Cuando salí de Cuba – Luis Aguilé

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De las muchas canciones compuestas por el exilio cubano, esta es, seguramente, la más simbólica y clásica de todas. Un tema que trascendió hasta convertirse en un himno; la canción con la que muchos cubanos se despidieron de este mundo, el réquiem con el que no pocos de ellos, bandera sobre el ataúd, bajaron a la tumba.

Curiosamente, no fue compuesto precisamente por un cubano sino por un argentino: Luís Aguilé, quien, en aquellos gloriosos sesentas, era todo un rompecorazones, estrella de la radio y de las tarimas, y ante quien Latinoamérica toda, pero especialmente La Habana, se rendían. Allá, precisamente, ganó algún disco de oro, varios premios y muchos dólares. $16.000 verdes tenía cuando la revolución implantó un control de cambios e impidió que se pudiera sacar nada en monera extranjera. Apenas comenzaba, por los que guardó esperanza de poder hacer algo. Contactó con un connacional suyo, Ernesto ‘Che’ Guevara, quien le prometió hacer lo que pudiera: desbloquearle $1.500 y quedarse él (o la revolución) con los restantes $14.500. Como algo es mejor que nada, el argentino tomó el dinero y se marchó de La Habana para no volver nunca más.

De esa experiencia, pero sobre todo (y esto vino a saberse años después) de una cubana que lo había embelesado, a quien evidentemente no volvió a ver, nació este tema, que, cosas del destino, perdió todo su sentido romántico para convertirse en un canto de destierro, en una añoranza por la tierra de la que se salió para no volver, y que hicieron suyos no solo el exilio sino cantantes cubanos de la talla de Celia Cruz, cuya versión con trompeta, más melancólica y cubana, y puede que más sentida, es la que usaremos a efecto de este texto.

Nunca podré morir
Mi corazón no lo tengo aquí
Allá me está esperando
Me está aguardando que vuelva aquí

La primera línea sirve para explicar por qué se volvió una especie de réquiem, un canto de entierro: “Nunca podré morir”. Esto es una afirmación de eternidad, si se quiere de consuelo. Aunque lo que sigue es realmente triste: no morirá, al menos no del todo, porque está incompleto, porque no tiene su corazón consigo, sino lejos, esperando y aguardando. Hay la idea de un reencuentro, de un volver.

Cuando salí de Cuba,
dejé mi vida dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba,
dejé enterrado mi corazón.

He allí el coro, todo un lamento. Vida y amor dejados allá. El corazón enterrado. Poca explicación necesita. Poca lectura da. Es la experiencia del destierro, de lo que significa dejar el sitio de uno, lo que en él se queda. En la versión de Aguilé no varía, pero en la de Celia, el inventario sentimental aumenta en el penúltimo coro: “Cuando salí de cuba dejé mi madre, dejé mi amor”. Mete allí su historia personal: la de una hija que un día partió y dejó a una madre que más nunca volvió a ver.

Late y sigue latiendo
porque la tierra vida le da,
pero llegará un día
en que mi mano te alcanzará.

Luego de la tristeza de la primera estrofa y el coro, surge esta segundo cuyo mensaje es netamente de esperanza: “llegará un día en que mi mano te alcanzará”. Todos los desterrados, desde aquel salmista que recordaba los canales de Jerusalén hasta este cubano que sueña con La Habana, aguardan siempre ese día del reencuentro. De volver.

Una triste tormenta
te está azotando sin descansar
pero el sol de tus hijos
pronto la calma te hará alcanzar.

Otra estrofa de esperanza, y un modo muy simbólico de metaforizar la revolución: “una triste tormenta que azota sin descansar”. El matiz que da el adjetivo triste es interesante. No es sólo la fuerza devastadora de la tormenta, lo incesante de su embestida, es la tristeza que trae, y más que eso, lo que duele ver que algo así caiga sobre un país. “El sol de tus hijos” es la esperanza. Ese sol que “pronto” traerá la calma. El tiempo demostró que no, que pronto no fue y que Aguilé fue demasiado optimista. No obstante, fue capaz de dejar para el recuerdo un tema inmortal en el que condensó la nostalgia de tantos.

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