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El crimen sí paga

Hay noticias que retratan con precisión una época. Y la designación de Benavides Torres como Jefe del Gobierno de Distrito Capital es una de ellas. Es también del tipo de noticias que se tienen que dar con la nariz tapada y conteniendo la náusea, pero ahí vamos. Tras ser destituido como Comandante General de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) luego de que por lo menos tres de sus subordinados fueran captados disparando armas de fuego de frente contra manifestantes, dejando un saldo de siete heridos y un menor de edad asesinado, el dictador en funciones lo premió con un nuevo cargo: Jefe del Gobierno de Distrito Capital. Es un carguito menor, nacido de la arbitrariedad (fue creado cuando Antonio Ledezma ganó la Alcaldía Mayor de Caracas y el chavismo, siempre respetuoso de la democracia, decidió entonces ponerles a los caraqueños otro jefe nombrado por el “dedo de Chávez”, que para ese entonces hasta propiedades curativas parece que tenía), pero en el que se maneja una partida más o menos importante de recursos (la Hacienda Pública de Distrito Capital, las multas y tasas por uso de bienes y servicios), se administran (¿con qué criterio?) bienes patrimoniales, se contratan (insértese aquí la palabra sobornos) obras públicas y se recaudan (léase aquí la palabra foco de corrupción) impuestos; es decir, que Benavides va a estar cómodo. Es la recompensa que recibe por convertir a la GNB en un cuerpo hamponil y criminal. Tras casi un año al frente (lo cumplía en julio) su gran legado son las imágenes de efectivos de la GNB atracando a civiles y disparando a mansalva contra adolescentes. En democracia, lo esperaría el banquillo de los acusados de algún tribunal. En revolución lo aguarda un carguito que resuelve. Porque el crimen, cuando es gobierno, sí paga. Y bien.

POMPEYOWEB (1)

Pompeyo Márquez | Santos Yorme

Cuenta la leyenda que fue una de las grandes obsesiones (y frustraciones) de Pedro Estrada, aquel policía elegante y cruel, implacable y frío, cuyo nombre estremecía de miedo a Venezuela. Dicen que hasta el último día que estuvo al frente de la Seguridad Nacional, Estrada se devanó los sesos intentando dar con aquel misterioso personaje que apodaban Santos Yorme, responsable de que se siguieran editando, publicando y repartiendo los órganos informativos del Partido Comunista. Y aunque Don Pedro decomisó imprentas y multígrafos, infiltró agentes en reuniones, allanó ‘conchas’, repartió sobornos, ofreció recompensas, y secuestró y torturó a compañeros suyos, aunque hizo todo lo que tuvo a su alcance para capturarlo, nunca pudo dar con él. Siempre, en alguna esquina, en alguna plaza del centro, en cualquier lugar de Caracas, aparecía, para su desgracia, algún ejemplar de ‘Tribuna Popular’ que le recordaba que por ahí había un hombre obstinado, que no se arredraba, y que en las condiciones más precarias escribía y publicaba contra la dictadura. Ese hombre, que en realidad se llamaba Pompeyo Márquez, murió en la madrugada de hoy a los 95 años. Y lo hizo, tal y como vivió siempre: con las botas puestas. Primero comunista, después guerrillero, luego socialista y finalmente socialdemócrata, fue, por encima de todo, un hombre que se jugó la vida por sus ideas, y eso es siempre digno de admirar. Fue, también, un tenaz articulista, que se valió de la palabra escrita para exponer sus días. “La lucha unida –escribió en su última columna, publicada hace tres días en ‘Tal Cual’– dirigida por un valiente equipo fogueado en la lucha es lo único que puede poner fin a la dictadura militar. El pueblo venezolano ha dado pruebas de su coraje y de su amor a la libertad, y estos dos valores servirán de escudo para derrocar a la minúscula cúpula que hoy asesina, tortura y desprecia el voto, en una hora tan menguada como nos ha tocado vivir. Hay que insuflar confianza en la fuerza de un pueblo unido para conquistar la democracia y la libertad”. Y así será, guerrero. Descansa en paz.

Arma - AFP

La guerra de las 9mm contra pechos y cráneos

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Casi un centenar de muertos, ¿cuál es la cifra que indica el cambio de estrategia? La frustración es agobiante y va llegando el momento de decir: ¡ya basta! Y no de violencia o de represión, pues está claro que eso el gobierno no va a escucharlo: si no le han dolido las docenas de menores de edad asesinados con disparos al pecho, la cabeza y el rostro, no creo que vayan a dolerle otros cien u otros mil más.

Lo del lunes en Caracas fue superlativo en nivel de crueldad y de oscurantismo. Ya las almas opresoras no se esconden bajo los falsos escudos de “armas de dispersión”: apuntan 9mm a las cabezas y a los pechos de manifestantes cuyas únicas defensas son sus propios huesos y órganos. ¡Ya basta!, ¡ya basta! No es cuestión de gritárselo al gobierno, sino a nuestros propios dirigentes: ¡ya basta! ¿Hasta cuándo seguiremos yendo a una guerra contra asesinos endemoniados, armados con escudos de lata y piedras? ¿Ya no es suficiente sangre?, ¿o cuánta sangre pasa a considerarse necesaria para evaluar un cambio de rumbo? No funcionó. Hay que decirlo. No funcionó. A los megalomaníacos del Ejército no les ha conmovido en lo absoluto esta lucha desigual. Es incoherente, terco, y tonto, seguir poniendo la cara ante esbirros que sin contemplación disparan balas de muerte.

No es que no se ha conseguido nada, sí se ha conseguido, y bastante: son cada vez más los venezolanos que repudian al régimen, son cada vez más los organismos del Estado que apoyan la libertad, y son cada vez más los países que secundan nuestra causa; nada ha sido perdido, el esfuerzo no ha sido en vano, pero ha llegado la hora de decir ¡basta! ¿Cuál dirección vamos a tomar?, ¿cuáles medidas concretas vamos a ejecutar?, ¿hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que delincuentes comunes salgan a dispararle a gente inocente, a menores de edad, a padres, hijos, esposos, primos, maestros, cuñados, obreros, médicos, estudiantes, ingenieros, hermanos, agricultores, periodistas, personas, (sí, personas, gente, ¡seres humanos!)?, ¿hasta cuándo?

Hay artículos que se escriben desde la razón, de allí emanan la mayoría de ellos, pero este se escribe desde otra parte que no voy a mencionar. ¡Ya basta!, no sigamos yendo a una guerra donde la matanza es la única respuesta que recibimos. ¿Qué podía hacer un Fabián Urbina de 17 años contra asesinos enmascarados llenos de armas y escudos?, ¿qué podía hacer?

Va llegando la hora de un cambio de discurso, de un cambio de actitud: la naturaleza de la Revolución Bolivariana del siglo XXI es la represión y la muerte, las alcantarillas del despropósito son su campo de acción, ¿vamos a seguir esperando que rectifique un grupo de personas con cientos de acusaciones de terrorismo y narcotráfico encima?

Los invito a reflexionar, a cada uno en privado, en sus casas, con sus familias y amigos, y a los políticos también, ¿es útil, es necesario, seguir enviando gente indefensa contra bestias totalitarias y armadas? Es indudable que la lucha debe seguir, hoy más que nunca, hoy más que siempre, o vamos hasta el final, o el final llega hasta nosotros, la pregunta ahora es, ¿de qué forma vamos a llegar hasta él?

ENCAMPANAWEB

¿En campaña?

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

 “La señora Ortega Díaz pretende convertir al Ministerio Público en un nuevo partido de la cosa esa llamada MUD”, escribió el domingo Tareck El Aissami en Twitter y puede que haya tenido razón. Aunque sólo parcialmente: Luisa sigue siendo chavista. Incluso, en una declaración controversial, le dijo a Vladimir Villegas hace semanas que no, que ella no era una adversaria política de Maduro, que su intención, pura y cristalina, era defender la Constitución, en otro intento por mantener su narrativa intacta: «Únicamente hago lo correcto. Mi motivación es hacer cumplir la ley». Con ese mismo hilo argumental –“Yo no tengo otra pretensión sino el respeto a la Constitución”–, y vestida de Carta Magna, se presentó ayer en el Ministerio Público para repetir algunas consignas (“Tenemos que ser consultados” / “Estaré trabajando para garantizar sus derechos”) y plantear nuevas discusiones (“¿Por qué no hay alimentos ni medicinas? Es importante que los fiscales contra la corrupción indaguen. Hay que dar respuesta” / “¿De dónde sale el dinero para las costosas marchas?”), en el clímax de un acto en el que trabajadores del MP de diversos estados del país apoyaron la gestión de la Fiscal General. El evento contó con personalidades como Nicmer Evans (“La mayoría de los que estamos aquí somos chavistas y estamos defendiendo la Constitución”) y la ex Defensora del Pueblo, Gabriela Ramírez. Si Tareck El Aissami tuviese razón, el de ayer sería el discurso fundacional, la presentación de la candidatura, de la máxima representante de un nuevo partido político. Uno que agrupase a tanto chavista suelto y que rompiese con la bipolaridad de la política venezolana. Dijo Diosdado Cabello que a Ortega Díaz alguien le había metido en la cabeza que ella lideraría una transición, y aunque la Fiscal haya negado la teoría, en la Venezuela de los mil escenarios posibles la hoy aclamada abogada pudiese terminar inscribiéndose en el Consejo Nacional Electoral. El PSUV se ha movido rápido: ante la petición de Pedro Carreño, hoy el TSJ admitió la solicitud de antejuicio de mérito en contra de Luisa.

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¡ASESINOS!

Lo de hoy ha sido tan impactante que a Néstor Reverol –ministro de Interior, Justicia y Paz– no le ha quedado de otra que poner en práctica el deber ser de todo funcionario del Gobierno: decir la verdad. Ha sido a medias –“En la avenida Sur de Altamira a la altura del distribuidor se produjo un hecho irregular que está bajo investigación”– y maquillado con demasiados matices –“[En] la hipótesis principal dentro de la investigación iniciada se presume el uso indebido y desproporcionado de la fuerza”–, pero, como decimos, no le ha quedado de otra que admitir que en la manifestación de la ‘derecha violenta y vendepatria’ los cuerpos de seguridad del Estado, destinados a defender a cada uno de los venezolanos, le han disparado a su pueblo. Y no le ha quedado de otra porque hay tanta evidencia (foto y video) rodando por las redes y dándole la vuelta al planeta que la retórica (ya de por sí oxidada) del chavismo no ha encontrado falacia que usar: a Fabián Urbina (17 años) lo mató un balazo de la Guardia Nacional Bolivariana. Este lunes en Altamira hubo disparos a mansalva por parte de aquellos que se ufanan de propiciar la paz y el diálogo en nuestro país. Disparos que mataron a Fabián y que hirieron a (por lo menos) cuatro venezolanos más. A Reverol se le unieron Benavides Torres –comandante de la GNB que había declarado ayer que en Venezuela nunca más se sacaría la fuerza armada a la calle con armas de guerra para contener manifestaciones– y el Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, para hacer lo que nunca hacen: condenar las desgracias ocasionadas por el Gobierno. Tuvieron que hacerlo porque, arriesgando su vida, había un grupo de fotógrafos y periodistas que estaba decidido a contar la verdad: que la GNB mata a balazos.

DeshonraAltamira

Deshonra en Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

PESOWEB

El peso de las muertes que no aparecen en video

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

No podemos convertirnos en esclavos de la morbosidad y del sensacionalismo. No podemos permitir que algunos asesinatos transmuten en lo intranscendente por no haber registro visual. No debemos permitirle al gobierno que nos convierta en seres abominables, acostumbrados a la banalidad de una muerte cuya sombra ya no nos sorprenda.

Una estadística es un conjunto de números; una muerte tiene nombre, historia, querencias, costumbres, sueños, valores y un conjunto de lazos rotos dejados atrás. Por ello no podemos permitir que ese acto tan lúgubre se convierta en estadística. A veces resulta pesado tener que ser quién se pronuncie contra el clamor popular, pero no podemos dejar que los políticos y los medios de comunicación, sean del lado que sean, nos manipulen y nos lleven a pensar que algunas muertes valen más que otras.

Paola Ramírez, Juan Pablo Pernalete, Miguel Castillo Bracho, Paúl Moreno, Neomar Lander. Los registros visuales al momento de producirse sus desgracias han llevado sus nombres a ocupar portadas en diarios y revistas, y ha hecho que, inclusive, uno que otro político oportunista les otorgue a túneles y avenidas sus nombres para aumentar su registro de popularidad. Con esto no quiero decir que los Neomar, Juan Pablo, Miguel, Paúl, Paola o Armando Cañizalez no deban ser debidamente glorificados y sufridos, ¿pero es que acaso los otros muertos no merece  el mismo homenaje?

Hace un par de días un Guardia Nacional Bolivariano en El Paraíso le disparó en el ojo a un perro llamado Cross, que horas después tuvo que ser sacrificado. Ese perro ocupó un espacio en la opinión pública nacional impensado para cualquier animal: los muros de Facebook, cuentas de Twitter e Instagram de un millar de venezolanos se plagaron de mensajes de solidaridad con el can; aparecieron ilustraciones, dibujos, y una infinidad de cadenas para honrar su muerte, y mientras tanto, en ese momento, varias madres venezolanas seguían llorando la pérdida de hijos que no recibieron la merecida atención por parte de sus comunidades, ni de la prensa, ni mucho menos de los políticos, porque (y esa es la verdad) aquellas muertes no producían beneficios políticos ni comerciales. La muerte de Cross se explotó mediáticamente de tal manera, que inclusive hubo personas que se atrevieron a comparar al gobierno actual con el nazismo, sí, ¡con el nazismo!, con ese movimiento político comandado por Adolf Hitler que provocó la Segunda Guerra Mundial y propició la muerte de más de 60 millones de seres humanos; es decir: del doble de la población venezolana actual.

El jueves 15 de junio asesinaron en el Estado Táchira de un disparo en el rostro a José Gregorio Pérez Pérez; en Maracaibo también murió Luis Vera arrollado por una camioneta mientras protestaba. ¿A algunos les suenan? Seguramente a muchos no. En el pasado también han quedado más de una treintena de nombres que hoy nadie recuerda, a los que nadie les rindió tributos ni lagrimas; sé que a algunos les resultará incomodo, pero si tu llanto únicamente se han vertido tras enterarte de la muerte del perro, entonces te has dejado contaminar por la media, o simplemente actúas y transmites lo que piensas que los demás esperan de ti: compadecerte de la muerte del perro.

Quiero y debo aclarar, porque sé que algunas afirmaciones emitidas van a herir susceptibilidades y generar malentendidos: no es que Neomar y Paúl no merezcan los honores que les han brindado, no es que el asesinato despiadado de un perro no me interese, pero sencillamente no podemos permitir que unas muertes pesen más que otras, porque mientras estás leyendo esto, seguramente otro venezolano está siendo asesinado, y la realidad es mucho más amplia e intensa de lo que nos muestran los periódicos y los políticos.

Traté de recopilar los nombres de los fallecidos en protestas desde lo que va de año, y estos son:

1- Jairo Johan Ortiz Bustamante (19 años) 

2- Daniel Alejandro Queliz Araca (19 años)

3- Miguel Ángel Colmenares Milano (36 años)

4- Brayan David Principal Giménez (14 años)

5- Gruseny Antonio Canelón Scirpatempo (32 años)

6- Carlos José Moreno Barón (17 años) 

7- Paola Andreína Ramírez Gómez (23 años)

8- Niumar José San Clemente Barrios (28 años)

9 – Mervins Fernando Guitian Díaz (26 años)

10- Albert Alejandro Rodríguez Ponte (16 años) 

11- Ramón Ernesto Martínez Cegarra (28 años)

12- Francisco Javier González Núñez (34 años)

13- Kevin Steveen León Garzón (19 años)

14-Almelina Carrillo Virgüez (48 años)

15- Renzo Jesús Rodríguez Roda (54 años) 

16- Jesús Leonardo Sulbarán (41 años)

17- Johan Medina (23 años)

18- Luis Alberto Márquez (52 años)

19- Christian Humberto Ochoa Soriano (22 años)

20- Juan Pablo Pernalete Llovera (20 años)

21- Eyker Daniel Rojas Gil (20 años) 

22- Carlos Eduardo Aranguren Salcedo (30 años) 

23- Yonathan Quintero (21 años)

24- Ángel Enrique Moreira González (28 años)

25- María de los Ángeles Guanipa Barrientos (36 años)

 26- Ana Victoria Colmenares de Hernández (43 años)

27- Armando Cañizales Carrillo (18 años)

28- Gerardo Barrera (38 años)

29- Hecder Lugo Pérez (20 años)

30- Miguel Joseph Medina Romero (20 años)

31- Anderson Enrique Dugarte (32 años)

32- Miguel Fernando Castillo Bracho (27 años)

33- Luis José Alviárez Chacón (18 años)

34- Diego Armando Hernández Baron (33 años) 

35- Yeison Nathanael Mora Castillo (17 años)

36- Diego Fernando Arellano (31 años)

37- José Francisco Guerrero (15 años)

38- Manuel Felipe Castellanos (46 años) 

 39- Paul Moreno (24 años)

40- Daniel Rodríguez (16 años)

41-Jorge Escandón (37 años)

42- Edy Alejandro Terán Aguilar (23 años)

43- Yorman Alí Bervecia Cabeza (19 años)

44- Jhon Alberto Quintero (21 años)

 45- Luis Lucena (20 años)

46- Alfredo Carrizales (22 años)

 47- Elvis Adonis Montilla Pérez (22 años)

48- Miguel Bravo (25 años)

49- Ynigo Jesús Leiva (66 años)

50- Freiber Pérez (21 años)

51- Erick Antonio Molina Contreras (35 años)

 52- Juan Antonio Sánchez Suárez (21 años)

 53- Adrián José Duque Bravo (24 años)

54- Augusto Sergio Pugas Velásquez (22 años)

55- Manuel Sosa (30 años)

56- Danny José Subero (34 años)

57- Cesar David Pereira Villegas (21 años)

58- Nelson Antonio Moncada Gómez (37 años)

59- María Estefanía Rodríguez (46 años)

60- Luis Miguel Gutiérrez Molina (20 años)

 61- Yoiner Javier Peña Hernández (28 años)

62- Orlando Figuera (21 años)

 63- Edward José Paredes (25 años)

64- Neomar Lander (17 años)

 65- Elio Manuel Pacheco Pérez (20 años) 

66- Jairo Ramírez (47 años)

67- Robert Joel Centeno Briceño (29 años)

68- William Heriberto Marrero Rebolledo (33 años) 

 69- Jonathan Meneses (27 años)

70- Stivenson Zamora (21 años)

71- Kenyer Alexander Aranguren Pérez (20 años)

72- Yorgeiber Rafael Barrena Bolívar (15 años)

73- Sócrates Salgado (49 años)

74- Douglas Acevedo (41 años)

75- Cross (edad desconocida)

76- Luis Enrique Vera (20 años)

77- José Gregorio Pérez Pérez (21 años)

78- Iván Bastidas (edad desconocida)

Y en efecto, en lo que tardaba en escribir este artículo apareció una víctima más del odio sembrado en el país:

  1. Nelson Daniel Arévalo (23 años)

De antemano pido disculpas si se me ha escapado alguno. Que todos descansen en paz, y a que todos les rindan los honores que merecen.

PROFETASWEB

Profetas en su tierra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Informativamente hablando (o escribiendo, ya que somos revista) la gran noticia del acto de recibimiento de la Vinotinto en el Olímpico fue la revelación, dicha en un tono más o menos casual en medio de una sarta de agradecimientos, de que en Venezuela hay un hombre que se lleva el pan a la boca ejerciendo el peculiar oficio de ocuparse del equipaje de los jugadores de la Sub-20. El nombre, tanto del hombre como del cargo, se le ha escapado (omisión imperdonable) a este redactor, pero no así el hecho de su existencia y de su labor: esperar que lleguen las maletas y encargarse de su traslado, cosa que no por lógica (puestos a pensar bien todo, tiene sentido que haya alguien que se haga cargo de ello) deja de ser menos sorprendente.

Lo cierto es que ayer lo recordaron en la ronda de agradecimientos y le reconocieron su trabajo, ese que, paradójicamente, pasadas las cinco de la tarde, lo mantenía todavía alejado del Estadio, por lo que no sería descabellado pensar que las maletas o llegaron con retraso o llegaron incompletas o sencillamente no llegaron, versiones éstas que se tendrán que quedar en tales porque hasta el momento de publicarse esta nota la única certeza que se tenía era la de que el encargado de velar por ellas no pudo estar en el Olímpico a la hora del homenaje.

Se pudo confirmar, sí, que la Sub 20 tiene una nutricionista y un chef (¿en qué cocina y con qué ingredientes preparará los alimentos?, ¿le prestarán la de los hoteles donde se alojan?, ¿cuál será su mejor plato?), así como un motivador y, ojo al dato, un hombre que se encarga de ver y de analizar los vídeos de los rivales. Todos ellos son parte de ese equipo de cargos improbables y extraños (pero útiles y diríase imprescindibles) que se agrupan bajo el nombre de ‘Cuerpo técnico’, a los que ayer Dudamel elogió hasta el cansancio en un acto previsible pero no por ello menos feliz.

La Caracas futbolera (acompañada de la farandulera y de la política) se volcó a su estadio para recibir como auténticas estrellas (las reseñas más épicas hablaran de héroes, pero el recibimiento, bien visto, fue de estrellas) a esos chamos que les brindaron por unos días los alegres despertares de la victoria deportiva, y que pasadas las 5 de la tarde hicieron entrada a un Olímpico que los arropó en aplausos para inmediatamente verlos desaparecer debajo de la tarima que estaba en el centro del campo. Proyección de videos emotivos (es decir, de goles y jugadas) después, fueron apareciendo, en perfecto orden numérico. Cuales strippers que salen de tortas (perdón por el lugar común) eran subidos a la tarima entre dos columnas de humo blanco por una plataforma elevadora que funcionó a su vez como prueba de equilibrio y de personalidad. Los hubo muy seguros, pero también tambaleantes. Algunos demostraron padecer de vértigo y otros ni de cosquillas. Los más espontáneos salieron con brazos abiertos, en pose triunfadora y apuntando al cielo, pero también estuvieron los que lo hicieron con las manos juntas y adelante. Fue un festival de posturas y de gestos, como manda la civilización del espectáculo.

Una de las ovaciones más grandes la recibió el técnico, Rafael Dudamel. Aunque se tambaleó un poco, salió levantando los brazos, saludando a la gente y golpeándose el pecho, mientras todos coreaban su nombre. Para ser el culpable de la derrota (tal como sugirió PDVSA) la gente pareció quererlo demasiado. “Así los quería ver: juntos y Vinotinto”, fueron sus primeras palabras. Y aunque era imposible que lo viera, la frase parecía cumplirse con rigor en una de las puertas laterales: María Corina Machado, con la camisa verde fosforescente de la selección y su sempiterna cola, estaba apenas a una persona de por medio de un par de oficiales de la PNB. Y tan tranquilos todos.

Cuando Dudamel pidió un aplauso para los padres de los jugadores, el estadio respondió con creces; pero cuando apostilló “y otro para las madres que los parieron” (oh, eterno matriarcado), ahí el Olímpico sí se vino abajo e inmediatamente (oh, Madre Patria) comenzó a sonar el “¡Y va a caer!”. Marcaba el reloj de La Previsora las 6:09 de la tarde y el estadio era un clamor contra el gobierno, incluida la barra del Caracas FC, encabezada ayer por una gran pancarta que decía: ‘23 de Enero Ccs’. “¡Qué nada nos robe este momento!” pidió entonces el técnico (mandamás absoluto) y la gente paró.

Siempre ayudado por las que presumiblemente serían las notas que tenía escritas en su teléfono celular, Dudamel, comedido y correcto, soltó algunas frases de cuidado: “Aquí cabemos todos”, “estos chamos nos han vuelto a hacer sentir orgullosos de ser venezolanos”, “este es el momento para que de la mano de nuestros chamos demos el salto para alcanzar todo que como país necesitamos”, que a buen entendedor bastarán con suficiencia.

Finalizado el discurso explotaron los papelillos y cohetones. Arrancó entonces la vuelta Olímpica. ‘We are the Champions’ sonó de fondo mientras los jugadores corrían (más bien trotaban) y se dejaban querer, aclamar y mimar por unas gradas borrachas de orgullo y euforia. Todos (jugadores y espectadores) se gozaron el momento, que fue previsiblemente bello. Lo imprevisible fue otra cosa: que después del clásico de Queen, luego de que de las cornetas saliera el festejo en canto por lo campeones que somos (así hayamos quedado de segundos), viniera el lamento de Reinaldo Armas (“caramba, ñero, se oscurecieron mis días / alzó vuelo mi alegría cuando menos lo esperaba”) por la muerte del querubín de sus anhelos, su caballo Rucio Moro.

Quizás no se dieron cuenta, pero en ese momento, más que nunca, fueron profetas en su tierra.

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Dos caras

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon

No hará como Django: no saldrá a dispararles a todos los chavistas aristócratas en busca de justicia como en el western de Texas. Sus armas son otras. Su realidad es distinta. Pero Luisa Ortega está desencadenada. “El día que repartieron el miedo, yo no llegué”, dijo sin sobresalto, sin titubeos, sin preocupación, y no solo lo dice, también lo demuestra. Siguiendo el guion cinematográfico, algunos la acusan de ser la Severus Snape dentro de la revolución, y quizás su película no tenga tantos disparos y tanta sangre como cualquier film de Tarantino, ni la magia de cualquier entrega de Harry Potter; pero la Fiscal General de la República es la protagonista de un epílogo revolucionario para no perder de vista.

Pero, ¿quién es Luisa Ortega Díaz?, ¿de dónde salió?, ¿hacia quién son sus lealtades?, ¿cuáles designios la mueven? Las primeras interrogantes podemos responderlas escribiendo su nombre en el buscador, las últimas no.

Las primeras pistas sobre su deserción al chavismo las comenzamos a ver el último día de marzo del presente año, cuando declaró que las sentencias 155 y 156 del TSJ constituían una ruptura al orden constitucional, condenando la medida del máximo tribunal de la República con la cual el gobierno buscaba, vulgarmente hablando, disolver a la Asamblea Nacional electa por voto popular. Las protestas por el fallido impasse legal generaron una ola de manifestaciones que se ha extendido hasta nuestros días. Resulta trágico para el oficialismo concebir que toda la presión que se le ha venido encima ha sido producto de su propia imprudencia, pues de cierta forma despertaron la conciencia popular a base de muestras de autoritarismo totalmente inútiles para sus cometidos.

A principios de abril el cónclave político seguía estando cuadrado (no deforme como hoy en día), con los protagonistas principales y los actores de reparto sentados en ambos costados de la mesa, cada uno sabiendo cuál bando pertenecía, y la oposición especulando que las declaraciones de la Fiscal, siempre tan querida y adorada por el comandante Hugo Chávez, eran tan solo parte de un juego estratégico impuesto por el gobierno con el cual simulaban que en el país existía separación de poderes; luego de ello, entrado el mes de mayo, la Fiscal volvió a apoderarse de los focos condenando de manera categórica la violencia contra manifestantes, alegando que “no podemos exigir un comportamiento pacífico y legal de los ciudadanos si el Estado toma decisiones que no están de acuerdo con la ley”. Allí el mundo se vino abajo, al menos para algunas cabezas del partido oficialista, pues esta frase, que en un principio fue tomada por la mayoría del pueblo opositor como un simple saludo a la bandera, de pronto comenzó a cobrar no solo relevancia, sino también protagonismo… pero… vamos poco a poco.

Luisa Ortega Díaz, abogada de la República Bolivariana de Venezuela, especialista en Derecho Penal y en Derecho Procesal, sucedió a Isaías Rodríguez (ex vicepresidente de la República) en la Fiscalía General en el año 2007. Aquello, por supuesto, fue una designación no solo aprobada, sino también promovida por el mesías de Sabaneta, Hugo Rafael Chávez Frías, quien luego de apropiarse de todos los escaños de la Asamblea Nacional en el 2005, tras el desistimiento de la oposición para participar en las elecciones, empezó a nombrar a dedo, a través de sus representantes en el parlamento, a las cabezas de los distintos órganos superiores en Venezuela. Pero antes, mucho antes de ser una cabeza visible en los círculos revolucionarios, Luisa Ortega fue una abogada litigante que transitó por varios empleos, hasta acercarse a Hugo Chávez, primero fungiendo como consultora jurídica de VTV y luego adhiriéndose al Ministerio Público, en abril del 2002, tras el golpe de Estado en contra del Comandante, lo que viene a darnos una idea de cómo fue su relación con Miraflores durante los últimos 15 años. Como funcionaria, ejerció los cargos de Fiscal 7° del Área Metropolitana de Caracas, y Fiscal 6° Nacional con competencia plena; luego, el 18 de septiembre del 2006, fue designada Directora General de Actuación Procesal del Ministerio Público, hasta su escalada al estrellato de las cortes judiciales.

Desde diciembre del 2007, fecha en que nombran a la jurista como la Fiscal General de la República, hasta hace un par de meses, Luisa Ortega Díaz era uno de los personajes más repudiados por el pueblo opositor. No debe olvidarse que bajo su mandato se levantaron las controvertidas acusaciones contra Leopoldo López en el 2014, que culminaron con su arresto por “daños a la propiedad pública, instigación a delinquir y delitos de asociación para la delincuencia organizada”, lo que en el discurso del gobierno se traducía como terrorismo y haber propiciado los asesinatos de 43 venezolanos. Esta “olla judicial” se levantó desde el despacho de quien fuera durante años parte activa del brazo político del Estado para encarcelar opositores, favorecer juicios contra allegados al chavismo, disuadir las denuncias de corrupción, o esconder números que reflejaran los índices de impunidad en Venezuela. De hecho, en el sepelio del comandante Hugo Chávez, la Fiscal apareció en primera fila. Sin importarle las acusaciones de partidismo, allí estaba ella, despidiendo al Comandante, con un semblante irremediablemente conmovido; pero las piezas del rompecabezas no terminan allí: es un entramado más amplio y difícil de ordenar, pues cabe acotar que la Fiscal se encuentra unida sentimentalmente con el diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV, electo en el Estado Lara, Germán Ferrer, quien hoy día, por el simple hecho de haberse enamorado de la mujer de cabello y ojos claros, pasó a convertirse en enemigo de la revolución.

Mucho debe considerarse a la hora de tratar de determinar los móviles de actuación de la Fiscal, pues fue el propio Diosdado Cabello quien en su rol de Presidente de la Asamblea Nacional la ratificó en el cargo el 22 de diciembre del 2014, tras liderar la caza de los “terroristas opositores” unos meses atrás; de hecho, el 5 de mayo del mismo año, la Fiscal acudió al programa “Con el mazo dando” del número dos del chavismo, y sostuvo con él una amena charla de una hora en la cual acusaron de terroristas y violentos a “un pequeño grupito del país”.

“Una de las cosas que en los últimos años nos enseñó el Presidente Chávez fue a asumir la responsabilidad, aceptar cuando se ha cometido un error, y reconocerlo ante el país. Entonces yo creo que allí ha habido verdaderamente un deseo de destruir no solamente la vida de los venezolanos amantes de la paz, sino también de destruir todas las infraestructuras e incendiar al país”, declaró la Fiscal en alusión a los actos de protesta promovidos por Leopoldo López y una parte de la MUD. De hecho, al cierre de la entrevista, Diosdado Cabello le anunció que la sesión de la Asamblea Nacional del día posterior a dicha plática se concentraría en debatir el encontronazo que había sostenido recientemente Luisa Ortega Díaz con el entrevistador de CNN, Ismael Cala, acusando a la cadena internacional de terrorista, ofreciéndole todo su apoyo, y abriéndole las puertas de su espacio, para todas las veces que quisiera dirigirse al pueblo venezolano –¿Será que el diputado dejaría hoy día a la Fiscal sentarse en la silla de ‘Con el mazo dando’? –.     

En todo este panorama tan confuso y abyecto, no puede dejar de destacarse que la oposición llamó negligente y corrupta en un centenar de ocasiones a la Fiscal, no solo por enjuiciar a los contrincantes al gobierno, sino por no investigar ninguna de las acusaciones que caían sobre las cabezas del chavismo, como el caso del propio Diosdado Cabello, quien al año siguiente fuera acusado de narcotraficante por Leamsy Salazar, Capitán de Corbeta miembro del primer anillo de seguridad de Hugo Chávez hasta su muerte, y que luego pasara al mando del diputado tras su defunción.

Ahora volvamos al presente, ese en el que Luisa Ortega está desencadenada, como Django, tirando acusaciones a diestra y siniestra, encarando a magistrados, levantando recursos, promoviendo actos de protesta en contra del quebrantamiento del orden jurídico, convirtiéndose en la ficha de poder más importante de la oposición. ¿Qué es lo que pasa allí?, o, mejor dicho, ¿qué fue lo que pasó?

Hay quienes insisten con la teoría de que la actuación de Luisa Ortega viene dada bajo las directrices del gobierno para “distraer”. ¿Distraer de qué? –me pregunto–, si ya todo lo ha ventilado, no solo al pueblo venezolano, sino al mundo. Si hay algo peor que el chavista enceguecido, es el opositor paranoico que cree que todos, inclusive su propia madre, conspiran para que el gobierno siga en el poder. Esa teoría se va de la tangente por los propios hechos. Luego hay quienes dicen que la Fiscal solo intenta salvar su pellejo ante la inminente caída del gobierno (esto puede ser); y también están quienes creen que la jurista, en un acto de piedad, compasión y misericordia, recapacitó, abrió los ojos y se dio cuenta de que el gobierno era el malo de la película (esto no me lo creo); una última vertiente, no muy popular por cierto, corresponde a lo que yo llamaría “los demonios del egocentrismo”, esta es por cierto una vertiente en la que, según el lenguaje corporal de la Fiscal, sus declaraciones y sus actuaciones, surgen como respuesta de una lucha interna de poderes: la han acusado bajo cuerda de no apoyar al proceso revolucionario, la han amenazado, y ella se ha hartado, los mandó a todos a Neptuno y ahora quiere demostrar quién puede más. No en vano, ya Iris Varela, Ministra para Asuntos Penitenciarios, salió a acusarla de estar inmiscuida en el escándalo de los Panamá Papers, junto a su esposo, el diputado Germán Ferrer; y Diosdado Cabello la tildó de traidora; en fin, quisieron intimidarla, le declararon la guerra, le tocaron el ego, y ahora Luisa Ortega Díaz, Fiscal General de la República, quiere demostrarle al chavismo que así como mandó a encarcelar a Leopoldo, y así como disuadió investigaciones en contra de los suyos, ahora puede hacer justo lo contrario e iniciar un movimiento que los mande a todos al calabozo, y a ella al estrellato.

Pero… porque entre tantos peros siempre hay unos más valiosos que otros, ¿qué fue lo que la llevó a distanciarse del proceso revolucionario?, ¿por qué iniciaron estos conflictos internos? Allí sobresale una circunstancia que nadie parece haber percatado: el secuestro de su hijastra María Ferrer (hecho que hoy día sigue sin ser esclarecido y del que poco se habló). Por coincidencia o no, el secuestro se llevó a cabo el mismo día que la Fiscal viajó a Brasil para solicitar información sobre los sobornos a venezolanos en el caso Odebrecht, el jueves 16 de febrero del presente año; con todas las fichas sobre la mesa, vale preguntarse, ¿quién secuestró a la hijastra de la Fiscal?, ¿bajo cuáles acuerdos fue liberada?, ¿hubo amenazas?, ¿hubo disputas?, ¿hubo intimidación?, ¿hubo negociaciones?, ¿dónde están los culpables?, ¿cuáles fueron los móviles del secuestro? Esa información la población la desconoce. Seguro los archivos están depositados en un gabinete ultra secreto de Miraflores, con copia en el despacho de la Fiscal, pero lo cierto es que la bomba estalló y no sabremos precisar por cuál costado, pero reventó.

Ahora Luisa Ortega Díaz está desencadenada disparando contra la nueva burguesía del país (el chavismo), al igual que lo hacía Django contra los blancos opresores latifundistas, y lo más importante de todo: tiene con qué hacerlo, pues de seguro, antes de salir a ventilar “sus graves preocupaciones sobre la alteración del orden constitucional”, tenía bajo la manga una serie de pruebas para mandar tras las rejas a todas las cabezas del chavismo. El final de esta historia seguro será espeluznante: desde ya empezamos a contactar a Hollywood para ir armando el libreto.

VINOTINTOWEB1 (1)

¡Gracias, chamos!

Dicen que al segundo lugar nadie lo recuerda y, visto lo visto, a los venezolanos no nos quedará de otra que rebatir la aseveración hasta el cansancio, porque lo hecho por la Vinotinto Sub-20 en Corea del Sur no tiene otro adjetivo: ha sido un torneo inolvidable. Venezuela consiguió eso de lo que pocos equipos presumen: que hasta el perro vea sus partidos. Como la flor de loto que brota en medio del pantano, la selección nacional ha colmado los medios tradicionales y las redes sociales de goles soñados y narraciones estremecedoras – “¡Venezuela está en la final de la Copa del Mundo, carajo!”–, en un país ávido de buenas noticias entre tanta muerte, gas y perdigón. La Vinotinto hizo que, durante tres semanas, madrugonazos disparatados tuviesen sentido, que levantarse temprano fuese placentero y que la alegría se escurriese entre el llanto y la depresión. Dudamel, que tras la derrota empezó a responder una pregunta con la palabra tristeza –estaban a 90 minutos de ser campeones–, desembocó inevitablemente en ‘felicidad’ y ‘orgullo’ al describir lo que sentía por sus muchachos. Sentimiento que fue compartido por el resto de los venezolanos que habían puesto la alarma a las seis de la mañana de un domingo para ver un partido de fútbol sub-20 por televisión. Se había perdido una final, pero no había espacio para la amargura. La gesta de los Faríñez, Ferraresi, Soteldo y Peñaranda sólo podía ser aplaudida de pie. Venezuela entera fue Yangel Herrera: tenía el pecho inflado y estaba convencida de que su fútbol, por fin, era de talla mundial. Quedará ahora en manos de los directivos hacer de la hazaña una rutina y darle al talento las herramientas necesarias para triunfar. Por muy que flinchy que sean, van a necesitar que los de arriba empiecen a tomar decisiones coherentes si quieren que la generación cante el himno en el Mundial de mayores.