Ojo Cultura Universitaria

Bonsoir, París

'Mochilero' de la 14ta edición de OJO

Por Natalia Martín.

Al llegar a París me encontré caminando entre un montón de “¿Vous êtes perdu, madmoiselle?” de árabes y moros, vecinos de mi mala decisión de hostal. “Sí, je suis perdu”, hasta que encontré el St. Christopher’s Inn Backpacker’s Hostel. Llegué al hostal, dejé mis cosas en el locker del sótano y fui a ducharme para salir al encuentro con Alexandre Cherreau, el chico con el que había quedado a través de CouchSurfing, una página internacional de viajeros que te permite encontrarte con residentes de las ciudades para que te la muestren e incluso puedes dormir en sus sofás.

Había quedado en encontrarme con una amiga, Lucía, que no llegaría hasta el día siguiente a París, por lo que debía resolver sola esa tarde-noche y principio de mañana.

Quise ir caminando hasta Notre Dame, lugar del encuentro, pero al cabo de un rato me di cuenta de que era imposible porque no tenía ni idea de dónde estaba parada y París, mon cheri, es enorme y compleja. Me fui en metro, llegué y esperé frente al gran rosetón de aquella catedral centenaria. Sentí cierto orgullo al darme cuenta de que recordaba la zona de mi anterior visita a París.

Esperé.

Lo llamé, preocupada por no encontrarlo. Me comunicó al buzón de voz y me llamó la atención, uno, que después de estar estudiando francés tantos años, no entendí nada, y dos, que el tipo se reía al final de su mensaje.

Lo vi.

“Qué lindo”.

“Hi, Alexandre?”, “Yes, Natalia?”, “Yeah, hi!”. Al principio no le entendía mucho por el marcado acento francés, pero después el oído se me acostumbró. Hablamos de lo típico: qué hacía yo, ¿y él? Diseñador, yo también. Me llevó al Instituto Arábico de París, desde donde se podía apreciar toda la ciudad con una vista que ningún panfleto te vendía; exactamente lo que estaba buscando.

“Qué lindo”.

Hablamos de la vida, del drum & bass, de Berlín; las drogas y nuestro coqueteo con ellas fue parte de la conversación que fluía entre enormes edificios viejos y hermosos a las seis de la tarde un París otoñal.

 

Le dije que me llevara a un bar que ningún turista encontraría nunca; el vino era malo pero barato y el sitio estaba adornado con banderas y velas, y con franceses envueltos en bufandas gruesas que anticipaban un invierno helado. Hablando de todo, nos dio por fumarnos otra realidad y fuimos a casa de Etienne, su amigo viajero que usaba pantalones de Malasia y sombreros de Chile. El piso estaba en el centro, en Gare du Nord. Era rojo y enorme, y desde 1902 se alquilaba al mismo precio, a la misma familia; es decir, una ganga.

Allí me enseñó al genial francés Jacques Dutronc, que en vinilo retumbaba en las paredes rojas y centenarias. Yo hablaba en español con Paula, una francesa de padres ibéricos que quería ser diseñadora, pero estaba atrapada en el derecho, mientras Alexandre hablaba con Etienne de cualquier cosa que sonaba perfecta en ese idioma divino. Dejamos a la pareja bailando en medio del salón por insistencia de Paula, que no quería soltar más a Etienne. Pensé que el surrealismo era un imperativo en la vida de aquellas personas: comían queso y tomaban vino en cantidades sorprendentes, todos habían vivido en alguna esquina incógnita del mundo y bailaban en medio de las reuniones porque sí; los europeos no suelen bailar en medio de las reuniones porque sí.

Fuimos a encontrarnos con Rémy y Anne, ambos modelos altos, delgados y bellísimos, que fumaban y hablaban en francés, a veces en inglés por cortesía hacia yours truly y solo Anne chapurreaba español en algunos momentos de inspiración. Fue ella la que dijo una frase que me maravilló y me anotó en el pasaje de tren Barcelona-París: “Ce n’importe quoi” significaba “o todo o nada”, según su traducción personal, que aplicaba todos los santos días de su vida de fotógrafa y modelo.

Alexandre hablaba y se me iba haciendo más conocido. Era un diseñador de 25 años que estaba haciendo su tesis sobre la teoría del caos y la armonía. Comimos queso, cómo no, y tomamos vino y vino y vino, en el bar de Giorgio, (un francés muy estereotípicamente francés) en Montmartre, el barrio más lindo del mundo con callejuelas imposibles y artistas ambulantes. Alexandre le compró una estampa de una flor a uno y me pidió que se la guardara. Me dijo que tal vez lo olvidaría conmigo porque algunas veces uno se olvida de las cosas a propósito.

“Qué lindo”.

Llegó una hora de la noche en la que sabíamos que había que hacer algo: Rémy y Anne se fueron en dirección contraria a la que nosotros tomamos después de que Alexandre me dijera que nos tomaríamos un par de tragos y en seguida me llevaría hasta el hostal andando, ya que el metro hacía rato que había cerrado. Mentiroso. Robamos dos B-52 en un bar de la zona y nos compramos una botella de vino tinto para pasar el frío y mezclarla con el humo del splif que nos fumamos en lo alto de una escalinata blanca ridícula y perfecta de París; qué viento. A veces llovía y fue en una de esas que por protegernos de la lluvia nos fuimos a resguardar bajo un portal blanco con puertas de madera y flores rosas alrededor que se mecían tranquilas entre el viento y la lluvia ligera. La luna se veía perfecta en el cielo oscuro. Yo hablaba notando su mirada y apreciando su silencio lleno de mil palabras.

“Sé que me quieres besar”, le dije en inglés. “Yes”, me contestó y me besó. Lo que siguió a ese beso, como me di cuenta después, fue la razón por la que hice ese viaje. Me quedé un par de días más en París y luego de recorrer Europa volví para verlo. Nos quedamos en el cementerio Pere Lacahisse después de que cerrara, fumando al lado de Oscar Wilde, comimos en frente de su árbol favorito y el último día antes de irme pintamos un mural en un parque con niños alrededor. Cuando me subí al tren que me llevaría al Charles De Gaulle y luego a Caracas, le dije que no me olvidara. “I can’t”, le escuché cuando las puertas del tren se cerraron.