Ojo Cultura Universitaria

Malandro-Barrio-Groserías

Contenido perteneciente a la Edición n°13 de OJO. Recuerda que puedes pedir tu revista a través de nuestro twitter @RevistaOjo o a pidetuojo@gmail.

Por Héctor Orbegoso Rivera

Cuando me contactaron para escribir esta sección de Ojo, me encontraba en un callejón sin salida. Luego de haber realizado cuatro cortometrajes (Jesús TV, Bangladesh, Todo Va A Estar Bien y Horas Extras) había llegado el momento con el que todo cineasta sueña: hacer un largometraje. Inmediatamente surge la gran pregunta: ¿De qué quiero que trate mi película?

Por fin sientes que tienes la experiencia requerida para encarar un largometraje, pero ahora resulta que no tienes la idea que te emociona, y que mucho menos va a emocionar a un montón de gente. Incluyendo a los que llegarán a la taquilla y preferirán ver Actividad Para-Anormal 26. ¿Por qué? Porque tu película pertenece a ese género llamado “Cine Venezolano” y que solo ofrece “Malandros-Barrio-Grosería”.

“¿De verdad todo nuestro cine es solo “Malandros-Barrio-Grosería”? Lo pongo en tela de juicio porque en mi caso he pensado en la decisión de hacer una película más del montón, o hacer algo distinto. Jamás olvidaré algo que escuché una vez decir al director español Alex De La Iglesia: “Yo voy al Cine para olvidarme por dos horas de lo que pasa en el mundo”. Si nos aferramos a esa postura, hacer este tipo películas entonces no está bien. Al menos para nosotros los venezolanos. Pero no olvidemos que el cine, como arte que es, además de distraernos y vender cotufas, tiene una función social importante, que es transmitir un mensaje.

Qué buenas son las películas que a pesar de que te estresan, te hacen reír y te hacen llorar, cuando sales de la sala, logran cambiar algo en ti. No sé a ustedes, pero a mí me pasó eso con La Hora Cero y El Rumor de Las Piedras, dos de las últimas películas venezolanas más importantes en cuanto a calidad narrativa e ingreso de taquilla, y ¿adivinen qué? Las dos se desarrollan en barrios caraqueños. Lo que me lleva a pensar que nuestro problema no es la locación donde ocurren las historias. No son los personajes. Es cómo estamos “echando el cuento”.

Hitchcock decía que las tres cosas más importantes de una película son: el guion, el guion y el guion. Todos queremos hacer películas como Tarantino y Guy Ritchie. Perfecto. Pero, ¿cómo las vamos a contar? Afortunadamente, cada vez perfeccionamos más y más el complicado proceso de contar una película. Al punto de que pelis de “Malandro-Barrio-Groserías” te emocionan, te hacen recomendarlas a tus amigos, y te llevan de nuevo al cine.

No digo que debemos aceptar que todo lo que consumamos de la filmografía nacional deba tener estas características. Seamos críticos, pero con fundamento. Porque supongo que todos los que se quejan de que las películas venezolanas suceden en barrios, son los mismos que se quejan que todas las pelis de Hollywood pasan en New York o Los Ángeles, ¿no?.

Silencio Absoluto.

Cuando la historia te atrapa, te olvidas del entorno en donde está ocurriendo. Lo vives. Lo sudas. Como debe suceder con el cine.

Por eso estoy en un callejón sin salida. Aún no tengo una historia que contar, y cuando la consiga, quizás sea de “Malandros-Barrio-Groserías”, porque un porcentaje muy grande de nuestra ciudad tiene esos tres elementos, y es casi imposible obviarlos. Ni en el cine, ni en nuestro día a día. Pero también quiero aportar algo nuevo, algo diferente. Quizás haga un musical de malandros y los ponga a bailar sobre sus motos mientras roban Blackberrys en la Fajardo. ¡Ahí está! La conseguí. Los dejo. Tengo una idea y un guion por escribir.