Ojo Cultura Universitaria

Qué pasa cuando tu banda favorita se vuelve popular

Reflexión de Jesús Torrivilla

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

El tío rockero siempre te echa este cuento: antes, para descubrir nueva música, había que esperar a que uno de tus panas viajara y se comprara los discos que, de regreso, pasaban de mano en mano como objetos de culto, como la evidencia efímera de un ruido emocionante, melódico y redentor. Conocer novedades no era tan fácil. Había que estar pendiente de la radio y de lo que pusiera el disc jokey. No estaba soundcloud para ser fanático de las grabaciones caseras de una banda en Portland que molesta hasta a los padres de los chamos pero que tú amas, tanto, que quisieras mandarles un cuatro de la colonia Tovar, para que completen su formación de banjo, sintetizador y xilófono.

Compartir música siempre ha sido complicidad. Cuando llega el momento de la vida en que uno deja de escuchar “de todo un poquito, de pana que a mí me gusta todo tipo de música, Bob Marley, Ricardo Arjona, Black Eyed Peas [¿todavía existen?]”, empezamos a tomar parte de los rituales. De ordenar con cuidadoso preciosismo la biblioteca del iTunes, de bajarte el EP completo de un artista para conocer verdaderamente su sonido. De reunirte para poner ese disco. Son ceremonias que asientan amistades y consolidan relaciones. Es música entre pecho y espalda, armonioso fanatismo, fruición del rock.

Encontrar una nueva banda no es completamente sencillo. Ahora todo el mundo tiene Internet. Pitchfork pasó de moda, pero la mayoría de tus panas lo revisa en secreto. Cada quien tiene su lista de blogs, sus twitteros patria o muerte. Hay demasiadas banditas. Y festivales. Y listas de discos, recopilaciones. Pero cada tanto ocurre el fogonazo: escuchaste un sencillo, viste el video que hicieron en la sala de su casa con gatos que toman té Darjeeling, o los panas tocan nada más guitarra y batería y suenan a ese punk de adolescente, a esa maldita fuerza vital a la que todos los grupos indie renunciaron por los corbatines, pantalones brinca pozos y pose ecologista. Coño. Esta es la banda.

Le pasas a un pana los links. Qué brutal. Y solo es el LP, cuatro canciones. De vez en cuando lees reviews de los tipos. Todos son laudatorios, sobre todo, de blogs que conservan un aura underground, sin descubrir, que jamás saldrían recomendados en una revista dominical. Si tienes la suerte de que están en tu ciudad, vas a los toques. Aunque lo mejor sería que eso no pasara. Este es otro tema, pero imaginemos que no forman parte de ningún circuito. Que las tres fanáticas locas que tienen son oscuras y están buenas, con pantalones rotos y mirada esquiva. Tripeas en ese concierto. Hacen un pogo triste en el que das coñazos como venganzas.

Después se va armando la catástrofe contradictoria. Porque pensaste: más personas deberían conocerlos, tienen un talento increíble. Pero te arrepientes. Porque las otras personas son un universo innoble. De eso te das cuenta de inmediato, cuando pasa la euforia del editor, la de Max Brod cuando creyó en los borradores inacabados de Kafka.

Las giras atraen cada vez a más gente. Los periodistas se vuelcan con tu mismo furor a escribir sobre ellos. Primero los que tú respetas. Dices: tengo oído para el futuro. En la radio de la BBC los encumbran. Les dan más presupuesto a sus videos, a sus experimentos conceptuales. Pero empiezas a sospechar cuando llega a otras manos menos afines. Se difunde tanto que escuchas al insoportable de la universidad echándoselas porque descubrió una banda arrechísima, guón. Entras en negación. ¿Cómo mi sensibilidad, tan trabajada en horas de escucha, navegación y lectura se va a parecer a la de este tipo? ¿Cómo coincidimos en esto? ¿Será que soy igual a él? Es un espejo distorsionado y deshonroso.

Para muchos, el peor miedo hipster se confirma. Es una puñalada amarga. Soy tan guevón para que me guste esa banda y soy el doble para que me deje de gustar ahora que todo el mundo la conoce. Es descubrir que tengo gustos pedestres, que no soy ningún Max Brod, que soy el tipo con corbata que vio la plata detrás del Código Da Vinci. Qué miedo al mercado. De pronto ocurre lo peor: los adolescentes la encuentran. Gritos incontrolados, conciertos masivos, MTV, Grammys. Salen a tocar con lentes de sol en un bar. El acabose. Y el espiral: soy tres veces imbécil, aquello sublime está manchado porque todo el mundo ahora dispone de lo mismo. Tengo los mismos gustos que ellos, soy una distopía socialista, todo igual, todo paupérrimo.

Dices de su primer disco: qué bueno, pero qué pendejo. Menos mal que el segundo es una mierda. Menos mal que en su otro video se vendieron.  Comienza el proceso de buscar argumentos para romper la relación. Para sepultar en una carpeta esos mp3 infames. Te pones a escuchar Sigur Rós. Los Rolling Stones. Apuestas seguras del pasado. Qué ladilla la moda. A buscar otra vez lo que hicieron los Flaming Lips en los ochenta. Y Youtube de nuevo. Y qué bolas que hasta en El Propio reseñaron el tercer disco de esos panas. Mi primita los oye. Van a dar un concierto en Bolivia. Le vendieron una canción a una propaganda de Graffiti y pegó. El vocalista se empató con Katy Perry. ¿Dónde quedó la arrechera contra el mundo, la indignación contestataria? La respuesta quizás no la encuentres nunca, amigo, solo no dejes que te llamen melómano, al menos hasta que pases los cuarenta.