Ojo Cultura Universitaria

Estás en Amsterdam

Una crónica de por qué no se debe confiar en los bartenders de la ciudad

“No sé qué te conviene más. Si ir a Gare du Nord o Gare du Midi”, me dice David, tan alto y español, mientras veía fijamente el mapa del metro de Bruselas. Al cabo de dos segundos me dice que vaya a la estación de Gare du Nord, pues de ahí salían más trenes y seguramente saldría el que me llevaría a Ámsterdam. “Desayunamos y nos vamos ¿vale?”. Vale. A David lo conocí a través de una amiga –también periodista de la Complutense de Madrid- que nos presentó en un México-Argentina del Mundial pasado; sólo nos vimos esa vez pero hay gente que no necesitas ver más para saber que ahí quedó una amistad.

Desayunamos café y torta, y nos fuimos los dos con gorros y sin paraguas para protegernos de la constante y melancólica lluvia que parece ser la banda sonora de Bruselas; nos despedimos en el Metro con un abrazo y un ‘hasta pronto’ improbable porque yo me regresaba a Caracas y él se quedaba en Bruselas. “En Madrid no hay trabajo. Además los belgas están muy buenos, cariño”, nos separamos y yo seguí a Gare du Nord, busqué en los horarios el tren que me llevaría a Ámsterdam, “Excuse me, does this train goes to Amsterdam Central?, y un ‘Yes’ seco de una cincuentona harta de turistas me tranquilizó el camino; decidí viajar sola porque sí, no hay razón, sólo sé que es algo que todo ser debería hacer alguna vez en la vida, lo único malo es el miedo constante a siempre agarrar el tren equivocado y terminar en el Este profundo de la Europa de Vladimir y sus cabras.

Fue un tren de tres horas con varias paradas y ninguna palabra. Escuchaba no me acuerdo qué en el iPod mientras veía los paisajes idílicos que ofrecen los Países Bajos, atestados de bicicletas y flores de colores fuertes cuando me di cuenta de que quedé en encontrarme con mi amiga a las 8 –frente al Starbucks de la Central Satition- y que este tren llegaba a la 1.

Ay.


¿Qué carajo iba a hacer siete horas sola? Hasta ahora solo había estado completamente sola en los trenes pero siempre llegaba a encontrarme o conocer a alguien como pasó en París, como pasó en Bruselas; en lo hostales abarrotados por turistas de todo el mundo siempre hay gente que quiere conocerte y quererte, el problema de Ámsterdam es que llegaba a la casa de una amiga de un amigo, es decir, no hostales, no cariño y un ahora cómo hacemos. “Ticket, please”. Toma mi boleto y deme alguna respuesta, Señor Revisor.

Llegué a Ámsterdam Central a la 1.20 exactamente, terrible puntualidad europea. Me llamó la atención lo grande que era, toda de vidrio y metal, altísima, enorme y clara. Fui a dejar mi mochila en los casilleros de la estación y de ahí al Centro de Turismo. Era un plan, básico, pero un plan. Tanta preocupación puede sonar superflua pero a pesar de la infinita capacidad de hacer amigos que uno posea, ese cara a cara con el tiempo en solitario siempre es fuerte, ya sea en Beijing, Ámsterdam o Caracas. Dejé la enorme mochila y me fui al Centro de Turismo, la cosa más inútil que pude hacer porque fue una pérdida de tiempo total: 40 minutos de cola para que una señora que parecía una matrushka animada me diese un mapa, me dijera que la calle principal estaba a cinco minutos y que tuviera un buen día.

Salí al frío y la lluvia perpetua. Otra vez sin plan. Pisé un charco. Coño. Tengo hambre, y empecé a caminar.

Entré no sé por qué al único sitio de Ámsterdam que estaba vacío y le pedí al árabe que lo atendía que me diese un combo número uno, que en la foto traicionera se veía como un apetitoso shawarma de pollo, con salsa desbordante, envuelto en pan pita fresco y caliente, acompañado por papas crujientes y un refresco frío. Supongo que mató al pollo y horneó el pan en el tiempo que me hizo esperar, lo malo es que el que mató fue un pollo escuálido y el pan nunca conoció la cocción; las papas las habrá pensado como un complemento innecesario, al igual que el gas en el refresco. Me lo comí, qué remedio, y le pagué la sonrisa que me regaló más que otra cosa.


“Bueno, seamos positivos, estoy en Ámsterdam, ¿qué cosa, oh, qué cosa puedo hacer? Ir a un coffeshop” y me dirigí al Bulldog Café, el más famoso de Ámsterdam por ser unos de los primeros. Es bonito, azul, defendido por la caricatura de un bulldog mal encarado en la puerta y mucha gente sentada dentro y fuera ya no se sabe ni dónde está. Me siento en la barra y le digo a la chica que me recomiende algo pero no muy fuerte porque estoy sola y me “quiero mantener alerta”. Me dice que claro, que me dará de lo que ella suele fumar antes de dormir. Son 12 euros tres porros que vienen en una cajita azul con tigres y payasos de colores. Me pedí un café, encendí el porro y para dármelas de la interesante, saqué la bibliografía del ‘Che Guevara’ que llevé como lectura de compañía al eurotrip. Ahora entiendo que ella, acostumbrada a los aires verdes que respiras en esa ciudad lo que se fumaba antes de dormir eran los tigres y payasos que tenían las cajitas.

Después de dos caladas toda mi preocupación se esfumó, pero no sólo la de estar by myself hasta dentro de 5 horas sino la de si encontraré al hombre de mi vida, si tendría que barrer mucho, si mis hijos estarán orgullosos de mí, si el llavero del carro era el apropiado. Todo, todo, TODO estaba bien. Cerré el libro, ya no quedaba café y me puse a hablar con la chica. Era una norteamericana que en la búsqueda de sí misma fue a parar detrás de una barra en Ámsterdam y me dijo que la mejor manera de pasar estas horas de espera era explorar la ciudad, “to get lost”.

Por supuesto, mi muy fumada, bohemia, viajera y muy fumada yo, se enamoró de la idea. “Sí –pensé- voy a explorar Ámsterdam. Y además lo voy a escribir”, y salí del Bulldog a comprar un cuadernito y un bolígrafo para escribir todo lo que había ocurrido e iba a ocurrir en este viaje. Tardé cinco minutos en salir del café porque no encontraba en la cartera los lentes que tenía puestos en la cabeza y cuando me di  cuenta lo maldisimulé exagerando un gesto de ‘ah, aquí estaban’ que nadie vio. Por fin salí y me fui a la calle; encontré la librería del viejito más adorable del mundo, que riéndose me vendió un cuadernito cuadriculado y un bolígrafo negro que según él era mejor porque no tenía tapa y así no se me perdía. Salí, pues, a explorar.

Esa librería fue la última cosa racional que hice por las próximas horas.

Al salir doblé a la derecha y detallé a la gente y su espectacular estilo otoñal, la cantidad imposible de bicicletas y los cisnes absurdos que presumían su belleza debajo de cada puente de la ciudad; seguí caminando feliz, relajada y por esa calle hasta que divisé que al final Sur de la misma, se encontraba una especie de fábrica enorme y gris de la que se levantaba una enorme columna de humo blanco que rompía el cielo. No sé si fue la venganza de las neuronas que maté o la predisposición genética que le tengo a la paranoia, pero yo sabía que si yo llegaba a esa fábrica me iba a morir. Di una vuelta casi inmediata y aceleré el paso en la otra dirección, alejándome de la columna de humo mortal; todavía medio corriendo me tranquilicé porque sabía que el peligro estaba detrás y porque me iba a comer algo, no sabía qué, pero que iba a estar espectacular. Me compré un ‘brownie’ sin especias y sin mirar atrás seguí “explorando”.

De repente, cuando estaba llegando al final de la calle –opuesto al humo maligno, por supuesto-, divisé una estructura que se asemejaba a la Puerta de Brandeburgo de Berlín. Berlín era la próxima parada, no correspondía llegar a él ni a nada que se le pareciera ahora. No podía llegar hasta allí porque si llegaba iba a romper el continuo espacio-temporal y eso nos iba a matar a todos los seres humanos del planeta, todo por mi culpa. Así que tenía una elección: o llegaba a la columna de humo y moría o llegaba a la mini Puerta de Brandenburgo y moría, salirme de esa calle no estaba dentro de las opciones barajadas porque, básicamente, no sabía cómo.

Dos horas estuve atrapada en esa calle intentando no morirme y sin hablar con nadie: podían ser espías que querían acabar conmigo porque me había dado cuenta del secreto de Ámsterdam.

Eventualmente todo salió bien, logré no morirme y salir de esa calle cuyo nombre nunca supe. Hablé con gente y  logré encontrarme a la adorable y alemana Liz de ojos amarillos frente al Starbucks de la Estación Central. Toda muy lindo y feliz pero la angustia que sentí durante esas dos horas sólo puede equipararse a la que se siente al estar en medio de la avenida Baralt a las dos de la mañana con un iPhone en cada mano, de los nuevos. Conclusión, no confíes en los bartenders de Ámsterdam nunca.

Su percepción del bien y el mal se desdibujó hace rato.