#OjoCon: Arte Contemporáneo en Venezuela por Tahía Rivero

Foto por Gustavo Izarra

El contexto social, político y económico que ha vivido el país en las últimas décadas se ha reflejado drásticamente en el ámbito artístico, de manera que se podría decir que las características que lo definen son la crisis y la fluctuación, tanto en la producción como en la circulación del arte. Pareciera prevalecer un escenario disipado, percibido a veces a la deriva, sin instituciones u organizaciones rectoras que lo vigoricen.

 En el conjunto de factores que determinan la actual situación está la carencia de escuelas de formación. Sin duda el proyecto del Instituto Armando Reverón causó un impacto determinante durante la década de los noventa: de sus aulas surgieron artistas con calificadas propuestas, la plantilla profesoral agrupó a las corrientes más novedosas del pensamiento y la crítica, pero, desafortunadamente, se fue alejando del programa inicial, perdiendo fuerza como opción educativa válida, lo que ha traído como consecuencia la disminución o ausencia de nuevas generaciones. Los artistas venezolanos que no han viajado a formarse en el exterior adolecen, actualmente, de instrumentos para siquiera formular con precisión sus búsquedas o expresar nítidamente el propósito de sus obras y proyectos, cosa que suele quedar en evidencia cuando se confrontan en un evento internacional. 

 Hasta finales de la década de los noventa, los museos incidían notablemente en los destinos del arte. Con un trabajo especializado llegaron a crecer y fortalecerse sostenidamente hasta alcanzar renombre y prestigio internacional, y, a la vez, constituyeron la estructura responsable de la divulgación del arte reciente. A mi modo de ver, los museos representaron la utopía realizable del proyecto de las artes en el país. Exposiciones como “Panorama de los ochenta” y “Ccs 10”, en la Galería de Arte Nacional, marcaron la pauta para la reflexión sobre el devenir del arte en el país y dieron paso a posteriores proyectos expositivos como “Sin fronteras”, “Re-readymade” o “Contemporánea”,  en el Museo Alejandro Otero.

 Los museos eran la ventana al arte internacional. Muestras como “Intervenciones en el espacio” y “Christian Boltasky”, en el Museo de Bellas Artes, o “Transatlántica”,  “Tunga” y “Stan Douglas”, en el Alejando Otero, además de ser referencias importantes para la lectura de la contemporaneidad cumplían una función educativa no solo para el público general sino para curadores y artistas. Pero también se fue diluyendo el perfil que definía a los museos como centros de investigación y divulgación, igual ocurrió con los espacios de confrontación y diálogo para los jóvenes artistas como los salones de arte emergente. Desde el Salón Pirelli, el Dior o el Dimple se incubaron las propuestas del arte contemporáneo local. Si repasamos los nombres de los participantes podremos identificar a los artistas que definen el horizonte actual con significativos cuerpos de obra. Aun cuando se mantienen el Salón de Jóvenes con FIA y el Salón Michelena, el vacío de espacios potenciales hace que la perspectiva vigente sea desalentadora.

 Durante los años sesenta y setenta, debido al apoyo recibido por el Estado con programas de becas y bolsas de trabajo, no nos vimos en la necesidad de estimular un mercado a través las galerías como otros países de la región. Aquellas notables experiencias que hicieron vida en los sesenta, setenta y ochenta, propiciadas por una bonanza económica en ascenso, desaparecieron paulatinamente, y no ha existido en el país una plataforma de galerías consolidada capaz de afectar la escena y el mercado internacional. Lo que tenemos hoy en día son contados “espacios de resistencia”, con muy buenos propósitos y magníficos gerentes culturales, pero de proyección heterogénea tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Son pocas las galerías que insisten en promocionar a artistas contemporáneos, y las que apuestan a hacerlo a veces ponen en riesgo su propia supervivencia.

 El coleccionismo, las ferias internacionales y determinados museos extranjeros han manifestado un exiguo interés por lo que sucede en el país en materia de arte, que no es significativo ni suficiente. Los centros de arte y galerías municipales, ateneos y casas de cultura también hacen lo suyo apoyando a artistas locales pero no cuentan con financiamiento para mantener una programación permanente, por tanto solo alcanzan a realizar una o dos muestras anuales de buen nivel y realmente hacen una gran labor. El sector privado patrocina y apoya iniciativas expositivas y educativas de calidad pero su responsabilidad frente al fomento del arte venezolano no es determinante.

 Hoy en día se hace necesario mirar el entorno y retomar la reemergencia del tema de la identidad, elaborar y dejar atrás lastres que se agotaron con el experimento moderno. La penosa verdad es que hemos vuelto a un estadio artesanal y provinciano, tenemos el reto de replantear un movimiento artístico con bases más ciertas y reales. Contamos con ánimo y talento suficiente para cimentar este propósito y consolidarlo sin pesados bagajes, renovando los aciertos alcanzados. Desde los espacios alternativos se están tendiendo puentes con jóvenes artistas y curadores, se han formulado cursos y propuestas metodológicas para estimular la reflexión y plantear propuestas curatoriales novedosa. Todos en el sector participamos de este debate, reconsiderando diariamente la situación y buscando salidas creativas para superar el momento, con la certeza de que los malos días pasarán.

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