Ojo Cultura Universitaria

Picotazos de Honor

Adrenalina de la 14ta edición de Revista OJO

Disfruten el artículo de Adrenalina de nuestra 14ta edición

Por Pablo Luís Duarte Borges (@pabludu)

En la clandestinidad se mantiene viva una de las tradiciones con más longevidad en el mundo y en Venezuela: las peleas de gallos, donde el aire está lleno de plumas, sangre y golpes de garra

El ganador es tomado en los brazos, su sangre y la de su contrincante, mezcladas, corren del plumaje alrededor de su cabeza, donde el pico fue el arma mortal que dio los golpes finales. Los aplausos son mudos, sordos, en una arena donde minutos antes los asistentes coreaban “¡Vamos, gallo!”. El contrincante derrotado yace agonizante, lanza sus últimos suspiros bajo las escaleras del octágono de la pelea.

“Los gallos son violentos por naturaleza”, así lo indica José Ramón González García, quien es el fundador de este complejo gallístico, del que por razones legales omitiremos nombre y locación. Todos los domingos un grupo de personas aficionadas a esta actividad se reúnen desde hace más de diez años. Muchos llegan con los gallos en unas maletas, preparados para atacar, para picotear, moviendo continuamente sus patas en éxtasis deportivo. Son criadores, aficionados y entrenadores que apuestan según el más antiguo de los sistemas: la palabra de hombre. No se firman papeles, ni pagarés, ni facturas; lo que se debe se paga, porque el honor es lo más importante una vez que entras en los clubes.

Después de que terminan de pesarlos y categorizados respecto a su color, cuerda y peso, los animales son trasladados a cuartos donde son encerrados individualmente, en cajas de maderas para evitar que existan intervenciones maliciosas de los contrincantes. El honor existe, pero el dinero también.

González explica que siempre han existido maneras de garantizar una victoria rápida, con trampa. “He escuchado de galleros que les colocan a sus animales curare (veneno mortal) en sus espuelas. Una vez que la sustancia toca al otro gallo lo liquida en el momento”, sin embargo en este club antes de cada encuentro ponen limón en las aéreas de contacto como el pico, las espuelas, las garras: “El limón mata todo”.

En ese momento un gallo pasa por el proceso de clasificación. Su dueño lo sienta, lo recibe en cuclillas, el animal se acerca a él para arrullarse en sus piernas como si fuera un niño. Se siente la unión que se ha formado luego de los días y noches entrenando, hablándole, sin que el gallo sepa que todo acabará tal vez en algunos minutos.

Organizaciones como Aproa (Asociación Pro-Defensa de los Animales) en Venezuela aseguran que estas actividades precisamente se aprovechan de la naturaleza violenta de esos animales. Aproa ha llevado diversos documentos a la Asamblea Nacional buscando prohibir las peleas —que consideran crueles y morbosas—, para seguir el camino trazado por muchos países donde se ha vuelto ilegal el desarrollo de estos encuentros.

Pero al igual que las corridas de toros, esta actividad forma parte de las tradiciones de muchas familias y poblaciones. Como el caso de Luis Quevedo, quien lleva más de 30 años criando y formando parte de los clubes gallísticos. “Mi mujer es quien los cría y quien dice cuando están listos”. La esposa de Quevedo, a quien llaman la Señora Rosa, es conocida dentro del círculo de los clubes como La Macha, adjetivo que gana gracias al respeto que le tienen los otros miembros. La Señora Rosa sobresale en una actividad que siempre ha tenido de protagonistas a los hombres, donde la máxima concesión que se les daba a las mujeres era mirar, en pocos casos.

Las peleas de gallos están tan arraigadas en la cultura que probablemente continuarán, en pueblos, en ciudades, sin ánimos de esconderse. Los premios varían desde grandes cantidades metálicas hasta cinco cerdos, como lo hace en algunas oportunidades el club. El respeto y el honor son valores que se mantienen en una actividad criticada. Hombres se preparan, crían a sus animales, los tratan como verdaderos deportistas, para luego dejarlos en la arena donde los golpes y la sangre serán los cantos que hablarán por ellos una vez que no estén.