Gustavo Adolfo Becquer, un romántico tardío

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Tal día como hoy, en 1836, vino al mundo uno de los grandes y últimos poetas románticos: Gustavo Adolfo Bécquer. Nacido en Sevilla, el origen de su arte hay que buscarlo en una biblioteca: la de casa de su madrina, una acomodada comerciante de origen francés, adonde fue a parar luego de cerraran el colegio donde estudiaba. Fue entonces cuando se aficionó a la lectura. Aunque hizo varios intentos de aproximarse a la pintura, su padre, pintor famoso, tras ver algunos cuadros suyos hizo un adagio que se cumplió a medias: “Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato”. Y en efecto, buen pintor no fue, pero mal literato tampoco: más bien resultó de los mejores, aunque le faltó vida para desarrollarse en pleno, ya que murió a los 34 años. Sin embargo, a pesar de morir joven, Bécquer dejó para la historia dos obras fundamentales: Rimas y Leyendas. Las primeras en verso y las segundas en prosa, se trata de dos grandes obras que casi dos siglos después siguen leyéndose con provecho. “Glosó como pocos las dichas y desdichas del amor romántico y, también como pocos, logró expresar en sus leyendas los sentimientos más profundos de un corazón desprovisto de la luz divina y ansioso de la dicha humana”, escribió de él el historiador César Vidal. A continuación, para conmemorar su nacimiento, una selección de cinco de sus mejores rimas:

RIMA X

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonías,
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ?¿Qué sucede?
¿Dime?
?¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!

RIMA XXIII

[A ella. No sé…]

Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo;

por un beso… ¡Yo no sé

qué te diera por un beso!

RIMA XXXVIII

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?

RIMA XXX

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ?¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ?¿Por qué no lloré yo?

RIMA LIII

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el  vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres…
¡esas… no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día…
¡esas… no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…; desengáñate,
¡así… no te querrán!

 

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