Ojo Cultura Universitaria

Y con pésimo francés digo “Bonjour, París”

Por Adriana Ovalle -@adrianaova

Buscando huir del frío de Londres, compro desesperada un pasaje de autobús a París. Sí, de autobús. Hice maletas y me preparé psicológicamente para las casi 9 horas de viaje.

Me despedí de la tierra de Harry Potter con el acostumbrado desayuno insípido que mi estómago aborreció tanto. Una vez en el autobús leo las palabras mágicas: WiFi. Pero era demasiado bueno para ser cierto y nunca pude conectarme así que decidí disfrutar de mi soledad. El viaje transcurre con paisajes que solo pensé vería en películas, siestas cortas, Henry Miller y una bolsa grande de chocolates.

La ciudad de la luz me recibe a las 5pm así que pude comprobar y disfrutar el porqué de su sobrenombre.  Una vez en el terminal mi ritmo cardíaco se acelera, fue la primera vez que pensé en lo impulsivo que fue ese viaje por haberme ido sola y solo sabiendo pronunciar un pobre Bonjour junto a la fama de los franceses de odiar el inglés. I’m fucked, pensé. Con un pequeño ataque de nervios me bajo del autobús y entro al metro. Contemplé por más de 5 minutos la maquina para comprar los tickets sin saber qué hacer y comenzar a odiar la ciudad por no tener la opción de usarlo en inglés o español.

Una chica que viajó conmigo me vio en apuros y se compadeció. Me compró el ticket y me indicó la supuesta dirección del hostal. Era una bailarina italiana que vivía en Francia pero que estaba en Londres por una audición a un video de Rihanna. Todos tienen algo que contar, la cosa es que sea verdad o decidamos escuchar. Como coincidimos en dirección, el viaje en metro estuvo lleno de anécdotas interesantes de su vida. Nos despedimos en Opera, mi supuesto destino. Pasé más de una hora entrando y saliendo del metro buscando la calle correcta hasta que conseguí un mapa de la ciudad que me informó lo que ya me imaginaba: estaba lejos del hostal.

Un poco mejor ubicada y tranquila, llego a Anvers y me alegro al salir y encontrar el hostal justo en frente. Luego del engorroso proceso de hacer check in, dejar la maleta y quitarme capas de ropa de las miles que usaba por falta de espacio en mi equipaje, salgo en búsqueda de mi cena. El Boulevard de Rochechouart estaba lleno de restaurantes cuyos menús no logré entender y no pensé en arriesgarme si iba a pagar casi 20 euros por plato. Mi estómago ya no aguantaba más hambre y yo no soportaba más frío, fue en ese momento de mayor desesperación cuando una gran M amarilla apareció para salvarme la noche.

Vuelvo al hostal con mejor humor  y me siento en el comedor para calentarme. El cansancio y frío hace que me pierda en mi iPod hasta que un chico me saca del trance que Foo Fighters me produce. Un argentino que vive en España me invita a ir por unos tragos con un grupo del hostal y acepto inmediatamente para no sentir que desperdicié mi primera noche parisina.

Después de ser botados de dos bares por la hora de cerrar, el grupo se redujo a un irlandés, un australiano, una inglesa y yo en un bar que suele ser muy frecuentado por los franceses de Montmartre por ser el único que abre todos los días hasta el mediodía. La conversación se hizo más amena con cada ronda de tragos que pedíamos. Sin darme cuenta, se convirtió en un desafío poder seguirle el paso a una conversación de tres anglosajones con acentos tan marcados y distintos al que estoy acostumbrada a escuchar. Mi noche se fue en intentar entender una conversación sobre las diferencias culturales existentes en cuanto al sexo. Si los venezolanos creen que tienen una extensa gama de sobrenombres a los genitales, hablen con extranjeros que esa fascinación se extiende más allá de nuestras fronteras.

Alrededor de las 4am decidimos dejar la plática para la noche siguiente e irnos al hostal. Me fui a dormir con un mejor ánimo con respecto a París y mi viaje improvisado.