Fútbol vs Béisbol

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Por: Juan Sanoja – @JuanSanoja

Más de 22 millones de personas en Estados Unidos miraron la tarde-noche histórica de Tim Howard en el Fonte Nova que acabó en desilusión por los goles de Lukaku y De Bruyne. Es decir, la eliminación de la selección nacional de USA, en Brasil 2014, fue vista por tres millones de personas más de las que prendieron el televisor para observar el MVP de David Ortiz tras la consagración de los Medias Rojas de Boston en el mejor béisbol del mundo.

Es el poder del fútbol. Capaz de generar mayor expectativa que la Serie Mundial, en el propio país de las barras y las estrellas.

Una supremacía que tal vez devenga de la sencillez de su práctica, de la capacidad de ser jugado sin mayores medios que un par de piedras y un pote de jugo, aunque el palo de escoba y la chapa sean suficientes para rebatir el argumento desde el otro lado de la acera.

Quizá la hegemonía no tenga tanto que ver con qué se necesita para practicarlo, sino con quiénes puedan jugarlo. El fútbol (moderno) es un deporte donde los estereotipos tienen poca cabida a la hora de elegir un buen tipo para determinado rol, a diferencia del béisbol, por más que Altuve nos grite lo contrario. El 9 del equipo puede medir dos metros o tener 30 centímetros menos de estatura y hacer los mismos goles. Podemos encontrar centrales más altos que Justin Verlander o excelsos cabeceadores con sólo 1.76 m, como es el caso de Fabio Cannavaro.

La simpleza también la encontramos en el desarrollo: un deporte de escasas reglas. Libertad que paradójicamente se torna compleja en el decurso mismo del juego, bautizado por Dante Panzeri como una dinámica de lo impensado. Mientras que en el béisbol siempre se recorrerá el mismo diamante para anotar una carrera, en el fútbol los entrenadores se han vuelto locos construyendo cuadrados mágicos, W, M y arbolitos de navidad en búsqueda del gol. El propio Billy Bean, que revolucionó el deporte en donde Jeter se hizo leyenda y que ahora es fanático de la actividad que inmortalizó a Di Stéfano, reconoce la dificultad que conllevaría implementar el concepto de Moneyball –“properly allocate credit and blame to a player”– en el balompié, por su fluidez e interdependencia entre futbolistas.

Es aquí donde emerge uno de los puntos que le confiere a (¿casi?) toda lectura del juego el carácter de subjetiva, chispa que enciende la mecha de todo debate futbolero, lugar donde unos comulgan y otros se confiesan en la única religión que no tiene ateos. Cualidad del deporte que permite generar un sinfín de análisis respetables. Porque cuando un bateador entra en un slump, más allá de factores intangibles como el ambiente del dogout o lo que pueda aportar el coach de bateo, la culpa es sólo de él. En cambio, en el fútbol, si un atacante no toca un balón en todo el encuentro es más que factible que el reproche recaiga en sus otros 10 compañeros.

Poner la lupa para señalar responsables de una mala racha resulta, en muchas ocasiones, una tarea temeraria.

En el fútbol importan tanto los nombres propios como la organización de los mismos. Una disposición en el campo que no tiene mayor prohibición que la de no superar los 11 jugadores. Una especie de sudoku que hoy en día va del 1 al 5, menos para Pep Guardiola, que lo completó con el 3-7-0. En béisbol no pudiésemos prescindir del campocorto con el fin de tener un jardinero más. La flexibilidad iría por el lado de alterar los factores en el lineup para cambiar el producto o desplazar sutilmente el cuadro. Una gama que se queda corta ante la infinidad de posibilidades que caben entre las dos arquerías. Razón por la cual muchos preferimos jugar a ser José Mourinho o Jürgen Klopp, que fantasear con mandar un toque para sentirnos Ozzie Guillén o Buddy Bailey.

El fútbol es esa disciplina que permite que la frase “donde el mejor no siempre gana” se aleje del lugar común, dado que el camino no pocas veces nos lleva a un fin ilógico. Todo esto sin entrar en el tópico de la belleza, gasolina para el debate y la teoría, que se divide en escuelas como las de Menotti y Bilardo.

Academias culturales que también se distribuyen en países, donde el deporte de selecciones no tiene comparación con práctica deportiva alguna. Sólo la suma de disciplinas participantes en los Juegos Olímpicos sería capaz de hacerle frente a la popularidad de una Copa del Mundo.

Difícil sería también equiparar la variedad futbolística que propone la guía de programación en la mayoría de los fines de semana del año con lo que pueda brindar el béisbol. Uno es capaz de llevarte a Inglaterra para ver un Manchester United – Chelsea, tras haberte ofrecido un Real Madrid – Barcelona de la liga española, para luego culminar con un Milan – Fiorentina como postre italiano. Esto sin tomar en cuenta los partidos de Rosales, Rondón, Vizcarrondo y compañía, y sin contar con la posibilidad de ir a ver en directo a Rómulo Otero. Por su parte, el deporte en el que Cabrera es Messi (o por lo menos así lo idealizamos) con suerte nos pudiese convidar un Clásico de otoño el día antes o después de una inconmensurable, eso sí, ida al estadio para presenciar un Caracas – Magallanes.

E igual o más importante que la pluralidad en sí de la agenda de transmisiones es el número de competiciones que disputa cada equipo. Un seguidor del deporte más hermoso del mundo se quedaría con hambre de triplete al ver ganar a su equipo la Serie Mundial. Esperaría por levantar también la Copa y la Champions que confirme la superioridad de su divisa en otro formato y a nivel continental. Sí, la Serie del Caribe se queda corta, tomando en cuenta que el equipo que gana el campeonato local llega desarmado a la liga de campeones caribeña.

Gol vs. Jonrón con carrera. Salvar un tanto en la línea de meta vs. Atrapada acrobática para impedir un cuadrangular. ¿El regate? Un caño no encontraría comparación ni con una jugada a mano limpia.

Por estas y otras razones más el fútbol es el deporte número uno del mundo. Tan grande como para ser una de las 50 economías del planeta o para absorber a innovadores de otros deportes como el señor Bean, que le dijo a sus amigos patriotas que el resto del mundo no podía estar equivocado.

Por estas y otras razones más, aunque esta temporada vuelva a ligar por última vez un hit de Bob Abreu con el control del televisor en la mano, me decanto por el fútbol. Una pasión que nació de la mano del boom vinotinto y que espera llegar a su clímax en Rusia 2018.

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