Pistola, papelón y el resto del mundo

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Por Gabriella Mesones – (@unamujerdecente)

Somos la generación del desencanto y la incertidumbre. La sensación colectiva es que somos un país fracasado, y podríamos hacerle los honores a Chocrón y venderle la nación a los asiáticos, agarrarnos el dinero y que cada quien busque su camino en la internacionalidad. La destrucción ya es parte de nuestra idiosincrasia. Lo vemos en nuestra vestimenta de arquitectura modernista, en los constantes edificios que vemos caídos y suplantados por cubos de vidrio, en las perennes construcciones que inundan la ciudad, en las noticias de los periódicos, en el discurso de nuestros líderes y en el discurso de los que no lo son.

Por mucho tiempo quise irme, hasta que se me quitaron las ganas. Sí, mis días también están teñidos de hostilidad, malos servicios, tráfico, contaminación, corrupción, discriminación, indignación y pare usted de contar. Pero alguna vez fuimos la ciudad más amable del mundo, y en la actualidad somos el país más feliz de esta corteza terrestre; sea como sea que los entes internacionales lleguen a esas conclusiones a las que siempre me mantendré escéptica.

Amo todo esto que nos rodea. Amo su desorden, su ruido y su caos; su carácter impredecible para lo bueno y para lo malo; y, sobre todo, creo que amo su energía destructora. Quizás por eso tenemos memoria a corto plazo: derribar para montar cosas nuevas nos deja poco espacio para el recuerdo. Por otro lado tenemos a su cielo azul y su sol tan caliente que pareciera que lo vemos de noche. Sus guacamayas y sus guacharacas que te despiertan a las cinco de la mañana. Sus mangos y sus guayabas. Su naturaleza luchadora que hace que crezcan lindas matitas con flores en el concreto y en los cables de electricidad. Su café y su cacao. Sus llanos, sus tepuyes, sus cataratas, sus ríos y sus montañas. El Ávila, a veces verde, a veces roja, a veces amarilla. Su gente zalamera con ansias de hablarte en la calle. Su gente extraña, extrañísima.

Hay una anécdota que siempre me ha parecido la metáfora perfecta: mi madre camina conmigo en mano y detiene una camionetica, me monta y con ella todavía pisando la calle el carrito arranca. Un señor detiene el carrito y regaña al conductor: “¿Cómo es esto posible? ¿Qué le ha pasado a esta ciudad que una señora no puede caminar tranquila con su hija?” Mi madre da las gracias y, apenas se sienta, el señor saca un machete y roba a toda la camionetica, menos a mi madre y a mí, claro. Nos sorprende de la misma forma un acto de maldad como uno de bondad y la mayoría de las veces encontramos estos extremos en una sola persona. Una metáfora de nuestra ciudad o del mundo, me gusta más pensar ese señor es la esencia de lo que se vive únicamente en esta ciudad.

En la calle me he caído a cervezas con obreros y después he conocido a mendigos que hablan del espacio y la velocidad de la luz mientras me ofrecen aguardiente a pico de botella. He comido mango con vendedores de libros que saben todo lo que yo quisiera saber de teatro venezolano. Se han inventado acentos para conquistarme en las calles, como lo hizo  “Habibi” con su acento llanero árabe. Viejitos españoles han bailado conmigo en plazas. Artesanos me han invitado a la playa con drogas duras incluidas. La piedrera que me ofreció unas puñaladas me terminó abrazando cuando se enteró de que era mi cumpleaños. Camioneros me han regalado patilla porque me han visto con sed caminando bajo el sol.

La magia de hablar con desconocidos es que no hay ningún tipo de atadura: he escuchado los sueños y las decepciones más profundas del que se sienta al lado mío en el carrito. He hablado de la maldad y de la esencia del ser humano con barrenderos que se jactan de ser los perfectos espectadores de la calle. He compartido cigarros con seres que se inventan profesiones y absurdas cuando les pregunto qué hacen. He tomado guayoyos con señores mayores que se han mochileado toda Latinoamérica y extrañan no haberlo hecho más. Se me han acercado mujeres hermosas de voz ronca y manzana de Adán para hablarme de cuán esclavos somos de nuestro cuerpo.

La realidad detrás de los esporádicos encuentros suele ser dura. Acostumbran a hablar de la tristeza, de los matrimonios fallidos, de las malas relaciones conlos hijos, de lo vacíos que están nuestros monederos, de los futuros proyectos que uno sabe que no se van a dar, de los vicios de los que no podemos despegarnos. Por alguna razón siempre he percibido que estas pequeñas descargas de calle están bañadas con un aire de humor, plenitud y hasta sabor, coño. Quizás es que estoy obsesionada con Gabriel García Márquez o capaz es que verdaderamente somos felices por el simple hecho de tener pájaros de colores en nuestro cielo azul, frutas que pareciera que tuvieran azúcar encima, palomas tímidas, viento fresco que nos pega en la cara, café increíble en cada esquina y petróleo en abundancia.

Recordando la literatura que leía cuando niña, me doy cuenta de que las historias venezolanas tenían siempre un halo de conformismo encima. Como en El cocuyo y la mora, donde el insecto era un insensible y un ingrato con quien lo cobija tiernamente. Creo también que Caracas nos trata así, porque nosotros no la tratamos muy distinto. La ciudad claro que es hablante y el discurso que generan a veces nos obliga a irnos, cuando en realidad debería convencernos para quedarnos. Tulio Hernández nos lo dice también: Caracas siempre ha sido una tarima desde la cual se habla al país, pero nadie se ocupa de mirarla a ella. Caracas termina siendo nuestra Odisea, un viaje complicado lleno de obstáculos terribles, pero al final la meta siempre es volver a casa, y qué buena suerte que casa sea este valle generoso que nos cobija o nuestros campos de papas, tapiramas y frijol. La casa está donde está el corazón, y qué rico que Caracas nos lo haya robado.

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