Beto

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Para bien o para mal, haga cada quien la valoración que quiera, Beto Perdomo es una referencia inevitable e ineludible para quienes vimos béisbol en las últimas décadas. Él no era el béisbol, pero el béisbol lo incluía a él. Su voz es parte de la banda sonora de ese largometraje de triunfos, jugadas y jugadores que está grabado en la memoria de todo fanático. En esa película feliz, en esa suerte de relato épico que uno construye y guarda, en esa epopeya del equipo, él era uno de los varios Homeros.

Como el invidente griego, Beto también gozaba (¿o sufría?) de incontinencia verbal. Era de los narradores que hablaba y hablaba y hablaba. De todo. Del juego de pelota y de sus partidas de golf. De lo que pasaba en ese momento en el campo y de lo que había pasado hace años en otro campo, con otros equipos y otros jugadores que él había visto y conocido. Presente, pasado. Pasado, presente. Lo que era en ese momento y lo que había sido tiempo atrás. Todo se alternaba y confundía en su transmisión.

Nunca fue un narrador descriptivo y minucioso, aunque estaba en televisión y allí se entiende que no lo fuera. Lo que sí tenía era una sangre livianísima como el hidrógeno. Era un tipo alegre y simpático. Siempre una broma, siempre un chiste, siempre una risa. Virtud o vicio, según quien lo escuchara. Porque un narrador chistoso gusta a la mayoría y disgusta a los que saben (o dicen saber). Nada nuevo bajo el sol.

En su comicidad (o por su comicidad), pero más por su festividad, Beto era también el narrador del triunfo. No del equipo, como los del circuito, sino de la victoria. Qué deleite escucharle el ‘essss…booooooooola, ¡lo perdió!’ (con esa o alargada e intensa) cuando el pitcher contrario daba un boleto clave. Qué alivio ese ‘ti-ráaaaaan-do-le’ que le salía del alma cuando el toletero contrario se ponchaba. Qué calma que un batazo peligroso del rival se convirtiera en ‘bombo’. Qué gozo oír, mientras el equipo de uno remontaba o al otro le iba muy mal, ese ‘¡esto esta feo, muy feo!’. Y qué broche de oro cerrar un juego con el ‘¡Cómo se goza ganando!’. Su revés era que no se le podía escuchar en la derrota. Era insoportable. Desesperaba. Lo hacía sufrir a uno. Y su gloria estaba en que no se parcializaba por camiseta. Estaba con el ganador y torturaba al perdedor, fueran éstos quienes fueran, se llamaran como se llamaran.

En su repertorio logró colar frases que no necesariamente estaban relacionadas con el juego. “Llamen a sus amigos y dí-gán-lés” –con las tres tildes–, por ejemplo. “Es verdad. Es verdad. Es verdad”. Eso, sólo los muy populares. Lo explicaba Chésteron. “Una frase hecha penetra a veces por sutilezas que escapan a toda definición”. Y a toda lógica, también. Por eso, supiera menos o más, cayera mejor o peor, hay un hecho, y es que ayer se fue un hombre que dejó grabadas frases que –vuelta al inicio– inevitable e ineludiblemente estarán asociadas a unos de los recuerdos más felices de la vida: los del deporte.

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