Vargas Llosa: el Nobel que sobrevivió a los 33

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si Mario Vargas Llosa hubiera muerto a los 33 años, lo hubiera hecho como una leyenda de las letras, con tres obras maestras publicadas. Tres obras colosales que cualquier escritor experimentado hubiera firmado con los ojos cerrados para ponerle fin con broche de oro a su carrera literaria. Tres obras que Vargas Llosa escribió en apenas siete años e inexplicablemente joven, entre los 26 y los 33: La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1965) y Conversación en La Catedral (1969).

Si Mario Vargas Llosa hubiera muerto a los 33 años, también lo habrían llorado en La Habana, donde lo recibían de mil amores, como solían recibir a los escritores comprometidos. A los socialistas. A los revolucionarios. Que eso era él en ese entonces, producto, parece, de tanto leer a Sartre.

Si Mario Vargas Llosa hubiera muerto a los 33 años, nunca hubiera ganado el Nobel, que sólo una vez se entregó póstumo, y eso porque el premiado murió después de anunciado.

Pero como sobrevivió a los 33, tuvo tiempo de pasar, siempre tan realista, de leyenda de las letras a genio de las mismas; de autor de tres novelas ejemplares, al de una amplia y trabajada bibliografía de la que ensayos, memorias y relatos también forman parte, de primera calidad en su mayoría, pero con algunos altos y bajos; es decir: tuvo tiempo de humanizarse. Con carrera literaria al revés, además: de viejo novelista a brillante escritor novel, así magníficamente definido por el crítico Félix Azúa en El País.

Como sobrevivió a los 33, tuvo tiempo de cambiar de ideología, desligarse de la izquierda y profesar el credo liberal, que ha defendido a pluma y espada, a pesar de lo impopular que tal defensa resulta. Igual que con la literatura, allí su carrera ha sido al revés: no fue en su juventud sino en la adultez cuando se dejó seducir por la política y se lanzó, con 54 años, a la presidencia de Perú, que hubiera obtenido de no aparecer el outsider Alberto Fujimori.

Como sobrevivió a los 33, también tuvo tiempo de ganar el Premio Nobel de Literatura y ser actualmente el único Nobel latinoamericano vivo. Dictaba en la Universidad de Princetown un curso sobre Borges –con quien hasta ese día compartió la etiqueta de eterno candidato–, cuando fue anunciado como ganador. Ni se lo esperaba –”pensaba que había sido completamente olvidado por la Academia, ni siquiera sabía que el premio se entregaba este mes”– ni se lo creía –“pensé que era no era verdad. Creí que era una broma. El Secretario de la Academia Sueca me dijo que en 15 minutos lo harían público, y cuando lo vi oficialmente me lo creí”–, pero se lo disfrutaba –“es una gran alegría: estoy conmovido y entusiasmado”–.

Conmovido quedó también por el frío de Estocolmo, que lo mandó directo a una clínica: tras un temerario paseo a pie por las calles, sin mayor protección que un abrigo, el Nobel terminó afónico y hubo de ser hospitalizado. La medicina sueca le devolvió la voz para que pudiera pronunciar el discurso más importante de su carrera, “Elogio de la lectura y la ficción”. Trece páginas marcadamente autobiográficas, de ensalzamiento de la literatura, en cuya lectura lloró –dicen que por cuarta vez en su vida y por primera vez en la historia del premio– al mencionar a su esposa Patricia –“la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir”– e hizo llorar a buena parte de los asistentes, Carmen Balcells, la legendaria agente incluida. Predicó en contra de las dictaduras –“deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance”– y denunció a las actuales –“Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua”–, pero el centro de su discurso fue la literatura, su salvación:

“Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida (…) Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz (…) Sin los buenos libros, seríamos peores de lo que somos, más conformistas, menos inquietos e insumisos, y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”.

Y como sobrevivió a los 33, y por seguir siempre haciéndolo todo al revés, a los 79 años se dejó llevar por una pasión más juvenil que provecta, y en un arrebato adolescente dejó, tras 50 años de matrimonio, a la prima de naricita respingada y carácter indomable para vivir ese amor joven que nunca protagonizó, quizás, por andar escribiendo en esos sus tres obras maestras de sabio y viejo novelista.

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