Magallanes por un caraquista

El Caracas y el Magallanes son los rivales históricos de la liga venezolana de beisbol. Quisimos demostrar que sus trincheras no son irreconciliables y les pedimos a los fanáticos más acérrimos de nuestra redacción que hicieran un perfil del equipo contrario, un abrazo de tinta para reconocerse en la iglesia de la pelota nacional

Por Ezequiel Abdala –@eaa17

Magallanes es el equipo de las derrotas imposibles, los outs que se pierden y las debacles apocalípticas. La exégesis fatalista del “no se acaba hasta que se termina” y la prueba palpable de que el absurdo existe más allá de Kakfa.

Todo comenzó en 1917, en un botiquín de Catia. De acuerdo a un diario de la época, un grupo de jóvenes fundó un equipo de beisbol al que le pusieron Magallanes, no se sabe bien por qué. El detallazo de la historia es que nunca hubo registro oficial del nombre.

A partir de ahí arrancó una frenética carrera plagada de desapariciones, reapariciones y cambios de nombre –hasta Oriente se llamaron-, que asentó en sus primeros fanáticos la creencia de que tenían el hado del Ave Fénix y siempre resurgirían de las cenizas. En esos años debutan en la LVBP con Alejandro “El Patón” Carrasquel, primer venezolano en la MLB, como pitcher.

Luego de pasear por ciudades y estadios, en 1969 por fin hallaron cobijo. Fue en el José Bernardo Pérez de Valencia, en una temporada inolvidable coronada con un campeonato ante Tiburones e inmortalizada en el álbum de las glorias nacionales con el primer título del Caribe para divisa venezolana alguna.

Así se abrió la década de los setenta, de todas, quizás, la más memorable, con 3 títulos y 2 subcampeonatos. Fue la época del “Poder Negro”, una feliz coincidencia de peloteros de raza y casta con fuerza en el madero, en cuyos spikes de novatos habría luego extraordinarios grandeligas como Don Baylor y “La Cobra” Parker.

Terminando la década apareció “El Brujo”, Willie Horton, quien a mediados de la 78-79 tomó las riendas de un Magallanes colista -5to en la tabla- y con su improbable estilo de dirigir lo hizo ganar 21 de los siguientes 30 juegos para titularlos campeones. La guinda la puso en Puerto Rico uno de los del “poder negro”, Mitchell Page, que con un soberbio jonrón en el noveno inning hizo del Magallanes el primer y único equipo venezolano con dos Series del Caribe.

Apoteosis, delirio, júbilo y frenesí. Los magallaneros levitaban como criaturas escogidas, los favoritos de los dioses del beisbol. Lo que no sabían es que a partir de ahí vendría una sequía bárbara y no les quedaría sino echarle agua al caldo de su historia para rendirlo y poder alimentarse de él durante la década venidera.

Los ochenta fueron unos años horribles y hasta 1994 no hubo nada que celebrar, quizás por eso el premio fue tan grande: le ganaron la primera final al Caracas, cosa que repetirían dos temporadas después. Fue el Magallanes de Luís Raven, Álvaro Espinoza, Melvin Mora, Richard Hidalgo y Endy Chávez, entre algunos otros nombres que hoy día siguen produciendo un ligero escalofrío en cualquier espina dorsal caraquista. Se cuenta otro título más en el haber de esa buena década -5 finales y 3 títulos- pero lo verdaderamente importante fue ganarle, y dos veces, al Caracas.

Cíclica como es la historia, a los buenos noventas le han seguido unos pobres dos miles -2 títulos en 13 años-. Algunos ligan que la corona del año pasado sea el comienzo de otro resurgir. Los más antiguos recuerdan al Ave Fénix, y a ella se amparan todos.

Los fanáticos folklóricos

Los fanáticos del Magallanes van por la vida de muy populares. Desde que Billo les compuso un par de guarachas con pegada, se asumieron, casi, como el culto oficial de Venezuela, la esencia indispensable en la receta clásica de la venezolanidad arquetípica. Solo les ha faltado montarles a los mánagers un turpial en el hombro y pasear en volandas a Lila Morillo por el estadio para completar el rompecabezas del equipo genuinamente venezolano.

Sociológicamente, han sido más populistas que populares. Tienen al pueblo en la boca, su sede en Valencia –cuna del rancio abolengo- y una de las nóminas más altas de la LVBP. La mentada supremacía popular se basa en unas legendarias encuestas que como buenas leyendas muchos citan y nadie precisa y que siempre se estrellan con el hecho de que no son el equipo que lleva más gente al estadio. No en balde han sido los favoritos de los inquilinos de Miraflores, y valgan de muestra los botones de Caldera, Carlos Andrés y Chávez, que de los otros no se sabe.

A falta de poder ser llamados nunca el equipo más ganador de la LVBP -10 títulos son mucha diferencia-, el orgullo Magallanero se edificó siempre sobre la base de haber logrado lo que el Caracas no. Y hubieran podido seguir tan tranquilos en esas, de no ser porque en estos años el Caracas ganó su segunda serie del Caribe, se tituló ante el Magallanes y documentos en mano puso en duda los números de la serie particular.

Las últimas debacles no los han hecho más prudentes, solo un poco más desconfiados. Se reconoce en ellos una cierta aprehensión a creerse las victorias y un desasosiego impenitente cada vez que pasan del séptimo inning. Es un problema de confianza, pero no el único. También está el asunto del orgullo herido y cómo reconstruir el discurso, cosa de retórica a fin de cuentas. Lo verdaderamente grave, eso sí, es el delirio de equipo del pueblo, esa fiebre folklórica que en ellos no parece tener cura.

Una concesión al Magallanes

Si algo hubiera que concederle al Magallanes, eso sería la gallardía. Populistas han sido siempre, pero gallardos. Nos han ahorrado la vergüenza del discursito victimista estilo Barça, ese del equipo pobre y humilde que como un David de provincia lucha contra el todopoderoso Goliat de la capital. Y eso, visto lo visto en otras ligas, ya es bastante.

¿Por qué soy Caraquista?

El por qué soy caraquista es para mi familia un misterio casi tan grande como el de la construcción de las pirámides. Por qué yo, nieto de un magallanero furibundo e hijo de otro que compite con él en fanatismo, que crecí entre gorras y franelas amarillas y azules, con dos cuadros del Poder Negro adornando las paredes de la casa y los himnos magallaneros de Billos sonando cada diciembre, por qué yo, precisamente yo, soy caraquista.

Luego de mucho pensar y reflexionar; de descartar alguna rebeldía inconsciente contra el padre o charlatanerías freudianas de ese tipo, después de insomnes noches de preguntas, la única respuesta posible es que soy caraquista porque no podía ser otra cosa.

Ser de un equipo no es un asunto de elección o escogencia, mueve mecanismos internos que van más allá y que precisamente por eso resultan inexplicables.  El fanatismo auténtico es algo de piel. Puede tener, sí, alguna influencia externa pero se decide en lo íntimo. El equipo llama y uno responde. Así de simple.

El argumentario se construye luego. En contacto con la historia y hazañas equipo. Son tantas en el caso del Caracas, que escribirlas daría para una edición especial de esta revista. Baste decir que es el mejor de Venezuela. Y eso no es opinión, son números: no hay ninguno con más títulos. Pero aducirlo como motivo sería oportunismo. Uno se hace caraquista antes de saberlo, y una vez que lo sabe, ya lo entiende todo.

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