A 48 años del terremoto cuatricentenario: 4 testimonios

Terremoto

1967. Año del cuatricentenario de Caracas. La capital arribaba a cuatro siglos de existencia y esto no podía pasar por debajo de la mesa. Durante meses, historiadores, cronistas y expertos pasaron por el senado para debatir sobre la fecha exacta de la fundación. Después de intensos, acalorados y argumentados debates, la conclusión fue la misma: 25 de julio, día de Santiago Apóstol. A la medianoche, 400 balas de cañón rompían el silencio reinante en la ciudad. Eran acompañadas por las campanas de todas las iglesias de Caracas, que al unísono repicaron a gloria durante varios minutos. Mientras tanto, en la Catedral, fachada remozada y arreglada, celebraba el Cardenal José Humberto Quintero, Arzobispo de Caracas, junto con todos los obispos de Venezuela, una solemne misa pontificial de acción de gracias por la fundación de la ciudad. Entre incienso y latines se congregaban en sus naves, nunca muy amplias, políticos, militares, autoridades y empresarios.

Con los primeros rayos del sol, los caraqueños pudieron ver por fin la nueva cara de la Plaza San Jacinto, que había sido remodelada para la ocasión. Las principales calles y avenidas amanecieron adornadas. Las fachadas de los edificios públicos lucían limpias y remozadas. La capital presentaba su mejor cara.

En la Plaza Bolívar, Arturo Uslar Pietri, orador de orden escogido por el Consejo Municipal, pronunciaba un solemne, poético y adornado discurso –“Quieto y vacío estaba el valle en la mañana de la anunciación, firme y alto el cielo azul, enhiesto y engrifado el prodigioso monte de los siete colores…”–. En el Hipódromo se corría el Gran Derby Cuatricentenario, ganado por un purasangre Mexicano, “El Comache”. En la noche, en el Salón Venezuela del Círculo Militar, mil ochocientos distinguidos caraqueños festejaban la ciudad con un selecto baile de gala, “Caracas 400”, en el que Elsy Manzano se alzaba como la reina cuatricentenaria de la ciudad.

El sábado 29 de julio, cuatro días después, con media ciudad con resaca y la otra media todavía festejando –eran fiestas patronales, dignas de 400 años–, a las 8:05 PM un terremoto de entre 6,5 y 6,7 grados remeció la ciudad. En menos de un minuto –55 segundos apenas– todo cambió. Las risas y festejos dieron lugar a gritos y llantos. Y 30 réplicas mantuvieron en vilo, y en verdadero estado de angustia, durante los días siguientes a los habitantes de la ciudad.

Altamira y Los Palos Grandes fueron las zonas más afectadas. Cuatro edificios –Neverí, Palace Corvins, San José y Mijagual– se desplomaron con el movimiento. 236 muertos. 2000 heridos. 48.000 damnificados. $100.000.000 en pérdidas materiales. Esas fueron las cifras del movimiento telúrico, del que hoy, al cumplirse 48 años, rescatamos de la nebulosa de internet cuatro interesantes testimonios:

Juan Velasquez:

“’Sigan con los Valientes Monroe’, decía el animador de la tele. Inmediatamente comienza el tema de la película. Son las 8:02 PM del sábado 27 de julio del año 1967. Nos encontramos en la sala de mi casa viendo la televisión. Tengo 12 años y soy el mayor de ocho hermanos. De pronto, se escucha un estruendo nada parecido a lo que yo conocía –y todavía  en este tiempo no he escuchado nada igual a ese extraño sonido que parecía salir del fondo mismo de la tierra–. Mi madre, que estaba recogiendo los platos, se queda mirando hacia no sé dónde y grita a todo pulmón: ‘Afuera todos’. Mientras nos juntaba y nos empujaba hacia la puerta de salida fue que comprendí lo que estaba ocurriendo: la tierra se movía hacia todos lados y nosotros no podíamos estar en pie ni avanzar. Durante los próximos 55 segundos hubo una batalla entre mi madre por sacarnos y nosotros mantenernos en pie.

 Mi hermana menor, que en esa época tenía escasos tres meses, estaba en el cuarto y mi madre la había olvidado. ‘Sal afuera rápido, la casa se puede derrumbar’, me dijo. ‘¡La niña, mamá, la niña!’, le respondí. Allí reaccionó y se internó en el interior de la casa. Sacó a mi hermana en brazos y entonces sí salimos todos hacia fuera.

Recuerdo que había mucha gente afuera en las calles. Muchos gritaban: ‘¡Auxilio! ¡Misericordia, Señor!’. Esa noche todos dormimos fuera de la casa. Quedamos incomunicados sin energía eléctrica hasta pasada la media noche. Al retornar ésta sacamos la tele para ver las noticias, pero las noticias no vinieron: sólo el tema de Venevisíon, que se repetía y se repetía.”

Ina Renom:

“Me gradué de bachiller en Julio de 1967. Como regalo, mis padres me dejaron ir a pasar un mes al Litoral Central donde la mamá de mi mejor amiga, Marta, que tenía una casa de 3 pisos en el pueblito de Anare. El 29 a las 8:05 pm estábamos acostadas en una terraza en el techo de la casa mirando el cielo estrellado y observando el paso de un satélite que cruzaba el firmamento. Desde la carretera se oía ‘el molesto zumbido del motor de una gandola estacionada’, que extrañamente iba aumentando, cosa que comenté justo en el instante en que el ventanal por el que habíamos salido se empezó a batuquear cada vez más fuerte y más rápido. Nos pusimos de pie y Marta me sacudió por los hombros y me gritó: ‘¡Terremoto! ¡CORRE!’. Bajamos los cuatro pisos casi sin pisar los escalones, corrimos tan rápido que nos dio chance de salir de la casa y quedarnos abrasadas. Junto a nosotras, una cerca quedó destruida por piedras que cayeron de un cerro. Fin de los 35 segundos de terror. Los ancianos de Anare comenzaron a decir que ahora vendría una ola gigante que nos barrería a todos y que nos ibamos a morir. Gracias a Dios no hubo tsunami.

Sin celulares, ni teléfonos, había que esperar que alguien bajara de Caracas y dijese cómo estaba la vía. A las 4 de la madrugada nos despertó la mamá de mi amiga y dijo que había llegado un señor diciendo que el paso hacia Caracas estaba libre. Entonces decidimos regresar a la ciudad. Viaje espectral: al llegar a la zona del Macuto Sheraton, las calles tenían grietas en el asfalto, había mucha agua y bomberos por todos lados. La heladería Tomaselli, donde tantas tardes de risas pasé con mis amigos, parecía un sándwich: totalmente aplastada al igual que otros locales cercanos. La Mansión Charaima no se veía desde la vía, allí la tragedia era el peor de los infiernos.
Al llegar a la capital todas las áreas al borde de la autopista estaban atestadas de carros y gente durmiendo en colchones o sobre cobijas en la grama. Rostros en shock todavía a esa hora.
Los relojes públicos que estaban en esa época en postes o fachadas, recuerdo clarito el de Telenorma cerca de Sears, estaban todos parados a las 8:05…TODOS. La llegada a mi casa está confusa, sólo recuerdo que había personas conocidas refugiándose por si venían réplicas. Yo tenía muchas ganas de llorar pero no lo lograba por la presencia de otros  que no eran de mi familia de mi familia. Mis padres me dijeron que en las noticias durante la noche habían dicho que todo el Litoral estaba destruido pues el epicentro había sido cerca de la costa.”

Rafael Gerardo Páez:

“La noche del terremoto me encontraba en San Agustin del Sur. Nuestra casa ocupaba el mismo lugar donde actualmente se halla la Jefatura Civil, en la avenida Leonardo Ruiz Pineda. Esa noche nadie quedo dentro de sus casas, las calles quedaron repletas de personas de todas las edades que corrían de un lado a otro y, presa de nervios, gritaban: ‘Terremoto, terremoto! Salgan de sus casas, que puede venir una replica!’. Nosotros abandonamos la casa, que no había sufrido daños estructurales, más allá del desprendimiento de frisos y grietas en paredes y techos. Nos fuimos a dormir a la Autopista Francisco Fajardo, sentido este, la cual aún no había sido inaugurada. A las 2 de la mañana sobrevino una lluvia pertinaz que hizo que el Guaire creciera y tomamos la decisión de regresar, a todo riesgo, a nuestra casa. Todos los hermanos, junto a mi papá y a mi mamá, dormimos bajo la mesa del comedor, rezando en voz alta y alumbrados por una vela.”

El viejo Mercerón:

“Al terminar su labor en el templo, el viejo Mecerón salió a la calle a disfrutar de un cigarrillo. A los 66 años cumplidos era una de las pocas cosas que podía permitirse. Mecerón hacía pequeños trabajos en la Catedral y la devoción que sentía por los santos de su iglesia solo era comparable a la rabia que lo acometía cuando veía o padecía alguna injusticia. Al salir sintió una brisa seca que lo golpeaba en el rostro, se paró cerca de la placa de mármol que conmemora la independencia y comenzó a dar suaves jalones a su cigarro. Eran las ocho y cinco de la noche cuando sus viejas piernas sintieron el bramido del suelo, Mecerón que vivió la mortandad de la peste en el año 18, que oyó el plomo cerrado de las insurrecciones y conoció las protestas del 36 no tenía registrado en su mente nada parecido. Para él fue como que el mundo abriera sus fauces para tragarse a la humanidad; paralizado de terror no supo que hacer; a su lado la gente caía postrada de vista al templo para pedir misericordia, él mismo fue a hincarse cuando escuchó un fuerte ruido que venía de lo alto de la torre; esta parecía a punto de caer. Los que estaban cerca se alejaron a lo interno de la plaza Bolívar y cuando Mecerón quiso irse vio como la centenaria Cruz Pontifical que coronaba la fachada se desplomaba en caída libre hasta golpear el suelo y quedar marcada en el mismo. Más tarde recordaría el hecho con las siguientes palabras: ‘Vi cuando la cruz se desprendió y quedo grabada en el piso como una quemadura de hierro candente; en ese preciso momento el terremoto cesó’.

Eran las 8:05 de la noche y los caraqueños habían vivido 35 segundos de escalofriante terror.

Cuando la Cruz Pontifical se estrelló en la calzada, el metal del que estaba compuesta se fragmentó en mil pedazos. Los que estaban cerca, al ver la impresión perfecta en el piso se volvieran a hincar sumisamente en señal de respeto. Los fragmentos fueron rápidamente recogidos por los fieles para ser conservados como reliquias. La noticia de lo que, a ojos de muchos, era un milagro se corrió por la ciudad y en pocos minutos centenas de peregrinos llegaron al lugar. El viejo Mecerón pensó que con tanta gente pisando, la huella de la cruz podía desaparecer; así que se fue a buscar pipotes y mecate para delimitar el sitio. Como un antiguo cruzado obligó a la gente a mantener respetuosa distancia y con voz de patriarca bíblico repetía:

– Esta es la mano de Dios que advierte a los hombres que no pequen tanto con su egoísmo e indiferencia. No soy quien para juzgar a nadie pero se están cometiendo demasiadas injusticias.

En los días siguientes la calle donde quedó la huella de la cruz seguía recibiendo personas de todas partes que se aglomeraban para conocer el milagro; esto llevaría a las autoridades civiles y eclesiásticasa tomar una decisión.”

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