Compartimos uno de los Pluma y papel que pueden encontrar en la 12da edición de Revista Ojo ¡Disfrútenlo!
Por Carlos Colmenares Gil
And the sum total of sadness in the world
is less than it would have been.
George Saunders
Se despierta como a las siete. Se cepilla los dientes y se baña con un agua un poco marrón. Se viste. Sale de la casa. Ve a Cristóbal. Lo saluda. Le dice que sí irá a su fiesta esta noche. Sigue caminando. Baja hacia la parada del metrobús. Mientras espera se acuerda de Cristóbal y ríe. Espera más. En el autobús lee un poema llamado Blancanieves se despide de los siete enanos. Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas.
Cierra los ojos unos segundos y se imagina halándole el pelo a Martha mientras la penetra, también se la imagina a ella lamiendo su ano. Tiene una erección a medias. Piensa que la señora sentada a su lado la notó. Le da vergüenza. Piensa en el mojón que cagó hace ya un rato y se le baja. Sale del autobús. Camina hacia el trabajo. Llega sin saludar. Se encierra en la oficina. Ahora lee a Tao Lin. Descarta su idea de una novela hecha solo a partir de chats de Gmail. Le escribe a Pablo: “Tao ya lo hizo”. Deja el libro y mira al vacío por cuatro minutos. Se da una cachetada sin la fuerza con que hubiese querido dársela. Sale y pregunta si hay alguien afuera. Le dicen que dos personas. Las atiende, no los mira casi a la cara. Lee por unos minutos más. Va a desayunar. Se sienta con María. Ve la arepa por dentro y la voltea. Un chorro de mantequilla cae en el plato. María habla de sus clases de psicodrama, del trabajo con el cuerpo. Al terminar de comer se van los dos a sus oficinas. Adentro siente ganas de masturbarse, no sería la primera vez que lo hace allí. Le tocan la puerta para decirle que llegó otra persona. La atiende. Trata de mirarla un poco más a los ojos pero no lo logra. Es mediodía. En lugar de salir a almorzar se va a su casa. “Me siento mal y me tuve que ir”, le escribe a su jefe.
En el metrobús escucha Gogol Bordello. Se contenta algo. Compra una lata de atún. Al llegar la abre y mezcla el pescado con vegetales. Se come la mitad. Duerme. Sueña que su abuela le enseña a bailar mambo. La abuela tiene un vestido de rumba y no hace otra cosa que mover las caderas desenfrenadamente. Se despierta. Se vuelve a dormir. Ahora sueña que tiene el poder de hacer que la gente explote solo con pensar en ellos. Piensa en Vargas Llosa. Lo ve hacerse pedazos, ve la dentadura de caballo flotando en el aire. Es hermoso. Luego piensa en Dudamel. Luego en él mismo. Abre los ojos y mira hacia el techo. Comienza a ver todo gris. Sale de la casa. No sabe si está soñando de nuevo. Va hasta el apartamento de Martha. Ella lo espera. Cuando llegan al cuarto ya están desnudos. Acaban juntos. Duermen por una hora. Luego vuelven a hacerlo.
Esta vez solo acaba él. Se dicen que parece como si no hubiese pasado nada de tiempo, como si el paréntesis en el que no estuvieron juntos no hubiese existido. Sale de casa de Martha medianamente feliz por primera vez en varios meses. Tiene hambre. Llega a su cuarto y se ve acostado boca arriba. Se sienta sobre su cuerpo. La decepción no es tan grande. Duerme por tercera vez. Atropella perritos a toda velocidad por una autopista. Abre los ojos y hay una araña en el techo. La aplasta. Se arregla y baja a casa de Cristóbal. Se acuerda de Martha por penúltima vez en el día. En la fiesta lo reciben con condescendencia. Aún no está completamente despierto. Irene lo abraza. Siempre le gustó Irene. La mira a los ojos hasta olvidarse de casi todo. La música cada vez suena con más fuerza. Sigue mirando.