Ojo Cultura Universitaria

Newton cazando OVNIS

Para Licha, mi maestra de ceremonias

Pluma y papel 14ta edición de Revista OJO

Por Adriana Pérez Bonilla

Newton y yo siempre fuimos amigos, aunque nos hayamos conocido hace un par de meses. En nuestra segunda gran conversación nos ubicamos en la clasificación de “conversadores multitasking”; es decir, aquellos capaces de hablar de variados temas, en las posiciones más incomodas, sin agua ni comida, por horas, fumando despiadadamente. Ese día fue en la Universidad Central de Venezuela, alternando entre el banco de madera y el piso de cemento (los calambres, el cuello), me contó la anécdota que será esta crónica. Yo le pedí permiso para utilizarla, pero si me lo hubiese negado, igual se la secuestro, porque somos amigos y viviremos tumbándonos anécdotas cariñosamente.

Newton es un tipo del renacimiento, tiene talento para ver las conexiones entre todas las cosas, y, como es natural, cree en los extraterrestres. Más bien le sorprende la ingenua soberbia de la mayoría cuando creen que estamos solos en el universo. Algo así como cuando le preguntan a Stephen Hawking si hay vida en otros planetas y el pana pone los ojos en blanco, profundamente aburrido por una pregunta tan tonta (Yes, next question). Mi amigo Newton se autoproclama el E. T. venezolano, pero, me dice, le ha costado una bola construir el teléfono. Sin embargo ahí está, esperando a que lo vengan a buscar.

Ufólogo venezolano que se respete sabe que Mérida es la tierra prometida para ver objetos voladores no identificados. La Agencia de Viaje OVNI Tour CA (para los interesados: Av. Francisco De Miranda, Edificio Coimbra, Nivel PB, Local 6, Urbanización Chacao, Caracas) ofrece otros destinos como la Gran Sabana y el parque nacional El Ávila. Probablemente toda Venezuela sea una inmensa base para estos aparatos, pero debemos ser fieles a la historia y Mérida es frío, montañoso, enigmático, está ubicado en el occidente de Venezuela y hacia allá nos dirigimos; abrígate.

Se está en los tempranos veinte, se es joven, se mete ropa y enlatados en un bolso, se compra un pasaje para Mérida con el único propósito de cazar OVNIS y punto. Llegó entonces Newton a su destino, se dirigió hacia el Páramo, zona ubicada en la cordillera de Los Andes. Instalaba su carpa cada noche y se ponía a esperar que las nubes se apartaran para poder divisar la negrura primordial del cielo, escenario perfecto para que las luces de un OVNI brillaran con toda su intensidad.

Pasaron los días y nada, ni siquiera una luciérnaga. El dinero empezaba a escasear, un frío sin fisuras se rehusaba a dar concesiones y ya era tiempo de volver, bajo el burlón mirar de las estrellas, para Ciudad Gótica, Distrito Capital. Vamos Newton, si Einstein esperó dos eclipses de sol para comprobar la teoría de la relatividad, tú puedes quedarte dos nochecitas más, paciencia hermano. Empezaba a oscurecer, y, como se encontraba cerca de La Laguna Negra, hacia allá se dirigió para depositar en ella su última tonelada de esperanza (Además, una teoría dice que los OVNIS generalmente se presentan en lugares con abundante agua).

Llega un Newton absolutamente convencido de su soledad a la Laguna Negra y se pega el susto de su vida ¿Qué creen ustedes que se consigue nuestro cazador de OVNIS en ese arrebatado paraje? ¿Un trébol de cuatro hojas, flotante, fluorescente, de cinco metros? Frío, frío. ¿El Mandela venezolano listo y dispuesto a lanzarse a las próximas elecciones presidenciales? ¡Nop! ¿La famosa mata de real que citan los padres venezolanos cada vez sus hijos le piden dinero? ¡Nada que ver! Newton se pega el susto de su vida porque se consigue en la Laguna Negra de Mérida, nada más y nada menos, que a ¡33 maracuchos a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar!

Inciso necesario
Computer define Maracuchos

Una persona que haya sido bautizada con el nombre de Superman puede encontrar en Maracaibo a más de un tocayo, y esta comprobada irreverencia hace de los zulianos los verdaderos rockstars de Venezuela.

Fin del inciso

De vuelta en Mérida, los 33 estudiantes de geología de la Universidad del Zulia recibieron a Newton como un hermano masón. Ya tenían dispuestas sus carpas en la parte más plana del sitio, e invitaron a Newton a armar la suya, allá arribita, en una piedra con una superficie irregular, digno soporte de los sueños de un faquir (llevaste mi rey). Un maracucho reencauchado lo reconoció, se habían conocido en la Universidad Central de Venezuela años atrás.

-Con que cazando OVNIS.
-Bueno sí, pero ha estado nublado desde que llegué.
-Yo te tengo un cuento buenísimo sobre esa vaina, ¡te vas a quedar loco!
- Chamo, qué ladilla, está garuando.
- ¡Palo de agua!

Uno por ahí: ¡Me estoy cagando del frío! Otro: ¡Esta vaina se está inundando! Carlos Angustia: ¿Dónde metemos los bolsos? ¡En la carpa de Newton! Y así se procedió. Los 33 (número mágico) parapetearon la cosa como pudieron y el dueño del fuerte insumergible se acomodó como pudo entre los morrales.

Con esa gran cantidad de agua y nubes, la esperanza de ver un OVNI esa noche se iba por el caño. Pero no hay nada más poderoso en el mundo que una pasión, pensaba Newton, quien imaginaba objetos voladores de todos los tamaños y colores, esperando por él en los sitios menos esperados, con mucha suerte, a la salida del cine. Y esa cadena de pensamientos lo llevó, inevitablemente, hacia el amor, porque, a falta de calefacción, Newton no encontró mejor forma de combatir el frío que pensar en la chica de sus sueños.

El imaginario de un sci-fi lover es muy rico en detalles y para ellos resulta pasmosamente fácil violar cualquier ley de la física en sus fantasías. Esto gracias, entre muchos otros, a Julio Verne, y después, más a delante, a la santísima trinidad conformada por el cine, los comics y la televisión.

Cuando la chica de sus sueños entrara en su campo magnético, ella no tendría más que poner su pulgar sobre el detector y una vez confirmada su huella dactilar, una voz robotizada diría: Permission granted. Y ahí sí, mami, amor sin gravedad. Era lo mínimo que podía imaginar Newton a la hora de entregar lo más vulnerable, a riesgo de cualquier desastre amoroso.

Pero eso sería en algún punto del futuro, por los momentos, ya amaneció y los maracuchos tienen un barullo de proporciones bíblicas mientras hacen el desayuno. Gracias por guardarnos los morrales, hermanazo, aquí tienes, buen provecho, ese perico quedó al pelo. Te venís con nosotros en el bus de la universidad, te damos la cola para donde quieras.

Ya en vía hacia Maracaibo, el maracucho reencauchado echó el cuento. Resulta que se fueron un geógrafo, un botánico y él, el geólogo (el trabuco científico) para la Gran Sabana a realizar una excursión. Mientras caminaban por la selva tropical, (estaba oscureciendo), las agujas de las brújulas empezaron a dar vueltas, fuera de control (los ufólogos aman las historias que empiezan con brújulas locas). De repente se encontraron con un círculo perfecto sin vegetación y una luz intensa que calzaba en la figura. Como es natural, salieron corriendo despavoridos, y en pocos minutos todo volvió a la “normalidad”, brújulas incluidas.

Te lo juro por mi madre santa, Newton. No hay necesidad de jurar, bro, yo te creo. Si la fuerza me acompaña, yo no saldré corriendo, porque me he preparado todos los días de mi vida para esto.

Esperando abordar el autobús, Newton conoció a un chamo llamado Ovni Ramírez, pero eso no vendría a ser una casualidad, ni una señal, ni nada, simplemente estaba en el terminal de Maracaibo.