Emmanuel Rincón: “Yo no sueño con irme sino con poder quedarme”

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Por extraño que parezca, hay en San Cristóbal un joven de 26 años que aún en medio de esta crisis dice que no se quiere ir de Venezuela. No es hijo del Gobernador ni tampoco está enchufado en la mafia de los dólares a 10. Tiene una profesión difícil de ejercer honestamente (abogacía) y una vocación nada lucrativa (literatura). Y sin embargo, se queda. Se quiere quedar. No se ve fuera de Venezuela. Y aunque reconoce que la situación es catastrófica, sueña con ayudar a cambiarla. Pero no es ese su único sueño: también aspira vivir de los libros, porque no quiere (se niega a) hacer otra cosa que no sea lo que le gusta; entiéndase: escribir. Eso, dice, lo hace tan feliz que no le importaría morirse de hambre redactando, aunque reconoce que trabaja fuertemente para que eso no suceda. No quiere ser otro de los tantos autores olvidados de Venezuela, sino que en 400 años sus libros (que improbablemente ya van por seis) todavía se lean. Emmanuel Rincón se llama, y estuvo la semana pasada en Caracas presentando su último trabajo, ‘La trivialidad del mal’, una crónica social narrativa –así la define él– en la que cuenta, desde la perspectiva de una mujer, un niño y un joven, cómo se vivieron las guarimbas del año 2014 en uno de sus puntos más neurálgicos: la capital de Táchira. En medio de una gira relámpago de medios tuvimos tiempo de entrevistarlo y hablar largo y tendido sobre su vocación, su carrera, sus libros, el negocio editorial, el país y las razones para quedarse aquí.

-Emmanuel, me puse a sumar el número de páginas de tus seis libros y me da 1593. Eso es una barbaridad. Pero apenas tienes 26 años. ¿A qué edad empezaste a escribir?

-Empecé a los 15 o 16 años.

-¿Y qué te llevó a escribir?

-La situación política del país. Desde pequeño me empezó a inquietar mucho todo lo que estaba pasando y como consecuencia de ello surge mi primera novela, que es sumamente extensa, y buscaba ser un espejismo de Venezuela: transcurría en una isla con unas condiciones ambientales y minerales riquísimas, como las nuestras, pero que producto de ello, del exceso, empieza a corromperse por la clase política y como consecuencia de ello se derrumba. Ése fue el germen de todo.

-Es muy curioso que hayas arrancado con una novela de 667 páginas. ¿No hubo cuentos, relatos, poemas, algo intermedio?

-No. Nada de eso.

-Según entiendo, comienzas a escribir esta novela antes de entrar a la universidad, pero luego, y esto me parece curioso, cuando llega el momento de elegir carrera, te vas por derecho y no por letras, por ejemplo. ¿Por qué?

-Desde que tenía 12 años veía todo el desastre y soñaba con hacer algo por el país. Y en ese momento hasta soñaba con que quería ser presidente e imaginaba que quizás el derecho era una herramienta para conocer el funcionamiento orgánico y administrativo del país. Además, desde pequeño siempre me habían gustado mucho esas películas gringas con jurado, argumentación, el tema intelectual que va de por medio, eso ya me atrajo mucho.

-¿Y fue así?

-No. Cuando vas entrando a la realidad del país te vas dando cuenta que el derecho en Venezuela no es así. Pero ya en la carrera había descubierto la vocación a escribir y la seguí.

-¿Cuándo la descubriste? ¿En qué momento te convenciste de que lo que querías era escribir?

-Saliendo de la universidad. De hecho, en el cuarto año quise dejar la universidad. Tenía el Servicio Comunitario, la Tesis, veía muchas materias y paralelamente estaba escribiendo esta novela, llevaba como 400 páginas y no se acababa, y me entró como la desesperación. Dije: estoy harto, yo lo que quiero es escribir, me voy.

-¿Y lo hiciste?

-No. Mi familia, los amigos, todos me dijeron que no, que entrara en razón, y finalmente seguí la carrera y la culminé.

-¿Y el libro?

 -Lo culminé y lo publiqué después.

-¿Cómo fue publicar por primera vez?

-Mira, yo tenía expectativas muy grandes: quería verlo en todas las librerías. Pero era muy inocente, no conocía la realidad comercial de los libros, su funcionamiento. Ese primer libro lo publicó el Fondo Editorial Simón Rodríguez, que es un fondo adjunto a la Gobernación del Táchira, y no tuvo un carácter muy comercial: lo utilizaron, digamos, de propaganda política, para decir ‘aquí apoyamos la literatura’, y lo que hizo fue donarse en universidades, en escuelas. Yo soñaba con verlo en librerías y no ocurrió.

-¿Eso te frustró?

-Sí. En el momento un poco. Pero la carrera literaria es de frustraciones; y todavía me frustro porque quiero muchas cosas, quiero que mi libro esté en China, en Australia, y obviamente eso es un proceso que lleva tiempo.

-¿Cuál cuáles fueron las resistencias más grandes que encontraste al principio?

-Mi mamá no me entendía mucho al principio. Pero porque ellos vienen de hogares un poco más anticuados en los que el bienestar social y el éxito se miden por lo económico y no según las satisfacciones personales. Yo desde hace 3 o 4 años me dije: voy a escribir así me muera de hambre, y si se muero de hambre me muero haciendo lo que me gusta. Y bueno, es la decisión que tomé.

-¿Qué es la escritura para ti?

-Es mi forma de vida. Si no escribo no puedo ser feliz.

-¿Y vives sólo de la escritura?

-Cuando salí de la universidad estuve trabajando con mi padre en medios de comunicación. Pero poco a poco me fui alejando del trabajo, porque sentía que no era feliz si no hacía lo que quería. En ese tiempo no tenía ingresos, pero sí convencimiento. Y seguí. Y seguí. Y seguí. Y hoy en día me dedico absolutamente a esto. Obviamente no vivo sólo de mis libros, es muy difícil: hago algunos trabajos freelance y voy rotándome según mis necesidades.

-¿Y en tu casa te siguen viendo igual?

-No. Hoy en día me respetan en mi casa. Hace 3 años mi mamá me decía ‘tienes que hacer tal cosa’, y no importaba que yo estuviera escribiendo o no, me tenía que parar a hacerlo. Ya no es así. Ahora escribo y me respetan el tiempo. Eso ha cambiado.

¿Cuántas horas escribes al día?

-6-7 horas

-¿Dónde escribes? ¿Tienes algún lugar en específico?

-Generalmente escribo en mi casa. Aunque puedo escribir en cualquier lado, en realidad. Siempre cargo mi laptop a todas partes, y donde quiera que vaya la llevo y escribo.

-Entonces, según entiendo, no eres de los que necesita una atmosfera o algo en específico para escribir.

-No, para nada. Me puedo sentar a escribir aquí si quieres. O en el aeropuerto, con 20 personas y los parlantes y puedo estar escribiendo.

-¿Has sufrido de bloqueos?

-No. Nunca. Más bien tengo un montón de ideas y proyectos, tengo muchísimas historias en la mente.

-¿Y no te da miedo que se te acaben?

-Me da miedo que tenga tantas. Porque siempre digo cuando acabo un libro: voy a tomarme un mes, y no duro una semana sin escribir.

-¿Qué es lo más difícil de escribir un libro?

-Más que imaginar, lo difícil es darle darle la estructura. Ya cuando sabes por donde va la historia es más sencillo. Por ejemplo, lo que me pasó con ‘Wolf’ [su quinta novela, publicada también este año por Ediciones B]: desde que empecé hasta que acabé el manuscrito pasaron 6 años. Comencé a escribirla, no me gustó la estructura que le había dado, volví a empezarla dos años después y así hasta que pude concluirla.

-¿Es la que más tiempo te ha tomado?

-No. Tengo una obra inédita de ciencia ficción. Es una obra de más de 400 páginas, que para mí es lo mejor que voy a escribir en mi vida. Yo la tenía en la cabeza desde hacía 10 años y la vine a terminar en diciembre del año pasado.

-¿Cuántos libros tiene inéditos?

-Como siete u ocho

¿Y están inéditos por qué?

-Porque los ritmos editoriales no son los de uno. Mis dos obras favoritas, la de ciencia ficción y una novela romántica negra, no se han publicado. Esa novela tiene 426 páginas en Word, que si lo conviertes a libro se extiende más, y en Venezuela es muy difícil comercializar un libro tan largo, las editoriales no lo publican. Entonces, eso tiene que ser fuera de Venezuela, pero publicar afuera tampoco es fácil. Lamentablemente, ya no es como en los tiempos del boom, por ejemplo, con Carmen Balcells y Carlos Barral, que ellos dictaron la pauta e impusieron lo que se iba a leer y el público lo acogió. Hoy la dinámica es otra: la editorial se vende al público y no al contrario, y eso lleva a que la literatura se marginalice, sea algo más banal. Hay escritores que empiezan por ser Youtuber, locutores. A los editores no les interesa que su material sea bueno o malo, sino que se venda.

-Tomando en cuenta todo eso que has dicho, si viene un editor y te dice: ‘escríbeme mejor de política y deja la ciencia ficción a un lado’, ¿transigirías? ¿Estarías dispuesto a hacerlo en pro de la venta?

Lo que pasa es que el tema me tiene que seducir. Fíjate que eso ya me pasó, ya la sugerencia la hubo con lo de la política. Y lo estoy meditando. Pero pasa que también el tema político me apasiona muchísimo. Y entonces ya no sería una molestia porque la política me gusta.

-Te la pongo más difícil. Si yo vengo del Ministerio de la Cultura y te digo…

-No. Para allí. Chavismo no.

-En ‘La trivialidad del mal’ pones en boca de Génesis la siguiente línea para referirte a los escritores: “Crean no saben para quien ni para cual momento…”. ¿Estás de acuerdo con ello?

-Sí. Porque hay obras que trascienden en su momento y luego son olvidadas. Hay booms que luego se extinguen y hay obras que pasan desapercibidas durante la vida del autor y luego, 200 o 400 años después, son rescatadas. Mi meta es que yo me muera y 400 años después se sigan leyendo mis cosas.

-Entonces quisieras ser un clásico.

-No sé.

-Porque los clásicos son los que sobreviven a los siglos.

-Sí. Es a lo que uno aspira.

-Si de tus seis libros publicados sólo pudieras salvar uno y que los demás se perdieran irremediablemente, ¿cuál sería?

-Es muy difícil. Porque para mí mi mejor obra está inédita todavía. Escrita pero inédita.

-Pero de los publicados…

-Creo que sería ‘Wolf’. Porque me gusta. Es una obra que me gusta mucho.

-Hablemos de ‘La trivialidad del mal’, tu última novela. ¿Cuánto tiempo te llevó escribirla?

-No te podría responder: yo no sé cuánto tiempo tardo en escribir los libros. Pero fue un proceso más corto de lo normal. Lo empecé durante las guarimbas pensando que ese iba a ser el fin del gobierno. Lo vi como un momento histórico y dije: esto se tiene que relatar. Entonces comencé a hacer la documentación y todo eso. Ya después nunca se acabó el gobierno y tuve que darle un fin.

-La novela cuenta todo desde la perspectiva de tres narradores: un niño, un joven y una mujer, ¿por qué escogiste esa estructura?

-Eso fue 100% inspirado en Andrés Neuman, que es uno de mis escritores favoritos. Él tiene una novela que se llama ‘Hablar solos’, en la que hay un niño, su padre que tiene cáncer y su madre; y narra todo desde la dinámica de esos tres personajes. Eso me gustó mucho, y desde allí me entraron ganas de relatar a partir de la perspectiva de una mujer y de un niño, y cuando pensé en escribir esto hice la analogía y me decidí por hacerlo así. Pero fue inspirado por él.

-¿Te fue difícil meterte en la mente de una mujer y de un niño?

-Sí. Es difícil. Porque yo no sé qué piensa un niño de 8 años: yo agarraba a los niñitos y les preguntaba cosas para ver hasta qué nivel estaba su razonamiento; yo pensaba que no distinguían entre Maduro y Chávez y me di cuenta de hasta dónde podía llegar yo en la novela con Gabito. Quizás su narración me fue más difícil que la de Génesis, porque uno siempre tiene un acercamiento femenino muy fuerte y yo siempre me he sentido muy a gusto entre mujeres.

-¿Cómo hiciste para construir los personajes?

-Yo soy de estudiar mucho a las personas. Cuando me siento incómodo en una conversación o veo que la gente comienza a hablar estupideces tiendo a callarme y a observar a todo el mundo. Siempre hay que hacer ese proceso de observación y análisis: uno como escritor es un chupador de almas; uno va tomando prestadas cosas de todas las personas, y a raíz de allí se hace la imagen de lo que es esa persona, su personaje. Ya luego lo bien o mal que lo puedas hacer depende de tu destreza como escritor.

-¿De dónde salió el título del libro?

-Ese título se lo coloqué después. En un principio se llamaba Recluido entre guarimbas porque me parecía que le podía dar un potencial comercial muy grande. Pero un día estaba hablando con mi psiquiatra de ese entonces y me recomendó leer algo de Hannah Arendt que se llama La banalidad del mal, y la idea me pareció muy acertada, porque el mal termina por hacerse algo continuo; entonces, como no quería repetir el nombre, le busqué un sinónimo y de allí salió.

-El libro viene con una nota en la primera página en la que la editorial advierte que no se hace responsable de nada de lo escrito más adelante y aclara que todo es responsabilidad del autor. En el libro emites juicios fuertes sobre personajes que todavía tienen poder y lo haces con nombre y apellido, ¿eso no te da miedo?

-Trato de no pensar mucho en eso. Si hay consecuencias políticas, igual estamos presos en el país. Pero no me voy a autocensurar. Si no, sería un pésimo escritor.

-¿Qué tiene que aportar este libro al país?

-Yo pienso, primero, que conciencia, ya que de alguna forma busca evidenciar lo que está ocurriendo en Venezuela. Y en segundo lugar está también la intención de crear memoria colectiva, que dentro de 10 o 20 años la gente pueda tener una idea de lo que pasó y si ve que se vuelve a torcer el camino tengan un modo de advertencia. Creo que esta novela podría llegar a considerarse histórica y llegar a ser una referencia sobre el proceso revolucionario.

-La novela es bastante pesimista con respecto al país y su futuro. Es tremendamente dura a ese respecto.

-Sí. Pero esa es la realidad. Yo no la puedo alterar. Ayer en Globovisión me preguntó el periodista si no creía que era mejor escribir algo más positivo sobre el país y yo le dije que si él no creía que si yo escribiese algo bueno sería hipócrita.

-Y él seguro te dijo que no porque eso era lo que él hacía todos los días sin inmutarse ni sentirse mal. Pero volviendo al libro, uno lo termina y queda descorazonado: parece que la alternativa es irse o morirse.

-¿Qué te puedo decir? Es la historia de nuestras vidas. Mira, yo en San Cristóbal tenía un grupo de amigos hermosísimo: éramos una familia. Todos los domingos era una religión: de 2 de la tarde a 11 de la noche juntos; jugábamos play, futbol, lo que fuera. Éramos 12, y en San Cristóbal quedamos dos: los demás están regados ahora por todo el mundo. Esa es la realidad que tenemos como país.

-Y sin embargo tú sigues…

-Sí. Es que a ver, yo he viajado mucho, pero cada vez que me voy quiero regresar. Yo no sueño con irme, sino con poder quedarme.

-En el libro haces una reflexión: “La vida va acompañada de tiempo pero cuando el tiempo empieza a discurrirse motivado por una vida mal disfrutada comienzan a florecer las dudas sobre una eventual existencia que nunca se aprovechó”. ¿No sientes que quizás en esta prisión que es Venezuela, así me lo acabas de decir, estás desaprovechando la vida?

-No. Yo estoy disfrutando al tope mi existencia porque estoy haciendo lo que me gusta.

-¿Y puedes hacerlo a pesar de todo lo que pasa?

-Sí. Claro. A ver. Yo ya he estado varias veces fuera, en Bogotá, pero ¿qué pasa? Para yo poder mantenerme fuera del país necesitaría tener un trabajo alimenticio. Pero yo aquí puedo irme bandeando, vivo en casa de mis padres, no tengo que pagar alquiler.  Si te vas del país tienes que enfrentar esa realidad. Trabajar 8 horas…

-O 12 horas…

-…sí. Tengo unos panas que acaba de llegar de NY y se echaban una jornada de trabajo de 32 horas seguidas; tengo otro pana que trabajaba de 12 de la noche a 2 de la tarde. Todos los días. Eso es jodido. Y la verdad, te digo sinceramente, yo no quiero llevar una vida así. No me llama nada la atención. Quiero ser escritor y es lo que estoy siendo. Ya la trascendencia será otra cosa.

-Pero entonces, de lo que me estás diciendo pareciera que te quedas en Venezuela es por comodidad.

-No. Básicamente me quedo porque yo salgo del país y a las 3 o 4 semanas ya me quiero regresar. Tengo esa afinidad muy grande por Venezuela y siento que mis sueños no se concretan si no los hago aquí.

-Pero es curioso, porque tu sueño es ser escritor, ¿no? Pero quieres serlo en un país en el que eso no es negocio, un país que lee poco, que no tiene casi editoriales. ¿Tú de verdad estás seguro que Venezuela es el país para ser escritor?

-Quizás no. Pero siempre he sido de las personas que sueñan con cambiar las cosas. Y mi éxito va a ser ese o no va a ser ninguno.

-Vale. Ahora, no quiero dejar por fuera tu faceta de lector. ¿Es verdad que todo escritor es un gran lector?

-Mi ciclo fue al revés: empecé a escribir y luego a leer. Cuando comencé mi primera novela creo que me había leído 3 libros en mi vida; pero actualmente soy compulsivo con la lectura.

-¿Qué lees ahorita?

-A Hector Abad, ‘El olvido que seremos’. ‘On the road’, de Jack Kerouac, ‘Aquellos años del boom’. Estoy releyendo también ‘1984’ por no sé cuanta vez. Acabo de terminar ‘El síndrome de Ulises’, de Santiago Gamboa, que creo que es lo mejor que he leído este año.

-¿Cuáles son tus libros favoritos?

-‘1984′ y el ‘Retrato de Dorian Gray’.

-‘1984’ aparece en ‘La trivialidad…’

-Sí. En todos mis libros casi siempre aparece. A mí ‘1984’ me abrió un mundo diferente, igual que ‘El retrato…’; cuando lo leí me abrió mucho  la imaginación.

-¿Por qué no te gusta Vargas Llosa?

-Él me parece mejor ensayista que narrador. He leído sus ensayos y me gustan. Y no digo que sea malo, ojo, pero es que la literatura es muy subjetiva y soy más de autores contemporáneos

-Pero Vargas Llosa sigue vivo…

-Sí, pero soy más de Santiago Gamboa, Jorge Volpi, Andrés Neuman.

-¿Y qué te pasa con García Márquez? ¿Por qué no te gusta?

-Se me hace insoportable. Leo cuatro palabras y digo: ‘¿qué es esto?’. Simplemente no me gusta. Intenté leer ‘Cien años de soledad’ y pasaba las páginas y me daba una pereza. Leí ‘Crónica de una muerte anunciada’ y tampoco. No sé. No me pueden gustar todos los autores. Igual me gustan autores desconocidos: hay unos que no recuerdo ni el título. A veces entro a Librerías del Sur a ver si consigo algo, y una vez conseguí una novela de un escritor merideño llamado Pedro Rangel Mora, ‘El amigo invisible’, costaba 10 bolos y me encontré con un novelón. De hecho me comuniqué con él y hasta almorzamos. Y me parece triste que su obra no se conozca más.

-¿No te da miedo que pueda pasar contigo?

-Estoy trabajando mucho para que no pase.

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