Ojo Cultura Universitaria

Dos semanas en Sao Paulo

Mochilero

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Aprovechando el pequeño escape que ofrece carnavales, decidimos compartir la sección Mochilero que salió en la cuarta edición de la revista. Disfrútenla.

Texto por Korangel Bueno

Cuando mencionan Brasil, ¿cuáles imágenes llegan a la mente? Sí: fútbol, calor tropical, alegría, baile y mucha música. En nuestro caso esto comenzó a cambiar desde que compramos el pasaje con destino a esa tierra de encanto: uno de los requisitos para visitantes extranjeros es el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla. “Por lo menos no tuvimos que sacar una VISA, como se le exige solo a los norteamericanos”, comentó mi hermana. Yo le contesté: “Ese es un tratado de reciprocidad”.

Fueron siete horas de vuelo de Caracas a Sao Paulo, que pueden variar dependiendo de la aerolínea o del avión. Algunos necesitan recargar gasolina y suelen pararse en Manaos para ello. Las puertas conectoras de numerosos destinos del aeropuerto de Guarulhos dan la bienvenida. Lo inesperado fue instantáneo: el cielo gris y un frío de 13ºC. Era septiembre, mes de invierno –estación que comienza en julio y termina en octubre. ¿Y la hora? Noventa minutos más tarde que acá. Si se viaja durante el verano –entre noviembre y marzo– la diferencia es de dos horas y media más.

Caminando medio perdidas para buscar las maletas, dos trabajadores se nos acercaron para ayudarnos, esforzándose en entender español. De inmediato notamos la personalidad del brasileño: simpático, atento, alegre y con amabilidad de sobra.

Nos quedamos en casa de unos tíos, al sur de la ciudad, cerca de la larga avenida Marginal Pinheiros. En la mayor parte de las salidas en carro nos topamos con colas inmóviles y cuando no  andábamos con velocidad regulada por las cámaras de seguridad –que capturan a los que sobrepasan los límites o violan la luz de algún semáforo. En una de esas vimos el Tietê, un río que –al igual que el Pinheiros– atraviesa la ciudad con sus aguas negras de muy mal olor y que curiosamente aloja chigüires en sus alrededores. Visitamos algunos centros comerciales –como el Morumbi y el Jardim Sul, grandes y parecidos al Sambil–, que por cierto son llamados shopping.

Respirar el ambiente seco, observar los edificios y caminar acompañadas de un montón de gente por las cuadras largas de la avenida Paulista fue toda una experiencia sensorial; esa fue mi sensación favorita, sin obviar lo bien que se come allá. El gran edificio del Museo de Arte de Sao Paulo nos sedujo, teniendo poco dinero para gastar, pagamos precio de estudiante; o sea, la mitad: o sea, 7 reais –claro, mostrando los carnets. Aunque la mayoría de los días fueron fríos, hubo unos muy soleados, ideales para lucir camisetas y un par de Havaianas; perfecto look para los brasileros con calor. Se ven muchos árboles floreados que alegran lo gris que puede lucir la ciudad por la contaminación y la cantidad de construcciones. La arquitectura advierte edificios, plazas y universidades con diseños tan antiguos como modernos.

Referirse a sus veintisiete millones de habitantes no es fácil, componen una gran mezcla de etnias y razas; entre ellas la mayor colonia de japoneses fuera de Japón, concentrada su mayoría en la localidad de Liberdade: un atractivo turístico no solo por su ambientación típica –con postes rojos y lámparas redondas–, sino también por su gastronomía y sus shopping. En los poblados son notorios los contrastes sociales: la necesidad en las favelas –barrios– por un lado y la ostentación por el otro.

Aterricé sabiendo casi nada de Sao Paulo y todo cambió en solo quince días. Sí faltó mucho por hacer: la vida nocturna, más calles, más museos, el zoológico de más de cincuenta años, más café… Pero, sin duda, fue una experiencia tan llena de alegría como inolvidable; suficiente como para querer volver y poder colorear los recuerdos con nuevos detalles.

Acá les dejo el link oficial de la ciudad para que comiencen a darle color a sus ideas: http://www.cidadedesaopaulo.com/index.asp