#Opinión: Je suis Charlie? Non… Je suis Le Pen.

Aclaratoria: Revista Ojo pide disculpas a los lectores por haber categorizado mal el presente texto. En principio fue clasificado como un análisis (informativo-interpretativo), sin embargo, una lectura más sosegada del mismo hizo evidente que debía ser considerado como un texto de opinión (interpretativo-opinativo). Las afirmaciones que aquí se hacen, así como las conclusiones, se corresponden simplemente con las ideas y puntos de vista del autor, que firma con nombre, apellido y twitter, y de cuya entera responsabilidad es este escrito. En Revista Ojo, practicantes de la pluralidad, mantenemos su publicación como forma de avivar el debate y presentar una visión diferente a la mayoritaria, y hacemos nuevamente la salvedad de que se trata de puntos de vista y no verdades absolutas, y como tal deben ser tomadas; además, ponemos a la orden nuestra su tribuna para quienes tengan y deseen expresar por escrito una opinión distinta.  

Por José Ignacio Calderón – @Josimnacio

Violaciones en masa, hambrunas, limpiezas étnicas, destrucción de aldeas, desplazamientos forzosos, centenares de campos de refugiados… Tal vez suene a Sudán del sur, o a la Siria actual. Puede sonar como Irak o Afganistán. Pero no, no son ningunos de esos países.

Es Europa en 1945.

Es historia reciente la caída de Francia ante los alemanes. Luego de aplicar el novedoso método bélico de Blitzkrieg, los alemanes cruzaron su frontera, destruyeron todo el este de Francia, y en cuestión de meses, el 22 de Junio de 1940, cayó finalmente París, una de las capitales del mundo libre y la democracia occidental. Empezaba un período oscuro para los galos, bajo la bota militar, para colmo, extranjera e invasora además.

Todo esto ocurrió hace menos de 75 años. Tan solo unas tres generaciones nos separan del horror que tuvo que vivir la Europa, el continente madre, como la miramos nosotros los americanos. Países llenos de historia y pensadores geniales. De relatos de libertad -¿quién no ha admirado la revolución francesa, por ejemplo?- y eventos magníficos –como, de nuevo en Francia, la comuna de París-.

Pero al que igual nosotros, los países, nuestros inconscientes colectivos, también tienen su lado hipócrita, que a veces salta al descaro. A Voltaire por ejemplo, el ícono del libre pensamiento, se le recuerda por sus valerosas críticas a la iglesia, en un tiempo donde el catolicismo reinaba con mano férrea en la vida pública. No se toma en cuenta, sin embargo, su voraz antisemitismo, normativa también del zeitgeist de la Francia del siglo XVIII. Basta con leer en su ensayo “Debemos tomar bandos” (1763), la descripción que hace de los judíos:

“Han superado a todas las naciones en la creación de fábulas impertinentes, en conductas deleznables y en barbarismo. Merecen ser castigados, pues es este su destino.”

Nadie es perfecto.

Francia tiene, como todas las potencias europeas, un sangriento historial colonial. Desde limpiar la isla de Haití de sus nativos indígenas, a llenarla de esclavitud y miseria, hasta aplastar cualquier atisbo independentista en sus colonias magrebíes –sufriendo Algeria la represión más dura-, el país galo no se queda atrás de sus congéneres coloniales como Reino Unido –quienes lanzaron el comercio de esclavos de sucio negocio a empresa capital- o España –cuyos expedicionarios, como el inglés Walter Raleigh, disfrutaban desmembrando indígenas, sacándoles los intestinos, y colgándolos de ellos a un árbol-.

Europa también tiene el dudoso título de ser el continente más sangriento de la historia, el que más guerras ha sufrido en su suelo: tan solo en el siglo XIX, Europa libró no más que 18 guerras dentro de su propio suelo.  A lo largo de su historia no solo ha exportado arte, lengua, y cultura –que agradecemos con creces- sino también nacionalismo, xenofobia, y, en casos menores antisemitismo y odio injustificado a otras religiones que no sean las cristianas dominantes.

Nietzsche, uno de los grandes pensadores de la era contemporánea (que también sufrió en carne propia la estupidez de la guerra, cuando Prusia le declaró la guerra a Francia, y en consecuencia, tuvo que prestar sus manos al servicio militar) sacó del olvido histórico el concepto del “eterno retorno” y lo aplicó en su filosofía nihilista. Esta idea, fuera de los cauces infinitos de la física pura y materialista, toma la idea hegeliana de que la historia se repite dos veces y la vuelve una elipsis: una especie de Euroboros. Siempre volvemos a nuestros orígenes. Esto implica, claro, volver a pasar por los mismos sitios a los que volvimos.

Marx, otro hijo de la Europa industrial, asumió a su vez que el motor de la historia no era el retorno per se, sino una lucha de clases eterna. Una violenta dialéctica entre oprimidos y opresores. Lo que une a estas dos concepciones de la historia es el afán por la repetición: vamos a los mismos sitios.

Al parecer, la historia no ha reprobado a ninguno de los dos. Europa siempre ha sido vejada por el autoritarismo. Gobernada por reyes, cuyo mandato fue divino, incuestionable, y regido por Dios, para ser luego comandados por caudillos y emperadores, y siempre imponiendo su bandera sobre la del enemigo. El viejo continente no es ajeno a las guerras ni a la supremacía. Tampoco lo es en censura. Nadie olvida los índices de libros prohibidos del Vaticano, utilizados ferozmente para reprimir cualquier cuestionamiento al catolicismo o a la existencia de Dios, o al incendio en Granada de miles de años de sabiduría árabe, luego de la expulsión de los moros, tan bellamente cantada en el poema épico del Mío Cid.

Y no solo por motor divino. Esto también ocurrió en secularismo. Entrando al siglo XX, y luego de la Primera Guerra Mundial (que a pesar de involucrar a países de todo el mundo, su escenario principal fue, de nuevo, Europa) el auge del nazismo en Alemania y Austria, y el del Bolchevismo en Rusia, encontraron sus debidas justificaciones –sin la ayuda de Dios, gracias- para censurar lo que no les gustara o les pareciera indigno a sus pueblos. Los nazis en su chivo expiratorio, el judaísmo y el mito de la raza aria, y los bolcheviques en el panfletarismo y la protección de los intereses obreros.

La historia europea de la hipocresía es larga y densa, pero más aún la lista de pensadores que defienden tales ideas. Siguiendo la tradición de la superioridad racial, Charlie Hebdo se disfrazó en los ideales del Mayo Francés para tener cancha libre de pisotear minorías –cuestión numérica, de personas indebidamente representadas, y no cuentos marxistas como le gusta esgrimir a la derecha nacionalista europea- y escupir en la delicadeza de problemas sociales que el Estado Francés no ha sido capaz de resolver.

Charlie Hebdo no es un semanario-faro de libertad de expresión. Desde un cambio de línea editorial en 2001, se volvieron de ser unos caricaturistas mediocres, a repartir propaganda islamofóbica –que en un país como Francia, se extiende a propaganda anti-árabe- , con la excusa de “volverlo un chiste como el catolicismo”.

El secreto está, claro, en que la sátira se basa en burlarse del poder. No en burlarse de minorías vulnerables. ¿O es que acaso la película Der Jude del ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels, aquella horrible propaganda antisemita, no es un vulgar trabajo de odio sino una inocente sátira? Hay que defender la libertad de expresión, sí, pero eso no implica utilizar eufemismos para las cosas.  Charlie Hebdo estaba en su derecho de insultar, ya que como dijo Sigmund Freud, la civilización empezó cuando el hombre insultó a su par en vez de matarlo, pero utilizar demasiado este recurso en nombre de la libertad de expresión puede resultar en una regresión al pasado salvaje. Tal como el alzamiento del Gueto de Varsovia en 1944. O el ataque extremista a Charlie Hebdo esta semana que pasó.

Defender discursos de odio nunca es fácil, y más cuando estos, gracias a su racismo leguleyo, encuentran puentes con el extremismo nacionalista de personas como Jean Marie Le Pen, fundador del xenofóbico partido Front National, cuyo discurso racista ya le ha ganado casi el 40% del electorado francés.

El verdadero peligro para Francia, y para toda Europa, es cometer el craso error de retornar, a modo nietzscheniano, a su pasado racista, católico y antisemita. Cosa que, lamentablemente, ya está ocurriendo. Disfrazando ofensas como chistes, para Jean Marie Le Pen, que a una pregunta de un periodista sobre cómo podía demostrar que no era racista respondió con sorna “¿Y qué tengo que hacer para no parecer racista? ¿Casarme con un negro con SIDA?” no hay antípodas políticas como pretendió construir el líder ultraderechista al declarase que no era Charlie. Con las portadas anti-minorías que Charlie Hebdo publicó tan arduamente, en nombre de la libertad de expresión, los dos nombres se han encontrado y han tendido un camino en conjunto: El de ser Charlie, y, también, el Front National.

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