¿Ha mejorado realmente el cine venezolano?

Por: Tomás Marín – @erpinufitu

“El cine venezolano ha mejorado muchísimo”, es una frase casi folklórica que, en los últimos años, resuena constante y altivamente en la gran mayoría de esas conversaciones que, luego de haber abordado distintos y hasta irreconciliables tópicos, desemboca en el complejo mundo del séptimo arte en un país tan delicado como el nuestro.

Pero, ¿ha mejorado realmente el cine venezolano? Ésta es una pregunta que puede generar un sinfín de posturas que, en su argumentación, más o menos legítima y coherente dependiendo del vocero, harían sacar a relucir las siempre pretenciosas personalidades de todos aquéllos que, de una u otra manera, están involucrados en la creación y templanza de esta maquinaria de entretenimiento y/o reflexión.

Partiendo del párrafo anterior, nos encontramos con la primera premisa para intentar construir un análisis estructurado: el cine venezolano es pretencioso.

La pretensión de la que hablamos se esparce libremente a través de una cantidad apreciable de lastimosos aspectos que parecieran ser tratados como las más admiradas gemas de una joyería mediocre hecha de historias arquetípicas, de malos actores y de luces de Kino Flo.

Quizás la médula de este problema es el ego desenfrenado y las ínfulas bohemias de muchos realizadores que albergan en su triste pequeñez la creencia de que gritar “acción”, cruzar las piernas y colocarse una bufanda para dar una entrevista te hacen director de cine. Es común ver en todos lados a muchos personajes (profesionales y amateurs) que, por medianamente saber usar una cámara, desean ser vistos como directores jupiterinos, cuyas decisiones en absolutamente todos los aspectos de la obra deben ser incuestionables y aceptadas.

Es en este punto donde nacen las malas tramas y diégesis que, repitiéndose incesantemente a través de los años, han llevado a la pantalla criolla hacia su estancamiento y su mediocridad. Las infaltables aliadas de la pretensión son la compasión, la lástima y la sensiblería; casualmente los temas que, una y otra vez, se presentan forzadamente en las películas de producción nacional.

La eterna y melodramática búsqueda del “lado humano” del malandro, del sufrimiento shakesperiano de la prostituta, del dolor del pobre, de la odisea de los niños (quizás el recurso más sobreexplotado de todos), del padecimiento; entre otras, es la piedra de tranca que impide la verdadera eclosión que ha buscado ciegamente el celuloide (aunque ya estamos en la era digital) en las productoras nacionales. Esa manía que tiene el cineasta de gritar “mírenme, seres inferiores, yo soy capaz de ver y retratar el dolor en donde ustedes, pobres mortales, no pueden ni imaginarlo”. Este tropezar autocomplaciente, similar al de Sísifo, es el gran cáncer que, aún, no hemos conseguido extirpar.

Por supuesto, toda intención manipuladora de generar empatía requiere la aparición de un culpable expreso o tácito. He aquí cuando entra la influencia del maquiavélico e inteligentísimo gobierno bolivariano, quien, dentro de su maquinaria comunicativa, no dudó en instrumentalizar el cine para promocionar su ideología.

Aún queda muchísimo trabajo por hacer. Los avances han sido pocos y el cine venezolano está durmiéndose en laureles de papel. La teoría y el entendimiento de los grandes pilares (grandes maestros e investigadores) del lenguaje visual es el punto que más se desconoce aunque es, paradójicamente, el más importante para poder decir un día “El cine venezolano ha mejorado, de verdad, muchísimo.

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