Ojo Cultura Universitaria

En tarima con Foo Fighters

'Mochilero' de la 15ta edición de Revista OJO

Por Federico Santelmo -@fedesiete

Gracias a que oportunamente me di cuenta de que no había seguridad franqueando la entrada, me encuentro en un backstage arrechísimo tomándome un whiskey con refresco rodeado de artistas como Skrillex, Foster de People, Morodo y Tinie Tempah. En eso, el gran creador del festival, Perry Farrell, su esposa —me permito incluir un inciso para enfatizar lo atractiva que es— e hijos aparecen. Mantengo un ojo a sus movimientos; la clave para conocer a los Foo podía pasar por él. Mientras, pido otro whiskey.

 

“Están aislados, no hay manera de entrar a su camerino”, me dice uno de los técnicos de sonido al observar mi interés. Y justo en ese momento la familia Perry se dirige hacia la salida del lounge artístico y quién sabe a donde. Él, su esposa, sus hijos, su suegra y yo. Los sigo muy de cerca, no me encontraba a más de un paso de distancia y, al pasar por fanáticos, la gente incluso me saluda.

 

Bajamos por una rampa de estacionamiento, superando numerosos guardianes del orden, hasta llegar a un pasillo. Mis ojos se detienen en un cartel colorido que anuncia: “Foo Fighters Room” y una flecha hacia la derecha. Perry  y compañía cogen hacia la izquierda. Momento de independizarme. Avanzo hasta llegar a una puerta custodiada por un atento vigilante; “¿Quién eres tú?”, pregunta con cara de desconfianza, a lo que mi respuesta natural fue:I’m part of the crew of the Foo Fighters. El hombre no hablaba inglés y llamó a su supervisora. La joven me hace la misma pregunta, vuelvo a decir la misma respuesta, en inglés. Oh! ok, What’s your name?”. Y yo —jamás sabremos qué pasa por la mente en esos momentos— respondí “Mathew Perry”. Sí, usted que alguna vez vio la serie de televisión Friends identificó fácilmente el nombre del actor que interpretaba a Chandler Bing. Ok Matthew, let me just check the credentials. Come with me, y la mujer me hizo pasar la puerta resguardada por el vigilante desconfiado.

 

Wait here”, me dice mientras llegamos a un salón pequeño, y ella va a un cuarto distinto a hacer las averiguaciones. Estoy solo. Veo la puerta por donde entramos. No hay nadie. Vuelvo a ver. Nadie. Ok, adiós. Cruzo la puerta de nuevo y vuelvo al pasillo. Doy un giro, cruzo a la izquierda y descubro otra puerta cerrada y vigilada esta vez por tres guardias bien conocedores del idioma inglés. No hubo manera de convencerlos. Intenté e intenté, pero realmente hicieron bien su trabajo. Me devuelvo un tanto frustrado, pero aún con esperanzas.

 

Todavía me encuentro en la zona de backstage y, viendo la hora, decido acercarme al área detrás de la tarima donde se presentarían. Lógicamente una reja y un guardia obstaculizan mi camino.  El que custodia la reja discute con un grupo de trabajadores que querían pasar. Noto que todos los trabajadores tienen mochila; yo también. Veo que tienen la mochila de lado; yo —ahora— también. Cuidadosamente me pongo cerca de ellos y saco el celular. Sí, el viejo truco. La discusión sigue y ahora me he mezclado con ellos. “Bueno, pasen”, dice el guardia finalmente y abre la reja exclusivamente a los trabajadores de mochila ladeada. Uno, dos, tres, y, por último, yo. ¡Ja! Estoy dentro.

El espacio detrás de una gran tarima en estos festivales no es muy interesante. Varios remolques cerrados, personal de sonido, montaje, un pequeño toldo donde servían café y yo. “Capuccino, por favor”, pido mientras decido qué hacer. Dos vigilantes en las escaleras de la tarima. Una joven alborotada se une a la zona de café y nos dice: “Llegaron”. Todos acomodan sus emociones. Porque ahí sí que todos eran fanáticos. Se oye un rugido de motor; la van atraviesa la reja. Se detiene. Ahí vienen, les voy a tomar mil fotos y videos.

 

“Disculpe, ¿su credencial?”, me dice un vigilante que me había estado observando desde hacía varios minutos. Fui sincero, le dije que no tenía. “No puede estar aquí”, palabras que había evitado durante toda la jornada. Por supuesto, no iba a rendirme. “Ok, me termino el café y me voy”. Holy Shit, ahora qué haré. Hice amago de retirada, y me escondí detrás de una camioneta, pero me perdí la banda cuando subió al escenario.

 

Esperé un tiempo prudente para salir del escondite, vigilando a los vigilantes que vigilaban lo que tenían que vigilar: el acceso a la tarima. Noté que uno de ellos se alejaba, lo que redujo a la cantidad de uno el número de personas que resguardaban las escaleras. Era ahora o nunca.

 

Me acerco con la cara de que pertenezco a donde voy, comienzo a subir las escaleras decidido. Una mano en alto me detiene. En español me solicita mi credencial. En inglés le respondo que se me debe haber quedado arriba, que yo estaba ahí hace unos minutos.  Al terminar mi exposición sobre la credencial, el último obstáculo a mis sueños me miró detenidamente. No sé si el hombre no hablaba inglés, me creyó o simplemente se apiadó de mí; un gesto con su mano me dio acceso total. El brinco que pegué fue un tributo involuntario a Mario Bros; seis peldaños de un salto con un puño en alto y rodillas flexionadas.

 

Solo el celular pudo comprobar que yo estuve ahí. Estaba a cinco pasos contados de Taylor Hawkings, a seis de Chris Shiflett, Dave Grohl, y un poquito más de Nate Mendel y Pat Smear. IN-CRE-Í-BLE.

 

Cuando ya faltaban 20 segundos para la última canción, nos pidieron bajar del escenario y dejar espacio suficiente para que la banda pudiese bajar también. Nos dieron a entender que bajarían por las mismas escaleras. Ahora sí, iba a darle la mano a Dave, abrazarlo, lo que sea.

 

Un grito distante de algún fanático nos hizo voltear a nuestra izquierda; los Foo descendían por otra escalera. En cuestión de microsegundos se montaron en su van y se fueron. No lo podía creer, nos habían engañado como niños. Sin embargo, fue solo un engaño de ellos a diferencia de quince de los míos para llegar a donde llegué. Valió la pena.