Ojo Cultura Universitaria

Joroba

Un poema sobre la desesperación

Autor Roberto Martínez Bachrich

Joroba

Que con este gobierno de mierda no se puede vivir, que mi regreso a las anchurosas filas del desempleo (porque mi jefe será muy jefe, pero a mí nadie me toca el culo si yo no quiero), que la crisis, que Alfredo es casado y yo no lo sabía (pero cómo no me di cuenta antes, estúpida de mí), que otra vez me cortarán el teléfono, que cómo voy a pagar las medicinas de mi madre que gastó tanto en mi educación para que terminara siendo una secretaria y ahora nada.

Digna de que me estalle el cerebro y se me escurra por las orejas o los orificios nasales, esta pensadera a pleno mediodía de un caótico viernes caraqueño en un vagón del metro atestado de gente y, claro, el aire acondicionado dañado; porque cada dos meses aumentan el pasaje pero los vagones están sumamente deteriorados, las escaleras mecánicas no sirven, algunas estaciones las están cerrando más temprano por la inseguridad, los metrobuses escasean como nunca y los mendigos y pedigüeños se multiplican. Ahora entra una vieja grotescamente encorvada, con una joroba monstruosa, y balbucea con su voz ronca y herida que por el amor de Dios, tengan corazón, ayúdenme. Y yo, idiota de mí, escucho que se me agrieta el corazón y veo a la vieja con sus ojos desgajados y sus facciones descoyuntadas, y pienso que llegar a esa edad en esas condiciones y yo que tanto me quejo pero mírala a ella, no darle pena a la pobre, sólo así poder subsistir. Y me arrecha saberme hurgando en la cartera y encontrando el billete apelotonado con el que compraría el pan para comer esta noche, me asquea tener la certeza de que esta vieja con su joroba de bestia circense cenará gracias a mí mientras yo paso hambre, me indigna esta epidemia de lástima y solidaridad que siempre ha manejado las riendas de mi pobre vida, imbécil de mí, con mi complejo de Teresa de Calcuta. Y así llega la vieja y extiende la mano y yo suelto mi cena y ella sonríe y me dice que Dios me lo pague y yo amén, pero a mí Dios no me paga un coño porque ese desgraciado me olvidó y no hay quien le regale un poco de fitina.

El tren se detiene y la joroba, digo, la doña, se baja mientras yo registro mi cartera a ver si por casualidad no queda algún otro billete pero sé que no, que ese era el último. Y otra vez pienso en Alfredo y en quién coño será la esposa, y las puertas del vagón no se cierran, seguro que alguien se tiró en los rieles, arrollamiento, lo llaman, un nombre demasiado pomposo para algo tan simple como el suicidio, pero sí, seguro es eso, porque vivir (quiero decir transcurrir, porque vivir es mucho verbo para esta joda) en este país (quiero decir tomadera de pelos, porque esto no es un país) es imposible. Y me invaden unas ganas de llorar tan desproporcionadas como la joroba de la vieja, pero qué horror tener eso en el cuerpo, y mi compañero de asiento me pregunta que qué le pasa señorita y yo lo veo con su cara de solidaridad mirándome las tetas y la sangre mala se me alborota y el llanto se me atraganta en las glándulas lacrimales y aún no se cierran las puertas y pienso que por aquí vive Carla, que mejor me bajo y le cuento todo esto a ella y a lo mejor hasta me invita a cenar alguito porque ella siempre tiene real: ella sí deja que su jefe le toque el culo porque su madre, una sabia catalana refunfuñona, no gastó tanto en su educación como la mía. Así que nada, pongo cara de chupón mordido y me bajo del vagón mientras el solidario me devora también el culo con su mirada de garrapata.

Y meto el ticket de diez viajes en el torniquete y la maldita máquina se lo queda, esos tickets como que lo engañan a uno, coñoemadres de la empresa, ahora cómo voy a regresar a casa, quizá me pueda quedar con Carla, dormir en su apartamento, eso si no se queda el viejo verde con ella esta noche, ojalá que no. Y subo a la calle por las largas escaleras de baldosas rotas (las mecánicas, claro, están echadas a perder, señores usuarios disculpen la molestia, señores empresarios métanse sus disculpas por donde mejor les quepan). Y llego a la calle y un vaho caluroso y húmedo me golpea la piel porque Caracas ya parece Maracaibo con estos calores de mierda y yo que no los soporto, gélida de mí. Y avanzo hasta el edificio de Carla que, gloria a Satán en los infiernos, no está demasiado lejos, débil de mí que de nada me canso y ya parezco una asmática. Y llego y toco el inter. Y nada y vuelvo a tocar y nada y me están dando ganas de llorar otra vez y vuelvo a tocar y dejo el dedo pegado al botón y Carla por fin atiende jadeante y le digo que soy yo y me dice que por qué mejor no paso mañana que está con Jorge Luis, léase su jefe-el-viejo-verde-tocaculos, y le digo que claro, que me disculpe. Y sé que ahora si voy a llorar y decido sentarme en las escaleritas del edificio para hacerlo en paz y cuál será mi sorpresa al ver en la esquina contigua a la vieja de la joroba levantándose la capa negra, arrancándose el tirro del cuello y la barriga, desprendiéndose de la joroba de gomaespuma y guardándola en un bolso y sacando un cepillo y un espejo para peinarse y arreglarse y volver al metro convertida en toda una modelito de esas que matan tigres sin pena y con genio en este país de mierda, que de país no tiene nada pero sí mucho de mierda y hombres casados que no se lo dicen a una y jefes tocones y malas amigas y desempleo y madres enfermas y avergonzadas y gomaespuma y lloro.