Octavio Paz: el Nobel malquerido

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El quinto Nobel Latinoamericano, primer mexicano y tercer poeta, Octavio Paz, no era un tipo especialmente popular. Y no lo era por tres razones: los géneros que manejaba (poesía y ensayo), sus ideas políticas (liberales, de derecha), y una cierta afición a la polémica. Todo ello, si bien lo hacía impopular, lo hacía un tipo auténtico. No estrafalario ni vistoso, al modo de los bohemios, sino más bien con la sobria autenticidad del románico. Era, de hecho, de rasgos duros. Y elegante también: podía prescindir de la corbata –su única concesión- pero no del terno y la camisa.

Fue Pablo Neruda quien lo descubrió, o quien le dio el primer voto de confianza. Corría el año 1936, Paz no pasaba de ser un joven mexicano de 23 años, estudiante de la Facultad de Derecho y Filosofía de la UNAM, con un poemario –“Raíz del hombre”– recién publicado y un padre recién fallecido. “Entonces nadie lo conocía”, recordaba Neruda. “Yo había recibido su libro hacía dos meses y me pareció contener un germen verdadero”. De modo que lo llamó para que fuera a España a participar en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Eran los tiempos de la Guerra Civil.

En España, Paz entra en contacto con el bando Republicano y se confirma en la izquierda, de la que luego apostata cuando en Cataluña los Republicanos reprimen a algunos amigos suyos. Una apostasía que lo llevaría posteriormente a denunciar los crímenes del Estalinismo y los Gulac soviéticos, y que lo alejaría de su “descubridor” Neruda: “A medida que él se hacía más y más estalinista yo me desencantaba de Stalin. Acabamos por pelear –casi a golpes– y dejamos de hablarnos”.

Esas dos actitudes son constantes en su biografía: la denuncia de todo régimen que atentara contra la libertad y la democracia, y la pelea contra sus colegas de las letras. Nada de ello lo hacía muy popular por entonces y menos en Latinoamérica, donde las dictaduras de izquierda -revoluciones, les decían- eran bendecidas con el favor de la opinión pública y de los hombres de letras.

Un acto de coherencia intelectual, la renuncia a la Embajada de la India, lo aparta de la carrera diplomática, que, como casi todo buen escritor latinoamericano, había comenzado antes. Fue en 1968, cuando el Ejército asesinó a un grupo de casi 200 estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Ciudad de México. En repudio a ello, Paz dejó su cargo de Embajador –fue el único en hacerlo– y se dedicó a la enseñanza y a fundar revistas literarias y de cultura.

Paralelamente, su obra crecía de forma exponencial, aunque se veía siempre opacada por sus polémicas intelectuales. Por lo menos 28 poemarios y 31 ensayos publicó, a razón de uno por año. Sin embargo, no se trataba de obras de masa, sino más bien minoritarias, que no menores. La identidad mexicana fue un tema recurrente en su trabajo. “El laberinto de la soledad”, un ensayo sobre la esencia de la mexicanidad, es una de sus obras más alabadas; igual que “Sor Juana Inés de la Cruz, las trampas de la fe”, sobre la poetisa barroca.

En México, no obstante, y a pesar de estar en el pensum de estudios básico, no fue profeta. Sus posiciones políticas y la cercanía con el poder lo marcaron en su tierra, donde llegaron, incluso, a quemar una estatua suya, luego de que denunciara la falta de democracia que había en la Nicaragua sandinista, intocable en ese entonces. “Reagan, rapaz, tu amigo es Octavio Paz” era la consigna de la incendiaria protesta, que tuvo lugar frente a la embajada de Estados Unidos. Pero no se arredró. Nunca lo hizo. Y siguió disparando. “Hay que aprender a decir y a escuchar la verdad: hay que criticar tanto el estalinismo de Neruda como el castrismo de García Márquez” fue uno de los tantos dardos que clavó en sus colegas.

Con Vargas Llosa también tuvo sus diferencias. Fue en un debate en el que Paz reunió a treinta intelectuales de Occidente para discutir de política. En un momento, Vargas Llosa se salió de línea y calificó a México como la dictadura perfecta. “La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México”, dijo. “Lo de México no es dictadura, es un sistema hegemónico de dominación, donde no han existido dictaduras militares. Hemos padecido la dominación hegemónica de un partido. Esta es una distinción fundamental y esencial”, replicó Paz, que quedó tocado a nivel de imagen. “Ahora Octavio Paz se ha desprestigiado definitivamente” escribió la prensa mexicana.

Meses después de aquello, corría entonces el año 1989, Paz se encontraba en Nueva York atendiendo el llamado de un periodista sueco que quería entrevistarlo a propósito del estreno en Estocolmo de una obra de teatro suya –la única que escribió, en realidad–, cuando en medio de la conversación el periodista le comunica lo que minutos después la Academia le confirmaría: que le habían concedido el Nobel de Literatura. “Por una apasionada escritura con amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística”. No, no se había desprestigiado definitivamente.

“Cuando recibí la noticia sentí en primer lugar sorpresa y, mezclada a la sorpresa, indistinguible de la sorpresa, una gran alegría”, fueron sus palabras. “Lo celebraré haciendo la vida de todos los días, porque creo que los premios son muy importantes pero es más importante vivir”, dijo y no hizo fiesta. Más bien, se fue a dar una conferencia en el Museo Metropolitano de Nueva York sobre arte precolombino.

“Se lo merece sin ningún género de dudas. Siento una especial satisfacción de poder pasar el testigo del Nobel a alguien de la categoría de Octavio Paz”, declaró Cela, su antecesor en el premio. “Estoy muy contento por el premio. Paz es uno de los poetas que más admiro y estimo, y uno de los creadores más respetables que tenemos, pues creo que es una de las grandes figuras de nuestro tiempo” fueron las palabras de Vargas Llosa, olvidando cualquier polémica. “No coincido con él en una serie de puntos pero siempre he apreciado su lucidez enorme. Es uno de los grandes poetas de la lengua española y también de la ensayística” expresó Juan Goytisolo. Ni Carlos Fuentes –que estaba en Nueva York–, ni tampoco García Márquez dijeron nada al respecto. Bien por el poeta, mal por el político, fue la posición de la prensa.

En esos días, lo entrevistaron en El País de España. Es una entrevista elocuente, en la que tanto las preguntas como las respuestas son reveladora

-¿Se siente usted querido en su país?

-Yo tengo más lectores que la mayor parte de los que me critican. En ese sentido yo me siento querido. A los otros hay que dejarlos en su callejón de la amargura.

-¿Cómo interpreta usted que Carlos Fuentes no se haya manifestado sobre el premio que le han concedido a usted?

-No sé. Yo tengo una gran admiración por Carlos Fuentes.

-Mucha gente recita de memoria los poemas de Neruda, los suyos no. ¿Esto qué significa?

-Perdone que le contradiga pero eso no es verdad. Recitaban los eslóganes de Neruda, eso sí. Pero los poemas de Neruda son a veces mucho más difíciles que los míos.

-Pero ¿le gustaría ser más popular?

-Me gustaría ser más popular, pero no a costa de la calidad de la poesía. Lo importante es qué clase de gente lee. La poesía la leen los jóvenes, la leen las mujeres, la leen los hombres de ciencia. Los que no leen poesía son los periodistas, los políticos, los profesores de sociología, los sociólogos…Toda esa gente lee muy poca poesía, aunque sus antecesores sí leían poesía.

A Estocolmo llegó en diciembre con 19 acompañantes, entre ellos el ex presidente de México, Miguel de Lamadrid. Mariachis, tequila, tacos y guacamole le dieron el toque mexicano a todas las recepciones, que ese año, que coincidió con la 90° entrega del premio, tuvieron un significado especial.  La ceremonia estuvo adornada por los tradicionales claveles amarillos enviados desde San Remo, y musicalizada por la Orquesta Filarmónica de Estocolmo, que por primera vez usó el trombón como instrumento solista. Una ausencia, la del Premio Nobel de la Paz de ese año, Mijaíl Gorbachov, que no pudo salir de su país, marcó también la premiación.

En su discurso, titulado “La búsqueda del presente”, reflexionó con brillantez sobre el tiempo:

La reflexión sobre el ahora no implica renuncia al futuro ni olvido del pasado: el presente es el sitio de encuentro de los tres tiempos. Tampoco puede confundirse con un fácil hedonismo. El árbol del placer no crece en el pasado o en el futuro sino en el ahora mismo. También la muerte es un fruto del presente. No podemos rechazarla: es parte de la vida. Vivir bien exige morir bien. Tenemos que aprender a mirar de frente a la muerte. Alternativamente luminoso y sombrío, el presente es una esfera donde se unen las dos mitades, la acción y la contemplación. Así como hemos tenido filosofías del pasado y del futuro, de la eternidad y de la nada, mañana tendremos una filosofía del presente. La experiencia poética puede ser una de sus bases. ¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias.

En mi peregrinación en busca de la modernidad me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está afuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión. Presente intacto, recién desenterrado, que se sacude el polvo de siglos, sonríe y, de pronto, se echa a volar y desaparece por la ventana. Simultaneidad de tiempos y de presencias: la modernidad rompe con el pasado inmediato sólo para rescatar al pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea. Perseguimos a la modernidad en sus incesantes metamorfosis y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia.

Tras la recepción del premio, Paz siguió en lo suyo: escribiendo, pensando y peleando; y así hasta su muerte, ocurrida en 1998, a causa de un cáncer de huesos.

SERIE PREMIOS NOBEL LATINOAMERICANOS:

-Gabriela Mistral: de maestra de escuela al trono de la poesía […y al retrete de los chismes]

-Miguel Ángel Asturias, desterrado en vida olvidado en muerte

-Pablo Neruda: el poeta comprometido que murió horrorizado

-Gabriel García Márquez, el Nobel al revés

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