Ojo Cultura Universitaria

Tras la puerta del camerino

Por Gabriela Benazar

No se dejen engañar por las apariencias: lo que por fuera puede parecer un inocente bar de strippers puede ser, por dentro, uno de los tantos burdeles clandestinos de la ciudad. Dentro del camerino del PG Night Club un grupo de mujeres de todos los colores, tamaños y formas se preparaban para venderle sus encantos al mejor postor.

Son trabajadoras nocturnas, como ellas mismas se denominan a la primera. Más adelante sí surgen los términos más reales: “yo soy puta”, “yo soy bailarina” y el nunca convincente: “Yo soy solo acompañante”.

Del desfile de mujeres que se paseaban por el local y se meneaban al ritmo de Calle 13, Samantha llamó mi atención. Cuando ingresó al camerino, sentí algo fuera de lugar en ella. Noté lo que su corsé negro intentaba disimular: un embarazo de siete meses. Lo supo hace dos y desde entonces no tiene sexo, solo acompaña.

Karelis también me sorprendió. Ella ni baila ni acompaña, solo atiende a sus clientes fijos y a extranjeros y los complace en todo lo que pidan. Ella también es madre y es la única mujer del local cuya familia sabe de su verdadera profesión. Confesó con dolor que su mamá nunca la volvió a ver igual después de saberlo. También confesó que lloró por horas después de acostarse con su primer cliente hace trece años.

Gina, Carla, Samantha, Karelis, Anyelí, Rosa…todas desaparecieron del camerino a medianoche para ir a trabajar dejándome sola entre trajes, maquillaje y plataformas.

Una vez fuera, me di cuenta de que cuando se cerré la puerta escondí tras ella historias de mujeres tan acostumbradas a ese inframundo que no pude evitar preguntarme si recordaban cómo era el amor, el sexo por placer y la libertad plena.