Ojo Cultura Universitaria

En las profundidades de la tierra…

La cueva Alfredo Jahn

Texto y foto Arianna Arteaga Quintero –@arianuchis–

Adoro la naturaleza en todas sus expresiones –navegándola, remándola, caminándola, recorriéndola, volándola–, pero cuando se trata de conocer una caverna entro en un dilema entre la curiosidad y la aprensión que me genera saberme bajo tierra. Sin embargo, cuando recibí la invitación de Imerú Alfonzo para conocer la cueva Alfredo Jahn ni lo pensé: moría por conocerla.

A las 7 am había que estar en la Plaza Altamira. Me levanté tempranito, me preparé un sánduche para el almuerzo, galleticas, agua y a paticas hacia el encuentro. Enseguida vi un Encava llamado “Azul Extremo” y supe que debía ser el mío. Arrancamos vía Higuerote y en el Flamingo nos enrumbamos hacia Birongo.

Lo primero que me llamó muchísimo la atención fue saber que estábamos  dentro del Parque Nacional El Ávila, a pesar de haber rodado casi dos horas fuera de Caracas. Imerú nos dio las primeras explicaciones de seguridad, repartió cascos y tapabocas y arrancamos a caminar. En el camino paramos para ver una de las bocas ya cerradas de la cueva –que tiene como dieciséis– y seguimos hasta la boca seis, que es la que tiene el acceso más sencillo.

Comenzamos a caminar caverna adentro; Imerú señala cuán importante es andar con cuidado, seguir al grupo y no andarse con jueguitos. Nos explica que el tapabocas es para protegernos de ciertos hongos que, si se alojan en los pulmones, pueden traer problemas respiratorios. Es geólogo especializado en espeleología y se conoce la cueva como la palma de su mano –porque la recorre desde 1992–, por eso resulta tan interesante venir con él. Sus explicaciones acerca de la naturaleza de las formaciones son impecables, certeras y claras. Pero la mejor parte es sentirse tranquilo, pues no solo es ratón de cueva, también ha participado por años en el Grupo de Rescate Venezuela; sabe de rapel, nudos, escalada y todo lo necesario para salir de un aprieto. Es por eso que se atreve a colarnos por las zonas menos turísticas y más entreveradas de la cueva Alfredo Jahn.

Caminamos y nos sumergimos en el río; nos estrujamos por grieticas; nos encaramamos en las rocas y nos deslizamos por pasillos. En pocas horas todo el grupo se uniforma color barro. Tras mucho caminar y arrastrarnos llegamos a la galería donde está “El Chaguaramo”, una columna enorme –y cuando digo “columna” me refiero a la unión de una estalactita y una estalagmita– que recuerda a dicha palma. Le caemos a fotos, lo admiramos y comienza el regreso a través de un lugar al que llaman “El arrastradero”; no se imaginan lo que es estar en una mini cueva con la barriga, el mentón y las rodillas hincadas en la tierra, las nalgas pegadas al techo, el tapaboca asfixiante y el casco sonando contra la piedra, esperando a que la persona que está delante haga el esfuerzo de estrujarse hacia la salida. Eventualmente todos lo hicimos, agregándole bastante más tierra al atuendo.

Ya hambreados, tras cinco horas de caminata y gateo, salimos poco después hacia la superficie para darnos un baño de río, comer y arrancar de regreso. Salgo de ahí aliviada, pero lo haría mil veces. Amé la sensación de explorar un universo que desconoce la luz del sol.

Si les interesa entren en www.extremos.org.ve.