Ojo Cultura Universitaria

Los delfines de Mochima

Un encuentro desde la superficie

Nuestra fiel colaboradora @arianuchis nos trajo para la sección Por los caminos verdes -de la 11ra edición- su experiencia con los delfines en Mochima ¡Disfrútenlo!

Por Arianna Arteaga Quintero -@arianuchis-

En Venezuela existe una reserva importante de delfines, una de las especies más inteligentes que habitan el planeta. Su sobrevivencia está amenazada por el turismo indiscriminado y la contaminación, pero un todavía se puede presenciar el bonito espectáculo de verlos en su hábitat natural.

Mochima es un gran lugar para encontrarse con estos animalitos brillantes. Según los estudios llevados a cabo por el biólogo marino Jaime Bolaños junto a otros colegas de la Sociedad Ecológica Venezolana Vida Marina (SEA VIDA), el tamaño promedio de los grupos avistados es de 32 individuos, compuestos en un 37% por crías y juveniles; en 59% de las ocasiones los delfines se acercan a interactuar con las embarcaciones. También me comenta que ha visto grupos de hasta 150 delfines de la especie delfín común, predominante en la zona, cuyo nombre científico es Delphinussp.

Mi primer encuentro con ellos fue hace un par de años. Estaba con mi mamá para hacer el paseo de Aventura Marina al Santuario de los Delfines. Nuestro guía fue Carlos Israel Gooptar, un señor de ascendencia árabe, encantador y profundamente agradecido con los delfines que le salvaron la vida en un naufragio. Zarpamos tempranito en la mañana. En menos de una hora mi personita gritaba eufórica desde la proa de la lancha. Eran muchos, brincaban, nadaban de barriga para vernos, perseguían la lancha y con la misma que aparecieron ¡fuaz!, se perdieron en el azul.

Luego, hace unos meses mientras paseaba en velero por Mochima, los volví a ver. Nos levantamos a las seis de la mañana para zarpar de regreso a Puerto La Cruz, habíamos visto varios en la ida, pero esta vez el mar estaba como un plato, la luz era cálida, el viento apenas soplaba y los dichosos animales ultra inteligentes podían verse con la claridad de quien está en el agua con ellos. Entonces me pongo cursi. Con los delfines es distinto, me conmueven profundamente esos mamíferos inteligentísimos, los únicos después de nosotros con un cerebro tan grande en relación con su cuerpo, los que sanan con las ondas ultrasónicas de su ecolocalización, viven en grupos con fuertes lazos sociales, se comunican, copulan cuando les provoca, pueden dormir sólo la mitad de su cerebro, cazar en equipo, suicidarse y, a veces, hasta tienen la capacidad de ser brutalmente violentos.

Lo triste es que estos seres viven en un entorno enfermo, pues según la organización ParksWatch (www.parkswatch.com) el Parque Nacional Mochima se encuentra “críticamente amenazado” por la creciente población, contaminación, turismo y demás males de la civilización. Debe ser por eso que Jaime Bolaños insiste:“Para que la actividad pueda ser considerada como ecoturismo debería incluir aspectos científicos, educativos y una reglamentación oficial”.

Si en la próxima vida se me concede el deseo de ser un delfín, espero que Mochima se encuentre mejor y que mis nietos vayan a visitarme para dar volteretas eufóricas de bienvenida en la proa de alguna embarcación realmente ecoturística.