La resistencia continúa

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Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Las bombas no nos matan, solo nos dispersan”, advertía Freddy Guevara, megáfono en mano, a la salida del puente que va de Chacaito a Las Mercedes pasadas las 11 de la mañana del lunes. El Vicepresidente de la disuelta Asamblea Nacional predicaba con el ejemplo y hablaba (gritaba) debajo de una lluvia de bombas lacrimógenas, que eran arrojadas por la Guardia Nacional desde arriba en la autopista. Señalando la ruta que debía seguir la gente, el diputado opositor intentaba evitar que la multitud que recién acababa de salir de la Plaza Brion (no tendría fuera de ella ni diez minutos) terminara dividida, como en efecto sucedió. Ya en ese momento, un grupo de gente quedó en Chacaito, otro en El Rosal, otro en Las Mercedes y otro en la autopista. Sería ello (la división en pequeños grupos) lo que caracterizaría la jornada de protesta del día.

Los que le hicieron caso al diputado, terminaron trancando la Francisco Fajardo, ya por cuarta vez en lo que va de semana, desde que el pasado martes Henrique Capriles y un grupo de estudiantes lo hicieran. Una vez en ella, como ya es costumbre, comenzaron a aparecer las capuchas y a desaparecer los rostros. Rocas, ladrillos, planchas de zinc, basura, escombros, todo cuanto se hallara al alcance era recolectado para armar una gran barricada, que tuvo su punto más célebre cuando la negra columna de humo de un caucho ardiente oteó el horizonte caraqueño. Al poco rato se le unió la de humo blanco de las lacrimógenas, varias disparadas de frente y al ras del suelo (una de ellas le fracturó la pierna al videográfo Ramón Camacho, de Prodavinci). Entre avance y retroceso, entre devolver bombas y correr, los manifestantes entonaban un lema (más bien grito de guerra) que suele insuflarlos de ánimo: “¡Somos más!”.

Cuando uno de los llamados rinocerontes comenzó su descarga múltiple de bombas que no dibujan parábolas blancas sino que van girando en el aire con eso que en el fútbol llaman efecto y se usa para describir los movimientos improbables del balón (algunas, de tan improbables, terminaron en edificios residenciales), la retirada se hizo obligatoria. Un muro no tan alto (hasta que se salta), que da a un parque en El Rosal, fue la vía de escape más cercana para salir de la siempre fácil de emboscar autopista caraqueña. Desde allí se pudo ver, al principio, el avance de las tropas (legiones de motos y por lo menos cinco rinocerontes), y también su retroceso y ataque a Las Mercedes: al otro lado del Guaire una nube blanca estuvo cubriendo por casi media hora el Farmatodo de la Río de Janeiro y sus inmediaciones; era otro foco de disturbios.

Las redes sociales, mientras tanto, reportaban conflicto en Chacao y Chacaito, y el helicóptero, ese heraldo de ataques, pasaba sobrevolando la zona. Minutos después y cuadras más arriba, las detonaciones de lacrimógenas se escuchaban clarito: en la calle de la Bolsa de Valores de Caracas también Guardias y manifestantes se batían, calle abajo, en encarnizada pelea. Subiendo por el edificio sede de la Alcaldía de Chacao, una turba de gente corriendo hizo que fuera imperativo buscar un refugio seguro, y a la mano lo que estaba era el Lido. En el nivel Mezzanina del centro comercial caraqueño se unieron dos tipos de refugiados: los que subían huyendo del ataque del Rosal y lo que bajaban huyendo del ataque de la Francisco de Miranda: arriba la Policía Nacional Bolivariana estaba dispersando a otro grupo de personas. El olor a lacrimógena invadió todo el centro comercial.

Los platos de comida llenos o a medio consumir servidos en mesas vacías eran la imagen que mejor describía lo imprevisto que había sido el ataque en la parte norte del centro comercial. Los cristales rotos de la baranda dejaban constancia de su ferocidad. “Fueron los PNB. Yo los vi. Agarraron varias piedras y las lanzaron para acá”, relataba uno de los vigilantes. El agujero en el techo del restaurant, los ojos llorosos y narices rojas de los mesoneros y de la encargada, eran el testimonio del paso de una lacrimógena. “Aquí terminan jodidos los que marchan y los que no. Por eso hay que salir ya de esta dictadura”, bramaba a todo volumen una mujer de gorra tricolor. Durante casi media hora, todas las salidas del centro comercial se mantuvieron cerradas, mientras por las redes sociales continuaba el caudal de información apocalíptica. Por stories y por grupos de whatsaap se sabía que Las Mercedes y Bello Monte eran a esa hora las zonas neurálgicas.

Sin rastro de policías o Guardias y con la Francisco de Miranda llena de trabajadores, salir del Lido fue opción casi una hora después. Una gran hoguera ardía en Chacaito, mientras de las torres de oficina circundantes volaban papeles, periódicos y cajas de cartón, lanzados por los trabajadores en apoyo a la protesta. Una cuadra más abajo, hacia Las Mercedes, donde había comenzado todo, la sempiterna nube de gas blanco se hacía presente.

El trayecto de Chacaito a Altamira por la Francisco de Miranda parecía el de una marcha proletaria: cientos de empleados, corbata y lonchera en mano, caminaban a sus destinos porque no había metro. Las bolsas de basura abiertas, regadas y quemadas eran la prueba del paso de la protesta. “Ahora todo sabe a lacrimógena”, se quejaba un indigente que buscaba con qué alimentarse entre los desperdicios.

La Plaza Altamira estaba tomada por un número importante de manifestantes, que al igual que en Chacaito habían encendido una gran hoguera de la que salía una columna de humo negro. Caracas era ayer una ciudad que se debatía entre dos humos: el negro de la protesta y el blanco de la represión. También estaba el gris azulado de los cigarrillos, consumidos en cantidades serbias por los manifestantes. Será la ansiedad, serán los nervios, será que quita el hambre o serán las promociones que hacen los vendedores (“el cigarro pa’las bombas” ¿?), quienes están haciendo su agosto (y su septiembre, y su octubre y su noviembre y su diciembre) a punta de cigarros detallados.

Los que no lo están haciendo son los rateros, para quienes robar en marchas, antes trabajo lucrativo, se ha vuelto riesgoso: en la tarde de ayer, en Altamira, un hombre de unos cuarenta años fue atrapado in fraganti cuando le quitaba el teléfono a una manifestante, y fue linchado por una turba que tras darle una cantidad inenarrable de golpes y patadas estuvo a punto de prenderlo en fuego. Ya le habían arrojado gasolina cuando la sensatez de unos cuantos logró parar la hoguera humana que la masa pedía.

Después de eso, Altamira sur abajo, continuó el enfrentamiento entre manifestantes y Guardias, que se prolongó hasta la noche. Al igual que sucedía en 2014 (y distinto a lo que había sucedido en Caracas durante el día), era un enfrentamiento con dinámica propia, en el que los cuerpos de seguridad no parecían tener la intención de sofocar la protesta, sino simplemente de evitar que llegara a la autopista. Cada cierto tiempo, disparaban lacrimógenas y avanzaban unos metros apenas. Luego, todo volvía a una tensa calma.

En la parte norte de la plaza se tejían mil teorías y se evaluaban todas las rutas posibles para la emboscada que, algunos barruntaban, vendría próximamente y que nunca llegó. Hay que estar allí, en una protesta venezolana, para entender lo que se juega la gente: a merced siempre de la llegada de pistoleros motorizados que pueden llegar en cualquier momento, y de Guardias y Policías que disparan las bombas vencidas de frente y ahora las arrojan del aire, que cuando quieren emboscan, detienen, golpean y hasta roban; sin Estado de Derecho alguno, con un Ministro que los tilda de “anticristo” y otros funcionarios que los llaman “terroristas”. Con todo ello en contra (y eso es lo que a estas alturas sorprende) todavía salen a la calle. Miedo hay y miedo tienen, pero se sobreponen. Toman sus medidas, empapan sus pañuelos en vinagre, comparten sus remedios caseros (vinagre, bicarbonato, vick vaporub) y salen a la calle.

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