03N: La marcha que no fue

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si al estilo de ‘Good Bye Lenin’ alguna provecta doña de El Cafetal  (perdón por el cliché) hubiese caído desmayada el miércoles pasado al terminar la marcha y se hubiera recuperado hoy en la mañana, sabemos que sus pobres hijos habrían tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para explicarle por qué esa D roja gigante que estaba marcada en el calendario señalando que este 03-N era la fecha límite hubo que correrla unos días más. Pero si pensamos que la doña ya no es de El Cafetal sino de la Avenida Libertador, y que, movida por el efecto balsámico y curativo que tienen las consignas contra Maduro para una opositora tan firme como ella, se despertaba a golpe de 11 de la mañana cuando la marcha pasaba frente a su casa, entonces su vástagos -que, es lógico, tuvieron que dejarla sola porque hoy era su día de compra- habrían tenido que tirar la Harina Pan y el jabón al suelo para socorrer a su madre, quien habría caído fulminada por lo visto en el balcón. ¿Por qué? Porque lo que habría visto al asomarse sería, y como mucho (contemos con el efecto alucinógeno de algún medicamento intravenoso que exagera la percepción) a dos cuadras de personas marchando frente a su casa. Nada más. Eso fue lo que en la mañana de hoy congregó la convocatoria del Movimiento Estudiantil, a la que se plegaron Voluntad Popular y Vente Venezuela. Una protesta que si algo hizo fue dejar en evidencia el estado de paranoia en el que vive la dictadura, que no solo cerró seis estaciones de metro (las que van de Plaza Venezuela a Capitolio), sino que también desplegó un amplio e innecesario número de efectivos de la Policía Nacional y la Guardia Nacional, y hasta apostó a un grupo de partidarios en La Candelaria esperando un ataque que nunca se produjo.

Poco antes de dar las 11, era María Corina Marchado quien llamaba la atención del grupo congregado en El Bosque. Sencilla pero impecable de pies a cabeza, vestida de blanco y siempre seria, declaraba a los medios. Lo hacía bajo un sol inclemente y un extraño enjambre de libélulas (¿caballitos del diablo?), que fueron la constante durante toda la marcha. Siguió en sus trece sobre el diálogo y la ruta de destitución de Maduro. En realidad dijo poco nuevo y al terminar salió disparada de la mano de dos gigantones.

Unos metro más adelante, sobre una pick-up azul, Hasler Iglesias, vestido con la camiseta del equipo de fútbol de la UCV (pero que más bien parecía de Colombia o Ecuador) informaba que se iría la Nunciatura Apostólica a entregar un documento, que todo se haría en paz y tranquilidad. Como diez minutos les tomó organizar a los manifestantes detrás de la pancarta que llevaba la delantera. “Hay más heladeros que gente”, decía entre sorprendido y decepcionado un heladero que veía ampliada su competencia y reducido su público, a la vez que aseguraba que igual seguiría porque “yo sí soy escuálido, no como los otros heladeros que son chavistas”.

Un enjambre de cámaras a lo lejos anunciaba que había noticia: Lilian Tintori declaraba. Más producida que María Corina –rímel, base y boca pintada–, con unas pronunciadas patas de gallo que delataban la vigilia de anoche, y su ya usual trenza rubia, la esposa de Leopoldo, también de blanco, tenía colgado un rosario grande cuya cruz blandía ante las cámaras. Era, dicho sea, la cruz de San Benito, que es la que usan los exorcistas porque, dicen ellos, suele dar mejores resultados en esas lides de sacar demonios. Tampoco dijo nada nuevo, pero insistió en denunciar la situación de Leopoldo y otros presos políticos, confinados en régimen de aislamiento absoluto, sin la posibilidad de ver a familiares ni abogados. Al terminar de hablar Lilian, la marcha ya estaba tres o cuatro cuadras por delante, por lo que ella corrió junto con toda la gente de Voluntad Popular, que, dicho sea, para ser los peligrosos terroristas que dice Maduro, bien normales que parecen y hasta de anaranjado chillón visten como quien no tiene nada que ocultar.

Durante el trayecto por la Libertador todo se desarrolló normal, hasta pasar frente a PDVSA. En la estatal petrolera aguardaba un grupo de unas cien personas vestidas de rojo, con unas gaitas a todo volumen y la consigna “Si se prende el peo / con Maduro me resteo” a voz en cuello. Los separaba de la marcha la Guardia Nacional, y algunos efectivos de la PNB que con un megáfono ordenaban avanzar, recordando, como para que nadie se perdiera, que “su fin es la Nunciatura”. De resto, y salvo dos cohetones frente a uno de los edificios de Misión Vivienda, todo transcurrió en calma.

La poca concurrencia fue comentario general a lo largo de la marcha. “Vengan, bajen, marchen con nosotros. Después no van a poder. El momento es ahora”, arengaba una mujer con una bandera desde la acera a la gente que estaba en una panadería. “No hacemos nada aplaudiéndolos, hay que unírseles. Ellos son el futuro y se la están jugando por nosotros”, continuaba su exhortación. Aplausos fueron los que sobraron en la funeraria Vallés, frente a la cual pasó la marcha. Al hacerlo, el camión calló y todos marcharon con las manos levantadas. Desde los muros del caserón, los seres queridos de los deudos, de riguroso negro y morado, se asomaron para felicitarlos, aplaudirlos y vitorearlos: “Vivan los muchachos”, gritaron.

Quizás unidos por la nostalgia o hermanados por la camaradería, pero seguro recordando que hubo tiempos mejores y convocatorias mayores, algunos de los viejos dirigentes del Movimiento Estudiantil caminaron juntos. Stalin González (gordo), Juan Requesens (más gordo todavía), David Smolansky (ya de fuertecito a gordo), Manuel Olivares (acercándose a la frontera) y Miguel Pizarro (flaco y desgarbado), hoy todos ellos -menos Smolansky, que es Alcalde- diputados de la Asamblea Nacional (las vueltas que dio la vida), recorrieron unidos buena parte del trayecto. No fueron los únicos. También estuvieron José Guerra, Luis Florido, Manuela Bolívar, Juan Guaidó, Gabi Arellano, Freddy Guevara y Juan Andrés Mejía. El protagonismo, sin embargo, era delos estudiantes, que iban a la cabeza de la marcha y no dudaban en hacer de su independencia una consigna: “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante que defiende su futuro”.

Y no habían terminado de pisar la Nunciatura cuando ya el Nuncio estaba saliendo. Escoltado por otro sacerdote y dos PNB que poco pudieron hacer ante la avalancha de camarógrafos y periodistas (mea máxima culpa), Monseñor Aldo Giordano escuchó en boca de Hasler Iglesias, presidente de la FCU de la UCV, las peticiones del Movimiento, a saber: libertad para los estudiantes detenidos y perseguidos, que lleguen los medicamentos, y se establezca un cronograma electoral. El embajador del Papa les dio unas palabras, la bendición y la mano, y se dirigió de regreso a la Nunciatura. Antes de entrar fue detenido por una alcabala de Voluntad Popular, que en la persona de Smolansky le entregó una carpeta manila con la petición de que cese la persecución en contra del partido.

Después de eso, poco quedó. La gente de Zurda Konducta fastidiando a algunos dirigentes -“¿cuál es el miedo de contarse?”, le espetaba Manuela Bolívar a la cámara-, pero en plan simpático esta vez. Se habló de organizar otro día una vigilia frente a la Nunciatura, y poco a poco todos se fueron yendo, con la promesa, eso sí, de no abandonar la calle -“la semana que viene tendremos acciones de nuevo”, prometió Iglesias, tras felicitar al movimiento por el logro de haber hecho escuchar su voz ante el Nuncio-. En las inmediaciones de Plaza Venezuela estaba un ejército de Policías y Guardias, con sus escudos y demás equipos antimotines, prestos y dispuestos a restablecer un orden que finalmente nunca se rompió, y quizás tan perplejos como la señora del principio, esperando todos, este 03N, la marcha que no fue.

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