Para vivir – Pablo Milanés

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Este es uno de los temas de (des)amor más tristes y duros que se ha escrito nunca, y una de las cimas más altas de la música cubana. Compuesto en 1967 y lanzado como parte del álbum “La vida no vale nada”, se inscribe dentro de la “nueva trova” –una de las poquísimas cosas buenas que dio (o que se dio en) la revolución–, aunque no sea, de ninguna manera, una canción de protesta o social, sino todo lo contrario. ¿Qué lo hace tan especial? Quizás la honestidad, la brutal honestidad, de su letra, que por eso es tremenda y dura. También, cómo no, la interpretación de Milanés, con ese tono tan suyo e inclasificable. Y los arreglos. Es un tema donde todo, absolutamente todo, armoniza. Que apenas empezar a sonar lo sumerge a uno en una atmósfera triste y melancólica, y que, si tuviera tal poder la música, nublaría el más azul de los cielos al primer acorde.

Es la historia de un fracaso amoroso. El naufragio de una relación, probablemente matrimonio, de años. Otro tema de fracasados (siempre los fracasados), que luego de mucho tiempo se dan cuenta de que nunca debieron estar juntos, que deben ponerle fin a su relación, y que, si la vida y el tiempo lo permiten, intentar encontrar lo que no tuvieron: eso que llaman amor

Muchas veces te dije que antes de hacerlo
había que pensarlo muy bien,
que a esta unión de nosotros
le hacía falta carne y deseo también

En esta primera estrofa quien canta se dirige a la otra persona, a su pareja, con una especie de reproche retrospectivo: ‘te lo había dicho’. Con ello arranca, con una ida al pasado, una vuelta (melancólica) a los orígenes, tras la cual constata que ese fracaso estaba cantado, que él lo sabía, que había tenido razón, pero no había actuado en consecuencia.  “A esta unión de nosotros le hacía falta carne y deseo también”; es decir: no había atracción mutua, no se deseaban. Curioso, porque eso suele ser lo que sobra en las mayorías de las relaciones, por lo menos al principio.

Que no bastaba que me entendieras
y que murieras por mí,
que no bastaba que en mi fracaso
yo me refugiara en ti

Aquí se siguen relatando las causas del fracaso. Es una estrofa enorme, tanto por la honestidad como por la lucidez de quien canta. Una disección sentimental y psicológica de primer nivel: ella estaba loca por él, se moría por él; y él se consolaba en ella, con ella. Cuando fracasaba, cuando las cosas le salían mal (en lo que fuera) la buscaba. Repito: asombra la lucidez de lo cantado (y contado) aquí. Y lo duro que es.

Y ahora ves lo que pasó
al fin nació, al pasar de los años,
el tremendo cansancio que provoco ya en ti,
y aunque es penoso lo tienes que decir.

¿Qué es eso? La conclusión lógica de los hechos, el orden natural de las cosas. “Y ahora ves lo que pasó”, no deja de tener un tono de reproche. Pasaron los años, con él la rutina y tantas cosas. Esa relación que no era de dos, en la que había una enamorada y un resignado, terminó por acabarse. “El tremendo cansancio (…) que provoco ya en ti”: la admiración, la locura, el morirse por, terminó en eso, en cansancio y fastidio. “Y aunque es penoso, lo tienes que decir”. Esta última frase nos vuelve a mostrar a ese hombre lúcido que aunque no se lo digan se da cuenta de todo, del cansancio que provoca, y que, aunque sea triste, aunque duela, aunque de pena, la conmina a decirlo. A dejarse de engañar.

Por mi parte esperaba
que un día el tiempo se hiciera cargo del fin,
si así no hubiera sido
yo habría seguido jugando a hacerte feliz

Aquí se nos hablan de alguien que se movía, que vivía, en la más simple resignación: “esperaba que el tiempo se hiciera cargo del fin”. Una actitud pasiva, resignada, de quien ve la vida pasar y no lleva el control de ella. Se podría pensar en alguien incluso frío, o hasta cínico, que aun sabiendo que el final estaba cantado, sigue aparentando. Víctima de su propio plan. “Si así no hubiera sido yo habría seguido jugando a hacerte feliz”. Jugando a hacerte feliz. Un juego, algo falso, de mentira, que no era verdad. Un yo-seguiría-haciendo-como-que-sí. Pongámonos por un momento del otro lado: ¿qué tal si esa otra persona, esa con la que estuviste un montón de años, te dijera dicho que todo para él/ella era un juego? Altruista y bien intencionado, sí, pero juego. Es tremendo.

Y aunque el llanto es amargo
piensa en los años que tienes para vivir,
que mi dolor no es menos
y lo peor es que ya no puedo sentir.

“Y aunque el llanto es amargo”. Ella llora, lógicamente. Después de toda esa andanada no queda sino llorar. ¿Qué consuelo queda? “Los años que tienes para vivir”. Ver el futuro, lo que viene. Él también sufre –“mi dolor no es menos”– y, peor aún, parece haber quedad insensibilizado: “ya no puedo sentir”. Es extraña esta línea: ¿acaso sugiere que de tanto fingir y jugar perdió la capacidad de sentir, de empatizar? ¿Que se volvió duro y descorazonado? En todo caso, parece que ella puede salvarse y él no.

Y ahora tratar de conquistar
con vano afán este tiempo perdido
que nos deja vencidos sin poder conocer
eso que llaman amor,
para vivir.
Para vivir.

¿Qué queda después de todo esto? Al menos una intención: “tratar de conquistar con vano afán este tiempo perdido”. ¿Por qué vano afán? Quizás porque el tiempo es irrecuperable, porque el tiempo perdido, ese que los santos lloran, no vuelve. “Que nos deja vencidos sin poder conocer eso que llaman amor”. Triste final y triste imagen: la de dos personas vencidas por el tiempo que por andar en una relación que no debía ser terminaron sin conocer eso que llaman amor, sin vivir.

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