La incandescencia del momento

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Por Carolina Acosta-Alzuru

Abrí la boca para hablar y, sin previo aviso, mi pierna izquierda temblaba. Duro. Sorprendida, la traté de controlar con la mano como si fuera un niño con un ataque de malcriadez. Agradecí mentalmente la mesa que la ocultaba y continué lo que estaba diciendo. Que no se me notara el temblor en la voz. Que no se me deshilvanara la exposición. Después de todo, soy profesora, disertar es parte de mi cotidianidad. Y hablar siempre se me ha hecho infinitamente más fácil que escribir. Sería irónico que balbuceara cuando, después de escribir páginas y páginas, había llegado a la meta: la presentación de mi libro La incandescencia de las cosas. Conversaciones con Leonardo Padrón en el 5to Festival de Lectura Chacao.

Siempre había querido asistir a esa fiesta de los libros en la Plaza Altamira de Caracas. Pero presentar mi trabajo allí tenía rango de sueño imposible. Entre otras cosas porque yo no vivo en Venezuela. Pero aquí estaba. Frente a mí había un gentío que desbordaba el “Salón Obelisco”. No en balde mi pierna insistía en su insurrección.

Estaba clarísima, la mayoría de ellos no estaban allí por mí, sino por el foco de mi libro: el escritor Leonardo Padrón. Tengo 14 años estudiándolo y caminando en paralelo con él. Estamos acostumbrados a pensar juntos en voz alta. Leonardo y yo somos buenos amigos. Sé bien cuán alta es su visibilidad y lo fuerte que es su poder de convocatoria. Pero en ese público también se asomaban los rostros más queridos de mi vida. Y los de las personas más cercanas al verdadero Leonardo, ese que yo había tratado de develar en una entrevista de 239 páginas. Él estaba a mi izquierda presidiendo el evento conmigo y estrenando una particular sensación de intemperie:
—Esta mañana estaba refrescando algunas páginas del libro y me decía: “¿Y yo conté esto?”. Es una conversación inmensamente desnuda de una persona que está escudriñando al otro para que llegue a eso que llaman el alma.

Que él evaluara el libro así me enorgullecía y tranquilizaba. Habría que esperar, por supuesto, la reacción de los lectores cuando lo hicieran suyo.

Pero todavía no podía imaginar al libro en manos de nadie. Por alguna razón mi mente no se movía hacia el futuro. Mas bien, retrocedía. Ante mis ojos se proyectaba la película del día que Ulises Milla, director de Editorial Alfa, me ofreció este proyecto, torciendo ruidosamente el camino que yo me había trazado para el año 2012. Vi mis viajes a Caracas para grabar las conversaciones que conformarían el libro. Mi lucha contra la escasez de tiempo —el que Leonardo me podía dar y el que yo tenía para estar lejos de mi casa y mis clases—. Reviví un año de madrugadas en las que el sol me encontró siempre sentada trabajando en mi mesita azul. Sentí el cansancio de la rutina de espantar a mis demonios que me repiten, como aquella profesora que tuve en bachillerato: “Tú no puedes escribir, Carolina, tú no sabes escribir”. Y me vi como una trapecista. Por un lado, aferrándome al rigor de mi entrenamiento académico en el diseño de cada conversación. Y por otro, soltándome a la hora de escribir. Quiero vacunar a mis textos contra la insipidez que le es endémica a la academia. Mi mesita azul no es un escritorio, es un ring de boxeo.

Regreso al presente. Un hombre del público toma el micrófono:

—Los escenarios del país han cambiado desde que usted terminó su libro. Si el libro cerrara mañana, ¿qué pregunta le haría a Leonardo? ¿Y cuál sería su respuesta, Leonardo?

El público aplaude la doble pregunta y nos mira expectante esperando un performance en vivo de lo que el libro promete. Yo siento que nos acababan de hacer un pase en el área que solo podemos chutar de volea. Es un tiro difícil, pero siempre es un espectáculo si logras convertirlo en gol.
Pregunto:

—Leonardo, dos semanas después de las elecciones presidenciales del 14 de abril, ¿tú ves el país más oscuro o más claro que hace 15 días?

Él responde de inmediato:

—En este momento tenemos mucha más esperanza de país, a pesar de lo oscuro que está el panorama. Venezuela ha conseguido la solidez de un líder realmente decisivo para los años que nos tocan por vivir. Es el momento de los demócratas. Es el momento de la verdad. Y ese momento solo es posible con todos nosotros. No se trata solo de un líder y su voz, se trata de un país entero.

El Salón Obelisco aplaude larga y sonoramente. Leonardo y yo sonreímos con cierto alivio. El país, siempre el país. En él confluyen de manera obsesiva nuestras angustias, esperanzas y discurso. Es la trama en permanente escritura. La telenovela que está atascada en su “etapa cumbre”.

Ya perdí la cuenta del número de veces que he tenido que responder esas dos preguntas infaltables: ¿Por qué estudias las telenovelas? ¿Por qué las de Padrón?

Son muchos los personajes y tramas salidos de la mente de Leonardo que se han convertido en análisis en mi mesa de disección. Pero es “Micaela”, la protagonista con Síndrome de Asperger de La mujer perfecta, la que nos recuerda con mayor contundencia que la telenovela es un poderoso vehículo que puede llevar en la maleta mucho más que una melodramática historia de amores contrariados. Pero hacerlo es temerario. No todos los escritores se arriesgan a pasar ese contrabando. No todos saben cómo birlar el doble cerco de las restricciones comerciales del género y del
contexto actual político/legal de la TV venezolana. Y no todos los que estudian las telenovelas tienen el privilegio de examinar esto de cerca.

En la Plaza Altamira dos jóvenes de mirada esquiva nos abordan. Por turnos se dirigen a Leonardo:

—Tengo Síndrome de Asperger y usted me salvó la vida. Gracias a La mujer perfecta los muchachos de mi salón dejaron de hacer bullying conmigo.

—Viendo a Micaela decidí ir a Sovenia (Sociedad Venezolana para Niños y Adultos Autistas), allí me diagnosticaron como Asperger. Ahora sé por qué los demás son diferentes a mí.

Leonardo, conmovido, me presenta:

—Carolina estudia mis novelas y estuvo muy cerca del desarrollo de “Micaela”.

A pesar de que por su condición de Aspergers el contacto físico les incomoda, los muchachos nos dan largos y sentidos abrazos. Se nos humedecen los ojos. La vida tiene momentos cristalinos.

La próxima vez que me pregunten por qué estudio a las telenovelas les contaré de esos abrazos y los invitaré a que conversen conmigo y con Leonardo Padrón de mucho más que telenovelas en las páginas de La incandescencia de las cosas.

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