Otra marcha que no fue

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida fuera como las fábulas de Esopo y cada acontecimiento tuviera una lección moral, la que la oposición podría sacar de sus últimos tres jueves de protesta es que dividida no moviliza gente. La fábula de la soledad (por llamarla de alguna manera) podría ser contada por Henry Ramos Allup, cuya voz de abuelo queda muy bien para una historia moralizante, pero como no se le ha visto en ninguno de esos eventos, tendría que ser Stalin González, gordo como una marmota pero fiel como un perro de taller (estamos hablando de Esopo, tiene que haber alusiones animales, entiendan), quien cuente cómo ninguna de las actividades (dos del Movimiento Estudiantil y una de Primero Justicia) llevadas a cabo estos tres jueves ha podido convocar más de 500 personas, y eso siendo generosos.

Ayer había una buena causa (exigir la apertura de un canal humanitario para que las toneladas de medicamentos que aguardan en puerto la venia del gobierno entren al país) y un buen incentivo (el TSJ había prohibido protestar en sentencia dictada la noche anterior), pero no había gente. Apenas y un grupito de camisas y banderas aurinegras que caminaban detrás de una cadeneta de diputados (Marquina, Borges, Guanipa, Olivares, Pizarro, Stalin G) y de un camión. Un grupito que se daba fuerza al canto de una consigna retadora que sonaba a chiste (“Maduro, Maduro / ése es el detalle / hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle”), y a la que parecía que había que cambiarle la preposición para hacerla veraz: “hay que echarle bolas pa’sacarnos a la calle”. Y efectivamente.

Baste decir que en PDVDSA ni se molestaron en salir, y que en Misión Vivienda apenas y fue una señora la que asomó su bandera roja, pero ni un triki-traki, un matasuegras, una musiquita revolucionaria a full volumen, nada. Indiferencia total. Desprecio absoluto.

Incluso yo, que ayer más periodista que nunca andaba ojo avisor y libreta en mano buscando algún detalle, alguna cosa interesante, algo que anotar y luego contar, cuando tuve en frente, inmenso y tentador, el letrero de la pastelería Tivoli, me dejé seducir. Conste que iba a la cabeza de la marcha y muy por delante de la cadeneta de dirigente, y que la Tivoli no estaba llena. Una pizza, un ojo de buey y un agua fue el botín con el que salí para encontrarme (justo en ese primer bocado de pizza) con una de esas calles que José Vicente soñó en el paro: una que estaba absolutamente normal. Carros iban y venían, las camioneticas (ahora lloro cada vez que las veo) pasaban, la gente caminaba, la vida seguía a su ritmo y yo no encontraba vestigio de marcha alguna.

¿Y el camión?

¿Y la gente?

¿Y los justicieros?

Le pregunté a una liceista (¿o debería decirle colegiala?) de La Consolación si había visto una marcha de gente pasando por allí y me dijo que no.

-¿¡No!? (ojos como dos huevos fritos)

-No, ni idea.

Perdido como siempre, me detuve a pensar dónde era que estaba exactamente y dónde era que queda la Nunciatura, sin encontrar respuesta. Le pregunté a un señor: sube una cuadra y cruza, me dijo. Lo hice con la esperanza de encontrar a alguien de la marcha, pero nada. No había nadie en esa transversal. El tránsito fluido, y todo a su ritmo. Por pura fe en quien me dio la dirección caminé y caminé y caminé, y cuando empezaba a dudar de si me habían mandado adónde no era vi a lo lejos la avenida cerrada. Llegué, y efectivamente: la Nunciatura. Y allí  el montoncito de gente.

Fue en ese momento que caí en cuenta, en verdadera cuenta, de lo pobre de la convocatoria. No voy a exagerar diciendo que se trató de una epifanía, porque tampoco: pequeña se veía; pero sí me sorprendió lo efímero y fugaz de su impacto, incapaz de generar no digo ya una conmoción, siquiera una breve congestión, de dejar algo a su paso. Pero nada. Es que ni basura, ni un afiche. Repito, nada. Como esos aguaceros de Florida, que de repente estallan y de repente escampan y en segundos todos se seca. Así fue. Unos minutos en una pastelería, y ya no había, no quedaba ni el rastro. Como si nunca hubiera sucedido.

Dentro de la Nunciatura, Ocariz, Borges, Guanipa, Pizarro, Olivares y Ángel Medina se reunieron con el embajador del Papa. El cielo encapotado anunciaba tempestad. Desde el camión pedían, rogaban, que la gente se quedara. Los reporteros de la tele improvisaban el set colectivo para tomar las declaraciones, mientras una mujer advertía a alguno de los dirigentes (“pendiente: que ese hombre que está allí con esa cámara es del SEBIN y lleva rato haciéndote tomas”): era un chamito camuflado entre los fotógrafos.  Minutos después salieron los dirigentes. Olivares dijo poco, pero Ocariz, que era la estrella, se envalentonó. “Sean serios, pónganse los pantalones, la palabra vale, cumplan con nosotros”, increpaba al gobierno al tiempo que le exigía a Unasur que hiciera cumplir lo acordado en el diálogo. Entonces, en un segundo, se desató la lluvia. Y en otro segundo, todo se había acabado. Los dirigentes a sus carros, los justicieros a su autobús o al metro, y los periodistas a lo mismo. Sin despedirse, sin decir chao, sin nada. Todo tan efímero como esta otra marcha, la tercera que no fue.

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