Fragmentos de una hegemonía: comunicación y poder en la Venezuela revolucionaria

Revolución y medios. Chávez y la prensa. Gobierno y libertad expresión. El poder y el contrapoder. Los antagonistas de un drama librado en la pantalla chica, con micrófonos y plumas, en el que un país, un sistema y un proyecto se encontraban en juego. Una pelea de casi dos décadas entre dos pesos pesados por la sobrevivencia. Una tragedia en tres actos, en la que –por ahora– parece haber un claro ganador, pero que cierra con un final abierto

Por: Guillermo Ramos Flamerich | @ramosflamerich

“¿Tú piensas así o te pagan para que opines así?”

Esa fue la respuesta de Hugo Chávez, el jueves 20 de octubre de 2000, al caricaturista Pedro León Zapata luego de la publicación de un “Zapatazo” en el que una espada decimonónica acompañaba al texto: “A mí la sociedad civil me gusta –> Firme y a discreción”. Y aunque la luna de miel de los medios de comunicación con el Presidente elegido en diciembre de 1998 estaba en su etapa final, todavía en Venezolana de Televisión se podía ver en las tardes dibujos animados como “Las aventuras de Donkey Kong” o “El autobús mágico”, las noches de Jazz y los domingos de Alí Khan y su 5 y 6, con interrupciones cada vez mayores del nuevo animador en escena, con su programa de radio y televisión: Aló Presidente, el cual comenzó sus transmisiones el 23 de mayo de 1999 y prosiguió hasta el 29 de enero de 2012, fecha en que se interrumpe en medio de la enfermedad presidencial.

Las cadenas buscaban competir con el rating de las telenovelas y mezclaban los mensajes a la nación con las ocurrencias del nuevo gobernante. Todo parecía continuar en una relativa normalidad conformada por nuevos personajes, pintorescos mensajes y adjetivos de lo que debía y no debía ser Venezuela. Pero ya a finales de 1999 las presiones del gobierno para que Teodoro Petkoff saliera de la dirección del vespertino El Mundo y los constantes reclamos en contra de periodistas y dueños de medios, configuraban la guerra declarada de la autodenominada Revolución Bolivariana por el control y monopolio del mensaje.

Ya  el 3 de abril del año 2000 Petkoff había regresado a las trincheras de papel con el diario Tal Cual. Su carta de principios, titulada “Hola Hugo”, hacía frente al poder: “Aquí estamos otra vez, creyeron que nos iban a callar”. Era navegar contra la corriente de un gobierno que se ufanaba de su apoyo popular y que tenía sembrada la expectativa de cambio en la población.

“Chávez fue un tipo consentido por algunos medios y algunos periodistas, pero empieza a sentir desde el poder cómo se le hacían críticas y esas críticas le parecían incómodas, entonces comenzó a descalificar. Todo fue progresivo, una escalada”, afirma Carlos Correa, director de la ONG Espacio Público, la cual tiene como finalidad la defensa de la libertad de expresión y del derecho a la información. Entonces, al teniente coronel que había llegado a los hogares venezolanos por un minuto en televisión el 4 de febrero de 1992 y que se había convertido en la opción de muchos dueños de medios, ya no le agradaba que el verbo combativo que utilizó en contra de los partidos tradicionales ahora se usara en su contra. Así llegó el año 2002.

“El pueblo pedía esto: Chávez, ciérralos. Chávez, hazlo. Chávez, me dice una señora: Tengo ochenta años, mi amor, que Dios te bendiga. ¡Hazlo papá!”.

El 11 de abril de 2002. Pasadas las cuatro de la tarde, una cadena de radio y televisión impide que se conozcan los hechos de violencia en el centro de Caracas. Los canales de televisión privados deciden dividir la pantalla, como lo han hecho durante toda la semana del paro obrero-patronal, a lo que Hugo Chávez replica con la orden del cese de transmisión de estos medios. Los sucesos de abril, la caída y resurrección de su gobierno, dejan claro la relevancia de los medios no solo como generadores de opinión, sino como actores protagónicos en la lucha por el poder.

Oscar Lucien es cineasta, investigador y miembro de la ONG Ciudadanía Activa. En 2011 publicó el libro Cerco rojo a la libertad de expresión, en el cual busca comprobar los ataques sistemáticos del gobierno en contra de los medios independientes. En su opinión: “a partir del 2002 comienza otro proceso que tiene un punto de inflexión en diciembre de 2007. Han sido diferentes facetas las del gobierno en la construcción de su hegemonía: la arquitectura jurídica, una protección excesiva a los funcionarios públicos cuando deberían estar al escrutinio de la prensa; el uso de todo el poder económico del Estado como castigo o gratificación según la línea del medio, y los ataques directos a los periodistas”.

Con un gobierno fortalecido después de un paro petrolero de dos meses, la subida del barril de petróleo como consecuencia de la guerra en Irak y el comienzo de las misiones sociales como bandera y punta de lanza de la gestión, el aparato de medios estatales comienza a cohesionarse en un mensaje y líneas únicas. La creación del Ministerio de Comunicación e Información (2002), la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión: RESORTE (2004) y el uso de los medios comunitarios como vanguardia revolucionaria constituyen el marco jurídico y práctico de una anhelada supremacía.

En las Navidades de 2003 una gaita refleja lo que significaría la Ley Resorte, de aprobarse por la Asamblea Nacional. Bajo el título de “La Ley Mordaza”, Gran Coquivacoa nombra uno a uno a los periodistas que podían perder sus empleos. Hasta recomienda que algunos comediantes vayan a vender perros calientes en la Plaza Venezuela. Lo curioso es que, con el pasar de los años, muchos de los nombrados perderían sus trabajos y el grupo gaitero abandonaría poco a poco sus banderas de protesta.

En la cronología “Hitos comunicacionales del proceso revolucionarios (1999-2012)”, de Mariengracia Chirinos, para el libro Saldo en rojo (2013) se ve el crecimiento del número de cadenas de radio y televisión desde 2002, con 159 transmisiones, hasta las 374 de 2004, año del Referéndum revocatorio y del comienzo de la “expansión continental” del mensaje. Proyectos como Telesur (desde 2007 y con presencia en Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Puerto Rico y Venezuela)  y la Radio del Sur (nacida en 2010 como proyecto de integración de radios de diferentes continentes), cobran vida como referencias de una revolución que debe ser de exportación. En esos años el nombre de Andrés Izarra sale a la palestra; después de sus desacuerdos con Radio Caracas Televisión, pasa al gobierno y busca convertirse en el autor intelectual y el publicista del Gobierno Bolivariano. Parte de este proyecto se puede resumir en unas declaraciones de Izarra a la periodista Laura Weffer el 8 de enero de 2007: “Hay que elaborar un nuevo plan, y el que nosotros proponemos es que sea hacia la hegemonía comunicacional e informativa del Estado. Construir hegemonía en el sentido gramcsiano”.

Carlos Delgado Flores es el director del Centro de Investigación de la Comunicación y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. El error que consigue en las declaraciones del entonces ministro es la utilización del adjetivo gramcsiano en el cometido del gobierno: “Antonio Gramsci sostenía que la sustituta del concepto revolucionario de la dictadura del proletariado era la noción de hegemonía, que era que la idea de una clase se convirtiera en la idea de toda una sociedad, en su caso era el proletariado. Pero esa hegemonía de la ideología de una clase se debía imponer mediante competencia con las otras. El modelo chavista la intenta imponer mediante la propaganda”.

Mientras todos estos hilos de dominio se enlazan, el año 2006 cierra con 151 violaciones a la libertad de expresión, según el informe “Venezuela. Situación del derecho a la libertad de expresión e información”, publicado por Espacio Público en su sitio web. El impacto de finales de aquel año no fue la reelección de Hugo Chávez, sino su mensaje en el Día de los Inocentes, cuando informa su decisión de renovar la concesión a Radio Caracas Televisión (RCTV).

“Al dos lo quieren cambiar, convertirlo en regimiento, aburrido como un convento, ¿quién quiere un canal así?”.

Así dice la parodia que protagonizó Félix Granados para la Radio Rochela. El 27 de mayo 2007 el canal con mayor tradición en Venezuela va fuera del aire. “A RCTV ofrecieron comprarla en 2006, decidieron no venderla en una cifra alrededor de unos 700 millones de dólares. Como era un canal generalista con una línea editorial muy crítica, la no renovación de concesión fue una disputa por la emoción, por el sentimiento popular. Era inconcebible que la gente votara por Chávez y viera el canal 2. Para Chávez eso era una deslealtad”, son las palabras de Carlos Correa cuando se refiere al tema.

Las consecuencias de esta no renovación son las de un año con un movimiento estudiantil crítico en las calles y la primera derrota electoral para Hugo Chávez. Al no pasar la Reforma Constitucional el 2 de diciembre, la Venezuela socialista y la Reelección indefinida quedan en pico de zamuro. Mientras tanto, la nueva Televisora Venezolana Social (TVES), con la misma frecuencia y alcance de RCTV, solo logra un 2% de audiencia y la construcción de una emisora para el servicio público y la cultura es un fracaso que solo lo justifica el logro primordial del gobierno con la no renovación de concesión, demostrar la efectividad y el control total del poder.

De allí el hostigamiento y las acciones administrativas contra el nuevo blanco: Globovisión. El cierre de 34 emisoras radiales en 2009, la autocensura y el “predominio del periodismo informativo”, como lo recalca el profesor Carlos Delgado Flores, “ha sido más beneficioso para el avance de la hegemonía comunicacional que la autocensura. El periodismo informativo busca siempre una fuente autorizada, se rige por el principio de autoridad. El Estado te remite a un vocero único que es el Presidente de la República. El resto de la prensa, haciendo su trabajo de manera informativa y ‘objetiva’, lo que logra es que la información resulte extremadamente fragmentada. Se manejan informaciones a las que después no se les da seguimiento. No es por falta de capacidad, sino de visión, por no cambiar la retórica informativa por la fragilidad del pregón, por no afectar los intereses de los anunciantes”.

La guerra comunicacional también se configuró con el sectarismo de las fuentes oficiales al solo conceder su información a medios afines o plegados al mensaje del Estado. Informar sobre las carencias diarias del venezolano se convirtió en un reto y la caminata por una vereda de ataques y acciones legales. Para 2011, con la crisis penitenciaria del Rodeo I y II, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) abre el séptimo proceso administrativo en contra de Globovisión porque consideraron la transmisión de dicha noticia como un acto de “zozobra”, “alteración del orden público”, “apología al delito” y “desconocimiento del ordenamiento jurídico”.

También son los años de la ofensa y ataque directo contra un sector del país desde el sistema de medios públicos. El argumento de programas como “La hojilla” (2006-2013/2015-presente), “Los papeles de Mandinga” (2008-2013) y “Cayendo y corriendo” (2012-2013/2014-presente), transmitidos por Venezolana de Televisión, se convierte en acusaciones sin derecho a réplica, en ataque directo y personal contra la dirigencia opositora, así como contra periodistas y personajes del ámbito intelectual, académico o en contra de las exigencias de un sector significativo de la población.

Los programas de humor crítico fueron desapareciendo de las pantallas y de la vida diaria del venezolano. Se ataca a la parodia política en sus diferentes formas. En enero de 2006 se inició un procedimiento administrativo en contra del diario Tal Cual, contra su editor Teodoro Petkoff y una de sus firmas habituales, Laureano Márquez, por un editorial del 25 de noviembre de 2005 en el que se le dedicaba una carta a Rosa Inés Chávez, hija del entonces presidente Hugo Chávez: “Una última cosa para que le pidas: que no se ponga tan bravo con los que no pensamos como él y que no nos regañe tanto. A veces nos llama golpistas y fascistas y le provoca a uno responderle como tu sobrinito: ‘¡pirata tú!’”.

“Siempre que estoy frente al televisor lo veo. Vi el noticiero de Televén, vi solo noticias negativas y no dijeron nada de las viviendas que estamos construyendo, por eso siempre con el crucifijo en la mano digo: vade retro, Satanás, vade retro, Satanás”.

A Nicolás Maduro le tocó heredar la hegemonía comunicacional estatal en su máximo apogeo, “El gobierno dejó armado todo un entramado normativo hacia las comunicaciones y un aparato comunicacional en manos del Estado partidizado que mostró su rostro, el de una comunicación autoritaria bien acoplada al control político. Es una fórmula inspirada en el Estado fascista”; esa es la observación del comunicólogo y profesor universitario Marcelino Bisbal, quien se ha dado a la tarea de investigar y compilar las aventuras y desventuras de los medios en Venezuela durante la Revolución Bolivariana.

Cuando el Presidente de la República hace este reclamo el 21 de abril de 2015, el gobierno es dueño de por lo menos 17 medios de comunicación en todo el país, según el Mapa de medios de IPYS Venezuela, del Instituto Prensa y Sociedad. Pero a partir de 2013 una nueva modalidad se ha hecho vigente, la compra de medios por parte de sectores económicos afines al gobierno: Globovisión, Cadena Capriles, El Universal, entre otros, son algunos de los nombres que han pasado a nuevos dueños sin conocerse, ni de manera somera ni a fondo, sus verdaderos compradores, solo secreto a voces.

Alfredo Yánez es periodista, trabajó en El Universal hasta la compra del periódico por sectores oficiosos; de su experiencia comparte: “Lo de El Universal ya es de las últimas etapas. Una toma sutil, sin mayores resistencias, diluida en medio de una sociedad a la que ya no le sorprende nada; el periódico se ha metido de lleno en la cápsula del país de fantasía que desde el oficialismo se quiere proyectar”. El despido de Rayma Suprani de El Universal por una caricatura sobre la situación de la salud en Venezuela, pone de manifiesto que los nuevos dueños no van a permitir la crítica de años anteriores. La pluralidad y la promesa de mantener la independencia quedaron olvidadas.

En el análisis de Carlos Correa, la compra de medios privados por grupos de intereses afines al poder varía la estrategia de hegemonía de la era Chávez: “Él nunca permitió que sectores de sus filas compraran medios de comunicación”; en su consideración, esto dispersa la concentración que tanto buscó, el ejercicio real del poder, “prefería tenerlos en la acera de enfrente”. Con un enemigo identificado era más fácil el ataque y echar culpas. Al concentrar todos bajo una misma línea, pero con diferentes dueños, aumentan las responsabilidades ante la opinión pública y cada medio, a pesar de una orientación compartida, demuestra poco a poco el  interés particular que juega.

La hegemonía comunicacional que tanto anheló el gobierno parece haberla conseguido. Lo único es que su estrategia de control refiere más a lo hecho en el siglo XX que a la dinámica que trajo consigo el Internet, el surgimiento de las redes sociales y una comunicación “más participativa y protagónica”, no por los designios revolucionarios, sino por la facilidad de los ciudadanos para compartir informaciones y opiniones en línea. Esto también se ha buscado regular, con reformas como la de la Ley RESORTE, agregándose el tema de los medios electrónicos a finales de 2010. Son constantes las amenazas y acciones en contra de sitios web, así como el lenguaje bélico a la hora de buscar una mayor presencia oficialista en redes sociales.

“La sociedad debe comprender que los tiempos son otros y que las tecnologías no son fisuras en un muro hegemónico, sino ventanas abiertas, de par en par, para mostrar lo que se trata de esconder con ese muro”, es el argumento de Alfredo Yánez con el surgimiento de nuevos medios web: “La llegada de medios como La Patilla, Contrapunto, Efecto Cocuyo, El Estímulo, KonZapata, El Cooperante, Crónica Uno, Caraota Digital, El Pitazo, no son más que la reanimación de que los periodistas están formados para buscar y difundir la verdad”.

Entonces el reto de los medios libres en Venezuela es el mismo que existe a nivel mundial. Las corporaciones mediáticas tradicionales han perdido parte de su poder, también de su prestigio, aunque mantenga niveles importantísimos de influencia. El doble desafío que existe en el país, por un lado, exige involucrar a los ciudadanos a crear su propia agenda, la investigación rigurosa y la interpretación de la realidad y, por el otro, resistir los ataques frontales del gobierno. Como concluye el profesor Carlos Delgado Flores: “Mal hacemos con seguir mitificando el tema de la libertad de expresión y la hegemonía. Sí, la hegemonía logró el control de los medios tal y como los conocemos. Ahora, ¿qué nos queda? Reiventarnos…”.

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