Ojo Cultura Universitaria

“El gran mordisco” de Héctor Torres

Pluma y Papel del escritor para la 14ta edición de OJO

Por Héctor Torres

“¿Realmente me acuerdo de esto?

¿Fue exactamente así como sucedió”

Roddy Doyle

 Aquí la cosa avisa con tanta antelación que a quien agarran fuera de base es porque le tocaba. Como al Amargo. Había estado donde la Cuarto y, en vez de seguir hasta su casa, decidió pasar por la plaza. Cuando la Muerte se acerca, suelta primero sus perros, que muerden a su paso todo cuanto se mueve, mientras van al encuentro de su presa.

Pero esos perros no se ven, ni se oyen: se huelen. Y se siente. Se siente cuando atraviesan en su carrera los cuerpos de los vecinos. Es un frío que obliga al silencio, a aguzar los oídos, a despertar lo dormido para ver si se logra intuir por dónde viene la cosa. Todo el que vive Aquí lo ha sentido. Cruzando los brazos, como arropándose, suele decir:

—Yo como que me recojo temprano.

El Amargo había comenzado a escuchar esos mudos ladridos. Cuando llegó la cancha se había quedado vacía. El baile de los ojos era lo único que se veía dentro de las ventanas. Hasta los Blindados se habían evaporado, que ya es decir bastante. Cuando es contigo es contigo, se dijo y escupió algo que debía ser el valor, porque sintió un frío que subió de los pies hasta el tórax.

Y un cansancio largo.

Podía correr. Eso es lo que querían hacer sus pies. Podía. Las otras opciones le cayeron como una celada. Gritar no. Eso no es cosa de varones. Optimista como era, se imaginaba que si salía de esa, ¿con qué cara iba a andar por escaleras y callejones después de haber suplicado? ¿Cómo se anda por la calle sin el respeto como compañero?

No: gritar, arrodillarse, rogar, no eran opciones.

Apenas vio que venían por las escaleras, advirtió que se le habían acabado las salidas. Cuando comenzaron a bajar corriendo, todos los ojitos dentro de las ventanas no hacían más que preguntarse, sobre el silencio que cayó de pronto, que hasta cuándo…

Cuando salen a buscar a alguien, el mandado nunca queda sin hacerse. Los perros de la Muerte tienen olfato fino. El que huele a muerto ni que se bañe en colonia… Él sabía que no valían ruegos y que ellos no saben de sobornos. Pa’ morirse lo único que hace falta es estar vivo, decía el viejo Ramón. Y llegar a viejo Aquí no es tontería.

Pero hay gente que cree que está viva aunque ya está mordida.

Como Cabilla. Se arrastró, gritó, intentó abrazar al Marciano (se ganó un bofetón por eso) y el plomazo igualito lo clavó de la acera. O Chani, que cuando vio a los Pitufos rodearlo, cargó por puro instinto al carajito, que lo tenía al lado. Hay que ser muy sucio para disparar hacia donde está un chamo, pensaría. Y la mujer, que lo quería que jode, le gritaba que soltara al chamo, porque un hijo es un hijo. Suelta el chamo, Chani, le dijo Papapitufo, que la culebra es contigo. Coño, pana, quiso parlamentar Chani… Que sueltes el chamo le volvió a decir aquel, virando los ojos como un demonio, mientras montaba la bala que tenía su nombre. Coño, pana, intentó replicar a falta de argumentos que no terminaban de llegar. Cero charla, gritó el coro y [bummmm] le dispararon en una pierna. En lo que se encogió y soltó al carajito, decretó su punto final.

Eso sí, Aquí todavía nadie se atreve a disparar hacia un carajito.

El chamo lloraba, pero era porque lo asustó la detonación, porque lloraba sin fijarse que el papá estaba tirado en el suelo. ¿Qué va a saber de muertos y del vínculo de la sangre un chamo de dos años?

Después de la plomazón los Pitufos se fueron corriendo y se cambiaron la ropa. La que tenían puesta, salpicada de rojo y de otros curiosos colores, se fue a dar un baño sin retorno para la quebrada. Después los veían, como si nada, en las escaleras, hablando y riendo.

Por eso es mejor comportarse.

Estaban dos en las escaleras que dan a la Redoma del Totumo, y otros dos en las escaleras que los llevaban al pasaje donde vivía la Cuarto. De donde había bajado. Lo habían estado siguiendo y no se había dado cuenta. Si así de pendejo me he vuelto, entonces ya no merezco vivir Aquí. Aunque sabe que cuando la vaina avisa con tanta antelación, cuando te agarra no hay de otra.

Bruscamente hizo el ademán de sacar algo de debajo de la franela, y…

Esos bichos son despiadados. Por eso hay que morir en silencio, dignamente. A Culebra lo emboscaron en la vuelta del diablo, en las escaleras, frente a la casa azul con platabanda. Ahí, en la madrugada. Lo que se escuchaba era ¿Yo no te dije que te dejaras de eso? ¿Ah? [bummm]. ¿Tú creías que te me ibas a perder? ¿Ah? [bummm]. ¿Tú me viste cara de pendejo? ¿Te parece que soy pendejo? [bummm]. ¿Viste que igualito te iba a joder? Dime, pues. [bummm] ¿Y entonces? ¿Dónde está tu viveza? Y entre tiro y tiro, del Culebra lo que se escuchaba era la respiración. Demasiado varón para rebajarse al quejido.

A la mañana siguiente seguía viendo al vacío. Con furia y sin una pizca de  miedo. Ocho tiros se escucharon.

…El primero le dio en la espalda. Las piernas se le fueron y cayó al piso. Esperó hasta sentir los otros dos, que llegaron casi al mismo tiempo. Vio a los bichitos corriendo hacia abajo (de seguro hacia casa de Diente, especuló) y, luego del silencio que cayó, vivió un momento de paz que pensaba que nunca se podría sentir Aquí.

Y lo peor es que no se lo iba a poder contar a nadie.

El baile de los ojitos comenzó de nuevo, antes de animarse a abrir las puertas. Cuando empezaron a rodearlo, él ya estaba ocupado en otras cosas. Estaba en la casa de la negra Mariana, echado en la cama, viéndola ir desnuda a buscarle una cerveza que el marido había dejado en la nevera. ¡Cómo movía las nalgas, Dios bendito! Estaba montado en la moto, dejando atrás a unos policías. Estaba hablando con el Kemao, el hermano de su mamá, pensando qué responder a su pregunta. Policía, dijo al fin. ¿Qué? No señor, en la familia ha habido de todo menos policías. Él tampoco entendió mucho pero le gustaba que lo tomaran en cuenta.

Sonrió maravillado que lo de las películas cuando te estás muriendo no era mentira, pero es al revés: primero vives la película y luego ves el trailer.

Pasó, también, el momento glorioso en que Chúo le dijo, antes de irse: Yo me voy de aquí, pero luego vengo a buscarte. Guarda esto hasta que vuelva. Es la contraseña para reconocerte por si has cambiado mucho. Y le metió en el bolsillo una bala de treintiocho que, si hubiera tenido fuerzas, la buscaría por si se la pedían en ese cielo o ese infierno en que el gran Chúo, el tipo más grande que sus ojos llegaron a ver, lo estaba esperando.

¿Me reconocerá?, se preguntó en el borde del sueño.

¿Se fueron?, ¿pa’ dónde cogieron?, ¿lo quebraron?, indagaban las voces.

No lo veo desde que era chamo, se dijo ya sin recordar de qué hablaba.

Tenía que estar durmiéndose, porque dejó de escuchar las voces. O ya muerto, pensó, pero ya no le importaba la diferencia. Y de buena gana hubiera vuelto a sonreír, porque descubrió contento que, después de todo, el gran mordisco, ese al que tanto le huyó, casi no duele.