NEGOCIOWEB

¿Se debe negociar o no?

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Algunas personas solo quieren ver el mundo arder, no lo dijo Platón o Montesquieu, lo dijo Alfred refiriéndose al Guasón. Ciudad Gótica también posee un sinfín de conjeturas políticas sin resolver, pero, ¿cómo se asemeja la situación actual de Venezuela con el comic y en qué se diferencia? Sencillo: en nuestro caso el Pingüino, el Guasón, Ra´s al Ghul, Bane, Harley Quinn, Enigma, y Sr. Frío están dentro de Miraflores, ostentan el poder, las armas, los ejércitos armados y bandas criminales; en el comic son tan sólo un grupo de desadaptados cuyos intentos por adueñarse de Ciudad Gótica siempre son evitados por los cuerpos policiales, o en última instancia por Batman. Ahora bien, en nuestra realidad no hay un Batman, y tampoco cuerpos policiales (hablemos sin tapujos, eso en Venezuela no existe), sí un Guasón, un Pingüino, y una Harley Quinn, que están dentro de Miraflores, y que tal como Alfred aseveró solo quieren ver el mundo arder.

La semana pasada estuve reunido con un par de diputados de la Asamblea Nacional (las reuniones fueron por separado —nada serio—). En dichas conversaciones ellos y sus colaboradores afirmaban que la Constituyente no iba, que habían negociaciones de por medio y que no llegábamos al 30; yo creo (y ojalá me equivoque) que la Constituyente sí va; es más, nunca he tenido dudas que va a aprobarse: echarla para atrás en este momento tendría un peso político demasiado alto para el gobierno y, como ya lo he dicho, hay personas que solo quieren ver el mundo arder.

Ahora, estas circunstancias nos enfrentan a un gran dilema, ¿debemos negociar con los captores de nuestra libertad?, ¿debemos darles oportunidad de salvarse a los culpables de nuestra tragedia como nación? Bien, la cuestión no es si debe negociarse o no, la cuestión es cuáles cosas se va a negociar: si es la salida de Nicolás Maduro, por supuesto que deben llevarse adelante las conversaciones; si son promesas a futuro, no.

¿Por qué sacamos a relucir todo esto? En medio de la paranoia en que vivimos como nación, tenemos radicales de ambos lados y en todas las direcciones políticas. En el seno opositor (con el cual me identifico) existen los que no admiten bajo ninguna circunstancia que se intente dialogar con los representantes del partido de gobierno, y piden que llegue Batman y los destruya a todos (les cuento, Batman en la vida real no existe), y salvo que usted mismo esté dispuesto a formar un ejército de diez mil personas —o más— armarlo, alimentarlo y motivarlos para ir al campo de batalla, no pida milagros ni hable babosadas: las armas están con el régimen y los criminales también, en el campo de la violencia seríamos derrotados en cuestión de segundos. Ahora, si las negociaciones van por el lado de suspender la constituyente y darle oxígeno al gobierno, es una conversación que ni siquiera debería empezar: lo único negociable es la salida de los criminales de Miraflores. Entonces, ¿debe negociarse o no? Por supuesto que sí: sí debe negociarse, porque, según nos han demostrado los militares de este país, no se va a repetir la escena rumana en la que Ceausescu fue capturado y fusilado. Aquí a los uniformados, si le dan la oportunidad, van a seguir disparando balas contra la juventud y llenándose los bolsillos. ¿Por qué? Porque a Venezuela la convirtieron en un país triste y miserable donde los billetes verdes valen una millonada, y mientras ellos puedan ser los únicos dueños de la riqueza, no la van a soltar.

Entonces, ¿qué alternativas nos quedan?, ¿acaso nos jodimos y ya? Pues no, la verdad es que no. Las relaciones políticas, tal como las sociales de cualquier ser humano, penden de un hilo y existen cientos y miles de formas por las cuales Nicolás Maduro puede salir del poder: se cayó bañándose y se rompió la cabeza, descubrió que Cilia lo engañaba, entró en una depresión y se fue, Diosdado se cayó a palos y borracho lo agarró a golpes, salió un loco y estrelló un avión contra Miraflores con el mandatario adentro, o sencillamente el miedo de toda la presión que se la ha venido encima lo consume y en determinado momento solo siente que debe escapar. No hay que olvidarlo: los que ostentan el poder también son seres humanos, hoy día se sienten intocables (o pretenden sentirse) pero saben que sus vidas de reyes están por terminar y lo único que están intentando es que sus cabezas no vayan a parar tan rápido en un sucio calabozo. Es por ello que prefieren ver el mundo arder a la distancia antes que sus pestañas. Mi lectura, la cual expondré con un riesgo enorme de equivocarme, es que la Constituyente se aprobará, aun a pesar del escándalo interno e internacional. Aquello desatará una agenda de calle donde reine la anarquía, y, por cierto, esto sí lo dijo el Guasón: “instaura una pequeña anarquía, altera el orden establecido, y todo se convierte en caos. Soy un agente del caos, ¿y sabes algo del caos? Es justo”. Con la Constituyente instaurada, el uso desproporcionado de la fuerza por parte del gobierno, las presiones internas y las sanciones internacionales harán del país una habitación llena de gas inflamable, y será cuestión de días (a mi parecer entre 15 y 30 días) para que el gobierno se queme en su propio infierno y finalmente acabe la fantasía revolucionaria.

Entonces, ¿negociar? Si es la salida de Maduro, dejen que los líderes opositores conversen con los captores y les den la posibilidad de irse; si aquello va a evitar un derramamiento de sangre aun mayor, es pertinente, puesto que de una u otra forma, este gobierno va a acabar, lo que no sabemos es cómo ni cuándo; de lo contrario no va a quedar de otra, la anarquía se instaurará con más fuerza que nunca, el gobierno va a terminar declinando, pero ese caos podría llevarse mucha sangre a su paso.

PD: Los líderes opositores ni son traidores ni son colaboradores del régimen. Se equivocan, a veces hablan de más y otras de menos, en otras ocasiones no saben explicar lo que pretenden hacer, y en muchas no han sabido leer al país, pero ni traidores ni colaboradores; si quieren llámenlos incompetentes (yo no lo hago) o hasta estúpidos, pero dejen de hacerle juego al gobierno instaurando la idea de que todo es maniobra del G2 y el oficialismo es una fuerza imbatible que tiene todo bajo control. Sinceramente, ser político es una mierda, y más en un país como este: actúes mal o actúes bien, siempre habrá quien te critique. Esa gente (con sus defectos y virtudes) también arriesga su vida a diario, y aunque la verdad en la mayoría de las ocasiones pienso todo lo contrario a lo que la MUD anuncia, la respeto, porque de una u otra forma vamos a tener que reconstruir a Venezuela, y eso sin liderazgo político no lo vamos a lograr (la anarquía no es la vía para la reestructuración, créanme que no). Así que discutan, quéjense, manifiesten sus inquietudes si quieren, pero no vuelvan a repetir que hay traidores y colaboradores y que el G2 es más poderoso que Dios. Siga yendo a la calle, apoye en lo que pueda, utilice las redes de forma inteligente para informar —y no desinformar a sus conciudadanos— y rece para que esta pesadilla acabe pronto.

Y recuerde: algunas personas solo quieren ver al mundo arder, y Miraflores está plagada de esas personas. Mi apuesta es que saldrán entre los 15 y 30 días después de la Constituyente (si me equivoco, que es muy probable, no seré el primero, ni el segundo).

CIUDADESWEB

Historia de dos ciudades

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 11:26 (hora del reloj del metro) llega el tren al andén de Miranda, y a las 11:45 (hora de mi reloj, porque el de la estación estaba apagado) los pasajeros pisamos el de Capitolio. Son diecinueve minutos que para justificar lo radicalmente opuestas de ambas realidades debieron durar por lo menos las diecinueve horas de un vuelo Nueva Jersey – Singapur. Y es que mientras Los Palos Grandes era desde las seis de la mañana silencio, soledad, vacío y barricadas, el centro de Caracas, sencillamente, era el centro de Caracas: con su decadencia y suciedad perennes, sus “se compra oro, oro, oro, se compra, se compra, se compra oro” acosando a cuanto viandante pasaba, sus vendedores de hierbas milagrosas, objetos raros y revistas viejas, sus tiendas abiertas, y todo el folklorismo chavista en su máxima expresión.

“No se equivoquen: territorio socialista” advertía un cartel, ubicado en la entrada de un mini-centro comercial (ahora llamado comunal, claro está) que se encuentra en frente de la Asamblea Nacional (de mayoría opositora) y al lado de un Wendy’s (de propiedad imperialista), y en el que en varios rincones y locales se ejerce la siempre progre y humanista actividad de compra-venta de metales preciosos y moneda extranjera (“euro, dólares, se compran euros y dólares, euros y dólares”) al precio justo del mercado negro (Dólar Today). A una cuadra, en la Plaza Bolívar, una mujer deja la garganta en una consigna que evidencia no sólo capacidad crítica sino también conciencia y sobre buen criterio: “Uh ah / Maduro no se va / ahí lo puso Chávez / y allí se quedará”. Luego de eso, presenta a un candidato a la Constituyente, que decide que en vez de lanzar un discurso (¿pa’qué?) él lo que va es a cantar música llanera. Y allí se lanza el hombre. Invita a votar el 30 (“llueva, truene o relampaguee”) y arranca con su corrío, que es en verdad (a todos nos quedó claro) lo que le gusta.

Mientras tanto, en la catedral (que en Europa no pasaría de capilla) termina la misa. Los obispos tienen convocada una jornada de ayuno y oración para el viernes en la mañana (“[hay una] clase de demonios sólo sale con ayuno y oración”, dice San Mateo en su Evangelio), y las viejitas (¿quiénes, sino viejitas, pueden darse el lujo de ir a misa entre semana a las 11 de la mañana?) están prestas y dispuestas al combate espiritual. Afuera, el frente de mujeres anti-imperialistas (no pasan de 50), alborotadas con Trump, prometen dar también su combate con las armas que sean necesarias en defensa de la patria.

Y no en defensa de la patria sino de la plaza están varios milicianos, que uniforme colgando y sombrerito de campaña encima, cuidan sus accesos, aunque bien les vendría hacerlo también con sus pisadas: de tan frágiles que se les ve (ni las viejitas de la misa, pues) una caída podría ser grave. Como grave es que en menos de una cuadra haya otro acto: frente al edificio de la Alcaldía de Libertador también se reúne un grupo de camisas rojas a sabrá Dios qué, porque su audio (bajito) es opacado por el de las mujeres antiimperialistas.

Por la avenida Urdaneta, en la esquina del BCV, se encuentra también otra tarima, montada bajo el amparo de un Chávez inflable. El que tiene la palabra no habla en ese momento de política, sino de dinero: explica cómo van a pagar sabrá él qué bono. Más que un mitin, parece una reunión sindical: todos son compañeros de trabajo de un MINPOPO-algo (la miopía y el no querer ver fijamente a nadie para no lucir muy sospechoso atentaron contra el rigor periodístico, lo siento) bordado en la chaqueta. Y más adelante, a una cuadra de Miraflores, por el Fermin Toro, otra tarima, de todas la más nutrida y con transmisión (según reflejaba el televisor de la pollera de la esquina), en cadena nacional.

¿Y el paro? Aparte del de los empleados públicos (ellos los primeros en no trabajar), hablar de paro ayer en el centro era muy discutible. Salvo el que hicieron los trabajadores de La casa de los espaguetis (abierta, pero con un letrero que advertía que “por falta de personal no estaremos trabajando”) y algunos comercios y tiendas (entre el 30% y 40% de los que se encontraban allí), de resto, la vida en el centro siguió como si tal, con transporte público incluido (con más demora y en menor cantidad pero lo había), aunque, eso sí, con menos gente y tránsito: la Baralt, la Urdaneta, la Universidad y las Fuerzas Armadas, avenidas complicadísimas de cruzar donde las haya, se podían atravesar fácilmente sin esperar semáforo ni rallado (misión suicida en una jornada normal). No faltaban tampoco las colas (los bancos estuvieron abarrotados por pensionistas, así como aquellos minimercados donde había productos regulados) y sí las trancas: entre El Silencio y Bellas Artes no había una calle cerrada (ni siquiera en La Candelaria, tan conflictiva de noche). Sobraban los efectivos policiales: en donde más y en donde menos había siempre un grupo de PNB con su uniforme nuevo, revisando teléfonos y dándose lepes. Donde curiosamente no estaban era en la sede de la Urdaneta de la Fiscalía. No es que hicieran falta tampoco: la reja estaba cerrada casi completamente y un vigilante de corbata y traje negro revisaba todas las credenciales de quienes pretendían entrar, no fuera cosa que se apareciera Harrington.

Para encontrar la primera barricada, había que caminar hasta Chacaito, cruzando un boulevard de Sabana Grande que parecía tener, incluso, más comercios abiertos que el mismo centro. Entonces, allí sí, empezando la Francisco de Miranda, una tremenda cinta amarilla que la cruzaba a todo lo ancho y decía peligro marcaba claramente la frontera en la que (del Guaire para arriba) comenzaba la otra ciudad: la que estaba en paro, con las santamarías abajo y las calles cerradas. Es la Caracas que protesta contra la dictadura, la que lleva 111 días en franca rebelión y en la que encontrar algo abierto era prácticamente imposible. En la Francisco de Miranda el ambiente nunca fue cómodo y siempre estuvo tenso: la posibilidad de la llegada de la GNB o de la PNB para que hicieran destrozos estuvo siempre latente al caminar por ella. No así en las calles paralelas de Chacao, Altamira y Los Palos Grandes: una verbena no hubiera sido más fraterna. En cada calle trancada había vecinos compartiendo y conviviendo, como nunca se hace en Caracas.

La Plaza Altamira, otrora el punto en el que desembocaba (y pasaba) todo, daba miedo de lo sola que estaba. Apenas tres almas transitaban por ella en la tarde. A lo lejos algunas bolsas de basura trancaban las avenidas adyacentes. Pero no había ni rastro de la gloria, los llenazos, y la épica que se vivía hace apenas algunas semanas. Dudaría cualquiera que alguna vez ese fue el epicentro político de Caracas, el sitio imprescindible en toda pauta periodística. La acción (la poca que ha habido desde la liberación de Leopoldo) se ha mudado dos cuadras al oeste: a Bello Campo. Abajo, en la avenida Libertador, hubo dos batallas campales entre GNB y manifestantes, dignas de lo que eran los enfrentamientos hace aproximadamente un mes: bombas, tanqueta y perdigones, eso que la resistencia pasó casi setenta días combatiendo, y a lo que le tiene bien agarrada la medida. Tanto, que los hicieron retroceder: a punta de Molotov les quemaron la tanqueta a los guardias, y no hubo nada que hacer: las barricadas gigantes impidieron el paso de las motos y no les quedó sino retirarse.

Cayó entonces la noche, y colorín, colorado, sola, vacía, apagada y postrada ante el hampa, las dos Caracas se han igualado y esta historia terminado.

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RESISTENCIAWEB

Conversando con la resistencia

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Son hijos de la represión. Nacieron para enfrentar las peores condiciones. Sus pulmones se han llenado de gas y sus cuerpos son un solo tatuaje compuesto de mil cicatrices. Vinieron al mundo con la Revolución Bolivariana y están dispuestos a entregar su vida, literalmente, para que el resto de Venezuela deje de padecer el Socialismo del Siglo XXI. Terroristas según quienes hoy gobiernan –antaño golpistas, guerrilleros y encapuchados–, se han convertido en un símbolo histórico de esta lucha. Santos en mil hogares, héroes nacionales por consenso, su papel en la crisis comienza a ser controversial. No han sido estos los días de calle, calle y más calle. El plebiscito y la liberación de Leopoldo han enfriado el pavimento y ellos, independientes por convicción, están configurando su propia agenda ante la discrepancia con una Mesa de la Unidad de la que, según nuestro entrevistado, no han recibido ni financiamiento ni asesoría.
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Su crecimiento ha sido orgánico y rudimentario. Fueron coincidiendo en manifestaciones y la empatía hizo el resto. No sólo luchaban por lo mismo, sino que lo hacían de la misma manera. Había que organizarse y buscar apoyo. Fue así como empezaron a crearse células con diferentes anillos de confianza. El organigrama no es nada del otro mundo: grupos de 30-40 personas que se reúnen en el mismo lugar y a la misma hora para hacerle frente al gas, agua y perdigón, mientras unos 6-7 se encargan, además de resistir, de labores logísticas y de establecer el modus operandi. Cada resistencia es un universo y no hay emperador que los gobierne. En Revista OJO tuvimos la oportunidad de conversar con uno de estos jóvenes y esto fue lo que nos dijo:

-¿Cómo te uniste a la resistencia?

-Primero yo asistía a las marchas como cualquier otro: iba y protestaba. Pero con el paso de los días, cuando empezó a movilizarse más gente, me acercaba más al frente y ahí mismo fui conociendo a los del movimiento. Cuando estábamos, digamos, en zona verde, conversábamos y ellos me dijeron para unirme a la resistencia como tal. Me dijeron que necesitaban organización y estaban, por supuesto, buscando gente. Había mucha disparidad con la cantidad de guardias, entonces cualquier persona que se quisiese sumar era bienvenida.

-¿Había una especie de contrato? ¿Les pediste algún número para contactarlos?

-Al principio simplemente nos encontrábamos en las marchas y ya. Pero con el tiempo empezamos a organizarnos más y sí teníamos contacto entre algunos de nosotros, incluso por teléfono. Nos reuníamos y nos organizábamos para preparar las manifestaciones que viniesen.

-¿Dónde se hacían esas reuniones?

-En una casa que puso alguien del movimiento. No era nadie de afuera, ningún político ni nada. Era gente del mismo movimiento y nos organizábamos ahí.

-El gobierno ha dicho en reiteradas ocasiones que ustedes reciben dinero de los dirigentes opositores. ¿Ha habido algún tipo de financiamiento? ¿Qué relación tienen con los políticos? ¿Se han reunido?

-No, no. Más allá de que, por ejemplo, cuando había marchas, sobre todo allí, normalmente algunos diputados de oposición iban al frente con nosotros. Pero era algo más simbólico que otra cosa. Nosotros en ningún momento estrechamos manos. Nunca hablamos con ellos porque nosotros no estamos sirviendo ningún partido, sino a nuestro movimiento, a nosotros mismos. Sí es cierto que estamos luchando por la misma causa que estos dirigentes de oposición y que el pueblo que sale a manifestar, pero en ningún momento tuvimos contacto, ni nos dirigimos palabra. Nada con ellos.

-¿Consideras que conoces a suficientes miembros de la resistencia como para afirmar que no hay financiamiento?

 -Te puedo decir que lo que se puede ver como financiamiento, lo que son las máscaras y eso, es proveniente de donaciones que gente anónima nos hace llegar y con eso es que montamos la resistencia como tal. Pero no existe ningún intermediario que tengamos identificado para decir: ‘Mira, él nos da las máscaras, este nos da los guantes’. No. Son donaciones: el mismo pueblo que nos ayuda. Obviamente con el pasar del tiempo y mientras más manifestaciones ha habido, incluso se puede ver que en redes sociales hay cuentas que se encargan de recibir ese tipo de donativos y de alguna manera nos los hacen llegar. Pero nunca con contacto directo, nunca con nombre. Nada de eso.

-Tratan de mantener el anonimato…

-Sí, exacto, porque nunca sabes quién está del otro lado. Además, viendo cómo se ha manejado la situación, queremos evitar compartir nombres, y no tanto por nosotros, porque en definitiva ya nosotros nos arriesgamos yendo al frente, sino más bien por la seguridad de las personas que intentan ser parte de esto, así no sea en la lucha.

-Volvamos a la sede. ¿Cómo funcionaba y para qué la utilizaban?

-La utilizábamos para guardar los equipos y allí nos reuníamos, aunque no todo el grupo de resistencia, sólo una parte. Allí organizábamos, por ejemplo, si la marcha salía desde tal punto, tratábamos de prever nosotros dónde empezaría la represión. Preparábamos un plan: qué debíamos hacer, vías de escape, todo eso. Y hacíamos una especie de análisis del movimiento político, porque eso influía bastante en el nivel de represión. También hacíamos una especie de recapitulación, es decir, quiénes estábamos disponibles, porque normalmente siempre había heridos y teníamos que ver cuántos teníamos disponibles, para de ahí en adelante crear un plan.

-¿Cómo es el organigrama de la resistencia?

-La resistencia es el nombre que se le da al movimiento, pero no es que es una organización que está toda conectada. Los de Caracas no es que tengan un contacto con la gente de Maracay o con los de Carabobo, no. Son células y cada una se organiza de distintas maneras. Pero coincidimos, no varía mucho el plan… También es que cuando empieza la represión tenemos que cambiar todo lo que teníamos en mente porque es muy complicado mantener un plan cuando tienes tanta fuerza en contra. Si te encuentras con un grupo de otro lado, te apoyan. Nunca hubo problema. Pero eso sí: contacto como tal con otra célula, muy muy poco.

En tu grupo, ¿cuántos participaban y con cuántos te comunicabas por teléfono o en reuniones?

-Bueno, cuando yo me inicié éramos 38 y teníamos contacto directo unas 6-7 personas. No nos gusta hacer nada por mensajes, ni de Whatsapp ni nada. Es más bien: ‘Mira, nos vemos en este sitio’ y ahí nos organizamos. Todo en persona. Pero ya tú sabías con quién te estabas juntando y el número de esas personas.

-¿Cuál es su filosofía? ¿Qué los motiva? ¿Tienen algunos códigos?

-Cada uno se impulsaba por distintos motivos. Unos protestaban por la situación económica, otros estaban pasándola bastante mal, otros era por la inseguridad, otros por experiencias en barrios… Todos, la gran mayoría, somos personas de bajos recursos. Entonces, lo que empezó a movilizarnos fue que, cuando se convocaba una manifestación, nosotros veíamos que nunca se podía avanzar y que a la primera bomba lacrimógena, a la primera arremetida, las personas retrocedían y ahí se acababa la manifestación. La gente por un temor, por supuesto entendible, se iba. Entonces se empezó a decir: ‘Ajá, ¿qué hacemos? ¿Qué podemos hacer para que esto funcione a la larga?’ Y era eso: mantenernos en la calle y ponerle resistencia a las fuerzas represoras de la manera que fuera.

De ideología, no existe en la resistencia algo así como ‘somos de izquierda’, ‘somos de derecha’, ‘somos neoliberales’, ‘somos chavistas críticos’, no. Nada de eso. Simplemente nuestro fin es que se nos escuche. Permitir, porque nosotros éramos el escudo de la manifestación, que la protesta avanzara hasta donde la gente quisiera y por supuesto eso es un método de protesta. Porque la situación que se vive es sumamente delicada y hay tantos problemas… Se ven afectadas personas de cualquier ideología, religión, tendencia política, clase social, lo que sea. Todos estamos involucrados. No hay un estigma que nos redondee a todos.

-El gobierno los acusa de violentos. ¿Qué opinión tienes al respecto?

 -Normalmente en las manifestaciones, en el lugar que sea, nosotros nunca llegábamos de buenas a primeras al piquete y que ‘lánzales piedras, molotov, morteros y vamos a herirlos’. No. Nunca. Siempre había un parado. Nos parábamos en frente, visualizábamos la situación para ver cómo iban a accionar ellos y uno del grupo se adelantaba y se encargaba de hablar con el sargento, el encargado del piquete. En muchas ocasiones nos dijeron que no iban a hacer nada, que ellos estaban ahí, parando el transitar de la manifestación, que ellos no iban a dispersarla ni nada. Pero en lo que nos dábamos la vuelta y nos distraíamos un poco, ya empezaba la represión: bombas, activaban las ballenas, nos daban perdigonazos y nos emboscaban con otro piquete desde otra zona. Ahí empezaba la lucha como tal.

-¿No tenían miedo?

-Era más el miedo, porque claro que sientes temor, sabes que estás arriesgando tu vida… pero era más el miedo a lo que pasaría si no hacíamos nada, que a recibir perdigonazos, que te metieran una bomba lacrimógena o que la ballena te tumbara. Ese temor se mitigaba frente al miedo de seguir el día a día que estamos viviendo desde hace tanto tiempo.

-¿Cómo calificas a la dirigencia de la Mesa de la Unidad?

-Bueno, es complejo. En todo movimiento, sobre todo en los más sensibles, así como este, hay gente que se radicaliza de tal manera que se ciega. Entonces, a veces no se entiende que si queremos salir de este gobierno alguien se tiene que montar. No va a ser la resistencia que se una como partido político y vaya a empezar a dirigir este país. La MUD es esa opción. ¿Qué pasa? Ellos como partido político, viviendo las artimañas del gobierno, se tienen que alejar un poco de ese movimiento nuestro, el de calle, cuando la cosa se pone ruda. Ellos se tienen que alejar de todo eso porque ellos tienen que mantenerse como partido político. Y eso lo entiendo, aunque no todos lo comprendan. En lo que no estoy de acuerdo es en algunas cosas después del plebiscito, ya con la liberación de Leopoldo López. Esta semana se apagó bastante la calle, en cuanto al llamado de la MUD. Ellos hicieron un llamado: ‘Esta semana no habrá calle. Sólo el parón del jueves, pero no va a haber manifestaciones de calle’. Y eso obviamente no es lo que reflejó el resultado del plebiscito ni el deseo mismo de la gente, de la resistencia. La gente quiere seguir protestando, te convoquen o no. En definitiva, la gente protesta como quiere. La Unidad, si quiere cambiar este gobierno, tiene que alinearse con el pensamiento y el deseo de la gente y hacer su agenda basándose en ello, no en la política racional. Que sigan manejando otras cosas, como hacer sesiones de la Asamblea o nombrar magistrados, está bien, eso es entendible, pero no por eso la calle se va a parar. Hay que seguir en la calle. Hay que seguir manifestando.

-¿Hay una especie de separación entre la dirigencia y la resistencia?

-Sí, claro. Nunca estuvimos unidos como un sólo grupo ideológicamente, pero antes nos enfocábamos en las convocatorias que ellos hacían porque ahí se asomaba el pueblo. Y cuando tienes ahí a la gente, a 200.000 personas marchando detrás de ti, digamos que tu ideal se ve reforzado. Si no hay manifestación, porque también es entendible que no todo el mundo quiera manifestar todos los días, esas 200.000 personas no pueden manifestar todos los días, se pueden anunciar otras cosas: trancazos, lo del paro. Está bien, no marchas todos los días, pero estás realizando otro tipo de protestas. Nuestra protesta es la calle y sé que la mayoría de la gente está unida y alineada con ese pensamiento: de esto se sale es en la calle, plantándole cara a la represión y al gobierno.

-¿Cuál es tu opinión sobre esta especie de peajes que se han visto, por ejemplo, en Altamira, de personas de la resistencia pidiendo dinero? ¿Son infiltrados?

-Primero que nada, la resistencia no pide dinero. Eso está claro: la resistencia no pide dinero. El término infiltrados, no sé exactamente… Yo creo que más bien es gente que se aprovecha de la imagen que tenemos nosotros para sacar provecho, así como cuando ponen a un niño a pedir dinero afuera de un supermercado, de una panadería. Entonces la gente aprovecha y suelta chamos en la calle a pedir dinero en nombre de la resistencia, cuando en realidad eso no es así. La resistencia nunca ha pedido dinero, nunca ha pedido nada. Los donativos y eso ni siquiera nosotros los pedimos. La misma gente nos ve y nos quiere ayudar y nosotros por supuesto que los recibimos. Pero pedir dinero en la calle, trancar para pedir dinero o comida, no, eso nunca lo hacemos.

-¿Ustedes se creen libertadores o héroes?

-No, no. Nosotros no queremos ni que nos endiosen ni que nos entierren. Considerarnos libertadores, no. Cuando tú salías con tu franela “Soy libertador” lo que se buscaba era crear una especie de simbolismo. No es que tú sales y dices: ‘Yo hoy voy a luchar y me voy a poner a la par de un Simón Bolívar o Francisco de Miranda’. No. No me gusta que nos endiosen. Somos un movimiento que protesta como cualquier persona. Como las madres que quieren salir a las calles a poner pancartas, como el señor que puede poner una ramita para trancar, como cualquier persona que proteste. Sólo que nosotros tenemos una postura diferente y lo hacemos de esta manera. Pero cualquier tipo de propuesta es aceptada y no es criticable. Así que, para mí, cualquier persona que quiera salir de esto, y se esté esforzando, es un libertador.

-¿Qué piensas de los linchamientos?

-Cuando tú estás ahí en la calle resistiendo y ves que hay un infiltrado del gobierno o que alguien se aprovecha de esa situación para cometer un delito: sea rompiendo santamarías, robándote, que ha pasado… Bueno, esa misma adrenalina te lleva a darle un parado. Por supuesto que tú intentas conversarlo, pero ha sido tan reiterado que la frustración se apodera y te vuelves agresivo, pero no es que nosotros vamos a salir a la calle a linchar. No estoy de acuerdo con eso. Creo que hay otras formas de poner resistencia. No hace falta un mensaje tan violento. Pero, claro, si ves a alguien que se aprovecha de la situación, del mal endémico que tiene el país, para robarte, para seguir robando, para seguir sembrando ese temor a la gente, no está bien, claro que no está bien. Por eso actuamos, porque es reiterado y de alguna manera hay que pararlo. Si hablas con una persona y no te entiende, vuelves a darle la oportunidad y no te entiende, y ves que sigue haciéndolo, ya hay que actuar de otra manera. Nosotros en una oportunidad nos dimos cuenta de que unas personas que ya teníamos identificadas, que se sumaban a la manifestación pero que en realidad no hacían nada, estaban ahí para sembrar caos.

-¿Cómo ves a Venezuela después del 30J?

-La resistencia, como cualquier venezolano, tiene una incertidumbre gigante, porque se acaba la República, se acaba cualquier tipo de libertad y no sabemos qué puede pasar, porque en definitiva la resistencia nace como respuesta al accionar del gobierno, no nace por iniciativa propia de ‘vamos a hacer esto porque nos da la gana’. Nosotros somos la respuesta a las acciones del gobierno. Dependiendo cómo se vaya manejando la cosa, ya veremos qué acciones vamos a tomar.

FOTO: Rafael Briceño

Cristian Hernández: “El miedo ayuda a hacer buenas fotos”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cristian Hernández no tiene cara para su edad. Tampoco para el oficio que ejerce. Vestido con una camisa beige, como estaba ese día, bien podría pasar todavía por bachiller. De parasistemas si quieren, pero bachiller. Y resulta que no. Resulta que ese muchacho flaco y despeinado con el que hablo entre bulla, cerveza y lonjas de cerdo en los populares chinos de Los Palos Grandes, es en realidad un tarajallo de 27 años, con título de Comunicador Social de la UCV, un montón de medios en su CV (‘El Tiempo’, ‘Tal Cual’, ‘2001’, ‘Últimas Noticias’) y parte del ‘staff’ profesional nada menos que de la madrileña agencia EFE.

Y quién lo diría. Porque en principio Cristian lo que quería era hacer radio; y de hecho fue ello lo que lo motivó a estudiar Comunicación Social en la Central. Sin embargo, en su camino se cruzaron la fotografía y Héctor Castillo (fotoperiodista de ÚN y profesor de la UCV) y lo demás fue una historia que él resumirá magníficamente con un “mis fotos eran mejores que las de todos mis amigos…y bueno”. Y bueno que entonces se dio cuenta de que servía para eso, se compró una Nikon D40X, hizo algún taller, salió a la calle, conoció a otros fotoperiodistas, aprendió de ellos, comenzó a experimentar, trabajó en un montón de medios, llegó a EFE y cuando ya estaba considerando irse de Venezuela, estallaron las protestas y, contrario a lo que haría el resto del mundo, se quedó demasiado.

Ya el día de la entrevista tenía el cuerpo lleno de cicatrices, producto de la cantidad de bombas, piedras y perdigones que ha recibido, y también de alguna caida explicable y memorable. Hoy, día de la publicación, no tiene teléfono: se lo robaron los colectivos, junto con una de sus cámaras, el 05 de julio en la AN. Ese día lo tiraron al suelo y lo patearon. Pero no lo sacaron de la calle.  Cristian no se arredra ni se asusta, sigue. ¿Qué se le va a hacer?: le gusta estar en la candela, que es, de hecho, la forma que tiene para describir su oficio. Aquí la conversación con un pirómano de las fotos:

Cristian, un fotoperiodista es alguien que…

-…aunque sabe que es peligroso, igual se mete en la candela.

-¿Qué se necesita para ello?

-Básico: tragarse el ego. Saber que tienes demasiado que aprender y que todo lo que sabes puede estar mal. A ti te podrán gustar mucho tus fotos y de repente puede que no sirvan para eso.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-Para mí esto es una pirámide y la base es informativa. Todo lo demás es lujo. Hay fotos movidas y desenfocadas que sirven. Ahora, si la foto es bonita, mejor. Y si es redondita, perfecto.

-¿Qué es una buena foto para ti?

Una que cumpla la función de informar y de contar una historia. En segundo plano queda si es bonita o no. Repito: la base de la pirámide es que la foto informe y cuente lo que tiene que contar.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

Siempre y cuando no estés manipulando la imagen para que sea otra cosa distinta a la que tomaste, sí. Puedes cambiar las luces, cropear, pero quitar algo, no: porque tú estás comprometido con la verdad.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Cristian?

-La cosa es que hay una demanda altísima de información y nosotros no podemos estar en todos lados. El fotoperiodismo ciudadano está bien, pero habría que ver qué quiere comunicar el ciudadano y qué herramientas tiene.

-Te lo pongo más fácil, ¿una persona con una cámara es un fotoperiodista?

-Podemos hacer una prueba: dile a esa persona que vaya a una marcha chavista. ¿Va a sacar buenas fotos o va a sacar fotos de las vainas feas que él ve? ¿Es capaz de tomar fotos de una vaina chavista e informarte correctamente? Yo creo que la prueba de fuego sería enviarlo a cubrir algo que lo incomode. Porque lo importante es que tienes que ser profesional donde estés, en la situación que estés, sea peligrosa o no, aburrida o divertida. Esto no es solo tomar la foto, sino saber lo que necesitas: puedes tomar una foto arrechísima o bella y que no informe, y te la desechan porque no sirve.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

Con una Canon 5D de gama alta. Pero eso no importa mucho: lo usas porque son las herramientas que te dan.

-¿No importa, dices?

Yo creo que la flecha no hace al indio, pero a mejor flecha mejor indio. Es una relación 50/50. Puedes tener la mejor cámara y no saberla usar, o tener una mala y tomar una buena foto.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Lo que me gusta más son las cámaras full frame y los lentes L. Esas cámaras son rápidas y responden muy bien. La calidad es otro nivel.

-¿Quiénes son tus referentes?

-Depende. Tengo pintores, artistas, otros fotógrafos.

-De pintores…

-Rembrandt

-¿Por qué?

-La luz. La luz de Rembrandt es muy buena. Y también Goya me gusta.

-¿Cómo describirías estos días de cobertura?

-Ha sido más violenta. A nivel político creo que la situación está bastante delicada y hay que respetarla y hay que tener la cabeza bastante fría.

-¿Qué ha sido lo más difícil de esta cobertura?

-En La Urbina nos echaron tiros. Eso fue difícil. Me ha tocado correr, colectivos me han tratado de quitar la cámara, me han golpeado; en 2014 me rompieron el casco con un tubo. Hay varios momentos peligrosos y probablemente no sean los últimos.

-¿Has llegado a sentir que tu vida está en peligro?

Cuando nos han echado tiros y vamos pa’lante, con cuidado. En esos momentos.

 -¿Y una foto vale la vida?

-No. Nunca. Ninguna foto vale la vida.

¿Ni siquiera una buena foto?

-No, no.

-Cuando estás en mitad del enfrentamiento, con riesgo para ti, ¿todavía tienes cabeza para pensar en si una foto es buena o mala?

– Sí, claro. Tenemos la capacidad de conseguir una buena foto en cualquier lugar.

-¿Y no sientes miedo?

-Siempre. Pero creo que el miedo ayuda a sacar buenas fotos.

-¿Tras más de setenta días de protesta es posible hacer una foto original?

-Yo siempre trato de hacer una foto distinta. Pero igual uno nunca sabe qué puede pasar. Siempre va a haber algo distinto y el reto es tratar de conseguirlo. La cosa es estar preparado y tener la capacidad de hacerlo.

-¿Cuál es tu mejor foto?

-La que voy a tomar mañana.

-jajajaja. Bueno. De las que ya tomaste, ¿cuál te gusta más?

-Siempre pasa que lo que le gusta a la gente es lo que no te gusta a ti. Por eso yo trato de no inflarme mucho el ego. Pero de las que más me han gustado. Ehhhh. Ya va. Una bandera de 7 estrellas. Esa me la publicaron en TIME. Pero es que no sé. Todas son distintas, todas son mis hijas, no puedo escoger.

-Hubo una foto tuya, muy famosa: la de la PNB en la autopista y la gente escondida tras la defensa. ¿Qué puedes decir de ella?

-En verdad, a mí en el momento me pareció una foto nula, y de repente cuando llegué a la casa me di cuenta del fenómeno que fue. Pero a  mí me pareció normal.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

De algún sitio en el que no he estado. Pero no se puede controlar todo. Quisiera estar en todos lados pero no es posible.

-¿Y te ha pasado que has estado y se te ha escapado la foto?

-Todo el tiempo.

-¿Y qué sientes?

-Que la cagué. Es una frustración arrecha. He estado en eso mil veces. Por ejemplo, cuando la señora de la tanqueta: no hice esa foto porque estaba atrás haciendo heridos. Pero eso no significa que hiciera un mal trabajo. La foto puede pasar frente tuyo y puedes no verla.

HEROEWEB

¿Falta un líder?

La MUD no lo ordenó, pero Caracas amaneció con trancas en varios sectores. No estaba en la agenda anunciada por Freddy Guevara, en el itinerario de la hora cero, pero así respondió parte del pueblo venezolano. Quizá por el llamado del rambo Óscar Pérez, quizá por el descontento ante la ‘escueta’ agenda de la Unidad o quizá motivado por la opinión de Capriles, quien anoche consideró insuficiente el plan trazado por la oposición y hoy, en Venevisión, volvió a ofrecer unas declaraciones que dan en el clavo: “Hay que avanzar. Si no le das a la gente una hoja de ruta, comienza el dibujo libre. Eso es lo que no queremos”. La oposición, que siempre ha batallado por ser monolítica, no puede permitir que se pinte un garabato por aquí y otro por allá. El mapa, ahorita, no puede ser un croquis abstracto, pues sólo con un diseño preciso se podrán obtener los resultados deseados. La hora cero ha empezado con cero organización y cabe preguntarse si Luis Vicente León ha tenido razón todo este tiempo: ¿La oposición requiere un único líder? ¿Es necesario que la MUD se maneje al más puro estilo campaña presidencial: es decir, todos para uno y ese uno que dirija a todos? Dice León que de esta manera habría mayor control en las protestas y los métodos de lucha serían más efectivos. País caudillista, el venezolano ha necesitado a lo largo de su historia al líder carismático arrastra gente. Y pareciese que hoy, con los males que eso conlleva, el momento está para una sola voz cantante. Alguien que pida la pelota y diga que aquí se jugará así o asao. Fragmentarse, a estas alturas, es morir en la orilla. Ya lo del fin de semana pre Consulta Popular había sido sintomático –¿Dos o diez horas de trancazo?– y lo ocurrido hoy es suficiente para empezar a preocuparse.

TYAWEB

Entre tiros y alegría

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 5:45 de la mañana todavía no había salido el sol en Caracas, pero sí los miembros de uno de los Puntos Soberanos de El Hatillo, que enjundiosos y con fundamento estaban ya a esa hora cargando sillas, armando mesas, poniendo toldos y preparando todo para recibir a aquellos que quisieran dejar de manifiesto, papeleta mediante, su rechazo a la Constituyente de la dictadura. Es el llamado ‘día D’, vendido como el que marcará un antes y un después en la historia política de la nación, y ellos quieren que en su centro todo salga bien. Por ello, hora y quince antes, ya están allí. No son los únicos: en un incipiente recorrido mañanero la escena se repite en por lo menos tres centros más. Es mucha convicción lo que se necesita para madrugar un domingo, y también para permanecer en cola, bajo el sol inclemente de las 12 del mediodía. Es ese el que achicharra a las cientos de personas que a esa hora copan la Plaza Los Palos Grandes. Allí, desde la mañana, la afluencia ha sido masiva, y no sorprende: ubicada en una de las urbanizaciones más opositoras de la ciudad, es uno de los puntos neurálgicos, dotado hasta con rescatistas.

A falta de buen sueldo, prensa tiene privilegios como el de saltarse la cola. Basta mostrar la credencial y una urgencia apremiante por contar cosas para que inmediatamente lo pasen a uno. El proceso es sencillo: entregar la cédula, responder con un bolígrafo las tres preguntas de la papeleta (a la vista de todos, eso sí), doblarla, depositarla en la caja, firmar el cuaderno y estampar la huella. Hecho incluso con calma, no dura ni siquiera un minuto. De souvenir se recibe un papel con un texto que está a medio camino entre el juramento y la proclama, y tiene una línea en blanco para llenar con nombre propio. En el escrito, yo-elector “me comprometo solemnemente a participar en la tarea libertadora”, rechazo la Constituyente, ratifico que la AN renueve los poderes y apoyo la realización de elecciones libres.

Siendo hora de almuerzo, los miembros de mesa comen en turnos. Allí los alimentan con arroz con pollo. No es comprado en un restaurant, sino casero. Lo llevan en un envase de plástico grandísimo, que parece más bien un cajón de oficina, y lo van sirviendo en platos de cartón. En un descuido, un indigente se roba un pote de jugo de naranja. Cuando alguien se da cuenta, ya el hombre está a casi dos cuadras.

A muchas más cuadras está la plaza Brion, el segundo punto más grande de la ciudad, con 50 mesas desplegadas en dos filas a lo largo de ella. A las 2 de la tarde, los voluntarios todavía tienen energía suficiente para preguntarle a la gente que camina por Chacaito (es increíble la cantidad de gente que camina un domingo por allí) si ya votaron o no. Están los que dicen que sí y los que sencillamente se hacen los locos y siguen. Hasta la una de la tarde, hora del último corte, habían votado en ese punto 11.018 personas. Ya no están todas las mesas llenas en paralelo, pero el flujo de gente sigue siendo continuo.

Agrupados arriba, los trabajadores de los medios esperan con paciencia a Lilian Tintori, quien ha elegido ese lugar, en el que en 2014 se entregara su esposo, para votar. Llega en una caravana de cuatro grandes camionetas (tres negras y una blanca) y camina escoltada por la mamá de Leopoldo, varios militantes de Voluntad Popular y la animadora Norelis Rodríguez. Frente a una de las mesas, fotógrafos, periodistas y curiosos hacen un pasillo, que Lilian atraviesa para votar. Dos señoras tratan de fotografiarla, pero resulta imposible: hay demasiada gente. Sólo los fans de Norelis consiguen la ansiada gráfica: ida Lilian (y con ella los fotógrafos), Rodríguez queda sola y allí aprovechan.

Un rebullicio semejante se formó en Colinas de Bello Monte un par de horas antes con la llegada de Henrique Capriles. El líder opositor avanzó entre aplausos, vítores y apretujamiento. “Un fotógrafo me puso el pie encima para poder hacerle las fotos”, recuerda una voluntaria sobre el episodio que alteró la dinámica de verbena de pueblo que se vive en la urbanización: a las 3 de la tarde hay una redoma tomada por varios jóvenes que rapean en medio de la calle y con la música a todo volumen. En una escalera, jurando que no los ve nadie, cuatro de ellos fuman marihuana. En la calle que lleva al Punto Soberano, los vecinos, sillas afuera, conversan plácidamente, como si de orientales se tratara. Comparten refrescos y comida, mientras los niños pasean en bicicleta y juegan en la calle. Es un ambiente distinto y ameno. El Punto Soberano todavía tiene cola. Hasta las dos de la tarde habían participado 5.228 personas.

Ambiente radicalmente opuesto el de Catia, que a las 4 de la tarde es puro nervio y tensión. Una moto sin placa se atraviesa en medio de la calle y detiene el tráfico de los que intentamos ingresar a la Avenida Sucre. No media explicación alguna, sólo el revólver que el motorizado lleva en la cintura a la vista de todos. A medida que pasan los minutos comienzan a llegar más: todos en motos sin placa y con armas a la vista. Son los temidos paramilitares chavistas, que eufemísticamente se agrupan bajo el nombre de colectivos. Puede que alguno de ellos, quién sabe, sea el que casi dos horas antes asesinó allí mismo a una mujer e hirió a varias personas cuando abrieron fuego contra el Punto Soberano que se encontraba frente a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que tenemos a la derecha. Es la fiesta patronal del templo, y a esa hora está asediado. Afuera están la PNB (que no hace nada), el DGCIM (que tampoco hace nada), los paramilitares (que hacen todo) y un grupo de personas vestidas de rojo hablando (insultado) con un parlante. Adentro, secuestradas, hay casi 500 personas, que al momento de producirse el tiroteo buscaron refugio allí y ahora no pueden salir. Entre ellos está el Cardenal de Caracas, que a las 3 de la tarde iba a celebrar la misa mayor y terminó también atrapado. Las oraciones no son exactamente de acción de gracias, sino de petición de protección.

Una jaula de la PNB se detiene frente a la puerta oeste del templo, de la que comienzan a salir los primeros secuestrados directo al vehículo. Cuando se llena, la jaula sale del templo escoltada por una buena cantidad de efectivos policiales, ante la mirada siempre desafiante de los motorizados sin placa y con armas. Es realmente alucinante: en lugar de dispersar a los paramilitares, la PNB, siempre proclive a echar bombas lacrimógenas, lo que hace es desalojar a los ciudadanos de sus espacios. El DGCIM sólo observa. Y los paramilitares a sus anchas. A todos (que hace rato escondimos ya los carnets y equipos de prensa) nos queda claro quién manda en la zona y lo imperioso que es para nosotros salir cuánto antes (es decir: cuando al motorizado que tiene trancada la calle le dé la gana de abrirla) de allí. Y eso hacemos cuando al rato, con el revolver siempre a la vista y la seguridad que proporciona saberse impune, por fin lo hace. Catia, desgraciadamente, es un lamento de gente buena secuestrada por matones.

La UCV, por el contrario, es una fiesta. Tiene cornetas a full volumen, desde las cuales suenan Fonseca, Chino y Nacho, y Guaco. Es el punto más grande de toda Caracas (52 mesas) y a las cinco de la tarde (una después de la hora oficial de cierre) aún continúa atendiendo gente, que no ha dejado de llegar. El ambiente es festivo y optimista, y se presta incluso para los chistes: “Ahorita viene un político alto y fuerte” anuncian desde un micrófono cuando llega Freddy Guevara, siempre con su franela obamita de Leopoldo y su metro cincuenta de altura. “Ya superamos la cifra de las primarias de la oposición”, informa, y aunque son pocos los que saben el número real que ello significa, todos celebran contentos.

La autopista lleva toda la tarde libre y por ella circulan pocos carros. En las avenidas del este hay caravanas de motorizados con banderas y pitos, que cornetean constantemente. Caracas se ve apacible y posible, puede que incluso adorable, indudablemente vivible. Es un espejismo, claro. Un paréntesis cívico de un domingo de plebiscito, que se vuelve a romper en Altamira, cuando un comando del SEBIN tranca por minutos la avenida Juan Pablo Pernalete. Son dos camionetas sin placa alrededor de las cuales hay por lo menos 20 motorizados. En la parte sur de la Plaza Francia hay solo niños de la calle y vendedoras de Kino, que ven extrañados a los agentes sin saber qué hacer. Luego de unos minutos arrancan sin hacer(les) nada. Pasean por Los Palos Grandes y luego se van para Chacao.

El espejismo vuelve en Parque Miranda, donde la fiesta es más bulliciosa que en la UCV. No hay música, pero afuera la gente canta consignas, suena pitos y ondea banderas. También detienen a los carros y motos que pasan por la Rómulo Gallegos, y al que diga que no ha votado, lo mandan para adentro. Son casi las 6 de la tarde, y de las 30 mesas que había en ese centro, quedan un par abiertas para los rezagados. La mesa 10 no es una de ellas: a las 5:28 PM, dice el acta, cerró. A esa hora, sus miembros van contando una a una las papeletas. De las 252, sólo una persona no votó con el triple SI, sino NO, SI, NO. Las 251 restantes son iguales. Terminada la cuenta, uno de los miembros llena el acta, y todos los demás la firman. Estampada las rúbricas, comienzan a recoger todo. Aunque consta en el documento que la mesa abrió a las 7:36 AM, la jornada de todos ellos comenzó también antes, cuando tuvieron que abrir el centro. Llegadas las casi 12 horas, todos se van contentos y con la satisfacción del deber cumplido.

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¿Buen o mal resultado?

La de Atlas cargando al mundo es una imagen que bien puede ilustrar lo que significó realizar la consulta de ayer: sin CNE, sin Plan República, sin los centros electorales de siempre, sin poder hablar de ella en los medios ni mucho menos hacer campaña y con apenas tres semanas para montarlo, el Plebiscito fue, en primer lugar, una prueba de fuego logística y operacional cuya magnitud solo pueden valorar, en su justa dimensión, quienes participaron de ella. Sobran testimonios de jornadas de trabajo diarias de 18 y 20 horas, de reuniones hasta el amanecer, llamadas interminables y mil tareas por hacer. No faltan, tampoco, las historias desesperadas de aquellos que abrumados por el peso de todos los pendientes que había hasta el sábado en la tarde estuvieron a punto de tirar la toalla. Nada de eso se vio pero todo sucedió. Y además con recursos justos y apelando al empeño voluntarioso y desinteresado quienes lo organizaron, que trabajaron mucho y cobraron poco (o nada). Ya sólo por allí, que la consulta se haya llevado a cabo del modo impecable en el que se llevó, bastaría para sentirse satisfechos. Ahora bien: el resultado. 7.186.170 fue la cifra que dieron los rectores, con 95% de las actas escrutadas. Fue conocerla y decepcionarse muchos. ¿Por qué? Por la cantidad de humo que se dejaron vender: la gente (cadenas de WhatsApp y opinadores y políticos irresponsables mediante) esperaba un número industrial (11 millones) hecho a base de producción artesanal. Y eso, por más entusiasmo y voluntad que haya, es imposible. Bastaría apenas insertar, dentro del contexto ya explicado, un solo dato para entenderlo: el del número de mesas. Ayer había 14 mil mesas, cuando en cada elección lo usual son 45 mil. A partir de allí, extrapolando e intrapolando, es que se puede hacer alguna remota comparación con los procesos electorales. A partir de allí tiene sentido preguntarse: ¿si en un plebiscito improvisado se sacaron 7,2 millones, cuántos (más) no podrían obtenerse en una elección normal? He allí el detalle.

HISTORIAWEB

Seamos parte de esta historia

Ya no lo enseñan en los colegios, ni mucho menos aparece en los libros bolivarianos de historia, pero el 01 de diciembre de 1963 nuestros abuelos fueron protagonistas de una de las más bellas y edificantes jornadas cívicas que se han vivido nunca en el continente. Fue la segunda elección presidencial posterior a la dictadura, y tuvo lugar en una Venezuela convulsa. Con financiamiento se Cuba y de la Unión Soviética, que la proveían de entrenamiento, logística y armas, se había formado una guerrilla izquierdista que azotaba los campos y ciudades del país. Levantamientos, asonadas y ataques armados se volvieron cotidianos, y nada garantizaba que la incipiente democracia, nacida apenas un lustro antes, pudiera sobrevivir. Es en ese contexto de inestabilidad y violencia en el que se llega a aquella jornada electoral. Abstención militante es la propuesta y plan de los insurrectos: “Se trataba de derrotar el acto electoral (…) apelando a las unidades armadas del PCV y del MIR para impedir a la fuerza presencia de la gente en las mesas de votación”, recuerda en sus memorias Américo Martín, uno de los líderes de aquella insurrección. Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) lanzan un mensaje claro: al que vaya a votar, se le dispara. Y ante ello, los venezolanos lanzan un mensaje más claro todavía: salir en masa y desde temprano. Las cifras del Consejo Supremo Electoral lo confirmaron a los días: el 92,28% de la población votó (una de las cifras más altas de participación que ha habido en elección alguna). Del coraje, tesón y valentía de los venezolanos, que votaron entre tiros y disturbios, se habló en todo el mundo. Esa fue la gesta de nuestros abuelos. La historia que dejaron escrita para nosotros. Hoy, en tiempos de dictadura, nos toca escribir nuestra propia página y honrar su memoria: desafiemos a los enemigos de la democracia y démosle un mensaje claro al mundo. ¡VOTEMOS!

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El chavismo contra el voto

Por: Juan Sanoja | @juansanoja

La llamada V República había sido, para bien o para mal, un régimen obsesionado con el ámbito electoral. Hasta hace no mucho, el chavismo se jactaba de gobernar bajo una máxima marketera: el cliente –es decir, el pueblo– siempre, siempre, tiene la razón. Ante cualquier duda, inconveniente o capricho, la tolda roja no titubeaba al declarar que la mejor (y única) solución era consultarle al pueblo para ver qué pensaba, puesto que en él residía la soberanía y su sapiencia, construida a lo largo de los años, era imprescindible para aprobar o rechazar las propuestas de la revolución. La memoria histórica del venezolano, argumentaba el de Sabaneta, estaba curada en salud para no repetir los errores del pasado, esos que habían llevado al país al sacudón de 1989.

Así lo hizo saber desde el principio, cuando en el primero de sus interminables soliloquios citó a Bolívar –“Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta” – para iniciar una explicación, en su discurso de investidura de 1999, que convenciera a la audiencia sobre el despertar de un pueblo que por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores, había recuperado la conciencia de sí mismo y clamaba por un cambio, por una revolución.

“No hay individualidades todopoderosas que puedan torcer el rumbo de la historia: absolutamente falso ese concepto. No hay caudillos beneméritos y plenipotenciarios que puedan señalar y conducir y hacer el camino de los pueblos; mentira. Se trata de una verdadera revolución y de un pueblo que la galopa”, dijo Chávez meses más tarde en la primera sesión de, ironías de la vida, una «soberanísima» Asamblea Nacional Constituyente que había pasado, pedido expreso del presidente, por un referéndum aprobatorio.

El pueblo siempre tuvo la razón y no hubo objeción alguna hasta que empezaron a torcerse las cosas. La terca insistencia por aprobar leyes que en 2007 el soberano ya había rechazado fue el presagio para algunos y la confirmación para otros de que aquello, más que un convencimiento insoslayable, era una pieza más de la labia revolucionaria, esa que a tanto venezolano había convencido, tantas elecciones había ganado y tan necesaria sería en la última campaña de Hugo Rafael Chávez Frías: “Alguna gente pudiera estar inconforme por fallas de nuestro gobierno: que no arreglaron la calle, que se fue la luz, que no llegó el agua, que no conseguí empleo, que no me han dado mi casa (…) de todos modos lo que está en juego el 7 de octubre no es si asfaltaron o no la calle, lo que está en juego no es si me han dado la casa o no me la han dado, lo que está en juego no es si yo estoy bravo con los dirigente regionales… ¡No! Lo que está en juego es mucho más que eso, camaradas. ¡Nos estamos jugando la vida de la patria el 7 de octubre!”.

Hasta las Parlamentarias 2015, la hegemonía electoral de chavismo era apabullante: 18 votaciones ganadas y sólo una derrota en 17 años de revolución. La ‘victoria pírrica’ conseguida por la generación 2007, ese grupo de muchachos que despertó tras el cierre de RCTV y logró lo que hasta ese momento parecía imposible, era la única alegría azul hasta entonces. Pero había matices.

En 2010, cuando esperaba demoler, el PSUV tuvo que conformarse con una amarga mayoría simple en la Asamblea Nacional. Había sacado sólo 100.000 votos más que la MUD y la coalición opositora aprovechó el momentum para, sumándose los electores del PPT, comenzar a enunciar un slogan que, sin ser del todo veraz, tenía mucho de verosímil: “Somos Mayoría”. Ramón Guillermo Aveledo, por ese entonces secretario del bloque antigobierno, tenía la esperanza de que, con esa base electoral, la Mesa de la Unidad Democrática pudiese vencer en las presidenciales que se harían dos años más tarde.

La esperanza no se volvió realidad, pero los números no fueron malos. Del 63% vs. 37% que había sido el Chávez contra Rosales, la oposición llevó su porcentaje al 44% y sumó más de dos millones de votos en seis años. El líder de la revolución llamó a Capriles para reconocerle que había tenido que hacer un esfuerzo físico extra para realizar más actos de campaña, puesto que la candidatura del gobernador de Miranda estaba pisando muy fuerte.

A partir de esa votación, lo que ocurrió en el país en materia electoral fue todo un rara avis: en 2013 Capriles recortaría casi millón y medio de votos en apenas un mes de campaña frente a Nicolás Maduro y a punto estuvo de tomar la presidencia. Sin embargo, a finales de ese año, en lo que tenía que haber sido un plebiscito, la MUD obtuvo sólo el 39% de los sufragios en las elecciones municipales. El Dakazo fue un salvavidas político para el primer mandatario, quien construyó una narrativa en torno a la guerra económica y a la culpabilidad de usureros y especuladores en los males que aquejaban al país.

Así, como un boxeador de varios K.O. y una única derrota, llegaba el chavismo a las elecciones Parlamentarias de 2015. Siempre soberbio, siempre imprudente, el PSUV estaba convencido de que le metería ‘medio ñame’ a la oligarquía traidora. El 6 de diciembre, no obstante, la revolución bolivariana cayó por primera vez a la lona y desde entonces ha estado aturdida. El ring electoral, antaño lugar predilecto del oficialismo, empezó a causarles pavor a los hijos de Chávez.

Su arma principal, su escudo de mil batallas, ya no les servía. El pueblo había dejado de tener la razón y había que encaminarlo, razón por la cual un referéndum revocatorio, una pelea electoral en el ring, no iba a ser posible bajo ninguna circunstancia. “Nosotros no estamos obligados a hacer ningún referéndum en este país”, dijo Maduro. “Aquí no va a haber referéndum”, confirmó a gritos Diosdado.

No, no y no. Olvídense de eso, señores de la derecha. No tenemos por qué contarnos. Antes nos gustaba muchísimo, pero ya no tanto. Ese Parlamento está en desacato y nos importa un carajo que haya sido elegido a punta de votos, a punta de gente. La solución para este país es una Asamblea Nacional Constituyente que garantizará la paz. Es tan obvio que ni se lo tenemos que preguntar al pueblo.

Un pueblo al que, por cierto, ya habían ignorado con las sentencias 155 y 156 del TSJ y que pasarían por alto otra vez al plantear una reforma al Estado sin preguntarle a él si estaba dispuesto o no, si consideraba que esa, y no otra, era la panacea contra la escasez de alimentos, la falta de medicinas, el aumento acelerado de los precios y la inseguridad asfixiante.

Y de tanto olvido y tanto desdeño, la misma gente que tantas batallas les había permitido ganar, empezó a darles la espalda. Según Datanálisis, que pese a la cólera de la oposición más radical siempre dio ganador a Chávez, la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente sólo es considerada una solución por el 17,8% de los venezolanos, casi el mismo porcentaje de personas que hoy en día se definen como chavistas.

Como el gobierno no permitió otra salida a la crisis, la oposición, que había llamado a protestar tras la ruptura del hilo constitucional por allá en abril, continúo en la calle tras la convocatoria a una ANC sin referéndum previo. En marchas, trancazos, asambleas y plantones se le fueron 100 días hasta que, en busca de llevar la presión a un siguiente nivel, decidió hacer eso que el gobierno trató de evitar a toda costa: una consulta popular.

Decíamos hace dos semanas que era el último cartucho para frenar la propuesta chavista en un país en el que la institucionalidad se había ido al garete. Como no se podía contar con el Consejo Nacional Electoral –poder que aplicó la operación tortuga con el revocatorio y que, cara lavada, montó una Constituyente en una sentada y dos carpetazos– la MUD tenía que armar su propia elección, con los pros y los contras que eso acarrearía.

El principal hándicap era que, al no tener un árbitro imparcial, el resultado que de la votación deviniese no tendría efecto alguno en el organigrama político del país. Para más inri, como la Unidad pagaría y se daría el vuelto, había que buscar que el proceso fuese lo más legítimo posible, que las cifras que arrojase fuesen coherentes y creíbles. Por tal razón, la oposición acudió a la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA) para darle cierta credibilidad a los comicios. La palabra de los expresidentes Laura Chinchilla (Costa Rica), Vicente Fox (México), Andrés Pastrana (Colombia), Jorge Tuto Quiroga (Bolivia) y Miguel Ángel Rodríguez (Costa Rica) serán la garantía de que los números que dé la MUD estén acordes con la decisión de los venezolanos.

Conviene no engañarse y saber que lo de mañana no es otra cosa que una acción de calle más, una marcha electoral que devolverá a la gente la ilusión de votar y una oportunidad de hacer un sondeo que, si se vende bien, servirá para dos cosas: subir la moral opositora (“¡Somos 10 millones!”) y aumentar la presión hacia el chavismo, cuya única vía de escape, ante la fuerza de los hechos, será apelar a los vacíos procesales de la elección: ¿Cómo verificar que una persona no votó dos veces? ¿Cómo comprobar que las cifras son ciertas si no habrá cuadernos de votación con los que cotejar, ni testigos de mesa oficialistas a los que preguntar? ¿Por qué incluir a los mayores de 18 años que no están inscritos en el Registro Electoral? Estas y otras cuestiones serán exprimidas por la maquinaria propagandística roja, que minimizará el 16J a más no poder.

En cuanto a proyecciones, Capriles comentó que Datanálisis espera que sean 11 millones de venezolanos los que acudan a los puntos soberanos para manifestar su postura. Según el zorro de la fuente electoral, Eugenio Martínez (@Puzkas), Datincorp sostiene que más de 8 millones de personas están decididas a votar mañana. Cualquiera de las dos cifras sería positiva, si se toma en consideración que para revocar a Nicolás Maduro se hubiesen necesitado al menos 7.587.780 votos y que en las Parlamentarias la oposición obtuvo 7.707.422 sufragios. No obstante, un número contundente, aplastante, definitivo y necesario para empezar la hora cero con una fuerza descomunal, tendría que estar un poco por arriba de los 8.191.132 electores que en 2012 confiaron en Hugo Chávez para un cuarto mandato presidencial. Habrá que esperar.

VOTARWEB

¿Cómo votar en la consulta popular?

La del domingo, por muchas razones, no será una votación cualquiera. No habrá CNE y, por lo tanto, tampoco Smartmatic. El monstruo multinacional especializado en soluciones electorales estará ausente. La empresa que desde el 2004 tiene el monopolio comicial en el país, para bien o para mal, no será de la partida y la MUD, con una logística coherente y verosímil, deberá darle al proceso la mayor legitimidad posible. Mientras que para Jimmy Carter aquello de las máquinas y el voto electrónico era el mejor y más confiable sistema electoral del mundo, los venezolanos han asociado sufragio con madrugonazos y resultados tardíos. Ni pensar siquiera en cifras en tiempo real. Sin ahondar en polémicas fraudulentas, lo cierto es que el 16J habrá una hoja en lugar de una pantalla. Para acceder a ella, el elector deberá presentar su cédula laminada o pasaporte (vigentes o vencidos) para demostrar que tiene +18 años (esté o no inscrito en el Registro Electotal). Papeleta en mano, cada ciudadano responderá Sí/No a tres preguntas: 


1. ¿Rechaza y desconoce la realización de una constituyente propuesta por Nicolás Maduro sin la aprobación previa del pueblo de Venezuela?
2. ¿Demanda a la Fuerza Armada Nacional y a todo funcionario público obedecer y defender la Constitución del año 1999 y respaldar las decisiones de la Asamblea Nacional?
3. ¿Aprueba que se proceda a la renovación de los Poderes Públicos de acuerdo a lo establecido en la Constitución y a la realización de elecciones libres y transparentes, así como la conformación de un gobierno de unión nacional para restituir el orden constitucional?


Mientras ejerce su derecho, otro miembro de mesa transcribirá nombre, apellido y cédula del elector para que éste, tras tomar su decisión, estampe su huella y firme en el renglón correspondiente, momento en el que le será devuelta su documento de identidad.