Tiros, gases y coraje en la autopista

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Haber visto ayer a Henrique Capriles liderar la toma y tranca de la Francisco Fajardo fue, sencillamente, algo surrealista. Sin embargo, para ese improbable momento en el que casi al mediodía el dirigente de Primero Justicia saltó con un (des)nutrido grupo de personas a la autopista, primero habrían de suceder otras cosas. Porque este relato comienza un par de horas antes en la Avenida Libertador, con la oposición concentrada en apoyo a sus diputados y pidiendo la destitución y enjuiciamiento de los magistrados golpistas que disolvieron la Asamblea Nacional.

A las 10:30 de la mañana no era ni exitosa ni masiva la convocatoria. “Es que no dijeron hora”, le mentía piadosamente una cincuentona arrecostada en una baranda de la Libertador al hombre que la acompañaba, cuya volteada de ojos reflejaba lo poco convincente del argumento. Si tan solo le hubiera mencionado que el metro se encontraba prácticamente cerrado, las camioneticas estaban colapsadas, las calles eran un estacionamiento y llegar hasta allá toda una proeza, puede que lo hubiera persuadido. “Fíjate cómo viene gente poquito a poco”, insistía ella. Y aunque en efecto cada tanto tiempo se incorporaba por las calles adyacentes uno que otro grupo, habría tenido que pasar una semana entera para que, con la frecuencia y el número con que llegaban, se pudiera llenar la eróticamente célebre avenida.

De todo ello tenían vista privilegiada los habitantes de los bloques de Misión Vivienda, la mayoría de los cuales estaban asomados (y sentados) en las rejas de sus ventanas. Con afiches de Maduro y camisas rojas hacían saber a los manifestantes que se encontraban en territorio enemigo. También con agua, piedras y otros objetos que arrojaban desde las ventanas y las azoteas. Aguzando la mirada, Henry Ramos Allup trataba de enfocar a un hombre escondido en lo que probablemente son las escaleras de los edificios, desde donde lanzaba cosas. El diputado adeco, que lucía un bigote de pasta de diente, parecía ser el único que tenía la esperanza de llegar a la AN: iba enfundado (nunca mejor usada la palabra) en un grueso traje gris, con camisa azul y corbata. Marchaba escoltado por su fiel escudero, Edgar Zambrano, y un grupo pequeño de camisas blancas. Por eso, los manifestantes la tuvieron fácil para detenerlo y explicarle por qué ese era un mal punto para estar concentrados.

Minutos después, cuando del cielo (o de una azotea) cayó una bomba lacrimógena, la advertencia se vio confirmada. Poco tiempo había transcurrido desde que el rumor de la ruptura, metros más adelante, del primer piquete de la PNB hiciera festejar a los manifestantes. Pero poco duró la celebración en la cola de la concentración. La bomba (potente) sorprendió a todos y asfixió a muchos. Nadie la esperaba, porque cerca no había miembro de cuerpo de seguridad alguno. Ni siquiera describió la clásica parábola blanca que sirve de advertencia. Sencillamente cayó, diríase verticalmente, en medio de un grupo de gente reunida, y los dispersó.

Cuadras más atrás, ojos rojos y llorosos veían cómo una ballena irrumpía rápidamente en la Libertador. Más veloz que diestro, el conductor retrocedía y adelantaba repetidamente para cuadrarse y comenzar a echar agua. La gente corría, las motos pasaban, y un par de lóbulos sangraban: en medio de la confusión y en fracción de segundos un motorizado le arrancó los zarcillos a una mujer. “No eran de oro”, se consolaba ella, mientras un hombre explicaba que en ese momento a él le intentaron arrebatar el celular. El hecho caldeó los ánimos, y las imprecaciones por la desgracia de vivir en un país se delincuentes se volvieron consignas.

Y entonces, pasó Capriles. Iba acompañado de José Guerra y rodeado por un pequeño grupo de gente, al que se iban incorporando cada vez más personas. Bajó por la calle de atrás de la iglesia de El Recreo, estrecha y pintoresca, y se perdió Sabana Grande abajo. Al llegar al boulevard no había rastro de él y la vida seguía como si tal. Pero es que allí no era la protesta, sino dos cuadras más abajo: en la autopista Francisco Fajardo.

No serían al principio ni cien las personas que la trancaron, en su mayoría estudiantes universitarios de la UCAB y de la UNIMET, que, sentados en el hirviente asfalto del mediodía, no dejaban pasar ni un carro. Y con ellos, Henrique Capriles.

Esa sola imagen, la del primer líder de la oposición lanzándose con un puñado de estudiantes a cerrar una autopista, bastaba para comprender la gravedad de las horas. Más aún si ese líder era precisamente el hombre precavido, mesurado, moderado y partidario de la protesta sensata y organizada que siempre ha sido Henrique. Nada más había que verlo allí para entender que algo (y muy grave) había sucedido en el país; que las reglas del juego ya eran otras; y que la situación apremiaba.

Largos y muy tensos fueron esos primeros minutos de cierre. Había determinación, pero faltaban personas. Los estudiantes le proponían a Capriles mil y un cosas, y su respuesta invariable era: “sí, pero cuando tengamos más gente aquí”. Estaba también con ellos José Guerra, que no le quitaba los ojos al teléfono. En el nivel superior de la autopista se asomaban varios cascos: de la GN, de Tránsito Terrestre y anónimos. A su vez, varias personas se incorporaban a la tranca. Los de arriba eran vistos con preocupación y los de abajo recibidos con alivio. Pocos aplausos tan sentidos como los que sonaban cuando se veía llegar un grupo grande (entendiendo por grande de más de 20 personas), que ayudara a hacer bulto.

Y bulto había cuando llegaron los paramilitares (colectivos). Ya para ese momento Lilian y María Corina (cordialísimas con Capriles) tenían rato, lo mismo Miguel Pizarro, Juan Guaidó, Carlos Paparoni, José Manuel Olivares, Gaby Arellano y Hasler Iglesias. La tensión de los solitarios primeros minutos había pasado, no así el calor: un camión de agua, cual oasis en el desierto, era la fuente en la que todos se refrescaban y servían cuando alguien dio el alerta: “¡Mierda, los colectivos!”. Al grito le siguieron cuatro imágenes: la de un enjambre de motos con algunos caras tapadas que se aproxima a toda marcha; la de un montón de gente desesperada que se lanza de la autopista entre gritos y ronroneos de motos; la de un motorizado de camisa roja, visto de reojo, que con la derecha sostiene el volante y con la izquierda saca el arma; la de varias detonaciones secas que se escuchan atrás mientras los que no habían saltado lo hacen olímpicamente.

El tiroteo produjo ataques de pánico y de histeria a partes iguales. Hubo gente que corrió (y que puede que todavía siga corriendo) y otros que un minuto después (caras rojísimas, venas del cuello y de la frente hinchadas) se subían nuevamente a la autopista gritando que ya estaba bueno de ser dominados por el miedo, y llamando a los demás a incorporarse inmediatamente. Si los carros no aprovecharon para seguir, es porque pacientemente los estudiantes habían hecho una tremenda e infranqueable barricada de piedras. La calma y el coraje de los menos propensos a la histeria se tomó su tiempo en regresar, pero lo hizo. A Capriles, que desde abajo daba declaraciones a una televisora internacional, la gente le gritaba que lo hiciera inmediatamente. Se lo pensó un momento, respiró y subió. Lo recibieron con aplausos. María Corina, también hizo lo propio. Y poco a poco se incorporaron los demás diputados y políticos. Si alguien quiere entender lo que es jugársela, si alguien quiere conocer el significado de las palabras valor y arrojo, confórmese con saber que quienes volvían a subir a la autopista lo hacían rodeados: adelante, a unos doscientos metros, desafiante y viendo de frente, seguía un grupo de paramilitares; inmediatamente atrás, atrapadas en la tranca, había dos gandolas cargadas de combustible. Un tiro que se escapara, apenas eso, hubiera significado el fin de todo y todos.

En esa tensión transcurrió una hora entera. Los paramilitares se retiraron y un grupo avanzó por la autopista hasta Plaza Venezuela. Otro grupo se quedó cuidando la barricada. La bifurcación los hizo débiles: los que se fueron no pudieron llegar a su destino, y los que se quedaron no pudieron aguantar la arremetida de la PNB, que con bombas y gas pimienta los dispersó. En un apartamento de Bello Monte, resguardados de la arremetida, y luego de ser auxiliados con vinagre y obsequiados con refresco por la dueña de la casa, cinco desconocidos hablaban de lo que habían vivido. Afuera había gritos, detonaciones y cacerolas a partes iguales. Adentro, un comentario unánime: el elogio a los políticos que (¡por fin!) se restearon en la autopista.

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