El buen malandro. Visiones a través de la literatura venezolana

No es una figura que nació mágicamente hace 20 o 25 años. Ha tenido diferentes nombres y concepciones, ha crecido entre el concreto de la ciudad y destaca tanto como Parque Central en el horizonte caraqueño.

Por: Orianna Camejo – @OriasMultiverse

Todo comienza en una clase en la calle. Al frente de la iglesia de Antímano, con las escaleras como tribunas. En el tiempo cuando las clases en la calle prosperaron como método de manifestación, ésta, sin duda, tuvo más intenciones de encuentro que de protesta. El profesor Carlos Sandoval se encargó de ella: analizar la imagen de Antímano en la literatura venezolana. Pero esta, con varios transeúntes como público, cambió de temática: la visión del malandro en la literatura venezolana.

Al principio, cada vez que el profesor entonaba la palabra malandro alrededor del bulevar, los ojos saltaban y risas incómodas flotaban en el entorno de estudiantes. El bagaje de prejuicios se hizo evidente y luego quedó como eso: una bolsa de patrañas que estorbaban. La clase continuó por 40 minutos mientras personas de todas las edades salían de la panadería de enfrente con barquillas de mantecado en mano.

El primero

Luego de varios meses de esa clase, sigo cazando el adjetivo en la literatura venezolana. ¿Dónde comienza? Poco a poco he descubierto que, en la tierra de los caudillos y del “esto se resuelve sin terceros”, la figura del policía es relegada del imaginario. Gana la imagen del pícaro, del vivo, del malandro. Hay más afinidad colectiva con el delincuente cuando el policía parece un pran.

En aquella clase frente a la iglesia, Sandoval habló del primer encuentro con ese personaje en un cuento de Rómulo Gallegos: La rebelión (1922). Juan Lorenzo Figuera, hijo de un general zambo y una muchacha de ciudad, al quedarse sin padre,se muda a Caracas con su madre y las tías de esta. Todo se define con el niño preguntándole a su mamá “¿Y ahora quién va a traer los churupos?”, y una de sus tías suspirando: “Ahora va a ser él el hombre de esta casa”. Así, Juan Lorenzo comienza a patear la calle y se transforma en Mano Juan, el brabucón más respetado de la plaza de Capuchinos.

Gallegos dibuja el primer retrato de los caudillos urbanos, los dueños de las plazas y los brabucones del barrio. Pero su espíritu positivista, como en muchos otros relatos de su época, concluye con Mano Juan rebelándose contra su propio entorno y la ambición del “yo qué seré” lo enfrenta contra su casta. Todos estos términos los usa el escritor y expresidente.

Ese es el primer retrato. Encaminado a ver en estos personajes de la vida real un método de redención o de reafirmar su camino hacia maneras deseadas por la sociedad. Todo esto está sujeto a un terreno ideológico bastante inestable hoy, en el que los prejuicios vuelan más rápido que las impresiones.

El niño de las pajareras

La vanguardia literaria de los 60’s y 70’s acabó con esta imagen positivista de aquel que en el futuro se llamaría malandro. No hay que despreciar el entorno donde nace este tipo de vida, no hay que cambiarlo. El malandro no necesita vivir de otra manera. Es así y la literatura ya no busca decoraciones poéticas para cambiar la realidad de sus tramas.

Salvador Garmendia fue el primero en modificar el retrato citadino. La ciudad como un conjunto de edificios, pajareras verticales que encierran al individuo. Y solo en estos entornos es que nace el malandro. A través de sus calles, en sus plazas y en lo complicado de sus barrios, hogares y jerarquías.

De ahí en adelante comenzó una narrativa, tímida en Garmendia, madura en Luis Britto García con Abrapalabra (1978), y flamante en Ángel Gustavo Infante con Cerrícolas (1987), que incorpora no una figura, sino todo el espectro vivencial de los márgenes de la ciudad. Y no como una forma diferente de vivir, sino como una manera legítima de ver el mundo y de experimentarlo. De esa forma, a partir de Infante, el mundo literario se expande con la jerga. Los convives, las jevas, las bichas y los gramos hacen de estas historias una experiencia cada vez más real. Uno de los cuentos de Infante, Joselolo, narra una tragedia amorosa entre calles pegadas y malas mañas. El punto cumbre de esta narrativa está en Salsa y Control (1996), de José Roberto Duque, una antología de relatos que están contados “en el nombre del ladre, del tiro, y del espíritu landro”.

Estos son pequeños ejemplos de la narrativa de nuestro malandro, sacados de varias conversaciones, discusiones, lecturas y clases que trajeron los ejemplares más vistosos de esta tradición, que, desde inicios del siglo XX, ha dejado pequeñas huellas y puede ser encontrada en muchas oraciones y extractos de varios escritores venezolanos, y que irá in crescendo, como profetizara, en tono pesimista, Salvador Garmendia en 1997:

‘Poco a poco tendremos una vasta producción de este tema. La literatura tiene que asentarse, madurar y observar a este personaje que nunca perderá vigencia porque, en estas condiciones socioeconómicas, la mayoría de la clase media será absorbida por la marginalidad’.

Comentarios

comentarios

You May Also Like