Paris – La Oreja de Van Gogh

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Esta es una canción triste y melancólica que tiene a París, esa ciudad que da para todo y en todo queda bien, de título y de fondo. Narra la historia de (o le canta a) una desaparición que, por el carácter decisivo y desesperado de la letra, por lo irremediable que suena, parece tan definitiva como la de la muerte.

Buena parte del tema está cantado en imperativo, el tono de orden. “Ven, acércate. Ven, abrázame”. Quien canta, como en un conjuro, comienza invocando y convocando a esa persona. Pidiéndole que se haga presente. La quiere cerca. “Vuelve a sonreír, a recordar París / a ser mi angustia”. Allí, París está asociada a recuerdos felices, que provocan sonrisa, pero también ‘angustia’. ¿Por qué angustia? ¿Por qué él era su angustia? Sería mucho especular tratar de encontrar la respuesta a la pregunta, y la canción no da pistas para ello. Sin embargo, añorar incluso la ‘angustia’ que le producía es mucho querer. Lo que sucede en esa especie evocación arrepentida que se produce en el duelo (“ojalá estuvieras aquí para pelear…”). “Déjame pasar una tarde más”. Del imperativo se pasa a la súplica, a pedir eso que precisamente no se puede volver a tener: tiempo.

Arranca entonces el coro. “Dime dónde has ido / dónde esperas en silencio, amigo”. No sabe dónde está, pero sabe que está en silencio. ¿Una imagen, acaso, de la muerte? Parece la duda existencial de alguien que se pregunta adónde van, dónde están aquellos que ya partieron. “Quiero estar contigo y regalarte mi cariño / darte un beso y ver tus ojos / disfrutando con los míos”. Es la expresión de un anhelo, del deseo de volverse a encontrar. “Hasta siempre / adiós, mi corazón”. Esa es la sentencia definitiva. No es un ‘hasta luego’, ni un ‘después nos vemos’, sino un ‘hasta siempre’ y un ‘adiós’: algo sin retorno y hasta la eternidad. Allí, pues, queda claro: ya no está, murió. ¿Qué tipo de relación tenían? Eso se puede prestar a confusión: primero lo llama ‘amigo’, pero después ‘mi corazón’. ¿Uno de esos noviazgos, de esas relaciones profundas de ‘me enamoré de mi mejor amigo’? Pareciera.

En la segunda estrofa se regresa nuevamente a ese tono de orden / deseo: “Ven, te quiero hablar / Vuelve a caminar”. Esta última frase refuerza la idea de la muerte, ya que quien no camina está muerto. “Vamos a jugar al juego en el que yo era tu princesa”. Una añoranza triste de una época mejor en la que él daba todo por ella, y que parece confirmar que no era una relación amical sino de amor. “Ven, hazlo por mi / Vuelve, siempre a mí”. Puede sonar a capricho, pero tiene mucho de expresión lastimera, de la última carta que se juega, del último cartucho que se dispara: ‘hazlo por mi’. Como invocando una razón  inapelable. Pero que no funciona, porque inmediatamente entra de nuevo el coro.

Después, la canción entra en una nueva dinámica, no sólo en la letra sino en la interpretación: más lenta y gritada, desgarrada. “No hay lugar que me haga olvidar el tiempo que pasé andando por tus calles junto a ti”. ¿Era él un parisino? Eso parece sugerir la expresión ‘por tus calles’, las calles de él. Los paseos a pie por París, esa clásica añoranza. “Ven, quiero saber, por qué te fuiste sin mi / siempre tuve algo que contarte”. Es la frase más dura de la canción. Quizás por ello Montero se rompe al cantarla. Un reproche adolorido y desesperado: ‘¿por qué te fuiste sin mí?’. Una pregunta que duele. Y el final, ‘siempre tuve algo que contarte’. Ese dolor de lo que quedó por hacer, de todo lo que faltó, de lo que se frustró, de lo que iba a ser y ya no será.

“No hay nada que me haga olvidar el tiempo que ha pasado ya, y no volverá”. Así va terminando la canción. Nuevamente lo irrecuperable del tiempo, ese que se va y no vuelve. Y lo implacable de la memoria, que no olvida. Y para el cierre, una sentencia inapelable, una despedida definitiva: “No hay nada más. Adiós, mi corazón”.

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