Ojo Cultura Universitaria

Anhelo del pasado – Roxette en Venezuela

Por Federico Santelmo - @fedesiete

Por alguna razón que hasta el día de hoy no me explico, a uno de mis mejores amigos le encanta la banda Roxette. Hablo de un fanatismo tal que tiene todas los discos, se sabe todas las canciones y ha visto todos sus videos. No, no es gay (no es que haya nada de malo con eso), solo es un auténtico fanático.

Mi amistad con él data de toda la vida; crecimos en el mismo barrio y estudiamos en el mismo colegio. Compartimos deportes, juegos, peleas, gustos y —claro está— música. Su extrema pasión por Roxette no se transfirió totalmente a mí, y al grupo de amigos; sin embargo, hoy día tengo hasta tres álbumes de ellos que compré durante la adolescencia. El resto del grupo también sufrió el mismo destino. Cabe destacar, la compra de discos para la época era una práctica común, y no se limitaba a comprar el de tu grupo favorito; también adquirías diversidad; era la manera de escuchar música. Traten de imaginar un mundo sin internet (difícil ejercicio) y entenderán.

Hace un poco más de un mes me entero que la susodicha banda viene a Caracas. Lógicamente le escribo a mi apasaionado-por-Roxette amigo, visto que vive en Panamá,  y su emoción fue expresada con todos los signos de exclamación y caritas que bbmsn podía aguantar. Quedé en averiguar precios y cuadrar para ir. Un plan que duró algo así como cinco minutos, que fue cuando vi el costo de las entradas. Le dije “bro (nunca digo bro, pero hubiese sonado cool), yo no tengo vela en este entierro (ídem)”. Por supuesto, eso no detuvo a mi impaciente amigo. Compró el valor de la fila más cercana, el pasaje aéreo y la experiencia de ver a su banda favorita en el universo, en las terrazas del CCCT.

Yo, por mi parte, me olvidé del asunto y seguí con el curso normal de mi vida (dícese de que fui al festival Lollapalooza en Chile y me monté en tarima con Foo Fighters,  lo normal pues —pero esa es otra historia) hasta que otro amigo del grupo en el cual fuimos infectados por nuestro Roxette-fan me pregunta si quiero ir. “No, es muy caro”, le digo, a lo que él me responde que está de acuerdo pero que nos lancemos igual a regatear entradas a los revendedores.  Bueno, no es un mal plan. Acordamos que si superaba un tope no íbamos al concierto y nos bebíamos ahorrábamos el dinero. Resulta que el pana tiene una habilidad nata para regatear y conseguimos a mitad de lo que estábamos dispuestos a pagar, y con muy buena ubicación. “Let’s join the joyride”, dijimos. O en verdad no. Pero entramos.

Si asistir a Roxette no fuese suficiente para llevarnos a nuestro pasado, la elección de Aditus como teloneros nos lleva a épocas prenatales. El concierto estuvo muy bueno, ambos grupos no llevan más de 25 años tocando por casualidad —salvando las distancias entre suecos y venezolanos—. Marie Fredriksson y Per Gessle aún saben montar un buen show, llenar de emociones a un público y tocar buena música. Tenían 17 años desde su última visita a Venezuela y digamos que, sí, físicamente se les nota. Pero la buena vibra entre banda y público, el ambiente de compartir y la nostalgia del pasado crearon una velada inolvidable para sus fans. En un momento de la noche, el guitarrista sonó un solo con la melodía de Caballo Viejo. Lindo gesto. Per estuvo siempre interactuando con la audiencia, y la energía nunca decreció. Se despidieron entre ovaciones y aplausos, con sonrisas por todos lados y agradecimientos de haber podido ver a una banda que dejó sus años de gloria una década atrás, pero que sigue siendo añorada por muchos.  Nuestro ahora excitado amigo, vestido de sonrisas y alegría (que no, que no es gay), nos invitó a celebrar en su casa, en donde bebimos y brindamos por los viejos tiempos. Tiempos que, por un momento, se volvieron indistinguibles a los actuales.