Ojo Cultura Universitaria

De paseo sin ropa

El siguiente artículo pertenece a la 9na edición de Revista Ojo. Disfrútenlo.

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla-

Para un grupo de caraqueños el pecado original es una abstracción obsoleta, una cosa del pasado. Se decidieron a conquistar las convenciones sociales, a luchar contra otro tipo de dominación: para ellos, el topless no es monopolio de los europeos. Quieren implantar la práctica del nudismo en Venezuela, y a lo que menos le tienen pudor es a los medios de comunicación.

El grupo Soy Nudista existe desde el año 2005. Su objetivo es sencillo: organizar paseos a sitios en las cuales se pueda disfrutar al natural. Su visión de esta práctica es familiar, prácticamente conservadora. Juan Carlos Narváez, médico y cabecilla del grupo explica su filosofía: “Queremos romper con el paradigma de que somos unos pervertidos que organizan orgías. Somos un grupo familiar en el sentido literal de la palabra, pero también en la manera en que nos hemos ido vinculando. Nosotros no mandamos un correo para hacer convocatoria el día anterior; al contrario, estamos comunicándonos todo el tiempo, compartimos como amigos”.

Idas a la playa, a la montaña, escapadas a posadas donde se pueda estar tranquilamente desnudo. Ellos, sin otra pretensión que pasar el rato, quieren hacer todas las actividades que harían los textiles en las mismas circunstancias. Sí, como en el mundo de Harry Potter se le llama muggles a quienes no comparten la capacidad para hacer magia; en la cofradía naturista se les llama “textiles” a los que todavía no se han deslastrado de sus ropas.

Acostumbran a encontrarse periódicamente con la gente que se inscribe en su web (www.soynudista.com.ve) y que muestra interés en participar en los paseos. La idea es conversar con ellos, conocer sus motivos y disposición en general hacia la actividad. Es decir, es una entrevista en todo el rigor, que se debe “aprobar” para lograr la entrada al grupo. La primera reunión del año fue en El León, en la Castellana. Como amigos de toda la vida, entre cervezas, batidos de jugos naturales, y el fragor del tráfico caraqueño de las 7p.m., comparten anécdotas. Enseñan con orgullo las reseñas que les han hecho en los medios de comunicación, conversan y se ríen de sus chistes internos, de los que solo ellos saben la combinación que desencadena las risas.

Juan Carlos Narváez es el pastor mediático de Soy Nudista. Él es uno de los que ha tomado la causa del naturismo como bandera y se dedica a esparcir la palabra por programas de radio, televisión y medios impresos. Su gesticulación es sobria en las misma medida que rigurosa: como la de un elegante anfitrión. Está acompañado de su esposa y sus respuestas fluyen como quien se ha aprendido un poema al caletre. “Yo soy médico y todo el mundo sabe que soy nudista. Hay gente que no lo dice, eso también lo respetamos. Estamos haciendo una actividad que no es normal, pero que tampoco es mala.”

Después de explicar la dinámica del grupo, él comienza a preguntar. Sentados en una mesa múltiple se comienzan a revelar los frecuentes y los aspirantes. Narváez los tranquiliza: “En nuestros paseos, el que se siente raro es el textil, pero cada quien tiene su tiempo para quitarse la ropa por primera vez, por eso entendemos que no lo hagan enseguida. Eso sí, si ya accediste al paseo debes estar conciente de que eventualmente tienes que quitarte todo”. Rubén, también veterano del grupo, anima con su experiencia: “Es como lanzarte en paracaídas. Llega un momento en que te causa adicción”.

Hablan de sus actividades, que incluyen desde juegos con raquetas, papagayos, hasta parrillas al final de la tarde. Coinciden en que llega un momento en que ya no te sientes desnudo. Por supuesto, esto no quiere decir que desaparezcan ante los ojos de los otros: aclaran con énfasis que ellos entienden que comparten sin sobrepasar el derecho de los demás a no verlos.

Mariela, otra miembro del grupo que lleva años practicando el nudismo, interviene para relatar su experiencia: “Cuando te quitas la ropa te derrumbas una barrera. Aquí todos somos iguales, no hay diferencias. También es la desnudez del alma. Es una cosa muy linda que disfrutemos sin máscaras. Estás tal cual eres”.

Estas palabras captan profundamente la atención de María Martínez, trabajadora del Ministerio de la Cultura y aspirante a ser incluida en los paseos. Es fotógrafa y le interesa el nudismo desde la femineidad, como experiencia liberadora, de conexión con la esencia primitiva del ser: “La ropa es máscara, alienación, constructo social. Desde la perspectiva femenina creo que el estereotipo te presiona más: la idea de la eterna juventud. Mientras más te tapas, encajas mejor socialmente. Actualmente hay mucha presión y siento que hacia las mujeres es peor”. Habla con emoción sobre la idea de acompañarlos en algún paseo a la montaña, al Ávila. Allí, dice, la conexión con la naturaleza debe ser sobrecogedora.

Separándose de la experiencia trascendental, Narváez agrega más adelante en la conversación: “El nudismo es una manera de ver la vida. Este no es un grupo de terapia, pero creemos que compartir de manera espontánea y diáfana es beneficioso para las personas y gracias a ese intercambio, si tienen algún problema se mejoran. Creemos que tiene que ver con la aceptación de ti mismo y de tu imagen”.

Entre fijos y ocasionales ya alcanzan el centenar, aunque la cantidad máxima de asistencia a un solo paseo ha sido de setenta y dos. Los destinos paradigmáticos –por la costumbre y la frecuencia, básicamente- son Playa El Diario y Chuspa en Choroní, la Laguna de Tacarigua. Sin embargo reconocen que en Venezuela no hay playas reglamentadas para practicar el nudismo. Una de las principales cruzadas de Soy Nudista es lograr que esto cambie, de ahí el afán de darse a conocer. No quieren resignarse a playas alejadas y sin servicios. Bromean con todo el esfuerzo que significa a veces trasladar sus pertrechos hasta el lugar apartado donde puedan asentarse.

La noche termina con expectativas. Los aventajados, siempre ávidos y orgullosos de contar sus experiencias, miran a los pretendientes con cierta complicidad alegre. Todos parece que pasaron la prueba. Sentados en las sillas de plástico, quién sabe si cada uno imagina al otro sin ropa. O si da lo mismo. Piden la cuenta y probablemente alguno se pregunte si el mesonero se ha enterado de todo. ¿Y qué tiene? Te respondería un veterano. Los cuchicheos de los textiles siempre amenazan, aunque lo más probable es que más de uno sienta curiosidad por hacerlo al menos una vez en la vida.