Resistencia (e impotencia) en la autopista

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando la reportera de Vivo Play TV le preguntó a Freddy Guevara si la concentración de Altamira se iba a dirigir hacia la Defensoría del Pueblo, él sencillamente fingió demencia. Cuando ella misma le dijo que ya Capriles lo había anunciado, Freddy sonrió ligeramente y le contestó exactamente lo mismo que dos minutos antes le había dicho: que las próximas acciones serían anunciadas cuando todos los líderes estuvieran allí reunidos. Ello sucedía pasadas las once de la mañana, cerca de las dos camionetas con cornetas que se encontraban debajo del distribuidor Altamira. A esa hora, todavía no estaba claro que se trataría de una manifestación de considerable magnitud, y el Vicepresidente de la Asamblea Nacional, lentes de carey y franela obamita de Leopoldo, era prácticamente la única atracción (y distracción) que tenían los reporteros. Dio por lo menos tres entrevistas, en las que habló de la estrategia a seguir (“todas tienen que partir de que estamos en dictadura”), del poder de la calle (“sólo con una gran presión podremos lograr algo”) e incluso de sus miedos (“miedo me da tener que vivir así para toda la vida”).

Las primeras palabras que salieron de las cornetas fueron para dejar en claro que la dinámica iba a ser diferente. “Hoy no va a haber música”, anunciaba el exaltado animador, “sino la garganta anónima del pueblo”. Lo primero fue verdad y lo segundo demagogia: lo que hubo fue la garganta reconocida de los representantes del pueblo, los diputados, que hablaron desde el techo de la camioneta. Abajo, mientras sus colegas peroraban, el diputado Juan Andrés Mejía iba informando a los demás políticos que la concentración se convertiría en marcha y que iría hasta la Defensoría, pero, añadía, “ya Capriles se adelantó”. Fue Mejía quien le indicó al animador que podía comenzar la intriga. “En 15 minutos”, anunció éste, “les diremos adónde va este río de gente”. El anuncio fue un revulsivo ante el discurso soporífero de un diputado más bien anónimo que se encontraba hablando en ese momento y al que nadie le prestaba atención. “Aquí está llegando Henry Ramos Allup”, informó el animador pero el diputado adeco no subió, pese a la respuesta entusiasta de la gente. Fue quizás por ello que pusieron a hablar a Mitzi Capriles de Ledezma, que fue la primera sorprendida (ojos abiertos como dos platos) al escuchar su nombre. Resultó casi una proeza subirla al techo de la camioneta (“primero sentada y después parada”, indicaba) y otra mayor escucharla, ya que en ese momento el otro Capriles, Henrique, se aproximaba entre vítores. Llegó saludando, viendo para todos lados, sonriendo, confirmando cosas a distancia con el pulgar levantado, y delegando: no pronunció palabra alguna y dejó sobre los hombros de Freddy el anuncio de la ruta.

Quizás porque no le entendió bien, Guevara , tras volver a pedir perdón por los errores del pasado y prometer que esta vez todo sería diferente y no habría diálogo que enfriara la calle, indicó que la concentración sería marcha y que entonces (volteando adonde Capriles) ahorita (alargando la palabra) vamos a escuchar a (viendo fijamente a Capriles) alguien que les va a decir (Capriles haciendo señas de no con las manos e indicándole que lo dijera él) que (tomando aire para el grito) ¡la marcha va a la Defensoría del Pueblo!  

La información fue recibida con algarabía. Pasados 5 minutos no quedaba rastro alguno ni del sonido ni de los dirigentes, que en moto o trotando habían tomado la delantera de la manifestación. Seguirles la pista fue misión imposible, y lo fue porque había más gente de la que se podía esperar un jueves laborable en la mañana para una convocatoria hecha por una oposición que vivía horas bajas y hasta el martes no lograba congregar un número importante de gente en la calle. Pero algo parece tener el Distribuidor Altamira que logra siempre resucitarla y multiplicarle la gente.

Cuando el cartel verde evidenció que era dirección Centro la que todos tomaban, las conversaciones, hasta entonces más bien triviales, comenzaron a mudar. “¿Y es que vamos para el centro?”, le preguntaba ya nerviosa una mujer a su esposo. “A la Plaza Morelos”, le explicaba él. “¿Y eso queda dónde?”, inquiría. “Por Bellas Artes”, le contestaba otra. Las vías alternas en caso de que hubiera disturbios allá, la cantidad de efectivo con la que cada quien contaba y la efectividad del agua, el vinagre, la pasta de dientes y el Maalox para combatir las bombas lacrimógenas se convirtieron en los tópicos a medida que se avanzaba.  “Qué bolas. Mira a esa gente. Se van todos”, señalaba una manifestante a quienes salían en dirección Chacao. “¡No se vayan! ¡Tenemos que estar unidos!”, los increpaba. “Vamos a tomar unas fotos”, se justificaban. No exactamente miedo, pero sí una cierta aprehensión se comenzaba a sentir con el transcurrir del trayecto. Pero había, también, una esperanza: la cantidad de gente, que parecía haber superado las expectativas de todos, y se resumía en una consigna: “¡Somos más!”.

El primer anuncio de que había problemas más adelante, vino de una mujer que hablaba por teléfono. “¡En Sabana Grande ya están lanzando bombas!”, informaba, heraldo espontáneo, a la multitud. La tensión aumentó inmediatamente después, cuando un remolino de gente se agrupó cerca del Guaire. “Parece que atraparon a un infiltrado”, decía alguien, y los gritos de “¡péguenle!” y “denle duro!” parecían confirmar la especie. Sin embargo, fue una mujer de orejas y manos sangrantes, que salía del círculo, quien explicó todo. “¡Una mujer me trató de robar! ¡Me trató de arrancar los zarcillos!”, decía entre sollozos mientras el esposo le pedía calma y la blusa blanca se le llenaba de sangre: una ladrona había sido atrapada in fraganti y recibía un castigo ejemplar. Lanzarla al río era lo que muchos pedían, pero la sensatez privó: la liberaron, nariz sangrante, en el borde de la autopista. Iba de jean y franela blanca, como una manifestante cualquiera. Se fue insultando a todos, sin voltear y sin los zarcillos.

Metros más adelante, una gran nube blanca cubría el horizonte y se confundía con el también blanco cielo. Lo rutinario de las detonaciones dejaba entrever que se trataba ya de un enfrentamiento que tenía su tiempo y su dinámica propia. Los manifestantes se habían organizado: adelante, en la primera línea, diputados, dirigentes y jóvenes; atrás, el resto. La frontera entre lo seguro y lo inseguro se encontraba entre la cauchera Goodyear e Italbraga. Allí, los que querían estar cerca pero no tenían con qué protegerse podían cumplir su deseo. Era a ese punto adonde iban a parar los heridos del primer frente. Asfixiados, golpeados y con la cabeza abierta, llegaban cargados por los demás manifestantes y eran recibidos con vítores y aplausos, como verdaderos héroes. Lo Bomberos Universitarios y algún médico que allí estaba se encargaban de auxiliarlos. Entretanto, la gente los rodeaba, opinaba y discutía. A un “¡échenle agua!”, le seguía un “¡no, eso es peor!”, al que le continuaba un “¡yo tengo vinagre!”, replicado por un “mejor pasta de diente”, rebatido por un “¡no, que eso quema!”, sucedido de un “busquemos Maalox”, interrumpido constantemente por continuos “¡apártense, que tiene que respirar!”.

Los estertores de Henrique Capriles, roncos y profundos, fueron en algún momento el centro de atención. El Gobernador de Miranda llegó prácticamente desmayado entre gritos de “¡valiente, valiente!”. Con la cabeza apoyada en la defensa que bordea el Guaire, lo único que se veía era su cabello húmedo, su franela empapada y el brusco movimiento de su torso al respirar. “¡Está convulsionando!”, gritaba angustiada una mujer, pero no convulsionaba, sino que vomitaba. Le dieron agua, le echaron aire, hicieron un círculo alrededor y ni aun así lograron restituirlo del todo. Finalmente, transcurridos más de diez minutos y sin mejora alguna, su equipo optó por llevárselo en una moto. Eran cerca de las 3 de la tarde y la batalla no había terminado.

Tendría que pasar todavía más tiempo para que los cuerpos de seguridad pudieran por fin empezar a hacer retroceder a los presentes. Había sido una batalla larga y desigual, librada precisamente en las horas del mediodía abrileño de Caracas, bajo un cielo sin nubes y en una autopista sin sombra, en la que había corrido demasiado gas. El avance de los cuerpos de seguridad, sin embargo, fue lento, casi espasmódico. No lograron hacer correr de una a los manifestantes, sólo retroceder lentamente. A cada carrera, la gente se detenía, se volteaba y se plantaba. A medida que se retrocedía, una nueva barricada (de piedras, de árboles, de ramas, de escombros) cortaba el paso en la autopista. A medida que se retrocedía, había menos gente. Y entonces, vino la emboscada.

Fue a la altura de El Rosal. Unas motos que se habían adelantado, regresaban a toda prisa alertando que de frente venía la Guardia Nacional. “¡Devuélvanse, devuélvanse!”, gritaba con gesto desesperado una mujer que iba de parrillera. Pero no había para donde. Atrás estaba todo el contingente anti motín, a un lado el río Guaire y al otro El Rosal. Y a medio kilómetro, la montaña que subía al puente del CCCT. Era una opción suicida, con más riesgo que probabilidad de éxito, pero era la única opción. La carrera fue monumental, a toda prisa y sin ver a los lados. Las motos venían de frente y disparando lacrimógenas, y quien se parara perdía. Subir la empinada pendiente respirando gas hizo todo más difícil. Al llegar arriba, el espectáculo era desolador: abajo, emboscados y gaseados, corrían, se caían, se levantaban y volvían a correr los que no tuvieron chance de subir. En ese momento, la palabra impotencia adquirió en la vida de todos un nuevo significado que dificilmente podrá perder.

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