Descifrando a Walter Riso

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Walter Riso, el hombre que escribe libros que se traducen, se agotan, se editan y reditan sin parar, y que mañana estará en Eurobuilding dando una conferencia sobre cómo amar sin apegos, tiene, en persona, un parecido asombroso con José Ignacio Cabrujas: cabello gris ensortijado, bigote poblado y un cierto aire informal en el  vestir –jean, chemisse abierta y saco–. Quien así lo viera, tan campechano, difícilmente pensaría que se trata de una de una de las luminarias más fulgurantes producidas por ese ‘star sistem’ editorial que se llama la autoayuda.

Aunque nació en Nápoles, el voceo y el seseo descubren dónde fue que se crio, creció, hizo hombre y con un nombre: en Argentina. Así arranca la historia de este autor de best-sellers: una vez graduado de psicólogo (lo es) comienza a pasar consulta en Medellín y confirma en sus pacientes lo que ya venía sospechando en la academia: que un 60% de los problemas la gente están relacionados, de una u otra manera, con el amor. Más aún: con una concepción errada y errónea (idea irracional, la llama él) del amor. Y ése, como en los años de la fiebre de oro, es su ‘lucky strike’: porque asume la misión de empezar a derribar mitos, acabar con falsas concepciones y sacarles a las personas esas visiones idílicas que tanto las hacen sufrir; sistematiza el amor en 10 tópicos (problemas, los llama) y se da a la tarea de escribir un libro por cada uno; son esos libros, no hace falta decirlo, los que lo convierten en la minita literaria que hoy es.

Cuando habla, Riso lo hace con bastante desparpajo. No va en pose de sabio que pontifica, sino más bien de compadrito que comenta cosas, cual personaje de Bryce. Al hacerlo se vale de cuentos, anécdotas y experiencia de terceros (“un señor me dijo”, “una vez atendí a una pareja que”), sacadas en su mayoría de su consulta. Tiene un humor que no es ni negro ni irónico: es cómico. Las cosas las piensa con gracia y las suelta con chispa (“esto me importa un nabo, que es la versión vegetariana de me importa un culo”). Y entre chiste y chiste, cuela de repente una referencia de Aristóteles, una de Epicuro o de la letra de algún bolero (“algunos deberían estar prohibidos”), como para dejar constancia de una cultura amplia. También suele soltar cifras sin referencia alguna más allá de su propio conocimiento (el 70% de los hombres son infieles, las relaciones de amantes duran dos años, el duelo entre 6 meses y un año). Pero indudablemente lo mejor de su repertorio son sus golpes de efecto: sentencias, frases o aforismos (se le dan bien las síntesis) en los que con un cierto ingenio derrumba lugares comunes:

“A la pareja hay que decirle: eres lo mejor, pero no lo único de mi vida”

“Yo no te necesito, yo te prefiero”

“Lo que se opone al amor es la indiferencia, porque el odio puede atraer tanto como el amor”

“La imitación corrompe: los buenos modelos inspiran”

“Es mejor un disenso amigable que un consenso conflictivo”

“Uno puede tener sexo con cualquiera. El problema no es el sexo: es el post-coito, porque allí no quedamos desnudos cara a cara. Ya no tenemos la obsesión de poseer al otro, hay que hablar”

“Cuando ustedes le tengan que explicar el chiste a su pareja, sepárense”

“Un clavo saca a otro: mentira. A veces lo entierra más. Eso no tiene sentido”

“Aquí un hombre soltero es sospechoso y una mujer soltera es una fracasada. Y la soltería es una elección”

“La maldita esperanza. No toda esperanza es buena, hay esperanza que son malas”

Suenan a verdades de Perogrullo, a lugares comunes, a cosas que todos saben, pero cuando las dice tienen su efecto: la gente ríe, la gente aplaude, la gente anota. Él tampoco se ensoberbece porque sabe que no ha descubierto el agua tibia: son cosas de sentido común, dice, pero que muy pocos ven. “A mí no me gusta ser gurú de nada, ni maestro de nada”, afirma, para rechazar tajante el calificativo de gurú del amor. “Yo simplemente suelto datos”, explica. ¿Sacados de dónde? De su experiencia profesional, que no personal. “Jamás he puesto en mis libros ninguna referencia personal a nada que me haya ocurrido. Podría hacerlo, pero eso sería un testimonio, y lo que yo hago es otra cosa: divulgación psicológica. Y eso me da solvencia, porque lo hago desde la academia, desde mi experiencia al tratar con pacientes”. ¿Pero le ha ido bien en el amor, o consejos vende y para él no tiene? “Me ha ido bien en el amor. Tengo dos matrimonios, no al mismo tiempo, claro.  Primero estuve casado 12 años, tuve dos hijos. Fue un muy buen matrimonio, pero empezó a desinflarse y fue una muy buena separación: inteligente, ella quedó como una de mis mejores amigas. Estuve separado 5 años y me volví a casar. Llevo 17 años casado. Muy contento. Construyendo el amor todos los días con la persona que amo”.

-¿Y se siente cómodo con la clasificación como autor de autoayuda?

Respira profundo. “Esa pregunta tenía que llegar”, dice, para comenzar a explicarse: “Cuando yo empecé a escribir libros, eso no se llamaba autoayuda, se llamaba divulgación psicológica, porque era eso, psicología de la salud, un modo de salir de la academia y de llegarle a la gente, de hacer prevención. Pero entonces apareció el libro de Dyer, ‘Tus zonas erroneas’, y con su publicación todo esto comenzó a utilizarse de un modo demasiado comercial”, se lamenta. A partir de allí, la autoayuda fue cualquier cosa, y para ejemplo ‘El Secreto’: “si le preguntan a su autora por qué sucedió el tsunami, ella dirá que fue porque todos lo desearon inconscientemente. Y eso desacredita”. Por eso mismo, Riso hace una división en el género: “Hay una autoayuda seria y científica, y la otra. La científica la escribimos psicólogos, profesionales de la salud, está fundamentada: detrás de mis libros vas a encontrar bibliografía, referencias”.

El repique de su teléfono lo interrumpe. Lo deja repicar hasta que para, pero de inmediato vuelve. Entonces, lo silencia. “Perdón: es que soy dependiente de mi mujer”, dice con humor.

-¿Esa autoayuda científica funciona? ¿Valen sus libros lo mismo que una consulta con el psicólogo?

-La pregunta es importante, porque a quien agarra un libro de estos le puede pasar lo siguiente: lo lee, llega a la página 5 y dice: ‘todo lo que me está diciendo ya lo sé’ y lo deja. Le puede pasar otra cosa interesante: lo leer y no le sirve. Pero, a un porcentaje muy alto, lo digo en mi caso por las respuestas que recibo, el libro le puede decir algo que no sabía, una pequeña cosita que lo puede ayudar a superarse; y, segundo, le puede mostrar que tiene un problema psicológico, y lo alerta a que pida ayuda y la busque. ¿Quiénes son los que promueven mis libros? Muchos psicólogos, porque además les ahorra un tiempo: si tienen que explicar qué es el duelo, necesitan entonces 3 citas; pero si en la primera cita detectamos el problema, te mando a leer el libro de Riso, podemos entonces comenzar a trabajar en la siguiente.

¿Y qué viene en el futuro? “No voy a escribir otro libro más sobre el amor. Este (“Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido”, editado por Planeta en Venezuela) es el último. Te doy la primicia de que acabo de escribir una novela, que no es de autoayuda, que sale el año entrante, que es muy literaria: yo he escrito poesía, teatro, he escrito libros técnicos. Yo voy a escribir lo que se me dé la gana y al que no me gusta leerme que no me lea”.

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