ESPECIAL: 4F, cuando la TV cambió la historia

4FWEB

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un mismo día (4 de febrero de 1992) y por un mismo medio (la televisión) se definió el destino de tres hombres, de tres presidentes: CAP, Chávez y Caldera. Aquel martes de hace hoy 25 años, el verdadero poder no lo tuvieron las armas o las instituciones, sino la pantalla: en ella Carlos Andrés Pérez salvó su gobierno del golpe; Caldera, cadáver político, resurgió de las cenizas; y el mito de Hugo Chávez comenzó a construirse. Tres momentos transmitidos en vivo y directo que a la postre se mostraron como definitivos para la historia del país.

1:30 AM

-Acuérdese de Rómulo, acuérdese de que usted tiene que salir por televisión para que lo vean, para que sepan que está vivo, que está firme hablándole al país.

cap

En el fondo suenan disparos. Es la banda sonora de la escena. De un lado del teléfono, en La Casona, Blanca de Pérez, la primera dama. Del otro lado del teléfono, escapando de Miraflores, Carlos Andrés Pérez, el presidente. Y alrededor de ellos, tanquetas y militares disparando. Es la madrugada del 4 de Febrero y la Fuerza Armada se ha sublevado contra el gobierno. Hay un Golpe de Estado en pleno desarrollo.

Apenas unas horas antes, el presidente había aterrizado en el país luego de estar en una cumbre en Davos. El viaje lo deja agotado y no más llegar a La Casona se pone el pijama y duerme. Una llamada del Ministro de Defensa interrumpe la paz del hogar. La atiende Carolina, su hija, a quien le informan que hay un alzamiento en Maracaibo. Inmediatamente le avisa al padre, que rápidamente se viste y en el único carro disponible al momento –no espera la caravana presidencial, que no estaba lista–, acompañado sólo con un chofer y un escolta, sale rumbo a Miraflores. Cinco minutos después llegan los golpistas y atacan con saña la residencia presidencial. Lo que viene son cinco horas de fuego cerrado en las que la familia presidencial sobrevive únicamente porque los morteros que lanzaron los golpistas estaban vencidos y no estallaron.

A Miraflores llega rápido. Las calles están solas y el trayecto lo hace tranquilo y sin sobresalto. Buen augurio que se desvanece cuando llama a su hija y ella le da cuenta de la batalla campal que tiene lugar en La Casona. Promete que mandará un batallón, pero al instante se entera de que no es posible porque el golpe ha comenzado a tomar forma. El aeropuerto de La Carlota está tomado, lo mismo el Ministerio de la Defensa y unos minutos después el propio palacio de Miraflores, adonde llegan dos tanquetas. Comienza entonces otra batalla campal y desigual: solo 16 escoltas civiles y 8 militares son los que hay para defender al presidente de un batallón de militares. El despacho es atacado por una de las tanquetas –lo salvan los vidrios blindados–, y lo suben a la suite vieja. Allí un disparo destroza la ventana –“me descubrieron, pero fallaron el tiro”–. Gritos, tiros y detonaciones van y vienen. Son minutos de confusión y mucha angustia. Lo llama de Colombia el presidente Gaviria a preguntarle por lo que está sucediendo. Se limita a poner el auricular en alto para que escuche los tiros. “Creo que sobran las explicaciones. No sé qué va a pasar”, le dice.

Y lo que pasa es que después de casi una hora hay un alto al fuego. “Aquí acaba de cesar el tiroteo y voy a salir”, le dice al Ministro de Defensa, quien le advierte lo peligroso de la movida. Él no se conmueve. Le ordena al Jefe de Casa Militar que le busque una salida. “Usted no puede salir”, le responde. “Le estoy dando una orden, no una consulta”. Y la suerte le sonríe: Chávez, quien comandaba la operación, no se había hecho con un plano completo del Palacio y dejó una puerta sin cubrir. Es la que da al Liceo Fermín Toro. El presidente se monta en un Conquistador gris blindado. “No más abrirse la puerta, salga a toda máquina sin mirar a los lados”, instruye al chofer. Pero, clásico, la llave de la puerta no aparece, nadie sabe dónde está. Cuando la fuerzan, comienza a sonar una alarma. “Apenas se abra lo suficiente, arranque y tome la Avenida Fuerzas Armadas”, ordena el presidente. Y así hace. Los golpistas son sorprendidos, y aunque disparan al ver el carro, el presidente se les escapa.

Ya fuera de palacio, llama a La Casona para saber cómo va todo allá. Es allí cuando la primera dama le da la idea de salir en TV. “Yo me acordaba de que cuando hubo el atentado contra Rómulo Betancourt, en donde se le quemaron las manos, él lo primero que hizo fue salir en televisión y decir: ‘miren como estoy, miren lo que me hicieron, pero estoy vivo y hay que luchar contra esto’. Y se lo recuerdo a Carlos Andrés”. Él, que había sido su Ministro del Interior, toma el consejo. Llama a Carmelo Lauría y le pide que le ubique una televisora que no esté tomada. Éste habla con Marcel Granier y el directivo le dice que en el canal 2 hay tropas. Llama entonces a Ricardo Cisneros, y él le asegura que el canal 4 está libre. Toman la Cota Mil y se dirigen a Venevisión. En el canal ya hay un estudio preparado. A la 1:30 AM comienza a sonar la famosa fanfarria del canal de la colina, que no parará durante toda la transmisión. Con una bandera al lado, el presidente le habla breve y firmemente al país:

“Un grupo de militares traidores a la democracia, liderando un movimiento antipatriota, pretendieron tomar por sorpresa al gobierno. Me dirijo a todos los venezolanos para repudiar este acto. En Venezuela el pueblo es quien manda. Su presidente cuenta con el respaldo de las Fuerzas Armadas y de todos los venezolanos. Esperemos a que en las próximas horas quede controlado este movimiento. Cuando sea necesario volveré a hablar”

Es la sentencia de muerte del golpe, y la salvación del gobierno. “En Fuerte Tiuna colocaron los televisores a todo volumen y en dirección a las tropas que cercaban el edificio, que al oír mis palabras se rindieron”.

11:00 AM

-Yo ni siquiera me di cuenta de cuando dije ‘por ahora’

Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, en la intentona golpista del 4 de Febrero de 1992

“No se le puede dar la posibilidad de hablar por televisión; quién sabe lo que va a decir, qué proclamas dirigirá a las Fuerzas Armadas. Llévelo preso al Ministerio, métalo en una habitación, pónganle una cámara de televisión, graben y luego editan”. Esa, cuenta CAP en sus memorias, fue la instrucción que le dio a su Ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, cuando éste le propuso que dejara hablar a Chávez por televisión para que pidiera la rendición de los golpistas que tenían todavía tomado el cuartel Libertador de Maracaibo, en el que había gran cantidad de explosivos y por ende no podía ser bombardeado ni atacado sin correr el riesgo de volar media capital zuliana. ¿Cómo es que aquella orden, tajante y precisa, terminó por desembocar en una alocución en vivo del Teniente Coronel que comandó el golpe? “Una mini conspiración” es la respuesta que da Ochoa Antich en sus memorias. Una mini conspiración en la que el Alto Mando Militar lo apura a él cuando les informa que el presidente dice que sí, que hable, pero que el mensaje sea grabado: “Ochoa, no hay tiempo. Si no lo hacemos de inmediato, comenzarán los combates”, es la respuesta del almirante Elías Daniels, Inspector General de las Fuerzas Armadas. Entonces Ochoa cede, y a las 11 de la mañana, desde la sala protocolar del Ministerio de la Defensa, rodeado de algunos hombres, perfectamente uniformado y rasurado –luego se descubrirá que en la Proveeduría de las Fuerzas Armadas se le había permitido bañarse, afeitarse y cambiarse de uniforme–, con apenas los ojos rojos como única muestra visible de cansancio, aparece delante de los micrófonos y cámaras de las cuatro televisoras nacionales –RCTV, Venevisión, VTV y Televen–, Hugo Chávez Frías.

“Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al Comandante Chávez,  quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”

“Yo nunca he sido el que de manera fría o calculada elaboro un discurso, y aquel día tampoco. Era una voz interior (…) Hubo expresiones que yo no había pensado. Ese ‘por ahora’ yo ni siquiera me di cuenta de cuando lo dije: salió del subconsciente”, reveló Chávez años después en un documental. Sin embargo, el discurso, a pesar de esas salidas espontáneas, tuvo su ensayo. Fernán Altuve, pieza de los golpistas infiltrada en las FF.AA., demoró por horas el traslado de Chávez de La Planicie al Ministerio de la Defensa con el fin de darle tiempo para que pensara lo que diría: “El general Ochoa Antich llamó y me dijo: ‘Fernán: tráete a Chávez con Santeliz para acá a Miraflores’. Yo le respondí que estábamos inventariando el armamento y los cartuchos disparados, con lo que ganamos unas horas durante las cuales se ensayó el ‘por ahora’”.

La alocución es el verdadero golpe: uno de opinión. Capta la atención de todo el país, y en el imaginario colectivo ese Chávez de uniforme, que asume responsabilidades y deja abierta la esperanza a una victoria futura, queda grabado. Son las melosas palabras de un documental propagandístico, pero no están exentas de verdad: “Quien no lo haya visto ese día, se perdió el instante de apertura de un nuevo ciclo que cambiaría todo para siempre”.

6:00 PM

-Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando no son capaces de darle de comer

Caldera

No era más que un anciano ex-presidente de la República, que precisamente por eso, por ex presidente, tenía la dignidad de Senador Vitalicio y ocupaba un escaño en el Congreso. Eso es todo lo que Rafael Caldera, a sus 72 años, pintaba en febrero de 1992. Sí, dirigente histórico de uno de los dos grandes partidos del país. Sí, articulista de prensa. Sí, entrevistado frecuente en la tele. Sí, hombre escuchado en los sectores políticos. Pero nada más. Relevancia y peso, ningunos. Hasta esa tarde en que encorbatado y engominado subió a la tribuna de oradores, rodeado de un enjambre de cámaras y micrófonos, para dar un discurso histórico. Un discurso que no le correspondía –había pedido la palabra terminada ya la sesión del día-, pero que tenía bien planeado, y por ello quería que fuera televisado –“Caldera había llamado al Ministro de Información y le había dicho que iba a hablar, pero quería que le pasaran el discurso en cadena. Como era una sesión de apoyo, Andrés Eloy cayó en la celada”, recordaría CAP–. Es la pieza oratoria de un zorro viejo y hábil, de un hombre con experiencia, que sabe lo que dice y más que ello lo que quiere conseguir.

“He pedido la palabra no con el objeto de referirme al decreto de suspensión de garantías” fueron las palabras con la que arrancó, empezando la lidia de frente, a porta gayola, para que nadie se sorprendiera luego. Comenzó criticando el decreto por la forma –“encuentro un defecto de redacción”– y terminó afincándose en el fondo: “Yo no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado haya tenido como propósito asesinar al Presidente de la República”. ¿Por qué? “Nadie, por más protegido que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuentan con los medios y la decisión de perpetrarlo”; es decir: que el que CAP estuviera vivo demostraba que no habían querido matarlo. Un argumento muy endeble, pero que le permitía salirse del carril y romper la unanimidad que había al respecto. “Me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de ésta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo y el Congreso la hayan hecho”, decía ofendido.

Pero no era de eso de lo que él quería hablar. Su tema era otro. Y ya clavada una banderilla sobre el decreto y habiéndolo puesto en duda, entró a lo suyo: convocar sus colegas “a una profunda reflexión y una inmediata y urgente rectificación”. ¿Por qué? Porque él, padre de la democracia, se daba cuenta, clarividente como nadie, de que a diferencia de otros golpes –en los sesenta se sucedieron uno tras otro–, esta vez el país no reaccionaba enérgicamente para defender la democracia como entonces. “Es lo que más me preocupa y me duele: no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta y decidida, el mismo fervor por la defensa de las instituciones que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958”. Y entonces comenzó a repartir responsabilidades.

Los primeros en recibir la estocada fueron sus colegas. “El país está esperando otro mensaje”, les espetó en directo. “No es la repetición de los mismos discursos que hace 30 años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento, y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión lo que responde a la inquietud, al sentimiento, a la preocupación popular”. Y con esa frase, en diez segundos, se puso él en otro plano distinto al de todos los políticos y se erigió, además, como el traductor del sentimiento popular.  Luego, le hizo su lidia a Carlos Andrés: “Quiero decirle desde esta tribuna al Señor Presidente de la Republica, que de él depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando”. Y finalmente, volvió a su rol de encarnación, de altavoz del pueblo: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer; de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; de ponerle un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad venezolana. Esta situación no se puede ocultar”, bramó con tono indignado. Y ya a esas alturas todo estaba consumado.

Lo que vino después fue más de lo mismo. Caldera desde su Olimpo, todo un Zeus tronante, lanzando rayos a diestra y siniestra contra la dirigencia política –“por eso he pedido la palabra: para transmitirles desde aquí al Señor Presidente y a los dirigentes de la vida pública nacional mi reclamo”–. Caldera denunciando indignado la situación del país –“no podemos afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido: íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente; el costo de la vida se hace cada vez más difícil de atender para grandes sectores de nuestra población; los servicios públicos no funcionan; el orden público y la seguridad personal tampoco encuentran un remedio efectivo”–. Caldera encarnando al pueblo –“en nombre del pueblo venezolano, [ruego] que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y sentimiento del pueblo”. Caldera resurgiendo de sus cenizas y dando el primer y fundamental paso para alcanzar, un año después, la Presidencia de la República.

Fuentes:

-Ramón Hernández, Roberto Giusti. (2006). Carlos Andrés Pérez: Memorias Proscritas. Caracas: El Nacional

-Mirtha Rivero. (2009). La rebelión de los náufragos. Caracas: Alfa.

-Fernando Ochoa Antich. (2007). Así se rindió Chávez: la otra historia del 4 de febrero. Caracas: El Nacional.

-Juan Carlos Figueroa. (2007). Las cinco horas cruciales del 4 de febrero. El Tiempo.

-José Sant Roz. (2011). Estremecedoras revelaciones jamás narradas sobre el 4-F. 4 / 02 / 2016, de Aporrea Sitio web: http://www.aporrea.org/tiburon/a117017.html

-Fragmento de una vida: Testimonio de Hugo Chávez sobre el 4F (https://www.youtube.com/watch?v=rVGAwaW-2Z8)

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