Reencuentro de Medianoche

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Reencuentro de medianoche. Esas dos palabras recorrieron las madrugadas de todo un país y fueron las responsables de los trasnochos, insomnios y ojeras de una legión de oyentes que cambiaron sus hábitos, costumbres y horarios, y sacrificaron incluso la intimidad de sus cuartos, para darle cabida e irse a la cama con una señora que pasaba las siete décadas.

Durante los primeros años del milenio, Isa Dobles (1931-2014) fue protagonista de un fenómeno radiofónico -acaso uno de los últimos de la ahora agónica radio venezolana- de magnitudes imprevisibles: Reencuentro de Medianoche. Un programa mítico, digno de cuento y recuento, que a una hora improbable -de 12 de la noche a 2 de la madrugada- logró atrapar -diríase desvelar- a un sinfín de radioescuchas, que hacían colapsar los teléfonos de CNB, si bien acostumbrados a esas faenas -no en balde fue en esa casa donde nació Aló Ciudadano– pero que a esas horas impropias no descansaban -hasta 150 llamadas se recibían por noche- dada la cantidad de gente que quería hablar con Isa.

Isa. No Isabel, no Isa Dobles, no Señora Isa, no usted. Isa, en seco y tuteado; así la llamaban todos, con ese apócope cariñoso que se usa para los íntimos, que era una de sus características más notables y quizás la clave de su éxito: la cercanía. Allí no había pose, no había frase hecha, ni guion muy rígido, ni cosa parecida; lo que había era una señora de 72 años, simpática y franca, bastante reilona -tenía lo que llaman una risa sabrosa-, apasionada en sus posturas, espontánea y con un talento especial -piel que le dicen- para tratar a la gente, conectar, hacerlos hablar y sentirse, después de tres minutos de charla, como conocidos de toda la vida.

Su capacidad para hacer amigos solo era comparable con la que tenía para los enemigos, que en el gobierno se los ganaba a raudales con sus arrebatos críticos -fogosos y encendidos-, y por lo general bastante principistas, ya que en Isa y en su discurso había un toque caballeresco, de cruzada por el rescate de una Venezuela pretérita, con valores, en la que andaban honorables caballeros como Luis Beltrán Prieto Figueroa, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Betancourt, o Alejandro Oropeza Castillo, su padre, a los que con frecuencia invocaba -diríase que para agarrar fuerzas- en el punto más álgido de sus monólogos, cuando, indignadísima, decía que esto no podía ser y se preguntaba dónde estaba ése, el país de sus héroes civiles, su país distinto, el que ella conoció y se proponía rescatar.

En el programa, que coincidió con los años duros de esquinas calientes, marchas, contramarchas, paros, listas y trancazos, pasó de todo. Hubo lágrimas, hubo risas, se compartieron frustraciones y triunfos, llamó gente desesperada por no encontrarle salida a esto y gente esperanzada que veía el fin cerca, se discutió a muy viva -y a veces alzada- voz sobre lo que pasaba en el país; y se convirtió de algún modo, para muchos, en una válvula de escape para no explotar.

Pero fue más que eso también. Allí, la madrugada fue testigo de una complicidad excepcional que se dio entre conductora y oyentes, que compartieron intimidades, anécdotas –que en Isa eran muchas- y hasta recetas de cocina. Daniela, Yesito y El Gordo, sus perros, se convirtieron en los más famosos del país. Los ingredientes de sus tortas y los secretos de las hallacas fueron vox pópuli. Y hasta un robo se frustró en directo cuando una noche, encerrada en la cocina, una merideña llamó angustiada diciendo que había unos ladrones dentro de su casa, que por favor alguien la ayudara, dio la dirección al aire, y en cuestión de minutos, entre vecinos y policías, la rescataron.

Eso fue Reencuentro de Medianoche. Un espacio por el que pasó la complicada vida venezolana de esos primeros años del siglo, y que se convirtió en un fenómeno mediático y social, que hizo a Isa Dobles, después de su tercer exilio, renacer de las cenizas; y que solo alguien con su largo camino recorrido en medios y ese derroche de simpatía hubiera podido conducir. ¿Cómo, si no, se explica que un país se desvelara para escuchar de madrugada y por radio a una setentona? Porque esa setentona era Isa Dobles, la única capaz de hacerlo. Y allí queda dicho todo.

Descansa en paz.

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