste, que ya había sido reggaetonero, en ese momento era candidato a la Alcaldía de Sucre y terminaría de Ministro luego de la derrota, iba de visita. Un grito chillón –“¡Potro, mi amor!” –, cruzó la Redacción Única y acto seguido la regordeta figura de la diputada corrió y se fundió, fan enamorada, en un abrazo revolucionario y de camarada con el aspirante a burgomaestre. “Fue como en Ligia Elena. La escena famosa en la que se reencuentran en las escaleras del CCCT, en cámara lenta. Algo indignante”, recuerda Riera, a quien el episodio le quedó tatuado por la frescura y el desenfados con los que la diputada expresaba públicamente sus simpatías ideológicas en la redacción.

“Con esas elecciones hubo muchísima presión. Delcy Rodríguez [Ministra de Comunicación] llamaba todos los días al presidente de la Junta Directiva y a los representantes, y los convocaba a reuniones en el Ministerio. Ellos llegaban luego a la Cadena con observaciones”, recuerda Nathalie Alvaray. Observaciones que a veces cruzaban el límite de lo absurdo, como sucedió unos días después de las elecciones con una infografía de portada en la que reseñaban el resultado de las concejalías, donde la oposición tuvo mayoría y hubo más azul que rojo. “Ese día Delcy llamó a protestar y fue un peo enorme, porque decía que eso era parte de una publicidad subliminal en contra del gobierno, ya que el azul combinaba con el logo del periódico y eso significaba que estábamos alineados con la oposición”, cuenta Alvaray, quien, a pesar de estar curada en salud con respecto a acusaciones de ese tipo –una vez les reclamaron por una foto que tapó el No del logotipo y fue interpretada como un intenso de censura a la opción del gobierno; en otra oportunidad los acusaron de emitir mensajes subliminales por medio de los crucigramas–, nunca dejó de sorprenderse.

Ponerse ingenioso en esa campaña le costó el cargo a Omar Lugo, director de El Mundo Economía y Negocios, tabloide especializado en finanzas. Del tema no le gusta hablar y prefiere pasar de puntillas sobre el carbón ardiente. Son sus compañeros quienes dan la cara por él: que decidió no bajar la guardia, dicen, que se mantuvo en sus trece, y que una portada en la que relacionaba la baja de las reservas con los descuentos de precio promovidos por el gobierno como estrategia electoral –“Las rebajas llegan al BCV” era el titular– fue la gota que rebasó el vaso.

“Cuando despiden a Omar yo dije: esto ahora sí cambió. Pero nosotros en la UCI seguimos normales, con los cronogramas, haciendo planes”, rememora Boom. Y sí, seguían haciendo lo mismo, pero cada vez con mayor resistencia en frente: “La presión comenzó a ser más fuerte. A la hora de proponer temas para investigar todo se volvió muy incómodo, comenzaron a darse unas discusiones fastidiosísimas, había que tomarse dos valerianas para negociar; hasta que Eleazar me sugirió que si tenía un tema difícil no lo llevara a la reunión de los lunes, en la que estaban los diez directores, sino que se lo llevara a él antes, ‘no sea cosa que te tenga que decir que no delante de todo el mundo’”, recuerda Calzadilla.

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El 12 de febrero de 2014 fue un día de disturbios. En la calle tres personas fueron asesinadas, la fachada de la Fiscalía fue destruida y se desató una ola de protestas que durante más de un mes convulsionó las principales ciudades del país; entretanto, en la Redacción Única intentaban descifrar ese mediodía los reportes que vía radio hacían los periodistas y fotógrafos que tenían en el lugar de los hechos. Reportes que venían cruzados con ruidos de detonaciones y gritos que tenían a la redacción en vilo, mientras la diputada Santos Amaral perdía los nervios: “¡Esto es el 11 de abril! ¡Esto es el 11 de abril! ¡Nos están matando a nosotros! ¡Hay un golpe de estado”, gritaba a todo pulmón. “Dicen que son estudiantes porque son de ustedes. A los nuestros no les dicen así porque son pata´en el suelo y pelabolas”, bramaba. “¡Quédate tranquila y deja de pegar gritos: estamos en una redacción y no en la Asamblea Nacional, así que te agradezco que respetes”, intentaba calmarla con carácter Carmen Riera, pero no había manera. “Estaba loca, loca, loca”, la recuerda Liseth Boom. La directiva, a pedido, más bien exigencia, de Riera –“les dije que me quitaran a esa loca, porque de verdad no podíamos trabajar”–, intentaba calmarla y la llevaban fuera, pero siempre volvía gritando. “Hacía un ruido terrible, porque no sabíamos lo que estaba pasando: el twitter estaba enloquecido, de repente sacan del aire NTN24, que era el único canal que estaba transmitiendo en vivo, y en medio de todo aquello esa mujer cruzaba la redacción gritando cosas altisonantes”, narra Tamoa. El clímax llegó a eso de las 8:00 pm: RNV está siendo atacada le dicen –o ella entiende, porque eso nunca pasó– en una llamada. “¡Están quemando mi radio! ¡Yo me voy a defender mi radio!”, gritaba. “¿Qué vas a hacer para defenderla?”, le pregunta alguien medio en broma. “¡Lo que sea! ¡Lo que sea! ¡Yo me voy a defender mi radio!”. Indiferencia total en la redacción y enervamiento de la diputada: “¡Yo me voy de este periódico porque aquí se pasan la ética por el culo!”. Con esas palabras terminó su etapa. Al día siguiente, Alvaray le dio un ultimátum a la directiva: si Desiré volvía, ella renunciaba. Y no volvió.

El domingo siguiente, Últimas Noticias salió a la calle con una bomba informativa made in UCI: un reportaje en el que demostraban que funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), la policía política del gobierno, habían disparado contra los manifestantes y eran los responsables de la muerte de Bassil da Costa. Tres videos y más de 100 fotos les permitieron reconstruir los confusos hechos ocurridos ese día y desmontar la versión oficial, que hablaba de francotiradores de la oposición. “Como siempre –narra Calzadilla–, le expliqué al director lo que habíamos logrado. Horas más tardes, Díaz Rangel me informó que se había comunicado con la Fiscal para pedirle que viera la investigación”.

Con el gobierno advertido, el reportaje salió a la calle; sin embargo esto no impidió que hubiera presiones: el material audiovisual, un video colgado en la página web del periódico, se convirtió en objeto del deseo gubernamental. Que lo bajen, pedía insistentemente la Ministra de Comunicación e Información, Delcy Rodríguez, en múltiples llamadas. Que lo bajen, se unía al coro el director del periódico, Eleazar Díaz Rangel. Que si lo bajan yo renuncio, amenazaba Nathalie Alvaray, quien se plantó firme y logró impedir que el video –de lejos el más visto de ese mes– desapareciera. Esas horas, de tensión y presiones, culminaron cuando el Presidente de la República, en una alocución, reconoció los hechos –tuvo que– y se vio obligado –hubo que– a cambiar la versión oficial.

No sólo ésta cambió. Diez días después la directiva de la Cadena también. El 26 de febrero los banqueros desaparecieron para darle paso a David de Lima, ex gobernador de Anzoátegui, político de verbo audaz y camaleónicas preferencias, que había sido chavista acérrimo, obstinado opositor, chavista nuevamente, feroz crítico de Henrique Capriles y, de la noche a la mañana –“he sido designado por un grupo de accionistas que propuso mi nombre”–, presidente de la Cadena Capriles.

Llegó disparando alto y soltando lindezas contra los anteriores dueños: que Capriles López era un corrupto. Que en los periódicos de la Cadena había palangre. Que allí se había vetado a personas, él la primera víctima. Que los periodistas históricamente habían servido para enriquecer a los dueños. Que le dieran las gracias por decir esas verdades. Que no podía revelar el nombre de los nuevos propietarios. Que él apenas y tenía un poquito de acciones. Que la línea editorial sería defender la constitución. Que dentro de la constitución todo y fuera de ella nada. Que corrupción probada corrupción publicada. Que cero rumores y fuentes anónimas. Que la portada era suya. Que no iban a abrir con la oposición. Que adentro no había problema en que salieran los opositores. Que para eso tenían los periodistas cuarenta y tanto de páginas.

Con las cartas sobre la mesa, Nathalie Alvaray prefirió botar tierrita y no jugar más: “Era un desgaste enorme luchar contra los intentos de censura: que me mandaran a bajar información y yo tener que defenderme constantemente, estar argumentando. Eso era todos los días. Y yo no iba a presionar a la gente ni a permitir que siguieran diciendo que en esa empresa había antes todos esos vicios periodísticos que decían. Yo me formé en la Cadena y me enorgullezco de decir que en esos 15 años se hicieron enormes cambios en una redacción que tenía baja formación. Cuando yo entré todavía se usaban máquinas de escribir. Y logramos construir esa súper redacción, y todo lo que se pudo hacer se hizo; pasamos de hacer unos periódicos en blanco y negro a unos digitales, con narrativas innovadoras; formamos a los periodistas, hacíamos dos y tres cursos al año, durante 7 años hicimos el seminario de diseño con gente de afuera; a los gerentes nos dieron cursos de finanza, de presupuesto y de estadística porque se nos exigía que estuviéramos bien formados. Y fue muy frustrante encontrarme con jefes que no entendían el negocio periodístico, que tenían una visión de la gerencia sumamente atrasada, que venían a hacer un producto que favorecía directamente al gobierno, que no eran transparentes en sus discursos: yo quería saber quién me pagaba el sueldo, de dónde venían los reales. Todo eso me frustró mucho”.

“Ella llegó a convertirse en la Dama de Hierro de la Cadena Capriles, tenía un poder increíble y le daba poder a todos sus amigos”, rememora Wilmer Poleo. Y la UCI, si de amistades se trata, era de las más entrañables de Alvaray –“no sólo fui su jefa, sino que también, durante muchos años, en muchas reuniones y en muchas presentaciones, me paré a defender su existencia y peleé para que se consiguiera el dinero para financiarla”, recuerda–. Por eso, se comprende, su renuncia los afectó tanto: perdían un importante apoyo. “Cuando Nathalie renunció, allí si nos dimos cuenta de que nada sería igual”, dice Boom.

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“No sale publicado”. Esas fueron las últimas palabras que pronunció Eleazar Díaz Rangel para ponerle fin a una acalorada discusión vía telefónica con Tamoa Calzadilla, quien al día siguiente renunció. Se refería al reportaje, más bien crónica, “Lo que está detrás de las guarimbas”, escrito por Laura Weffer, que debía salir el domingo 16 de marzo y nunca fue publicado. En éste se relataba cómo era un día de protestas en Plaza Altamira, y se hacía una narración paralela entre las acciones y vida de los manifestantes y de los Guardias Nacionales que los reprimían, para concluir que al final ambos sufrían los mismos problemas.

“Se trataba de una exaltación a la guarimba, donde se equilibraban las partes sin considerar si una estaba al servicio de la ley y otra en contra”, se justificó en su columna del domingo siguiente Díaz Rangel. “Si hubo un asunto al cual el presidente de la Cadena Capriles, David De Lima, se había referido (…) era el de las guarimbas, que ofreció como ejemplo de lo que no podíamos estimular ni promover en nuestras marcas”, alegó sobre el que llamó “episodio cotidiano en cualquier medio”.

Episodio que para Calzadilla, sin embargo, no fue tan cotidiano sino que marcó un punto de inflexión y su salida de la Cadena. “No me necesitas en este puesto, necesitas una operadora política, alguien experto en propaganda oficial” fueron sus palabras de despedida para quien durante años fuera su director.

¿Qué pasó exactamente? “Cuando tú lees la pauta de lo que le pidieron a Tamoa es diferente al trabajo que entregó: le pedían que estableciera el financiamiento de las guarimbas”, arranca Wilmer Poleo desde su acera. “Yo tuve [con Eleazar] –relata Calzadilla desde la otra– una larga y precisa conversación sobre el tema del financiamiento. Le dije que para poder confirmarlo la Unidad de Investigación debía dar con una prueba contundente (…) porque de otro modo era irresponsable incluir esa acusación en el reportaje”. “Vamos a suponer que llegó y se le hizo difícil: bueno ella tenía que volver y decir ‘es imposible hacer esto’, pero ella se trajo de una otra historia”, argumenta Poleo. “Tres días antes de la publicación le presenté el trabajo final y él hizo varias observaciones. El viernes le reenvié el texto con las correcciones. Sin embargo, el sábado en la tarde aún no le daba el visto bueno. ¿Lo estaba revisando alguien más?”, se defiende Calzadilla. “Cuando Eleazar lo vio, dijo: ‘eso no fue lo que yo pedí’. Ella no estuvo de acuerdo. Se molestaron y discutieron”, continúa Poleo. “[Eleazar] comenzó a gritar en medio de la redacción (…) Se plantó: si no se le hacen las correcciones, entonces no se publica. Esas correcciones giraban en torno a tres puntos: decir que los jóvenes que protestaban eran tarifados (financiamiento), descalificarlos (no son manifestantes) y que la conclusión del trabajo los ‘condenara’. Me negué. No iba a pedirles a mis reporteros que torcieran algo en contra de los manifestantes”. “Entonces no sale publicado”, cerró Díaz Rangel.

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“Quiero dar la pelea un rato más: me quedo hasta donde pueda sin tranzar nada”. Esa fue la determinación de Liseth Boom –y del resto de la UCI– luego de la renuncia de Tamoa. Sin su gran protectora –Nathalie Alvaray– ni tampoco quien fuera su cabeza –Calzadilla–, se encontraban desamparados. Ya nada volvería a ser como antes, ni podrían volver a hacer lo que hicieron. El final estaba cantado: unos se irían antes, otros después, pero todos terminarían fuera; sin embargo, morirían matando: “había cuatro trabajos que quería hacer y dije: voy a aprovechar”.

Como en el boxeo de principiantes, la pelea de Boom contra la censura fue a 4 rounds. El primero –“Brasil vende casi todas las bombas lacrimógenas”, un trabajo de investigación sobre el origen de las bombas lacrimógenas de los cuerpos de seguridad venezolanos– lo ganó fácil: se publicó sin mayores cambios. El segundo –“Los cerros bajan a comprar comida”, una denuncia sobre la situación de escasez y desabastecimiento que había en los barrios pobres de Caracas– lo peleó bastante: resistencia del director del periódico, del presidente de la Cadena –“De Lima dijo que no fuera”– y gran susto cuando el domingo no apareció en portada: “Fue una de las fórmulas que empezaron a usar para censurar: invisibilidad. Te publico, pero no sales en primera”. El tercero –un reportaje sobre la fábrica de helados socialista Copelia, que deja de manifiesto que no ha cumplido las metas trazadas y presenta fallas de distribución, a pesar de recibir constantemente recursos– salió publicado con otro título: “Helados Copelia dependerá menos de insumos importados”. Jab –“¡Titularon con una promesa de la voz oficial, no con el hallazgo de la investigación!”- y gancho al hígado –“Olvídate de ese tipo de trabajos: eso no se va a hacer más. Ya no vamos a trabajar con balances de empresas del estado. Esto ha cambiado”, le dijo el lunes siguiente Díaz Rangel a César Bátiz, cuando fue a reclamar el cambio de título–. El último round –“La canasta alimentaria se compra en más de tres días”, trabajo sobre el costo en tiempo y metálico que requiere la adquisición de la canasta básica– no se libró. Boom lo dejó escrito, renunció y el director lo congeló: “Yo ya me había ido del periódico, pero todavía tenía gente adentro. Yo los llamo: ‘qué pasa, qué dice Eleazar’. ‘No. Que está en revisión’. Él estaba dejando congelar el trabajo para que perdiera vigencia: en un mes cambian los precios y se cae toda la hipótesis de trabajo. Es otra fórmula. Entonces yo decido publicarlo en Runrunes”.

Ya para ese entonces, el equipo que había montado la Unidad Central de Investigación (UCI), sus fundadores, sus protectores, los que la dirigieron, los que por ella apostaron y lucharon, los que la hicieron, de ellos no quedaba rastro: todos, renuncia mediante –ningún despido–, se habían ido.

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“Tratos crueles denuncian chamos detenidos en protestas”, “Daka se comió el manjar de Cadivi”, “El gobierno habla de sabotaje al menos una vez al mes”, “Cargamentos de coca navegan por ríos del Zulia”, “Motorizados rueda libre”, “Niños mueren en la línea de fuego”, “Pinchanalgas al garete: especial sobre biopolímeros”, “En el Sefar estarían depositados 50 mil kilos de medicamentos”.

Esos fueron los títulos de algunos de los trabajos de investigación de la antigua UCI. “Haber hecho una Unidad de Investigación de ese calibre, haber existido de esa manera en esos tiempos, haciendo periodismo digital además, todo eso fue un logro inmenso”, hace balance, satisfecha, Calzadilla.

“Ultraderecha venezolana se conecta desde Miami”, “Redes sociales desinforman sobre Venezuela en el norte”, “La angustia es nociva para la salud”, “Diputados se nutren de la sabiduría popular”, “En toda guerra abierta o solapada está la garra imperial”, “No hay quien le ponga el cascabel a EEUU”, “La comuna Guaicamacuto pronto será autosustentable”, “¿Por qué no hay estados Páez, Urdaneta y Mariño?”.

Esos son los títulos de algunos de los trabajos de investigación de la nueva UCI, que domingo a domingo, mismo logotipo y firma, distinto contenido, ha seguido publicando. “Son unas cosas espantosas sobre cómo no hacer periodismo; unas cosas locas, sin fuentes, muy mal hechas. Como Unidad de Investigación está desmantelada: vas y hay una gente, pero no hay investigadores”, se desquita Calzadilla.

Tan desmantelada que, cuentan, el propio Díaz Rangel, en una medida desesperada, ha tenido que desempolvar los viejos manuales de periodismo que usaba en su época de profesor estrella, para repartirlos entre los integrantes del nuevo equipo de investigación –“la jefa incluida”, agregan con malicia– a ver si se entera de qué va eso del periodismo de investigación.

“Me da una especie de sentimiento de rabia con tristeza con ganas de salir corriendo. Me da una sensación de tierra arrasada”, dice Calzadilla. “Tengo en el fondo una sensación de desazón, de que se acabó la película y ganaron los malos”. Así termina, triste final, la historia de ese feliz paréntesis dentro de los anales del periodismo vernáculo que fue –minuto de silencio– la Unidad Central de Investigación de la Cadena Capriles.

Meridith Kohut - ‘The New York Times’

Albino, el campo minero con malaria

‪#‎PuntoCiego‬: Albino. Así se llama el lugar de esta foto. Es un campamento minero ubicado en el estado Bolívar, a cinco horas de Ciudad Guayana, que ha sido inmortalizado por el lente del fotógrafo Meridith Kohut de ‘The New York Times’. Como se puede ver, es un sitio pobre, más bien paupérrimo, en el que ni siquiera hay calles de asfalto. Los cables de luz forman una maraña imposible de desenredar, debajo de la cual se alzan unos muy endebles techos de zinc soportados sobre unas vigas de madera todavía más endebles. No faltan, sin embargo, las antenas de DIRECTV. Tampoco las motos, que a todas luces son el vehículo principal, aunque haya algunos rústicos e incluso un viejo carro marrón. Sus habitantes son mineros a quienes se les va la vida excavando en el barro para conseguir oro. Los hay con pasado universitario y de oficios más urbanos: ingenieros, taxistas, meseros, empleados de oficina y funcionarios de gobierno. Son el producto de la crisis: desesperados, lo han dejado todo en procura del oro. Se someten al mando del grupo armado que controla la mina, a los que deben pagarles una comisión y quienes los amarran a postes o matan en caso de desobedecer, y se exponen a morir en un deslave o, incluso, de malaria. Sí, la enfermedad erradicada en los años sesenta ha vuelto y repuntado, y lo ha hecho en su forma más mortífera: la del “plasmodium falciparum”, que ha encontrado en esas minas ilegales un foco perfecto para expandirse. El gobierno calla, no dice nada en sus reportes epidemiológicos. Es secreto de Estado. Pero todo se sabe. Y se ve.

QUEESTAFAWEB

La estafa del aumento salarial

Rodeado de ministros que lo aplaudieron frenéticamente, el presidente Maduro salió el viernes en plan de salvador para anunciar un nuevo aumento del salario mínimo. Usó hasta el cansancio la expresión “he decidido” –como para dejar en claro que todo ha sido obra suya– y se presentó como “un obrero que está defendiendo el trabajo y el salario”. De hecho, enmarcó la medida dentro de su política de “protección del salario”. “Nuestro bando es la clase obrera, los trabajadores, los humildes, la familia, el pueblo de Venezuela; ése es al que nosotros protegemos”, bramó en su momento de mayor éxtasis. Sin embargo, la realidad puede que sea radicalmente opuesta, y que este pretendido obrero con ansias de padre sobreprotector, en lugar de preservar el salario lo esté destruyendo. Las leyes económicas son simples: un aumento de sueldo no se puede hacer sin que previamente haya habido un aumento en la productividad, que genere los ingresos para pagarlo. Y eso no ha pasado. Por lo tanto, el aumento será una carga durísima para las empresas, algunas de las cuáles se verán en la disyuntiva de despedir empleados o irse definitivamente a la quiebra. Pero también será una dura carga para los venezolanos en general. ¿Por qué? Lo explicó en una sencilla sentencia el economista Ángel García Banch, de Econométrica: “Cualquier aumento de salario superior al de la productividad generará inflación”. Es decir: que en poco tiempo se volverán a disparar los precios y la capacidad de compra de este aumento quedará aniquilada. ¿Dentro de cuánto será eso? Según los cálculos de Henkel García, también de Econométrica, 45 días. “En tan sólo un mes y medio todo el poder de compra ocasional de este aumento será comido por la inflación”. Inflación que, de acuerdo con sus cálculos, cerrará el año en 700%, y que le gana con creces al porcentaje acumulado de los aumentos salariales de este año, que se ubica apenas en 296,7%. Si lo presentaron como una protección del sueldo, y lo que traerá es desempleo, quiebras e inflación, ¿qué fue entonces lo del viernes? Una estafa. Nada más.