Ojo Cultura Universitaria

El Traductor del Cluj

Fragmento de 'Transilvania, unplugged'. Alfaguara, 2011

Por Eduardo Sánchez Rugeles

Cluj Napoca, 1995

Traducción al español: Viorica Draniceanu

Fuimos niños amorfos. Existían, entonces, argumentos jurídicos para eliminar nuestras taras. Fuimos débiles. Llevábamos varias condenas a la espalda. En aquel tiempo, más que ser enfermo, nos dolía ser húngaros. Luzny fue el octavo o el noveno de una familia mal nutrida. Algunos murieron por asuntos de sangre, otros por conjuros malignos y, unos pocos, de tristeza.

Nuestra escuela fue un lugar de exclusión. Éramos los tontos del pueblo. Se burlaban de nuestra manera de andar, de nuestro autismo, de nuestra torpeza motora; el vientre de Luzny siempre fue objeto de mofa. Fuimos un grupo pequeño que sobrevivió gracias a las bondades de Lazlo Dragota, el pastor de la iglesia ortodoxa. La enfermedad nos hizo fuertes. Pocas cosas generan tanta afinidad entre los hombres como la desgracia. El hombre que ha nacido enfermo, por lo general, es tolerante. Hay enfermos crueles, es cierto, pero estos suelen ser aquellos que han caído en desgracia luego de haber disfrutado de algún tipo de plenitud. Hay rencor en aquel que ha visto colores y, por algún imprevisto, deja de mirar; tendrá pesadillas aquel que haya gozado un cuerpo de mujer y que, repentinamente, por alguna bala perdida ve cercenada su lascivia. Nosotros nacimos incompletos y esa situación nos hizo ser buenas personas. Con Lazlo Dragota entendimos, desde un principio, que nos había tocado sufrir.

Hubo otras personas amables. Emil Marai, por ejemplo, el dueño de la taberna húngara. Fue allí donde Luzny, en plan autodidacta, aprendió a tocar el piano. Nuestra idiotez nos salvó del servicio militar obligatorio. El Partido, para nosotros, fue algo intrascendente. Vivíamos en un mundo aparte, en una especie de anarquía viciada. Éramos un clan de tullidos y bestias. La enfermedad, como ya le he comentado, crea vínculos imperceptibles para el hombre sano. Sabíamos que únicamente nos teníamos los unos a los otros.

Logramos sobrevivir usando nuestra debilidad como instrumento de guerra. Luzny, si mal no recuerdo, se mudó a Bucarest a finales de los años setenta. Colaboró con la Securitate, es verdad, pero tengo la impresión de que no lo hizo de mala fe. La Securitate estaba en todas partes. No había alternativas. Luzny, a través de la música, se ganó el favor de un oficial del Partido que respaldó su mudanza a la capital. Tocó en tabernas efímeras hasta que, en menos de tres meses, se consolidó como el primer pianista del Hilton Palace.

Sí, teníamos experiencia en la manipulación de documentos. Un empresario magiar, instalado en Rasinari desde los tiempos de Gheorgiu Dej, nos entrenó para ese oficio. Para él resultó un negocio emplear a los tarados. Nos trataba bien, nos daba de comer pero no nos pagaba. Nuestra estulticia fue su tapadera.

Luzny alguna vez amó. Amor entre tontos, una pareja monstruosa que, cómodamente, compartía el roce contemplativo de gibas, baba común y pústulas. Es una historia triste. Ya yo estaba de viaje. Es la historia de amor de dos adolescentes enfermos que, cuando se hicieron adultos, luego de ver morir a sus amistades en desgracia, tuvieron que separarse. Christina era una joven autista. Bonita. No la belleza común de los normales. Belleza enferma, belleza de caspa, de moquillo, de dientes cariados y colmillos flojos, de vestidos sucios.

Sería por el año ochenta y tanto cuando supimos la noticia: Christina fue violada por un grupo de guardias civiles borrachos. Ese suceso, más tarde, tuvo un fruto: se llamó Alina. Christina murió semanas después del parto. La mató la tristeza, la mató la culpa, la conciencia de la ruina. Christina fue acusada de intento de homicidio: intentó abortar al cuarto mes. Usted recordará cómo eran las cosas entonces. La niña Alina, en este sentido, pertenece a la segunda generación del decreto de prohibición de abortos. Nuestra compañera de enfermedad fue juzgada y el parto se dio en condiciones complicadas. Christina, antes de morir, pidió a Luzny que se hiciera cargo de la niña. Era el único de nosotros que, económicamente, podía mantenerla. Su trabajo en Bucarest le había dado cierta estabilidad. Yo, para ese entonces, estaba fuera de Rumania. Los demás, poco a poco, se fueron muriendo.

Luzny, años más tarde, se hizo cargo del hijo menor de Emil Marai. (Fragmento sin traducir) El antiguo tabernero participó en los eventos de Timisoara. En una situación que aún no ha sido explicada fue linchado por una banda de seguidores del contestario Lazlo Tokes. Su hijo era, entonces, un adolescente integrante de las juventudes comunistas. La única persona conocida que podía ocultarlo y salvarlo de la masa vivía en Bucarest. Emil Marai sabía que, en aquellos días de incertidumbre, solo podía contar con Luzny. En los días inciertos de 1989 montó al muchacho en un autobús y, con una carta bajo el brazo, lo encomendó al pianista del Palace.

Yo creo que Luzny es un buen hombre. Un desgraciado al que le tocó vivir en tiempos malignos. Él no traicionó a Ceausescu. Esa es una afirmación absurda. Hay una diferencia notable entre tocar un par de piezas, a solicitud, para entretener a un par de nuevos aristócratas y derribar, por mero capricho, al hombre más poderoso del país.