Prensa desnutrida

 En un momento histórico en el que, controladas la radio y la televisión, la prensa estaba llamada a romper la hegemonía y dar la batalla por la información, se quedó sin papel. Anemia por falta de materia prima es el fatal diagnóstico de los esqueléticos periódicos venezolanos, que cada día circulan con menos ejemplares y menos páginas. Un monopolio estatal con el nombre de un guerrillero comunista es quien tiene el remedio: la Corporación Alfredo Maneiro, el único importador de papel prensa del país. Aquí la radiografía de la crisis que dejó a los periódicos fuera de combate

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

[Al momento de escribir este texto, El Carabobeño todavía circulaba en papel. Dejó de hacerlo hace ya 5 meses por las razones que detalladamente se explican en el reportaje. Aquí queda el registro de sus últimos meses y del ambiente que allí se vivía]

Un delgado tabloide de apenas 16 páginas es lo que va quedando de El Carabobeño. A eso ha terminado reducido “el diario del centro”. De aquel gran periódico estándar que durante 81 años ha recorrido la región central del país, que poco se parecía a sus colegas del interior, tan manchados de rojo sangre en sus últimas páginas y tan coloquiales en sus portadas; que bien podía confundirse con los señores periódicos de Caracas, grandes y sobrios; de él apenas se conservan la cabecera, el eslogan y poco más. Atrás quedaron las ediciones de varios cuerpos, los suplementos y las revistas; atrás quedó el abultado tiraje que inundaba los estados centrales y hasta llegaba a Caracas; atrás quedó esa grandeza que deja entrever su sede, un gran y moderno edificio en Valencia, hoy con una pancarta en su fachada que reza: “Sin papel no hay periódico”. Y es que El Carabobeño agoniza: no tiene papel, es un esqueleto que pronto; si no pasa algo –y parece que no va a pasar– terminará convertido en esquela.

En una esquela digna, eso sí; si mueren, si llegan a desaparecer, será en sus trece. “La decisión es dar la pelea hasta el final”, dice Carolina González, jefa de redacción. “A nosotros nos enseñaron que el periodismo debe ser de utilidad y eso tratamos de aplicarlo. Somos el único diario en Carabobo que no ha cambiado la línea editorial; nos hemos mantenido como hemos sido siempre: un periódico de denuncia”, explica. No es nada envidiable su situación: le toca estar a la cabeza de un equipo que trabaja con los días contados. “En la redacción hay mucha tensión y mucha incertidumbre”, dice Dayri Blanco, reportera de economía. “No sabemos lo que va a pasar. Cada día estamos más solos, muchos han decidido renunciar por la incertidumbre que hay acá”, comenta. “La situación es difícil –la refrenda Edny González, que recién acaba de despedirse del suplemento infantil que durante 3 años dirigió y que tuvo que ser sacrificado para alargar la vida del periódico– los días pasan, el inventario se agota cada día, y sientes que te está llegando el agua al cuello”.

Súmesele la incomodidad de tener muchas informaciones y poco espacio para publicarlas, la frustración de no poder profundizar, la dificultad que implica resumir todo, y el dolor de mutilar y sacrificar espacios. “Ha sido de verdad un tema dramático. Antes teníamos trabajos de investigación dos veces a la semana, ya no; hemos eliminado las páginas de tecnología, salud, ecología…”, hace el inventario mortuorio González; inventario al que hay que agregar el suplemento infantil –“el libro de texto más actualizado que tenían los estudiantes en sus manos”, lo describe, orgullosa y nostálgica, Edny– que después de 38 años publicando efemérides y fechas patrias, siendo el mejor aliado de maestros, padres y alumnos, fuente inagotables de respuestas para las tareas, también desapareció. Para los reporteros tampoco es sencilla la labor cotidiana. “De unas 5 o 6 notas diarias, ahora sólo podemos publicar unas 3 o 4, quedan muchas cosas por fuera. Ahora una nota tiene máximo 1500 o 2000 caracteres, antes eran de 3000 o 4000”, explica Blanco, que además escribe de economía, y debe hacer magia con los números. “Hay que concentrar muchos porcentajes y cifras en un solo párrafo, y hay que ser muy cuidadoso porque si no el lector se confunde”.

Todo comenzó con una decisión tomada en agosto de 2012, publicada en la Gaceta Oficial 39.980. De un día para otro, y sin consulta, el papel periódico dejó de ser prioridad para CADIVI. Curioso, porque en 2009 la misma CADIVI decía en un comunicado que la importación del papel se atendía “con especial celeridad… debido a que es prioritario en pro de garantizar los derechos de la ciudadanía a estar debidamente informada”. Tres años después todo cambió y, de la Lista 1, el papel periódico pasó a estar en la Lista 2. Con el cambio de lista aumentó el papeleo –que no la importación de papeles–: sería necesario presentar un Certificado de No Producción Nacional (CNP) expedido por el Ministerio de Comercio, en el que constara que dicho rubro no se producía en el país, para que fuera aprobado el dinero de la importación.

Para entenderlo bien, hay que explicar que desde 2003 Venezuela vive bajo un régimen de control de cambios; es decir, que el gobierno es el propietario de todas las divisas extranjeras que hay en el país, y el único autorizado para venderlas. A partir de ese entonces, para cualquier trámite que implique el uso de alguna moneda extranjera –desde viajes al exterior hasta importaciones– el ciudadano o el empresario debe acudir al gobierno para que se lo venda. Dependiendo de la naturaleza del trámite, el gobierno asigna un monto específico y lo vende a una tasa determinada, fijada por ellos, que usualmente ha estado siempre por debajo del monto del mercado paralelo o negro, que existe pero es ilegal. Esa es, a grandes rasgos, la naturaleza del control de cambios venezolano, que ha pasado por diferentes etapas, montos y nombres, pero que básicamente hace que todo trámite en divisas extranjeras pase necesariamente por el gobierno.

Como en la mayoría de los países del mundo, en Venezuela tampoco se produce papel periódico y hay que importarlo. Los grandes diarios, empresas relativamente sólidas, con capital y garantías suficientes para obtener buenos créditos en el extranjero, se encargaban directamente de su propio abastecimiento; mientras los diarios pequeños, siempre con menos posibilidades, se abastecían por medio de distribuidoras que importaban papel periódico y lo vendían a sus clientes. Papel que, además, estaba exento –siempre lo estuvo– de aranceles e incluso del mismo Impuesto al Valor Agregado (IVA) por tratarse de un insumo –así lo entendían– que garantizaba un bien mayor: la libertad de expresión.

Cuando se instaló el control de cambios este criterio siguió primando y al papel periódico se le ubicó en la Lista 1, junto con medicamentos y alimentos. “Importábamos de manera efectiva y llegamos a vender 10 mil toneladas de papel”, recordaba en una entrevista con el portal Primicias Dagoberto Gómez, presidente de Dipalca, una distribuidora de papel con más de 25 años de trayectoria.

Sin embargo, todo cambió en 2012. A partir de ese momento, la importación de papel periódico entró en un proceso tan o más complicado que el de Kafka. Lo primero que había que hacer era tramitar el CNP ante el Ministerio de Comercio, que se demoraba en responder entre dos y cuatro meses. El CNP tenía una vigencia de 6 meses, pero su renovación sólo se podía gestionar 20 días antes del vencimiento, lo que obligatoriamente dejaba a los importadores sin el Certificado por lo menos entre uno y tres meses al año. Certificado en mano, el importador tenía entonces que ir a CADIVI, introducir los documentos requeridos y solicitar la autorización de divisas, con las que, una vez aprobadas, podía encargar las bobinas, que se demoraban entre 20 y 30 días en llegar al país. Una vez en puerto, debían esperar la nacionalización –2 semanas– y la emisión del certificado CADIVI –un mes–, antes de contar con el papel en su despacho.

El engorroso proceso hizo de la importación del papel una tarea titánica. “Inmediatamente introdujimos la solicitud por 7 mil toneladas de bobinas de papel, y 3 meses después la otorgaron por 3 mil. Pasamos 4 meses sin importar papel”, contaba en 2012 Dagoberto Gómez. “En marzo se venció nuestro CNP, tramitamos la solicitud 30 días antes (en febrero) y 3 meses después (en mayo) la negaron. Introdujimos un recurso de revisión y tres meses después no nos han dado respuesta”, era su testimonio en ese entonces. El resultado fue drástico: “Antes (del cambio de lista) importábamos 10 mil toneladas y para agosto de este año (2012) sólo llevamos dos mil, 20% de nuestras importaciones normales”. Y como la suya, semejante era la situación de las distribuidoras y diarios.

Sólo fue cuestión de tiempo para que los inventarios y reservas se agotaran, hasta que en 2013 cayó la primera víctima: Versión Final. El diario zuliano salió de circulación el 26 de julio por no tener bobinas de papel. Un mes y un día después, el 27 de agosto, El Sol de Maturín anunció en un comunicado “la interrupción momentánea de nuestras ediciones diarias ante la falta de material que impide nuestra impresión y que en la actualidad afecta a los medios impresos de la región y el país”. Más de 40 años de circulación se vieron interrumpidos durante 10 meses, en los cuales el periódico estuvo fuera de los kioscos.

Peor suerte corrió el diario Antorcha de El Tigre. El 30 de agosto de 2013 –tres días después de El Sol de Maturín–, en la edición 3.846, se despidió. “Hoy les decimos hasta luego, rogando que la normalidad se restablezca pronto y que nuestros queridos lectores, anunciantes y articulistas tenga pronto nuevamente en sus manos Antorcha” fueron las palabras del adiós. El diario, que en 59 años de historia había sobrevivido a la dictadura de Pérez Jiménez y a la destrucción total de su redacción y talleres por un incendio en 1970 –se enorgullecían de haber salido a la calle al día siguiente contándolo todo–, que tres veces ganó el Premio Nacional de Periodismo –dos de ellas como mejor diario de provincia– y que en su buena época llegó a ser el periódico más leído de oriente,  ya venía siendo afectado por la crisis económica del país –“devorados por una gigantesca inflación”, en palabras de su editor– y las complicaciones para importar insumos –“notamos la escasez en las películas, planchas y químicos porque todos esos productos se venden a dólar libre” – le dieron la estocada final. Más nunca volvió.

Unos días después fue el turno de El Diario de Sucre, un pequeño periódico de provincia editado en el oriente del país, que tampoco pudo aguantar el embate. El martes 10 de septiembre salió a la calle con un titular elocuente: “Se agotó el papel, volveremos…”. Y volvieron dos días después, con una edición de apenas 8 páginas. El 28 de octubre de 2013, en Barinas, un diario oficialista cayó. “Papel no hay…volvemos cuando consigamos” fue el titular de apertura –y cierre– del diario De Frente. “La falta de papel nos obliga a salir de circulación y, aunque tenemos motivos para ser optimistas y creer que esta pausa será muy breve, el hecho concreto es que a partir de hoy dejamos de circular” explicaron en su editorial. Tres días después volvieron, auxiliados con el papel de otros medios de la región.

El 14 de diciembre, la edición impresa de El Guayanés se despidió de sus lectores. ¿La causa? Nuevamente la falta de papel. El 18 de enero, la edición digital hizo lo propio y todo el personal –36 trabajadores– fue despedido. “Nos vimos en la necesidad de suspender las operaciones porque no tenemos perspectivas de recibir papel, sino hasta marzo o abril y era insostenible mantener una nómina sin producir”, explicó su director, Alexandre Andrade.

El año 2013, fatídico para la prensa, cerró con poco más de 92.000 toneladas de papel importadas, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), cifra que bien sirve para entender el porqué de la crisis: en años anteriores el promedio anual de importaciones había sido de 120.000 toneladas. Esta disminución de casi un cuarto (23,3%) se vio reflejada al final de año no sólo con la salida de circulación de los diarios antes mencionados, sino con la puesta en práctica de medidas de austeridad y ahorro por parte de la mayoría de los periódicos, que redujeron su paginación, en algunos casos su tiraje y en los más extremos sus ediciones de fines de semana. Fue ese el año en el que la prensa venezolana adelgazó irremediablemente.

El 2014 no empezó mejor. “Estamos preocupados, muy angustiados, debido a que no tenemos papel para imprimir nuestros diarios, ni tampoco planchas, ni mantillas, ni repuestos, ni químicos, productos todos de obligatoria importancia para el uso de las rotativas”, escribían el 20 de enero en una carta abierta al presidente Maduro los miembros de la Cámara Venezolana de Periódicos (CVP), recién integrada por 83 diarios de provincia. “Todo radica en los mecanismos de control de divisas (…) hay divisas liquidadas que no han sido otorgadas a los importadores, lo que les restringe el flujo de caja y dificulta las compras programadas para abastecer el mercado”, denunciaban. “O el papel o los insumos llegan a nuestras instalaciones, o tenemos los días contados”, era el grito desesperado que lanzaban.

Pero el papel no llegaba y los diarios cerraban. Al día siguiente, no más, otro periódico se despedía de sus lectores. “Cerramos por falta de papel”, fue el gran titular de apertura con el que salió a la calle el 21 de enero el diario Expreso de Ciudad Guayana. “Volveremos cuando consigamos”, fue la promesa. Dos semanas después, el 11 de febrero, le tocó a Notidiario, de Delta Amacuro. “Luego de batallar, hoy nos vemos obligados, léase bien, obligados, a despedirnos de la edición impresa. La rotativa no rodará por un tiempo: se quedó sin su principal alimento, el papel periódico”. Desde ese momento, la historia del diario ha pasado por reaperturas y cierres, el último, definitivo hasta ahora, sucedió el 15 de abril pasado. “Los eslabones de la crisis nos dieron las estocada” fue el mensaje final.

En marzo cayó otra víctima: el gratuito Primera Hora, que fue sacrificado para que El Nacional –de la misma compañía editora– pudiera subsistir el mayor tiempo posible. Junto con el gratuito –que estaba a un mes de llegar a su noveno aniversario– también tuvieron que despedirse la revista EME –453 ediciones publicadas– y el antiquísimo “Papel Literario” –fundado en 1943–, que ostentaba el honor de ser el suplemento cultural más antiguo de América Latina, y que ya desde el año anterior había quedado reducido a formato digital. Tan grave era la situación que en abril de 2014 llegaron al país 52 toneladas de papel provenientes de Colombia. La Asociación Colombiana de Editores de Diarios y Medios de Información (Andadiarios) se puso de acuerdo para auxiliar a tres periódicos venezolanos que se encontraban en situación crítica: El Impulso –al que la respuesta de CADIVI le llegó tan tarde que ya el barco con papel había zarpado de puerto, y tuvieron que repetir el trámite–, El Nuevo País –que no tenía CNP desde 2013 y había ya reducido su edición a la mitad: apenas 8 páginas– y El Nacional –que había disminuido el 40% de sus páginas y circulaba con 2 cuerpos y 16 páginas (posteriormente un cuerpo de 8 páginas apenas) luego de que el BCV rechazara la solicitud para participar en una subasta del Sicad–.

Y crítica pasó a ser también la situación de El Universal, el otro gran periódico estándar de circulación nacional, que el 5 de mayo se declaró en emergencia por falta de papel y redujo su edición a apenas 2 cuerpos de 8 páginas. “El actual inventario permitiría imprimir el diario hasta un mínimo de dos semanas manteniendo un mínimo de paginación”, denunciaban, y culpaban al “insólito retardo en la Autorización de Adquisición de Divisas por parte del desaparecido CADIVI…[que] no ha permitido nacionalizar un cargamento de papel periódico propiedad de El Universal…[que] se encuentra desde enero en el puerto de La Guaira”. Una semana después, el 14 de mayo, recibieron respuesta de CENCOEX y pudieron nacionalizar las 600 toneladas de papel que tenían en puerto, pero siguieron circulando en edición reducida –“ante la situación se mantendrán las medidas de ahorro” –. A finales de mes el diario fue vendido.

10 medios tuvieron que dejar de circular definitiva o temporalmente; 3 suplementos desaparecieron y 34 periódicos y revistas denunciaron fallas en el suministro de papel. Ese era el desolador balance que daba el IPYS en un informe publicado sobre la situación de la prensa escrita venezolana entre agosto de 2013 y septiembre de 2014. Ya para ese entonces, el Complejo Editorial Alfredo Maneiro (CEAM) tenía 6 meses en escena.

Fue con una decisión tomada en febrero de 2014 cuando adquirió protagonismo, pero los orígenes del CEAM, el gran y único importador de papel periódico en Venezuela, hay que buscarlos en 2013. El 16 de mayo de ese año es creada, vía decreto presidencial, una corporación estatal para la “producción, distribución y comercialización de diversas publicaciones destinadas a la información, divulgación de propaganda y publicidad” (Gaceta Oficial 40.168), a cuya cabeza fue designado Hugo Cabezas, ex gobernador de Trujillo –uno de los estados más chavistas de Venezuela– y ex director del Saime, organismo encargado de Misión y Extranjería.

Durante 9 meses, el CEAM no tuvo casi protagonismo, hasta que en febrero de 2014 pasó a estar adscrito al Ministerio de la Presidencia (anteriormente pertenecía al de Comunicación e Información). Con el cambio de ministerio también cambió su misión, y empezó a importar papel. De la noche a la mañana, el chorro de divisas se cerró y Maneiro se convirtió, de facto, en el único importador de papel de Venezuela, ya que los diarios quedaron –también de facto y sin explicación– fuera de las asignaciones de CENCOEX, lo mismo las papeleras –Dipalca recibió cargamentos por última vez en abril de 2014–. Sin dólares ni la posibilidad de acceder a ellos, con sólo Maneiro aceptando bolívares, todo quedó consumado.

De acuerdo con sus cifras, entre febrero y diciembre de 2014, el CEAM vendió 21.872 toneladas métricas de papel, de las cuales 12.002 fueron para 75 diarios de la CVP, 6.669 para 21 diarios independientes, y 3.201 para empresas de artes gráficas.

En uno de los apartados de su Memoria y Cuenta de 2014, consignado en marzo en la AN, el CEAM promete: “Para el año 2015 se proyecta el incremento de esta actividad a la  la comercialización de 80.000 toneladas métricas de papel prensa (…) además de la importación de equipos, repuestos y sus productos químicos, que permitan atender mayor cantidad de medios impresos”. Ese monto –80.000 toneladas– dejaría las importaciones de papel con 40.000 toneladas menos que el promedio óptimo de años anteriores –120.000– e incluso por debajo de lo importado en ese fatídico 2013 –92.000–.

Es un secreto comentado sotto voce que Maneiro ha presentado problemas este año para importar, y una extraña movida ocurrida en marzo de 2015 pareciera confirmarlo: el CEAM dejó de ser importador de papel para pasar a ser solamente distribuidor. Desde el tercer mes del año, la Corporación Venezolana de Comercio Exterior (CORPOVEX) es la encargada de las importaciones. ¿La causa? Maneiro habría perdido sus líneas de crédito con los productores extranjeros –“tiene una deuda internacional de 8 meses”, publicaba en abril Nelson Bocaranda–. “Estamos esperando la firma por parte del presidente Maduro de un punto de cuenta en divisas, que garantizaría el papel prensa hasta mediados de 2016”, deslizó Cabezas el 16 de junio en una reunión con varios editores realizada en Trujillo. Al día siguiente, no obstante, una información de El Carabobeño, que, afectados e interesados, le ha hecho especial seguimiento al tema de las importaciones, hace dudar de tan esperanzadora promesa: de enero a junio han llegado al puerto de La Guaira 14.002 toneladas de papel, lo que representa una disminución de 33,89% (7.190 toneladas menos) de lo que se había importado a la fecha el año anterior. A menos que en el segundo semestre haya un repunte espectacular en las importaciones, estas no sólo se alejarán de la meta de las 80.000 toneladas –que no era tampoco óptima– sino que incluso serán menores que las del año pasado.

“No obedece la situación de escasez de materias primas para los periódicos a políticas restrictivas, ni a órdenes implantadas o emanadas del Gobierno Nacional para afectar a los diarios en el ejercicio de la Libertad de Expresión e Información: Tenemos claro que la situación obedece a situaciones coyunturales” decía –y exculpaba– en enero de 2014 la Cámara Venezolana de Periódicos, que se ha mantenido en esos trece: en que todo se debe a la situación económica del país y no a un intento de censurar o silenciar a la prensa escrita. “Al principio no había ninguna intención política”, concede Oscar Murillo, Jefe de Redacción de Correo del Caroní, “fue una medida económica: cuando el gobierno sintió una reducción importante en las divisas dijo: recortemos en papel; pero así afectaron la libertad de expresión”. Carlos Carmona, editor de El Impulso, asiente. “De alguna forma entorpecen la libertad de expresión sin hacer mucha bulla”. Y para muestra el botón de su periódico, que ha estado en varias oportunidades al borde del cierre por falta de papel. “Son discretamente discrecionales: para unos diarios sí hay papel y para otros no”, expone. Y El Nacional, al que nunca le han vendido, podría levantar la mano. Maneiro, no obstante, jura que no, que les dan papel a todos los que se lo piden: “No hay limitaciones ni distingo alguno para vender papel periódico a cualquier medio impreso que necesite dicha materia prima”, dijo Hugo Cabezas en 2014. Y qué mejor ejemplo, dirían ellos, que el de El Nuevo País, combativo y furibundo tabloide opositor al que han nutrido:  “Nunca nos han dicho que no nos van a vender papel o algo así, el suministro ha sido regular en el sentido de que siempre hemos tenido acceso al insumo como tal”, dice Francisco Poleo, Vicepresidente del diario, que, no obstante –otra cara de la misma moneda, porque no todo puede ser perfecto–, vive una situación difícil con la revista Zeta porque el papel que usa –print de 34 pulgadas–no lo tiene el CEAM.

No parece faltar papel, allí sí no, para los impresos del Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (SIBIC), que se imprimen, todos, en el CEAM. 12,5 millones de ejemplares, a razón de 4 diarios –Ciudad Cojedes (1,4 millones de ejemplares impresos en 2015), Ciudad Valencia (1,6 millones de ejemplares), Ciudad Guárico (3,5 millones de ejemplares) y Ciudad Maracay (2,3 millones de ejemplares)–, 7 semanarios (3,2 millones de ejemplares), 5 quincenarios (205 mil ejemplares), 8 mensuarios (310 mil ejemplares) y un trimestral (10 mil ejemplares) fueron impresos por Maneiro en 2014. A eso hay que sumarle, además, otros 56,7 millones de ejemplares, impresos y subsidiados por el CEAM, a razón de 3 diarios –Ciudad Caracas (41,5 millones de ejemplares), Ciudad Petare (2,5 millones de ejemplares) y Correo del Orinoco (10,9 millones de ejemplares)– y 8 encartes (1,8 millones de ejemplares). En general, son tabloides gratuitos, manifiestamente revolucionarios, que inundan los metros y vías principales de varias ciudades del país, y cuyo tiraje ha aumentado masivamente. Bastan dos casos: Ciudad Caracas, editado por la Alcaldía de Libertador, que pasó de 20.000 ejemplares diarios y 16 páginas en 2009, a 120.000 ejemplares y 30 páginas en 2015; y Ciudad Valencia, que en abril de este año, en su tercer aniversario, anunció que triplicaría su tiraje y pasaría de 5.000 ejemplares diarios a 15.000 a finales de año.

No sucede lo mismo con los medios privados, independientemente de su tendencia. La normalidad, a pesar del CEAM y sus buenos deseos, no ha vuelto a la prensa venezolana. Las dietas de papel siguen siendo el menú de cada día para los periódicos. Ya no lo denuncian en portada y eso sí es una diferencia significativa. Anteriormente había hasta cintillos y llamados en primera que señalaban que las ediciones estaban reducidas por falta de papel. Ahora todo se hace entre susurros y discretamente, casi nada es público, aunque internamente persisten los problemas con el suministro. La principal queja, redacciones adentro, tiene que ver con las irregularidades en los despachos: casi nunca reciben las cantidades que piden y pocas veces llegan en el tiempo previsto. Hasta los diarios que lucen más sólidos, que jamás se han quejado públicamente –como Últimas Noticias–, hacen planes de ahorro y a veces malabares; pero hay, al parecer, un pacto de silencio.

“A los que se quedan tranquilos los tratan un poco mejor”, explica Carlos Carmona, editor de El Impulso, a cuyo oído ha llegado la molestia del CEAM por los cáusticos editoriales que publica denunciando la falta de papel. “Hay a nivel nacional un silencio en el que nadie denuncia nada, no dicen nada, ni siquiera denuncian la situación de los medios que pasamos por estos problemas”, se queja. Y para muestra la marcha realizada por los periodistas de El Carabobeño el 13 de junio exigiendo papel: apenas pocos diarios la reseñaron en portada; ninguno de ellos del estado Carabobo.

¿Y es que dependiendo el suministro de papel de un monopolio alguien osaría meterse o pelearse con él? Allí, al final, radica el problema: en que la vida de los diarios está en manos de un organismo estatal, más bien gubernamental. “Es una presión política y psicológica sobre los más de 30 mil trabajadores de la prensa”, dice Francisco Poleo. Presión que indirectamente aumenta  con casos como el de El Carabobeño, que tuvo relaciones cordiales con Maneiro –recibió tres despachos de ellos, siempre en menores cantidades de las solicitadas, eso sí: en agosto pidieron 150 bobinas, les despacharon 80; luego pidieron 200 y llegaron 44; y por último, en marzo, recibieron 72 bobinas–, que de parte de Maneiro jamás obtuvo una queja, un reclamo por su línea editorial, si quiera una discreta sugerencia –no digamos ya una exigencia– para endulzar un poquito las cosas, y que de repente, de la noche a la mañana, un 19 de marzo, se acabó la relación. “No sabemos qué pasó ese día, pero desde ese entonces no ha habido más papel para nosotros. Empezamos a hacer solicitudes y solicitudes y no hubo respuesta, hasta que nos dijeron ‘no hay papel’. Hacemos pedidos diariamente para ver si se fastidian y nos venden, pero no”.

El Arzobispo de Valencia, los estudiantes, los ciudadanos, las cámaras estatales, todos han pedido papel para El Carabobeño. Sólo uno no ha hablado: el gobernador Francisco Ameliach, del partido de gobierno. Una palabra suya, juran, bastaría para salvarlos. Una palabra suya, sospechan, bastó para condenarlos. “El problema está en Carabobo”, dice González. Allí, donde son el único medio crítico –el otro, Notitarde, fue comprado en enero–, nada de extraño tendría –y esto, aunque no lo parezca, es especulación– que estando la venta de papel periódico controlada por un monopolio rojito, un funcionario del mismo color los llamara y les dijera, más bien pidiera, de camarada y todo, que a ese periódico que tanto lo fastidia, que se la pasa criticándolo, que a ese, por favor, no le vendieran más papel. Y el monopolio, fiel a sus amigos e implacable con sus enemigos, actuara en consonancia. Y no es el único funcionario que tiene ese comodín –diríase guillotina– a la mano.

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