Ojo Cultura Universitaria

La desmesura de Fernando Vallejo

Un perfil diferente que muestra un lado desconocido

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

Reconocido con dos de los más importantes premios de la lengua castellana, el FIL de Literaturas Romances y el Rómulo Gallegos, Fernando Vallejo es un polemista nato, cuyo desbocado discurso causa en igual medida rechazo y admiración. Este es un perfil híbrido, huérfano, apóstata, hecho con retazos de sus libros, de entrevistas, de discursos, en los que la voz indignada de Vallejo resuena como una de las más sonoras del continente.

Los libros me han dado los momentos más felices de mi vida. Sandokán todavía es dueño y señor de Borneo en mis recuerdos. Pero solo en el pretérito. Ya no leo literatura, no me interesa.

Ahora me obligan a hablar de mí mismo sin el Fernando de los libros. Sin ese personaje que soy yo que son mis recuerdos. Soy un escritor de autobiografías, incluyendo la mía. La tercera persona es una impostura, una mentira, una abstracción, una ardid espurio. Como Dios. Los periodistas no han terminado de entender que yo escribo para olvidar, para aligerar el sufrimiento que es la vida y que me han impuesto; todo este dolor. Me piden hacer acopio de mis premios, contar mi vida para que otras cobren significados o para qué se yo. He decido ceder y hacerle el juego a los impostores.

Mi primer libro lo publiqué en 1983. Siempre he tenido un enorme interés por el lenguaje. Me impresionó cuando joven Apuntaciones críticas sobre el lenguaje colombiano, de Rufino José Cuervo, gramático colombiano presa de la desmesura, el primer filólogo del español, un intelectual que personifica el exceso colombiano, país alucinado y asesino. Colombia es la podredumbre del alma. El Homo sapiens en esencia es una bestia de lujuria y simulación, un pecador nato que copula y miente, Cuervo, en cambio, era un santo, y más vale un santo mío que cuatro mil de la Iglesia. Siempre quise saber de él, desde niño.

Sospechaba que Cuervo era un santo pero no lo podía afirmar. Después de un investigación exhaustiva, de leer dos mil seiscientas cartas suyas, escritas a unos doscientos corresponsales, queda confirmado: un santo a carta cabal, milagroso. Primer milagro: que un simple biógrafo de los de infantería como yo, un patirrajado que se pasó años y años siguiéndoles los pasos a Porfirio Barba Jacob y a José Asunción Silva (dos poetas, dos bribones) haya ascendido a la categoría de hagiógrafo. Y no uno del común, mucho más: un hagiógrafo canonizador, de los que soy el primero y por lo pronto el único. Conmigo se inicia el género. Un enemigo sí tengo, un alma perversa, dañina, mala: Wojtyla el polaco, el bellaco, más conocido en vida por el alias de Juan Pablo II, alimaña blancuzca y protagónica de raza eslava que se pasó los veintiséis años y medio de su pontificado, sin irle ni venirle, azuzando la paridera y canonizando a diestra y siniestra con su mano suelta y despilfarradora, la derecha, que más parecía una manguera loca que una mano pegada al brazo de un cristiano. Entre beatificados y canonizados infló el santoral en cuatro mil. Pues una cosa sí te digo: que vale más un santo mío que cuatro mil de ese engendro.

Una obra desmesurada como el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana pretendía reunir etimologías, significados, comparaciones. Era una empresa imposible que se propuso san Rufino José Cuervo Urisarri en 1872 y que solo pudo ser terminado en 1994 por el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Leyendo sus primeros tomos y las Notas a la gramática castellana de Andrés Bello fue que me enamoré de nuestro idioma. Mi primer libro se llamó Logoi, una gramática del lenguaje literario, y fue mi intento por aportar a un área inexplorada; el último es, precisamente, El cuervo blanco, que los periodistas con sus frases hechas han tildado de un libro “lleno de humor y amor a la lengua española”.  Pero me dices que quieres saber de mi vida, perdóname.

Los días azules en Medellín ya no los recuerdo con la misma tristeza abrasadora. Son un faro de las papeletas que en los ríos diáfanos llamaban a la navidad, al nacimiento del niño Dios. Arriba, arriba se elevaban por entres los cerros y se perdían. Llegaban a Roma, a Nueva York, a México. Hasta que tuve que decir: esa mala patria de Colombia ya no es la mía.

 

En la entrada de Santa Anita, la hacienda de mi infancia, ahora hay unas casas horribles. El tiempo las barrió con su vendaval de olvido. Solo queda en mi corazón. Luis Ospina, cineasta colombiano, hizo una película sobre mí: La desazón suprema. Lo dejé porque nos une una amistad muy noble, de muchos años. La camarita me siguió. También a mi familia. Ahí mi hermana Olga habla del desastre que era mi casa. De mi mamá a quien llamo la Loca, la gran paridora, la bestia egoísta que nos impuso la vida a mí y a mis hermanos. A Papi, en cambio, lo quise mucho, aunque sea igual de culpable; pero a quién más he querido es a mi abuela Raquel Pisano. De niño, ella me contaba cuentos de brujas, cuentos de miedo, yo me le acercaba todas las tardes y la llamaba abuelita, abuelita, contame algo. De grande, se invirtieron los papeles, era yo quien le narraba historias, me inventaba noticias sobre muertos, catástrofes y vecinos que se ganaban la lotería, por eso todo el tiempo me cuestionaba, me decía no me contés esas mentiras. Por ella, por mi abuela, fue que a la gran danés adoración de mi alma, una perra negra con una mancha blanca que era la marca de Satanás, le terminé poniendo Bruja, Brujita, ella está en todos los libros de El río del tiempo.

Las personas que yo quise y que murieron me jalan todos los días hacia la tumba. Es muy difícil seguir sin ellos. La única forma que tengo para seguir viviendo es olvidarlos. Ya los borré definitivamente en El río del tiempo. La hacienda de Santa Anita también se acabó, en ella fueron mis momentos más felices, ahí aprendí a tocar el piano, que no pude continuar sino como aficionado porque mis oídos sufren de la misma cerrazón con que los españoles enfrentan la vida, ese pueblo loco que tuvo a Cervantes el alucinado, el mejor escritor de nuestra lengua.

Pero nada se compara con nuestra vida aciaga. Les digo a los muchachitos de Colombia: ustedes han tenido la mala suerte de nacer, y en el país más loco del planeta. No le sigan la corriente, no se dejen arrastrar por su locura, pues si bien la locura ayuda a sobrellevar la carga de la vida, también puede sumarse a la desdicha. El cielo y la felicidad no existen. Esos son cuentos de sus papás para justificar el crimen de haberlos traído a este mundo. Lo que existe es la realidad, es la ruda realidad, este matadero al que venimos a morir cuando no es que a matar y a comernos de paso a los animales, nuestro prójimo. No se reproduzcan, no hagan a otros los que hicieron con ustedes, no paguen en la misma moneda, el mal con el mal; que imponer la vida es el crimen máximo. La patria que nos cupo en suerte es un país en bancarrota, en desbandada, una pobre ruina de lo que antes fue. Y, como yo, que un día me tuve que ir y justo por eso les estoy hablando, probablemente también se tengan que ir ustedes. Pero ya no los van a recibir en ninguna parte, porque ya no los necesitan ni los quieren. ¿Qué se puede desear de un país de atracadores, de extorsionadores, de secuestradores, de asesinos, de poetas, de políticos, de curas, sino que se acabe? Somos el ocaso que no tuvo amanecer.

Te hablo como lo hago en mis libros, para adelante y para atrás, perdiéndome en por las esquinas del alma. A Colombia la fea siempre la voy a imprecar, pero porque la amo y la sufro como la más supurante de las heridas. ¿Me preguntas quién soy yo? ¿Que cómo me defino? No me hagas invocar al Gran Dragón, antigua Serpiente, señor de mi reino ardiente donde solo impera la voluntad caprichosa de mi corazón de fuego, soy el rebelde, el tentador, el orgulloso. Soy el déspota, el despótico, el convulso, el ansioso, el traidor, el tendencioso, el cínico, el burletero, el puñetero, el embustero. El formidable, el presuntuoso, el licencioso, el arrogante, el insurgente, el insolente, el estridente, el putrefacto, el inmundo. El brutal, el bestial, el patán, el cornudo, el lúbrico, el réprobo, el renegado, el prepotente, el diforme, el espectriforme, el anonadador, el calumniador, el embaucador, el deicida, el perverso, el siniestro, el excecrable, el irascible, el turbulento, el heterodoxo, el hirsuto, el aguafiestas. Soy el que soy. Soy Caín, soy Judas, soy Sargón, soy Nabucodonosor, soy Hitler. Soy el chacal de Pío Doce y Pablo Sexto. ¡Y hay del que se me oponga! Señor por vocación íntima, ángel negro, ángel herético, demiurgo, jamás serviré. No nací para esclavo.

Lo digo desde el infierno, desde los Años de indulgencia que pasé en Nuevo York, en realidad uno solo que se transformó en errantes días por calles llenas de negros flojos, de mujeres paridoras y frío lacerante. Después de ese año me fui para México, país en el que vivo desde 1972, que me abrió las puertas para hacer mis películas, oportunidad que Colombia me negó. Hice tres, pero la primera, Crónica roja, ganó en 1979 el Premio Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas a la Mejor ópera prima y Mejor ambientación. Me la prohibieron en mi país, cuando pensé que podía decir algo sobre la violencia. ¿Qué iba a hacer, una película sobre pajaritos, sobre florecitas? Del cine me he decepcioné completamente. ¿Cómo puedes decir infinito con imágenes? Es un lenguaje menor; la música, en cambio, es el mayor, el universal. Carlos Monsiváis decía que yo no me llevaba bien con los críticos, que no supe tratar a los medios de comunicación. Quién sabe. ¡A tomar por el culo todos!

 

Los medios de comunicación se sorprenden porque me gustan los muchachos, porque digo que la pederastia es de las pocas prácticas que liberan a la Iglesia, que redimen al prójimo, al cura y al niño. Mucha gente es absolutamente homosexual. Mucha gente es absolutamente heterosexual. Micha gente es bisexual, está entre los dos extremos. Y mucha gente es hipócrita. Para mí sería mas angustiosa la vida si yo se la hubiera impuesto a alguien. De eso me salvé al haberme acostado con muchachos en vez de con mujeres. Tuve la suerte de caer en otro camino y no en la trampa de la sociedad colombiana: casarme, tener hijos y hacerles ese mal inmenso.

No estoy solo en estas ansias. De los episodios más dolorosos de mi vida está El desbarrancadero, sobre la enfermedad y convalecencia fulgurante de mi hermano Darío. Él y yo íbamos por la calle Bombay de Medellín, por los caminos de Antioquia en el viejo Studebaker recogiendo muchachos y atropellando viejas. El sida lo mató, la vida, la velocidad desaforada con que la vivió.  Encerrado y famélico le daba lumbre al porro y yo le decía a Darío fumá, fumá más y perdete en las volutas del cannabis, en la anestesia de su sabor ahumado. Con él gané el Rómulo Gallegos, pero lo hice fue para olvidar, perdoname de nuevo que repita tanto. No hago libros para venderlos, no soy mercader. Los cien mil dólares del Rómulo en ese año 2003 se los di, completos, a asociaciones que resguardan los perros callejeros de Caracas. Los animales son nuestro prójimo, no hay ser más inocente y diáfano que un perro. Mi hermano Aníbal y su esposa Nora tienen en Medellín la Sociedad Protectora de Animales, un refugio donde mantienen unos 500 perros y 300 gatos desde hace muchísimos años. Él es quien me ha ayudado siempre a seccionar las fundaciones a las que les dono mis premios.

México me ha cobijado y en 2011 me dio el FIL de Literatura Romance. Discurrí, agradecí, imprequé, pero también les conté mi historia a ellos: yo venía de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música: se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de ayer. ¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién odias para odiarlo?. Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde mi primera noche en el Tenampa y ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso hablar. Solo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.

Tampoco me quedé con ese metálico espurio. No soy del PRI, no soy un bribón sediento de manejar plata. Así, también hay un revuelo porque ya no soy colombiano. ¿Cómo no voy a ser colombiano? Renuncié a mi nacionalidad porque este país me cobijó y porque me gusta hijueputearlos a todos. México está muy desligado a mi sensibilidad; con los antioqueños nos adivinamos el pensamiento. Me quiero morir en Colombia, en Medellín, donde a tantos otros han matado. Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.