Texto por Dulce Medina
7mo Semestre, Letras UCV
Foto cortesia de Ramón Morales Caster (Flickr)
“Buenas tardes, bienvenido al Aula Magna. Recuerde que dentro de la sala debe evitar el consumo de alimentos y bebidas. No olvide mantener su celular en modo silencioso”.
¿Se les hacen conocidas estas recomendaciones? De esa manera, palabras más palabras menos, es recibido el público que asiste a cualquier evento llevado a cabo en la sala con mejor acústica de toda Venezuela: el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. Seguramente recordarán a los chicos de suéteres azules y salientes cuellos blancos que, amablemente, orientan e infunden el orden y el respeto: el cuerpo de guías del Aula Magna y la Sala de Conciertos.
El grupo nació en 1992, cuando Ángel García Buttó –quien se encargaba de la planificación en el Aula Magna– decidió presentarle una propuesta a la Directora de Cultura de ese entonces –Ocarina Castillo– con el fin de crear un equipo que se dedicara a proteger la obra arquitectónica de Carlos Raúl Villanueva, inaugurada oficialmente el 2 de marzo de 1954. “Surgió la necesidad de brindarle atención al público, ya que en los eventos se daban malos hábitos: la gente comía dentro de las salas, maltrataba las puertas, dañaba las sillas…”, relata García Buttó. Así, el 12 de marzo de 1992, se dio origen oficialmente al cuerpo de guías del Aula Magna de la UCV, conformado por jóvenes estudiantes ucevistas encargados de hacer cumplir las normas y preservar instalaciones que, gracias a la UNESCO, son –más allá de la burbuja– patrimonio de la humanidad.
Bajo Las Nubes de Calder, en medio de un profundo olor a madera y la alegría contenida en la majestuosidad de una sala única, Luis Lozada –estudiante de Filosofía y guía– comenta con orgullo: “Lo importante es que esa es nuestra sala primordial; es el sitio donde todo ucevista se va a graduar. Me gustaría que cuando me toque estar ahí –graduándome– la sala esté en las mejores condiciones posibles, que el desgaste sea mínimo”. A lo que Mileidys Villarroel –de Ingeniería Química– agrega con seriedad: “El Aula Magna es algo sagrado. Es parte de nuestro patrimonio y, como guías, hemos aprendido a amarla y cuidarla, porque es para nuestro beneficio”. Con nostalgia, el ex guía Wilfredo Rodríguez –estudiante de Letras– afirma: “Los eventos me enseñaron muchísimo. Puedo decir que me culturicé: aprendí de música y danza”. Pero es Adrián Briceño –de Ingeniería Civil– quien da el punto final, dejando escapar, con toda la emotividad que puede esconder una oración, que el ser guía lo hace sentir más ucevista.
Siempre existe gente que lleva el deber a otro nivel. Ese es el caso de Seris Plaza, coordinadora de guías y estudiante de Farmacia, que confiesa haber llevado su función de guía a otros rincones de la casa de estudios: “Recogiendo una que otra basurita, cuidando que las personas no se apoyen en las obras de arte… Siento que adquirí un compromiso no solo con la sala, sino con la universidad”. Y ¿por qué no? Con el país, con el mundo.
Pero no todo es color rosa. “Lo más difícil de ser guía es tratar con el público que asiste a los actos de grado. Tenemos que tener paciencia para tratar de hacerle entender que hay normas protocolares que debemos hacer cumplir en la sala”, explica Adrián Briceño.
Sin embargo –más allá de su trabajo y esfuerzo, más allá de ser guardianes de una estructura icónica de nuestro país –, existe algo en lo que todos coinciden: la oportunidad de conocer personas de gustos diversos, de intereses distintos, y establecer lazos de amistad; ese es el más puro enriquecimiento socio-cultural que puede otorgar –válgase la redundancia cacofónica– ese universo de la diversidad llamado universidad.
En este 2010 el cuerpo de guías del Aula Magna y la Sala de Conciertos arriba a su 18vo aniversario, por eso dedicamos esta página a esos guías de hoy y siempre que se han convertido en forjadores de conciencia y aliados de Villanueva.
