La última noche de Harry

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Por: Daniela Salcedo

Mi mamá, al ser divorciada y con tres hijos que alimentar, siempre tuvo que ingeniárselas para pasar tiempo de calidad con nosotros. Por eso, cuando éramos más pequeños, convirtió su cama -que siempre fue más grande, más cómoda, más divertida y más fría o caliente (según conviniese)- en un centro de lectura. Cada noche, mis hermanos y yo nos acomodábamos como podíamos para escucharla leernos algo, e imaginarnos cualquier aventura. La más famosa y la más larga de estas fue la de Harry Potter.

El joven mago nos regaló buenos momentos y años de interesantes conversaciones a la hora de la cena. También, ayudó a mi mamá a distraerse con nosotros y a no ceder ante el estrés que implicaba estar 6 meses desempleada; o no saber el destino del país, que vivía un paro petrolero en el 2002. Por eso, en el camino de regreso, luego de buscar nuestro primer carrito, la decisión fue unánime: se llamaría Harry.

Nuestro Harry era un Ford Fiesta de color arena del año 2001. No dormía en el número 4 de Privet Drive, sino en el puesto de estacionamiento B-4 de nuestro conjunto residencial. Y aunque no volara en escobas ni estudiara hechicería en Hogwarts, Harry era mágico. Su llegada significó no tener que irnos en transporte y llegar una hora y pico después de haber salido del colegio, por ser quienes vivían más lejos. Significó cenas improvisadas por el Auto-Mac. Significó también unos 20 minutos de sueño extra en las mañanas; más viajes y salidas; y peleas divertidísimas entre mis hermanos por ver quién se sentaba adelante. Para mi mamá, significó una meta lograda y una etapa superada. Para mis hermanos, un reto para meterse conmigo sin que mi mamá se diera cuenta. Para mí, menos tiempo cargando las bolsas del mercado.

Mi mamá lo compró en febrero del 2001, con una parte de la liquidación de uno de sus trabajos y la mitad del dinero de la venta del apartamento de mi abuela. Costó 7 millones de los de antes, que son 7 mil bolívares de los de ahora; con los que -producto una inflación acumulada de 7931% desde 1999 al 2015- hoy, con suerte, te puedes comprar un par de ambientadores para auto de los más baratos. La historia de Harry Potter se contó durante diez años en siete libros y ocho películas. La de nuestro Harry fue bastante más corta: para septiembre del mismo año, ya no estaba con nosotros.

Aunque no recuerdo exactamente el día, sé que fue entre semana, pues al día siguiente faltamos al colegio, porque casi no dormimos. Eran probablemente las seis de la tarde e íbamos por el semáforo que está justo antes de llegar a mi edificio por la Avenida Intercomunal de Coche, en Caracas. Como mi hermano Aquiles se sentía mal, mi mamá había apagado el aire acondicionado y bajado tres dedos las ventanas para que entrara brisa natural. No lo vimos acercarse, solo lo vimos apuntando a mi mamá con una pistola que introdujo por el espacio de no más de 10 centímetros entre el vidrio y la goma que rodea la ventana.

“No invente que hay niños, ábreme la puerta y ya”, le dijo el empistolado a mi mamá. Ella, sin dudarlo, le hizo caso. El hombre pasó y, justo después, un segundo hombre abrió mi puerta. Yo me arrimé para darle paso. Se sentó y sacó otra arma. El que conducía tenía el cabello medio grisáceo, parecía de unos 45-50 años; el que estaba junto a mí era más joven, quizás de unos 25 – 30 máximo; ninguno de los dos estaba mal vestido.

Apenas mi mamá vio al segundo hombre ubicarse a mi lado, le pidió al secuestrador pasarse para atrás y que yo me sentara en sus piernas. Al principio no la dejó, pero al cabo de un rato, debido a lo incómodo y sospechoso que debía resultar compartir el asiento de piloto, cedió. Una vez atrás, el secuestrador más joven le puso la pistola en la pierna y empezó a pasarla una y otra vez por su muslo izquierdo, mientras la miraba de arriba abajo. Le pidió los anillos y se los metió en la boca. Mi mamá me apretaba con uno de sus brazos, y con el otro sostenía la mano de Augusto, al tiempo que miraba fijamente a Aquiles, que quedó como el copiloto del ladrón. Mis hermanos miraban por sus ventanas por órdenes del secuestrador más viejo. Yo le rogaba al más joven que no nos hiciera nada.

Condujimos por lo que parecieron horas, hasta que llegamos a uno de los barrios de la carretera de Los Valles del Tuy. “Vamos a quitarles la ropa”, propuso el excitado y joven ladrón. “No, marico, yo también tengo mamá”, le contestó el mayor. Nos hicieron bajar. Todos nos quedamos parados, agarrados de las manos, contemplando a Harry desaparecer entre la noche, sin nosotros adentro y nada que pudiéramos hacer. “Mami, los Gameboys… estaban en los bolsos”, dijo mi hermano inocentemente, entre sorprendido y apesadumbrado, ajeno todavía del tamaño de la pérdida -y a la vez de la suerte- que acabábamos de vivir. Mi mamá no le contestó, miró el fondo de la carretera por unos segundos más y se dispuso a buscar ayuda.

Bajamos y atravesamos un arco donde había varias casas de ladrillos y techos de zinc. Por la hora, tuvimos que tocar la puerta de diferentes casas para que alguien nos abriera. Finalmente una señora lo hizo, nos dejó pasar y despertó a su esposo para que nos diera la cola al puesto de policía más cercano. Ahí, un señor que denunciaba un robo nos hizo el favor de llamar un taxi para que nos llevara a casa de mi abuela, adonde llegamos a salvo.

Para el año 2001, el Observatorio del Delito Organizado de Venezuela registraba 60 casos de secuestro al año; cifra que, para septiembre de 2015, aumentó a 1000 secuestros al año, según la misma fuente. Actualmente, en Caracas se roban 95 vehículos al día, según el Ministerio para Relaciones Interiores Justicia y Paz.

No volvimos a ver a Harry, y tampoco hemos logrado reponerlo. Para marzo del 2002 -fecha en la que el seguro nos devolvió el dinero- la inflación, y más de una deuda que demandaba solvencia, redujo la cifra ya vencida. Aunque compramos nuevos bolsos, cuadernos y Gameboys, seguí extrañando las peleas de mis hermanos, los 20 minutos de sueño extra en la mañana y toda la magia de nuestro Harry Ford Fiesta. Su pérdida significó para todos un mal trago de paranoia, rabia, ansiedad y terror que nos persigue y ahoga hasta el presente.

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