Ojo Cultura Universitaria

La pornografía académica de Rubén Monasterios

Por Equipo de prensa

Foto Cortesía familia Monasterios

Este artículo fue publicado en la 10ma edición de Revista Ojo, y ahora lo compartimos con ustedes, que lo disfruten.

Escritor de los capítulos más lúbricos de la historia literaria venezolana, Rubén Monasterios ofrece un diagnóstico sobre el estado de las letras lascivas del país, sobre la ciudad y las pulsiones más lujuriosas de sus habitantes

Con una vida dedicada en su totalidad a las bellas artes traspasadas constantemente por la presencia de Eros, Rubén Monasterios es uno de los hombres que más ha estudiado la imaginería sexual de la sociedad venezolana. Dramaturgo, humorista, escritor, performer y caraqueño empedernido, nos escribe desde el exilio para hablar de cómo se estructura el deseo de los venezolanos en una época en la que el discurso político apuesta cada vez más a las fibras emocionales de la sociedad.

¿Por qué explorar el erotismo con tanta intensidad?

Porque es divino, podría ser la respuesta más simple y directa. En lo personal, pienso que mi inclinación a explorar lo pornoerótico responde a un oscuro contenido en el trasfondo biológico de mi personalidad, activado por la represión ambiental en la que crecí; porque yo respondo como nadie a la ley formulada por Freud, “donde hay un tabú, hay  un deseo”. Además, están las ganas de joder, o, si se prefiere decir elegantemente, de épater le bourgeois.

¿Qué es para usted la pornografía?

La pornografía es una forma de comportamiento humano, pero también es una manera de tratar o presentar el asunto sexual en los medios; es una aproximación explícita, descarnada, una visión intrusista de la sexualidad. Ese tratamiento puede ser muy bueno, o muy malo, desde la perspectiva estética; porque “tratamiento de la sexualidad” en sus variantes erótica o pornográfica, y “calidad estética” son categorías paralelas. Existe una abrumadora cantidad de obras eróticas francamente pésimas, y hay obras maestras de las artes plásticas y de la literatura que son pornográficas. ¿Me creerías si te digo que un poeta tan pudoroso como Andrés Eloy Blanco compuso en secreto comedias pornográficas? Las descubrió el  investigador literario Efraín Subero, en 1997, y me correspondió escribir el ensayo preliminar del libro en el que fueron publicadas. No me preguntes por ese libro; la edición íntegra desapareció con el advenimiento de la maldición chavista.

Desencantado como muchos otros, Monasterios vive actualmente en las afueras de San Francisco, EE.UU., donde ha encontrado un espacio para el sosiego que le quitó Caracas, a la que a ratos extraña con una nostalgia que califica de lacerante. Quizás porque la ve con los mismos ojos que le ha dedicado a la mujer venezolana, de quien resalta su profundo erotismo entendido como: “un estado de ánimo más culturizado, más sutil, que depende en lo esencial de la imaginación”. “Ella explota mejor su valor como reclamo sexual mediante transparencias y exhibiciones, con el vestido desnudador,  y con sus poses y manierismos sociales: juega muy bien con lo que he llamado la paradoja del pudor impúdico, ese permitirte atisbar su intimidad, sin mostrarse del todo”.

De paradojas esenciales también está compuesta su relación con la ciudad que dejó. “Porque yo amo a Caracas, aunque con un sentimiento conflictivo, como el  sentido hacia  una mujer a la que aborrecemos y deseamos al mismo tiempo; en los estados de ira y desencanto, me distancio de ella, pero es suficiente una separación prolongada para sentir desasosiego y el deseo intenso de volver a sus brazos”.

¿Caracas le parece una ciudad pacata?

En la segunda parte del s. XX se fue haciendo cada vez más cosmopolita, más liberal; vale decir, menos pacata; pero parece estar cerrándose. El exclusivismo y la intolerancia de la mascarada de democracia que vivimos trascienden el ámbito de la política e impregnan otras dimensiones de la sociedad. El régimen todavía no ha condenado oficialmente la diversidad sexual, como sí lo ha hecho con la libertad de pensamiento y de expresión, pero no es necesario que una actitud asumida por el modelo se oficialice para que sea imitada y extendida a otros campos de la vida social: como el modelo es intolerante, la masa expuesta a él también se vuelve así.

Entonces, ¿qué consideraciones le merece la estética y el discurso militarista del gobierno? ¿Cómo le parece que se relaciona con lo erótico?

Es aborrecible. Por regla general, las dictaduras tienen muy mal gusto, en especial las militares. Además, su pensamiento único constriñe la creatividad; Rusia tenía un movimiento plástico y musical extraordinario, pero  la imposición del realismo socialista acabó con ello. La relación del régimen castrense con lo erótico es una perspectiva de análisis interesante. El dictador militar prepotente y macho es un símbolo sexual,  y en eso radica la fascinación que ejerce. La masa, en buena parte constituida por un proletariado erótico, resulta erotizada por su imagen. El estereotipo viril y el discurso demagógico excitan a las mujeres inmaduras emocionalmente, que ven en ese personaje al garañón dominante íntimamente deseado. A los hombres los hace sentir potentes, y en otros pulsa secretas tensiones homófilas, por cuanto el caudillo también es un elemento de estimulación anal. En general, el líder transfiere a la masa una sensación de poder de nítidas implicaciones eróticas. El éxtasis ante el que ejerce el poder y declara su amor por el pueblo en su propio clímax, es orgásmico. La exposición al líder carismático activa en sus seguidores las mismas sustancias cerebrales y los mismos procesos neuroquímicos que entran en juego en la experiencia sexual.

Esta profusión actual de un discurso cargado de referencias a la libido contrasta con el estado de la literatura erótica en el país durante el siglo XX, que Monasterios considera prácticamente nula hasta 1987, fecha en que se publica su libro Encanto de la mujer madura. A partir de ahí, ocurre lo que él califica de escalada erótica; es decir, una buena salud en el género. Al respecto asegura: “Disponemos de obras que podrían contarse entre las magistrales del género, como La esposa de doctor Thorne, de Denzil Romero, y la exquisitez pornoerótica titulada La favorita del señor, de Ana Teresa Torres. Esta dimensión también cobra protagonismo en novelas de otros géneros: hay un capítulo muy intenso en la novela La otra isla, de Francisco Suniaga. Un premio anual a la narrativa del género, implantado por la editorial Alfadil, hoy descontinuado, impulsó esa escritura”.

Monasterios finaliza abordando de nuevo su relación con el país, del que no puede desligarse. Actualmente, escribe los domingos para el Tal Cual, mientras sus libros esperan por editores y lectores que se atrevan a descubrir sus impúdicas páginas. Con la sabiduría de sus años a cuestas, el erotólogo insiste: “No puedo arrancarme la nostalgia por Caracas, y me perturbaba la noción de haber abandonado la lucha y el sentirme ausente (…). Y es que yo no soy de las personas llamadas a disfrutar de ‘Esta apacible vida / la que huyendo del mundanal ruido / sigue la escondida senda por donde han ido /  los pocos sabios en el mundo habidos’, cantada por fray Luis de León. Pido perdón si no es exactamente así. Cito de memoria, y, a esta edad, ella es una compañera traicionera”.