POSTMWEB

Historia de una post-marcha

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La incandescente parábola de una molotov ardiente que surca el aire, el sonido frágil del cristal que estalla, la etérea gran llama que por el suelo se propaga, ello fue lo que llevó a la Policía Nacional Bolivariana a la acción. Eran aproximadamente las 3 de la tarde del jueves 20 de abril, y durante más de una hora la PNB había estado conteniendo, en la Avenida Tamanaco de El Rosal, a uno de los varios grupos en los que se dividió la marcha opositora de ese día, luego de que fuera reprimida en su enésimo intento de ingresar al Municipio Libertador para dirigirse a la Defensoría del Pueblo.

No era un grupo muy nutrido el que se encontraba allí enfrentando (fronteando lo llaman ellos) a los PNB, compuesto casi en su totalidad por jóvenes con el rostro oculto con franelas, y piedras en las manos. No era, tampoco, un grupo de grandeligas de brazo portentoso y alcance formidable: las piedras, en su mayoría, terminaban a mitad de camino, a una distancia considerable de los efectivos. “Demasiado elevado el lanzamiento”, habría sentenciado cualquier narrador de pelota sobre la ejecución de estos jardineros de técnica mejorable. Pero la verdad es que la distancia era grande y el otro equipo jugaba con ventaja: más que las escopetas, tenían una tanqueta (rinoceronte la llaman) capaz de sacar las bombas del parque (entiéndase: arrojarlas a dos y tres cuadras de distancia). Y además de a cinco. De allí que el enfrentamiento, rutinario por demás (bombas cada 15 minutos o cuando la piedra de algún temerario que se acercaba lo suficiente les llegaba cerca), se prolongó tanto.

Con la molotov, sin embargo, fue diferente. Apenas caer la primera, volar la segunda y encender la tercera, la PNB salió de su modorra, y lo hizo con todo. Mientras la ballena apagaba el fuego con un chorro tremendo de agua blanca, del rinoceronte salía un trueno digno de la explosión de una cocina de gas acompañado de una lluvia de bombas, y las motos (luces amarillas que iban creciendo en la cortina de humo blanca) avanzaban. Hubo, entonces, que correr.

II

No fue la entrada abrupta de una parte del grupo de manifestantes por la puerta del sur, sino la aparición imprevista de una lacrimógena por la puerta este, lo que causó conmoción en el Lido. Inmediatamente, los pasillos y áreas comunes del centro comercial se inundaron del abrasivo gas, mientras, confusos, aturdidos y ahogados, empleados, clientes y manifestantes corrían a cualquier parte y en cualquier dirección. Los que huían de la bomba se chocaban con los que, sin saberlo, corrían hacia ella; los que del piso que está a nivel de la Francisco de Miranda (donde PNB y otro grupo de manifestantes se enfrentaban también) bajaban apurados se tenían que devolver a mitad de la escalera mecánica y subirla a contra vía porque allí estaba peor. Las santamarías de las tiendas (bajadas nomás llegar los manifestantes) volvían a subirse porque el gas las había inundado y los empleados tenían que salir de ellas. Al hacerlo, les pegaba un gas más fuerte, ante el que la mayoría no tenía protección. Unos se lanzaban al suelo (sin saber que era peor) y otros caminaban a tientas a los baños y ascensores.

Fueron las escaleras de emergencia y los sótanos (donde diligentemente los vigilantes fueron llevando a todos) el resguardo de la gente. El olor del gas llegaba ligero y no producía sino apenas un leve ardor, pero el sonido de las detonaciones se escuchaba clarito, y ese sí producía una ansiedad tremenda. Pasaba que por los cuatro costados del centro comercial, que ocupa toda una manzana, había enfrentamientos en ese momento y todos se encontraban en su punto más álgido. Tan desesperante como escuchar por radio un juego importante con un narrador malo era estar allí entre detonaciones y gritos sin poder ver nada. Solo especular.

Aunado a lo que pasaba afuera (o gracias a), cada quien tenía sus propias preocupaciones. Los manifestantes (tensos, muy tensos), por un lado, expresaban su temor de que la PNB entrara en cualquier momento y se los llevara detenidos (“así pasó en el CCCT”, relataba alguien), y guardando gorras, volteando franelas, sacando sweateres, sacudiendo bolsos, alosando ropas, pasándose peines y cepillos, maquillándose y retocándose, buscaban lograr el ‘extreme make over’ que los hiciera pasar de rudos manifestantes a simples transeúntes; los empleados de las tiendas y del centro comercial, en su mayoría habitantes de zonas populares, por otro lado, especulaban sobre las horas que les tomaría llegar a sus casas, si es que encontraban cómo. Una cosa compartían ambos grupos: el agua con bicarbonato, última panacea de todas las bombas, que un rescatista de la UCV allí atrapado echaba con un rociador.

III

A las 5 de la tarde, ya la Francisco de Miranda no tenía policías ni guardias, pero le seguía sobrando gente. Otra marcha, esta no política, la atravesaba: la de los trabajadores que sin metro, sin dinero para pagar un mototaxi (cuyas tarifas casi se duplicaron esa tarde), y sin la posibilidad tampoco de poder tomar alguna de las pocas y desbalanceadas camionetas que pasaban repletas e inclinadas, violando toda ley de seguridad y desafiando la de gravedad (“¡ay, ay, ay, se va a voltear!”, exclamaba nerviosa una mujer cuando una tomaba una curva), se veían obligados a caminar.

El camino, que para algunos se prometía más largo que para otros (“Sí. Me voy a ir hasta Petare a pie. No. No hay metro. Sí. Tranquilo. Estoy con una compañera. Vamos a ir hablando”, se le oía a una catira artificial que gritaba por celular), se hacía sobre una avenida destruida: piedras y cascos de bombas, vidrios, restos de improvisadas barricadas (algunas de las cuales todavía ardían), escombros, ramas, parte de las defensas metálicas de la avenida, basura abierta, y más piedras y cascos de bombas cubrían todo el suelo. Ello, los destrozos en la vía pública, era lo que más rechazo causaba entre la gente que caminaba. “¿Rompen todo y para qué? Nos quedamos sin paradas, sin aceras, sin nada”, era la queja de una señora. “No podemos dañar lo nuestro propio”, decía tautológica.

Su queja no era la única. “En Semana Santa porque era Semana Santa, y ahora por las marchas, esa es la excusa que están dando de por qué no han vuelto a llevar nada a los supermercados”, le comentaba una cuarentona a su compañera de trabajo. “Ni pasta, ni arroz, ni harina. No ha llegado nada de comida desde hace dos semanas”, seguía. Había terminado la protesta, pero no el descontento. Lo aplastante de la realidad (o lo terco de los hechos, que dirían los mayores) se vino encima de todos en la calle La Joya de Chacao: cuatro muchachos protagonizaban una brutal golpiza. A mano limpia y sin armas, se daban con todo. Los ‘dale’, ‘¡ay!’, ‘métele’, ‘le dio sabroso’ y demás interjecciones semi-festivas se acabaron al descubrir el motivo: lo hacían por una de las pocas bolsas de basura que habían quedado intactas en la protesta. “Pueden acabar con todas las marchas, pero no con el hambre”, comentó un hombre de bigote cano. “Es arrecho”, fue la respuesta que le dio la mujer que lo acompañaba.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

-#19A: Un ataque criminal

QUEPASOWEB

¿Qué pasó la noche del #20A en Caracas?

Noche de desorden en Caracas, que se vio sacudida, en varias zonas del oeste, por una serie de violentos disturbios que incluyeron saqueos. Fue pasadas las 8 PM cuando desde las redes sociales comenzaron los usuarios de El Valle, la Avenida Victoria, Baruta, La Candelaria y Petare a reportar detonaciones por sus zonas. La GN y la PNB se hicieron presentes, y los reportes, entonces, comenzaron a hablar de enfrentamientos hasta bien entrada la madrugada. ‘¿Qué pasaba?’ era la pregunta que todos se hacían y a la que nadie podía responder a ciencia cierta. Mucho menos cuál fue el detonante o móvil de estos hechos, que mantuvieron insomne a parte importante de la capital. Lo cierto es que hubo un problema grave de orden público, que obligó, incluso, a Freddy Bernal (el hombre del Caracazo) a hacer una transmisión, pasada la 1 de la madrugada, vía Periscope, y llamar a la calma sus compatriotas, indicándoles que ya todo estaba controlado. Fueron horas tensas, que dejaron un saldo de varios comercios saqueados y al menos 12 muertos, según un reporte de El Estímulo. Dice la información del portal web, que en El Valle fueron 20 los comercios atracados y 11 los muertos, 8 de ellos electrocutados a causa del cerco de seguridad que había en una panadería que intentaron tomar; el otro fallecido fue en Petare. De acuerdo con información del diputado Olivares, al Hospital Universitario llegaron 8 pacientes heridos de bala.

ATAQUEWEB

Un ataque criminal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

Mal citando a Lineker, desde ayer podría empezarse a decir que el de la protesta en dictadura es un ejercicio en el que a veces participan decenas y otras veces participan millones, y siempre gana la Guardia. A los relatos que arden en el imaginario colectivo sobre la multitud aplastante a cuyo paso todo se aparta, todo se abre y todo cede, bien podría ponérsele el epílogo de Segismundo: “sueños [democráticos] son”. O pesadillas [dictatoriales], si de voltear el asunto se trata. Porque no otra cosa se vivió en la atestada Francisco Fajardo pasada la una de la tarde del #19A, cuando la Guardia Nacional arremetió sin clemencia contra la manifestación que la desbordaba: una espantosa e imprevisible pesadilla.

Dos horas antes, a eso de las 11, ya la actividad era un evidente éxito en Altamira. Éxito de convocatoria, pero no de logística: un río de gente bajaba a la autopista, mientras desde una pequeña tarima los organizadores (de Primero Justicia, en ese punto) dejaban la garganta pidiendo que no lo hicieran. “Tenemos todo cronometrado”, explicaban, “y todavía no es nuestra hora. Todavía no nos corresponde ir a la autopista”. Daba igual: la gente lo seguía haciendo. Puede que el problema fuese que había demasiado sol y poca sombra, o que la mini tarima cada vez generaba menos interés. Mientras el alcalde Ramón Muchacho y la diputada Delsa Solórzano estuvieron hablando, las personas se mantuvieron atentas. Aunque (todo hay que decirlo) más a la apariencia de ambos que a sus discurso: del primero (ex–enfant terrible de la política caraqueña) por su avejentamiento; y de la segunda (femme fatale de la Asamblea) por lo divina (y es un término conservador para lo escuchado) que está. Luego de ellos, lo que vino fue relleno (concejales del interior, diputados suplentes), y la gente, claro, se cansó y, guardando bien sus celulares (“atentos que hay una banda que está robando teléfonos aquí”, advirtieron en tarima), bajó.

El camino a la autopista estuvo lleno de vendedores informales (que con buena parte de las panaderías y kioscos cerrados por el feriado tuvieron un buen día) y de conversaciones triviales. Esta vez, la polémica victoria del Real Madrid (cuya camisa blanca fue usada por muchos de atuendo de protesta) fue uno de los temas más escuchados (y discutidos). En pleno distribuidor, punto favorito de las televisoras, varias personas les pedían a los empleados de Globovisión que transmitieran lo que pasaba, a lo que ellos sonreían entre resignados e impotentes. “¡No vayan a dejar que nos maten!”, era la exigencia de una mujer a los PoliChacao que custodiaban la zona, mientras el rumor de que cantidades ingentes de manifestantes se aproximaban de los distintos puntos se hacía ‘vox populi’ entre los presentes.

“Guardia / hermano / por ti también luchamos”, fue el canto con el que un grupo de estudiantes saludó a otro de Guardias Nacionales que se encontraban en el aeropuerto de La Carlota, y que causó un enconado debate sin casi punto de encuentro entre quienes lo oyeron. Junto con “¡No hay azúcar /no hay harina / en Miraflores lo que hay  es cocaína”, es lo único nuevo que se ha podido escuchar en el repertorio marchístico opositor, lleno de consignas tan viejas como los puestos de buhoneros que aún hoy en la mañana vendían franelas de “Capriles Presidente” y “La paz es el revocatorio”.

A las 12:20 del mediodía, todo era optimismo en la Francisco Fajardo a la altura de El Rosal: la autopista estaba a reventar y cada llamada recibida y compartida era más positiva (“todavía hay gente que no ha podido bajar de Altamira”), que la otra (“los de Santa Fe no se han incorporado”). Metros más adelante, además, se veía cómo era apenas en ese momento que comenzaba a bajar la multitud que llenaba la Plaza Brion de Chacaito. Por ello, el ambiente era tan festivo: el Alma Llanera y Mi Venezuela (“llevo tu luz y tu aroma en mi piel”) eran entonadas por un grupo y coreadas por una multitud.

Quizás fue por eso, por tanta alegría, que, cuando la marcha (que había ido andando sin parar) se detuvo frente al hotel Aladdin (12:30) la primera especulación de la masa fue que seguramente se debía a que se estaba incorporando gente en un punto delantero. Tendría que pasar un motorizado con el padre José Palmar desmayado para comprender que adelante había empezado el enfrentamiento. A partir de allí, avanzar se hizo trabajoso pero no difícil: había mucha gente (ojos llorosos, piel blanca de Maalox y nariz roja) devolviéndose. Pero las bombas ni se escuchaban, ni se sentían, ni se olían. Y por eso, nadie estaba seguro de qué era lo que en realidad pasaba, salvo que había una multitud en la autopista.

De vez en cuando, esa multitud se abría para darles paso a los jóvenes encapuchados,  quienes pasaban en grupos de a diez, corriendo y terminando de arreglarse las capuchas. De vez en cuando, lo hacía para darles paso a las motos que los traían de vuelta heridos (en su mayoría desmayados). Y de vez en cuando, también, les abría paso a algunos diputados y dirigentes que con paso firme, y entre vítores y aplausos (nunca, probablemente, habían sido tan unánimemente queridos), se iban a la primera línea.

II

Fue una detonación fortísima, que sonó como debería sonar un trueno en el apocalipsis, la que anunció que se venía la catástrofe. De repente, y a muy pocos metros, estaban unas bombas lacrimógenas rociando su gas químico. Era poco más de la 1:30 pm. La situación, que empezó siendo confusa porque no se sabía de dónde venían, se volvió apremiante cuando la aglomeración de gente impidió que se pudiera no ya correr sino siquiera avanzar, y terminó siendo aterradora al ver que en el piso de arriba de la autopista, a muy pocos metros y andando, estaba el rinoceronte disparando bombas que caían abajo.

Nunca tuvo tanta razón Sartre como en ese momento: el infierno eran los otros. La autopista era una gigantesca aglomeración de gente, que no permitía salir de allí. Y las bombas iban cayendo entre ella, en medio de ella. Y cuando caían, no había para donde correr, no había para donde escapar, no había como respirar. Sólo empujar hacia adelante y gritar. En medio del sofoco, el gas se concentraba y las personas caían asfixiadas. Voltear estaba prohibido: lo que se veía era el desespero en los rostros de los últimos, al rinoceronte acercarse arriba y las bombas caer más cerca. Sólo quedaba empujar, empujar y empujar. Abrirse paso. A como diera lugar. Con todas las fuerzas. Con gritos y detonaciones en la espalda, que cada vez se escuchaban más cerca. Con la angustia de tener personas mayores al lado. Con la preocupación de las madres que intentaban proteger como podían a sus hijos. Con la zozobra del grupo que en un descuido había perdido a uno de sus integrantes y gritaban su nombre a todo pulmón sin obtener respuesta ni poder hacer nada. Con el vapor caliente que subía del asfalto y se unía al sudor de lo que estaban allí. Con el tufillo picante a lacrimógena que de repente traía el aire. Con la tentación suicida de lanzarse al Guaire. Empujar, empujar y empujar. Sin ver para atrás. Pero sabiendo que el rinoceronte se acercaba. Escuchando la detonación cada vez más cerca. Empujar, empujar y empujar, esperando en cualquier momento la caída de la lacrimógena. Rezando para que no fuera en la cabeza. Sabiendo que no se podía salir. Resignándose a que no había nada que hacer. Empujar, empujar y empujar. Mientras los de adelante, que no estaban al tanto de nada, seguían sin moverse. Mientras algunos, que no veían (o no entendían) la gravedad de lo que pasaba, se paraban de frente, las manos en alto, a gritar “No se vayan”. Mientras otros, en modo piloto automático, bramaban “¡No corran!” (el único que lo hacía era el rinoceronte de arriba, abajo apenas y caminar podíamos). Mientras los que ya tenían la bomba en la espalda cedían al desespero y se lanzaban al río en el que convergen todos los desechos de Caracas..

Fue, hasta ahora, el más criminal de los ataques, porque se produjo en medio de una multitud que no tenía cómo salir, y las bombas caían no en la última línea de personas sino en medio de las personas. No donde estaban los jóvenes con capuchas, máscaras, guantes y Maalox, sino donde familias y gente de todas las edades estaba concentrada. Sólo ello puede explicar por qué fue tan grande el número de personas que terminaron en El Guaire: porque en medio de aquel infierno caliente y asfixiante, el río, por más inmundo y sucio, era agua, y el agua, vida.

III

Casi a las 2:30 de la tarde un grupo de jóvenes logró derribar una de las rejas del Aeropuerto La Carlota. Eran parte del último remanente que había quedado en la autopista. Luego del ataque, la marcha se fue desangrando poco a poco en cada salida habilitada (entiéndase: sin lacrimógenas), a pesar de los (vanos) intentos de algunos manifestantes que, molestos (“por eso este país está como está”), llamaban a la gente a quedarse. Ninguno de ellos había estado en la emboscada inicial, ni tenían remota idea de lo que se había vivido kilómetros más adelante. Así de grande había sido la concentración.

Debajo del puente del CCCT, el diputado Miguel Pizarro, en solitario, intentaba hacer entrar en razón a las personas. “Esta es una lucha larga”, advertía. “Lo que ellos quieren con cosas como estas es desmoralizarnos. Y no podemos caer en ese juego”, explicaba. “Ahora, lo que necesitamos es que todos ustedes estén bien, no se estén exponiendo, sigan para adelante”, pedía. A cosa de medio kilómetro estaba el rinoceronte, ahora más sosegado, pero siempre lanzando bombas.

Fue una mezcla de rabia, impotencia y frustración, esa que se percibía entre los últimos caminantes, la que llevó a un grupo de muchachos a montarse en las rejas de La Carlota y comenzar a bambolearlas. Eran los mismos que minutos antes  (con una candidez que rayaba en la ternura, y una ignorancia de la física más básica que daba mucho qué pensar) se habían propuesto, a punta de pura voluntad y empujón, despegar una de las pesadísimas defensas de concreto de la autopista, cosa que evidentemente no lograron. Con la reja fue distinto: se encaramaron en ella, comenzaron a mecerse, y ella con ellos. Como premio, recibieron unas lacrimógenas. Entonces se fueron a otra reja, y cuando ésta comenzó a ceder una especie de euforia suicida se apoderó de parte de la gente, que con la GN aproximándose y un rinoceronte empezando a transitar por La Carlota, corrió en desbandada a mecerse en ella hasta tumbarla completamente. Lo celebraron como el Mundial. Tres o cuatro entraron al aeropuerto (zona militar), lo pisaron y salieron tras una descarga tremenda de gas, que terminó de sacar a todo el mundo de la autopista.

Así, de pequeñas victorias etéreas, es que se está construyendo el relato épico de la resistencia callejera a la dictadura. Uno en el que todavía, la masa, gran la multitud, no ha podido ser protagonista, y en el que hasta ahora, siempre, gana la Guardia.

OTRAS CRÓNICAS

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

-#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

-#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

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#19A: Se le ganó al miedo

Ni las bestiales amenazas vertidas por la dictadura en su todopoderoso y omnipresente sistema de medios, ni las armas prometidas por el dictador a medio millón de sus camisas pardas, ni las intimidantes advertencias del teniente Cabello (“sabemos dónde viven”), nada de ello pudo impedir que el pueblo de Caracas se lanzara hoy en masa a manifestar su descontento. Fue una de las jornadas de calle más grandes que se han visto (y vivido) en nuestra historia reciente. Por millares que probablemente se puedan contar en millones, la gente, con un valor y una entereza encomiables, salió a las calles. No hubo lugar para el miedo ni tampoco para la cobardía. Jóvenes, adultos y ancianos, gente de valía y con valor, dignos e íntegros, retaron con su presencia en la calle a la dictadura. Se le plantaron. Y fueron, claro, reprimidos brutalmente. En una autopista a reventar, los cuerpos de seguridad de la dictadura lanzaron bombas a granel, que cayeron en medio de una multitud que no tenía para donde (ni cómo) escapar. Angustia y desesperación se vivieron en la Francisco Fajardo este mediodía. De allí que tantos optaran por el Guaire. El número de asfixiados fue grande, y el de heridos también. Pero ese condenable horror por el que algún día pagarán no pudo opacar un hecho irrebatible y verdaderamente importante: teniendo todo en contra para no hacerlo, la gente salió y aguantó en la calle. Mañana, a la misma hora y desde los mismos puntos, la oposición convocó al pueblo de Caracas a dar otra demostración de coraje y valentía. No es épica barata ni son adjetivos gratuitos: es que, aunque la frustración que produce el no ver resultados concretos e inmediatos puede nublar el juicio, cada jornada en la que jugándosela la oposición reta a la dictadura en la calle tiene un mérito (y un valor) tremendos, de los que algún día hablarán los libros. Paciencia, queridos lectores: resistencia es la palabra de esta hora difícil, y es una palabra larga.

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JI - Represion y censura

Vamos sin miedo

Si serán determinantes las próximas horas o si de ellas se escribirá en los libros de historia son cosas que escapan a nuestra ciencia. Pareciera que hoy pudiera pasar mucho y puede que no termine pasando nada. Nada concluyente, queremos decir. Acabar con la dictadura es algo que (desgraciadamente) no está ni en nuestras manos ni en las tuyas; pero impedir que la dictadura acabe con nosotros, sí.

Durante los últimos días, y especialmente en las últimas horas, hemos visto al dictador y a sus hombres jugar sin disimulo con la carta del miedo. Matones a fin de cuentas (cartel, dicen algunos; mafia criminal, otros), amenazan con las armas y por la vía de la fuerza. Y ante ese espectáculo de muerte, transmitido en cadena y por todos los medios, es legítimo (y hasta lógico) tener miedo. Pero es imperativo sobreponerse a él. Porque si no lo dominas, te domina; y al ser dominado pierdes esa cosa preciosa e indispensable para una vida digna: la libertad.

Salir a la calle hoy, poner un pie en ella, es un acto tremendo de coraje, valor y rebeldía, pero sobre todo de dignidad. Es reafirmar que somos nosotros (y no un gordo bigotón semi-analfabeto y su banda de delincuentes) los dueños de nuestras decisiones y acciones, de nuestra vida.

Al hacerlo, puede que no acabemos directamente con la dictadura, pero habremos impedido que ella nos domine; es decir, que acabe con nosotros. Y esa es la gran victoria que podemos (y tenemos que) alcanzar hoy: la de reivindicar nuestra libertad. Si viniera acompañada del fin del proceso, tanto mejor. Pero dejémosle a la historia ser la historia. Nosotros, hagamos lo que debemos: salgamos a la calle a desafiar a la dictadura y a dejarle en claro que no nos asusta, que no nos domina, que no nos controla; entiéndase: que no somos (ni seremos) sus esclavos.

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Maduro apela al miedo en un día crucial

Hoy, el diario ‘La Nación’ de Buenos Aires publicó un reporte firmado por su corresponsal en Venezuela, Daniel Lozano, sobre nuestro país, que puede servir para hacerse una idea de lo que puede suceder mañana.

“En el imaginario chavista, abril es el mes de las victorias. En 2017, en cambio, se ha convertido en el mes de la incertidumbre. Pese a sufrir la mayor crisis económica, social y política que se recuerde, Maduro manejaba a su antojo 2017. Y con el tablero estratégico con todas las piezas bajo control, maniatadas gracias a la fracasada Mesa del Diálogo y a las diferencias internas de la oposición. Hasta que un terremoto provocado por la propia revolución cambió radicalmente el escenario. Las sentencias del TSJ contra el Parlamento conformaron una nueva realidad política, un movimiento tan mal ejecutado que ha provocado una reacción en cadena: la rebelión de los diputados, convertidos hoy en héroes; la indignación internacional; la rebelión de la fiscal; la retoma de la calle como forma de protesta, y la reunificación de la coalición opositora.

Así llega el 19-A, ‘la madre de todas las protestas’, déjà vu del 1° de septiembre del año pasado, cuando más de un millón de personas tomaron las calles de la capital. Como el 1-S, pero con siete meses más de crisis sobre las espaldas del país. El chavismo ha desplegado sus defensas habituales: represión, propaganda, ‘conspiranoia’ y revolver las aguas para que no llegue la luz, incluso dentro de la  propia MUD (…) El mismo guión, pero cada vez más radicalizado, incluida la táctica del miedo.

Ante los apuros, el ‘hijo de Chávez’ vuelve a parapetarse entre sus más incondicionales. Los milicianos tendrán mañana la responsabilidad de rodear el Palacio de Miraflores, uniéndose a los miles de seguidores que se desplegarán en la habitual contramarcha oficialista. En frente, ‘arrechera’ y hastío. Tanto que muchos quieren ver una salida próxima en el horizonte. ‘Los errores del gobierno parecen aproximar el país al cambio. Pero hay que tener sentido de las proporciones. El 19-A no es el día final’, pronostica el politólogo John Magdaleno”.

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La milicia asesina de Maduro

Corría el año 2014 cuando el espíritu de Gandhi poseyó al presidente obrero. En septiembre de ese año, en su época más beata, con el padre Numa Molina al lado, anunció un costoso Plan Nacional de Desarme ($50 millones). “Hace falta ir al desarme para coronar el proceso de paz. Sigamos detrás del sueño, detrás de la utopía, la utopía de una Venezuela en paz”, decía. Los cartelitos bolivarianos de “Zona Libre de Armas” invadieron la república y por doquiera salía el presidente, pacifiquísimo él, destruyendo revólveres, esos instrumentos de muerte. En medio de su delirio pacifista llegó a decir que “las armas de la República las tienen que tener la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y la Policía Nacional”. Aquello, como tantas cosas suyas, no pasó de ser una impostura, uno de sus actos hipocritones. Hombre sin palabra, no tardaría en desmentirse. En enero de este año, ya convertido en dictador, anunció que llenaría cada barrio y campo con entre 10 y 20 mil fusiles. Lo hizo en un país que cerró el año con 21.752 homicidios (cifra de la Fiscalía). Así de criminal. Pero ayer en la tarde fue a más: en la Avenida Urdaneta se rodeó de un grupo de milicianos (civiles fanatizados, armados y disfrazados de militares) a los que anunció que les daría medio millón de fusiles ($10 mil c/u, según cifras del diputado Olivares). Lo hizo luego de un discurso exaltado, en el que criminalizó a la oposición (violenta, mezquina, anti-patria, apátrida, enloquecida, extremista y terrorista, la llamó) y le dio carta libre a la milicia para actuar. En paralelo, Diosdado Cabello anunció que el #19A la milicia estará (y actuará) “hasta que sea necesario” junto con 60 mil motorizados, a la vez que reveló que tienen ya las direcciones de los dirigentes de la oposición (“sabemos dónde viven”). ¿Para qué? Si criminalizan a sus adversarios, arman a un grupo de civiles y les dan carta blanca para actuar, la respuesta está de más. Nosotros cumplimos con informar (y documentar) todo su horror.